A estas alturas creo que está fuera de discusión que Javier Negrete es uno de los mejores y más sólidos narradores del fantástico español actual. Lo ha venido demostrando sobradamente en los últimos años con novelas cada vez mejores, con tramas bien construidas y escritas con un estilo elegante y eficaz.

De hecho, ya desde su primera aparición pública en aquel lejano 1992 en que “La luna quieta” nos sorprendió gratamente a muchos, Javier ha venido demostrando su soltura como narrador y su buen hacer como enhebrador de tramas. Ha pasado por la ciencia ficción, la fantasía, la fantasía épica, la novela juvenil, la reconstrucción mitológica en clave superheroica… y en todas ellas se ha mostrado como un espléndido escritor que, además, va mejorando en cada nueva obra. Confieso que fue todo un placer estar entre el jurado que, en el año 2006, decidió galardonar su novela Señores del Olimpo con el Premio Minotauro.

En Alejandro Magno y las águilas de Roma juega con la novela histórica, adentrándose, o eso parece a primera vista, en los terrenos de la ucronía. El punto de inflexión de la historia, el lugar donde se aparta de nuestro mundo es la muerte de Alejandro, evitada en esta novela por un misterioso médico llamado Néstor que aparece justo a tiempo para hacerle expulsar el veneno. Seis años más tarde, un Alejandro en la cúspide de su poder se verá enfrentado a una Roma ascendente que podría acabar convirtiéndose en el talón de Aquiles del macedonio.

Es cierto que la interpretación del carácter de Alejandro en sus últimos días y de las causas de su muerte que da aquí Javier no está exenta de polémica: no todos los historiadores están de acuerdo, ni mucho menos, en esa imagen de borracho degenerado envenenado por su esposa, que es la que se usa en la novela. Pero comprendo que para propósitos dramáticos ésta es más útil que otras versiones que se hayan podido dar de sus últimos momentos, por más que uno pueda encontrarlas más plausibles.

Pero, como digo, eso importa poco. De las distintas posibilidades históricas, Javier decide quedarse con la que mejor se ajusta a la historia que ha elegido contar. Privilegio de narrador, al fin y al cabo, que no desmerece para nada una novela de ambientación minuciosa sin ser en ningún momento recargada.

La historia fluye a un ritmo adecuado y los incidentes se van sucediendo con fluidez hasta alcanzar un desenlace que no decepciona y resulta coherente con lo que se nos ha venido narrando. Los personajes se definen de forma impresionista y eficaz y sus distintas peripecias se van enlazando con habilidad en una historia que es, en cierto modo, coral; el protagonismo de lo narrado está repartido en un pequeño mosaico de personajes alrededor de los que se articula la novela y que van encontrándose y desencontrándose a medida que ésta avanza. Una técnica no muy distinta de la del más habitual de los best-sellers, sólo que Javier la usa bastante mejor que muchos de ellos.

Como ya ocurría en sus historias de Tramorea (sobre todo en El espíritu del mago) estamos ante una novela en cierto modo engañosa —y no lo digo como un reproche, aclaro—, en el sentido de que las cosas distan mucho de ser lo que parecen. No estamos ante una simple especulación histórica (igual que en El espíritu del mago no estábamos, aunque lo pareciera, enfrentados a una fantasía heroica) sino que en realidad, Javier ha escrito una novela de ciencia ficción, por más que, como el caso antes mencionado, lo camufle con habilidad y juegue con ello sin desvelarlo nunca por completo al lector, limitándose a dar pistas aquí y allá para que cada uno componga por sí mismo el puzzle.

Me diréis que claro que la novela es ciencia ficción, al fin y al cabo se trata de una ucronía. Sin entrar a discutir si realmente la ucronía puede o no ser encuadrada dentro de la CF (que nos daría para bastantes páginas), debo aclarar que no es a eso a lo que me refiero. Porque, en realidad, quizá la novela no es exactamente una ucronía, por más que acabe deviniendo en ella, sino otra cosa bien distinta.

Cualquier lector medianamente avispado en el género puede deducir, al poco de su aparición, cuál es el origen del misterioso Néstor y no tardará en darse cuenta de dónde viene. Una vez que lo descubrimos, la historia cobra nuevo sentido ante nuestros ojos y, junto a la espléndida reconstrucción histórica que Javier sabe trazar sin tener que ahogar al lector o a la historia con un exceso de enciclopedismo, disfrutamos del valor añadido que tiene el leer lo que no es sino una historia de ciencia ficción de corte casi clásico, por más que el modo elegido para contarla sea un tanto oblicuo. El final, sin desvelar todos los misterios (en realidad, plantea algunos nuevos) sigue apuntando a esa línea claramente ciencificcionística (y perdón por el horrible neologismo).

Pero tanto si uno acepta esos detalles como si no lo hace y se limita a leerla como una simple novela de especulación histórica, Alejandro Magno y las águilas de Roma es una de las más amenas y mejor llevadas lecturas que me he echado a los ojos en los últimos tiempos. Bien escrita, bien llevada y bien tramada, poco más se le puede pedir.

Bueno, sí, quizá la conclusión definitiva de la historia en ese Último viaje de Alejandro Magno, que el propio Javier nos promete al final del libro.

© 2007, Rodolfo Martínez

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