Sherlock Holmes y las huellas del poeta

Rodolfo Martínez
Sherlock Holmes y las huellas del poeta
Bibliópolis fantástica, mayo 2005
ISBN: 84-96173-31-3

Escribir sobre Sherlock Holmes me resulta tan fácil que a veces me preocupa. Al fin y al cabo, me digo, no es mi personaje; y una vocecita interior insiste en decirme una y otra vez que no importa lo bien que pudiera llegar a hacerlo, lo bien que consiguiera tomarle el pulso y lo bien que lograra narrar sus historias: no soy su creador y, para la mayoría de los lectores (y prácticamente todos los admiradores del detective de Baker Street) nunca pasaré de ser uno más de los muchos epígonos de Conan Doyle.

Así que, vale, una novelita de Holmes y un par de relatos están bien. Has cumplido, has dejado pasear tu lado más friki y te has metido a contar nuevas aventuras y andanzas de un personaje que te fascina prácticamente desde tu infancia. Fin del asunto, pasa página y a otra cosa, mariposa. Eso era lo que pensaba cuando escribí La sabiduría de los muertos: que había saldado la deuda que tenía con el personaje, me había dado de paso un gustillo y se había acabado.

Pero parece ser que no. Es cierto que pasaron los años, más de diez, y no volví a escribir sobre Holmes; pero al mismo tiempo el personaje nunca abandonó del todo mis pensamientos. En 2003, mientras revisaba mis textos holmesianos para la edición de Bibliópolis que saldría al año siguiente, noté que dentro de mí algo se revolvía incómodo. Casi al mismo tiempo, Rafael Marín me había pasado el manuscrito de lo que luego sería su Elemental, querido Chaplin y me sugirió que, ya que yo estaba revisando mis propios pastiches, podíamos hacer que ambos textos, el suyo y el mío, fueran coherentes. Accedí encantado y, de este modo, lo que en principio no iba a ser más que un pequeño repaso destinado a corregir fallos menores terminó convirtiéndose en algo más serio. Y, por supuesto, a lo largo de ese proceso no dejé de preguntarme a mí mismo una y otra vez hasta qué punto Holmes yo habíamos terminado realmente.

Con el tiempo comprendí que, tarde o temprano, estaba condenado a escribir una nueva historia holmesiana. Supuse que tarde, pues tenía el impulso de hacerlo, pero me faltaba todo lo demás: la historia, el ambiente, los personajes. Poco podía suponer yo que unos meses más tarde, un comentario de pasada en la biografía de Franco escrita por Paul Preston desencadenaría un proceso casi vertiginoso que me llevaría a escribir una continuación de La sabiduría de los muertos.

Preston menciona que en julio de 1938 un tal lord Phillimore es enviado desde Inglaterra como embajador oficioso en la corte de Franco. Mi primer pensamiento fue pensar que era una lástima que no hubiera descubierto ese detalle mientras revisaba mi novela, pues entonces habría intentado ingeniármelas para relacionar al James Phillimore ficticio que aparece en ella con el lord Phillimore real que estuvo en España.

Y, claro, a partir de ese momento estuve perdido. La figura de Holmes alzándose de pie en medio de la Guerra Civil Española (un periodo sobre el que había estado leyendo con bastante detalle durante el último año, así que buena parte del trabajo de documentación ya estaba hecho) surgió en mi mente y, por más que yo intentara no pensar en ello, la historia empezó a tomar forma en mi cabeza.

Así nació este Sherlock Holmes y la huellas del poeta y, como me ocurre siempre que me enfrento a un trabajo holmesiano, ha sido uno de las historias que más me he divertido escribiendo y, al mismo tiempo, que más fácil me ha resultado de escribir. Probé muchas cosas a lo largo de ella (y unas cuantas que no había intentado antes) y tenía continuamente la sensación de que estaba dando saltos al borde de un abismo y que tan fácil me resultaría pasar al otro lado como terminar despeñándome. Sin embargo, eso no me preocupó gran cosa: me lo estaba pasando demasiado bien.

¿He culminado mi relación con Holmes con esta nueva novela? Evidentemente no. Al fin y al cabo, acaba de ponerse a la venta Sherlock Holmes y la boca del Infierno, mi tercer libro en el que el detective de Baker Street es un personaje importante. Pero en realidad, ya antes de él había llegado a la conclusión de que sus andanzas por la Guerra Civil Española no eran las últimas que iba a narrar. Al fin y al cabo, me dije, había tratado al personaje en su madurez en mi primera novela y en su vejez en la segunda. Me quedaba su juventud. Una juventud, además, que si hacía caso a su biografo “oficial”, W.S. Baring-Gould, había sido tan fascinante como el resto de su vida.

Con poco más de veinte años, cuenta Baring-Gould, Sherlock Holmes se había enrolado en una compañía de teatro itinerante y, con ella, había visitado durante algo más de un año los Estados Unidos de América. Allí estaba, ya lo tenía: Holmes y el salvaje oeste. Dos de mis obsesiones personales, el detective de Baker Street y el western, unidas en un solo libro.

Así que me senté a escribir lo que llamé Sherlock Holmes y el heredero de nadie. Una historia cuya parte central se desarrollaba en las llanuras americanas y donde Holmes se encontraba con algunos personajes míticos, no sólo del western, sino de la literatura del XIX. Sin embargo, no fue esa la novela que acabó saliendo de mis dedos. Algo se cruzó en su camino.

Un viaje a Portugal.

Una visita a Boca do Infierno, en las cercanías de Lisboa. El resto, como se suele decir, es historia. Una historia que contaré en otra ocasión.

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