Crestas y valles

Sé que suena absurdo, pero siempre que publico una novela, me da un ligero bajón. La primera reacción es de euforia, claro. El libro llega a mi poder, lo ojeo, paso los páginas, compruebo cómo ha quedado, leo algún trozo aquí y allá… y, en general, me siento muy contento de haberme conocido y de ser como soy.

La siguiente fase es verle los defectos. Cosas que podría haber hecho de otra manera, haber escrito mejor, haber planteado de un modo distinto y, tal vez, más eficaz… Bien, me digo, lo intentaremos con la siguiente. Anoto dónde he fallado para que no me vuelva a ocurrir y no dejo que el asunto me quite el sueño.

Luego, está la inevitable exploración de la red en busca de reacciones. Aún no he visto muchas sobre Sherlock Holmes y la boca del infierno, aunque las pocas que he podido leer tienden a ser positivas. Las habrá negativas tarde o temprano, claro, es inevitable. Algunas de esas críticas negativas las encontraré razonables (tanto si estoy de acuerdo con ellas como si no) y otras me parecerán tonterías. Al menos, es lo que siempre me pasa. De hecho, me ocurre también con las críticas positivas.

Y, finalmente, el proceso llega a su fin. El libro está escrito, ha sido publicado, ha tenido una recepción, sea la que sea, y he intentado aprender de las cosas que no supe hacer todo lo bien que me gustaría (y es increíble de cuántos detalles no te das cuenta hasta que la novela está encerrada bajo las tapas de un libro, como si su publicación me hiciera ser más consciente de todo, tanto de las virtudes que tiene como de sus defectos). Capítulo cerrado, entonces, pasemos al siguiente.

Es entonces cuando viene el bajón. Ya está. Se ha terminado. Han sido unos meses de mi vida que he dedicado a escribir una novela y que han llegado a su fin tras ser publicada y recibida por el público. Y es entonces cuando me asalta esa sensación de “¿ya está? ¿eso es todo? ¿no hay nada más?”. Algo me falta. No, no hablo de que el libro se convierta en un best-seller y todo el mundo se tire años hablando de lo bueno que es. No tiene nada que ver con “afuera”, sino con “adentro”. Me falta algo, pero no es en la parte pública del asunto, sino en la privada.

No sé cómo definirlo, salvo con esa sensación de que tiene que haber algo más, que debería sentir algo más que no termino de sentir. No sé lo que es, y me inquieta.

No dura mucho y no es preocupante. Aunque me paso buena parte de mi vida mirando hacia atrás (de eso se nutre lo que escribo, al fin y al cabo) es hacia delante hacia donde me gusta dirigir la vista: la siguiente novela, el siguiente proyecto, la próxima etapa del camino. Una vez que estoy en ella, ese pequeño bajón desaparece sin dejar rastro.

Hasta que vuelve a aparecer, claro, cuando la siguiente etapa llega a su fin. Quizá es algo natural, incluso inevitable. Como la sensación (por ponernos pedantes) que tal vez tuvo Alejandro después de deshacer el nudo gordiano: “¿y ahora qué?”.

Hablábamos estos días, durante la tertulia de escritores que tiene lugar en la Semana Negra, de si todo estaba ya escrito o aún quedaban cosas nuevas por contar. Algunos opinaban lo primero, otros afirmaban lo segundo. Yo siempre he pensado que ambas cosas son ciertas. Por poner una metáfora científica: el universo es finito, pero está en continua expansión, lo que significa que, aunque esté totalmente cartografiado, al mismo tiempo siempre hay nuevos territorios que descubrir. Una colina más lejana, un río que nadie ha visto, un bosque en el que nunca ha habido el sonido de unas pisadas humanas. O quizá, simplemente, los mismos lugares de siempre pero contemplados desde un sitio nuevo, con una luz distinta o una forma de mirar novedosa.

Todo está escrito. Y al mismo tiempo, todo está por escribir.

Así que sigo adelante. Quemo una etapa tras otra. Paso por altibajos: crestas aquí, valles allá. Momentos en los que te preguntas a ti mismo qué estás haciendo, para qué todo, qué sentido tiene seguir. Y momentos en los que sabes que, de un modo u otro seguirás adelante. Porque no sabes hacer otra cosa, tal vez. Porque, al fin y al cabo, quién sabe si tras la próxima cresta estará ese valle que serás el primero en contemplar.

© 2007, Rodolfo Martínez

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