Here lies one whose name was writ in water
-Epitafio en la tumba de John Keats

Archivo de Julio, 2007

Mi Mii

Lunes, Julio 30th, 2007 Pertenece a Mi misma mismidad, Paranoias | 3 comentarios »

O sea, mi avatar en la Wii

© 2007, Rodolfo Martínez

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Citas citables: Casablanca

Sábado, Julio 28th, 2007 Pertenece a Citas citables, Visto y oído | 7 comentarios »

Casablanca. Esa película, dicen, hecha a trompicones, improvisando el guión a medida que se escribía y sin que nadie tuviera muy claro cómo iba a acabar la cosa. Se comenta, de hecho, que cuando Ingrid Bergman le preguntó Michael Curtiz, el director, de quién estaba enamorado su personaje, éste le respondió: “No lo sé, haz como si lo estuvieras de los dos”.

La película está llena de momentos memorables y de frases no menos memorables que no sólo han pasado a la historia del cine y a la memoria popular, sino que han acabado teniendo descendencia, en cierto modo.

Ese “Play it, Sam” que, merced a Woody Allen acabó siendo conocido en todo el mundo como “Play it again, Sam”. Ese “De todos los bares del mundo, ¿por qué tenía que venir precisamente al mío?” que David Hasselhoff, con dos cojones, transformó en: “De todas las playas del mundo, ¿por qué tenía que venir a la mía?”. Ese “Detenga a los sospechosos habituales” que acabó dándo título a una película de Brian Singer.

Y mucho más. Pero hay un par de momentos que están entre mis favoritos. El primero son un par de réplicas breves y contundentes de Bogart (o quizá debería decir de Rick Blaine) que definen perfectamente el lado más cínico de su personaje:

-¿Qué hiciste la noche pasada?
-Hace tanto tiempo… Ya no me acuerdo.
-¿Qué vas a hacer esta noche?
-Nunca hago planes con tanta antelación.

Julius J. Epstein, Philip G. Epstein, Howard Koch & Casey Robinson: Casablanca

Sin embargo, no es Rick Blaine mi personaje favorito, sino el comisario de policía Louis Renault, convincentemente encarnado por Claude Rains. Suya es esa frase, cuando Blaine le apuesta 20000 francos de “Dejémoslo en 10000. Al fin y al cabo, soy un oficial corrupto, pero pobre”. Renault es, para mí, el mejor personaje de la película y es su relación con Blaine lo que hace que el film realmente funcione. No, no voy a entrar en posibles subtextos homosexuales. Los haya o no, me parece irrelevante. Como sea, el cínico Renault, que acaba comprometido a su pesar con la Resistencia, es el contrapunto perfecto al no menos cínico Blaine.

Mi momento favorito de Renault en la pantalla es cuando le pregunta a Blaine por qué ha dejado su país. Cuando este da una respuesta evasida, Renault dice:

¿Quizá se fugó con los fondos de una iglesia? ¿O se lió con la mujer de un senador? Aunque me gustaría creer que mató a un hombre. En el fondo, soy un romántico.

Julius J. Epstein, Philip G. Epstein, Howard Koch & Casey Robinson: Casablanca

© 2007, Rodolfo Martínez

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La dictadura del pensamiento mayoritario y otras obscenidades

Viernes, Julio 27th, 2007 Pertenece a A mi alrededor, El gobierno de la polis | 6 comentarios »

Leo hace unos días en la bitácora de mi buen amigo Rafael Marín que pretenden prohibir Tintín en el Congo en Inglaterra a causa de su contenido racista. Tiene narices la cosa, que nunca he soportado al personaje de Hergé y ahora voy a tener que salir en su defensa.

Y es que yo no quiero, pero me obligan.

Como decía, Tintín siempre me ha parecido insufrible. El personaje me resulta repelente, el dibujo no me atrae lo más mínimo y las historias me parecen tontas y sin interés. Jamás he entendido el entusiasmo que despertaba y despierta en todo el mundo, lo confieso.

Y sin duda Tintín en el Congo está llena de contenidos racistas.

¿Y qué?

Quizá sea un tipo raro, pero a una sociedad que no permite la expresión de opiniones incómodas, soeces, repugnantes, que atenten contra los más sagrados principios que la rigen… bueno, a esa sociedad no la llamo democrática. Para mí no es más que otra clase de dictadura. La dictadura de la mayoría, tal vez; o quizá la dictadura de un cierto tipo de pensamiento que la clase dirigente ha decidido que debe ser el mayoritario, ya sea cierto o no.

Dictadura, al fin y al cabo.

Porque, para mí, uno de los componentes básicos de un sistema que se llame a sí mismo democrático, es precisamente que debe permitir (incluso diría que alentar) todo tipo de opiniones. Incluso aquellas que atenten contra sus valores; o quizá sobre todo aquellas que atenten contra sus valores. De lo contrario, el sistema se traiciona, se debilita y, a la postre, se acaba matando a sí mismo.

Alguien lo dijo en el siglo XIX y sigue tan vigente hoy como entonces: “No estoy acuerdo con nada de lo que dices, pero estoy dispuesto a morir por defender tu derecho a decirlo”. Parafraseándolo, podríamos decir: “encuentro repugnante lo que dices, pero estoy dispuesto a morir por tu derecho a decirlo”.

Pero no hace falta buscar la paja en el ojo ajeno, por supuesto, ni irnos a Inglaterra para encontrar casos de papanatismo que atentan directamente contra uno de los pilares básicos del sistema, la libertad de expresión. Ahí está ese número secuestrado de El jueves, al fin y al cabo. Vale que (como he oído hace un par de días en la radio) la portada era soez y vulgar y, seguramente, atentaba contra la dignidad de las personas reflejadas en ella.

Y otra vez me pregunto: ¿y qué?

El asunto me resulta chocante por varios motivos.

El primero lo comenta Skalagrim en su blog, cuando habla de que quizá sería necesario que alguien se repasara el final de El escándalo Larry Flint y el alegato que el abogado de éste hace ante el Tribunal Supremo de Estados Unidos. Es un caso bastante similar, en cierto modo, pues si no recuerdo mal la historia, Flint había sido denunciado por una parodia en la que mostraba a un famoso predicador follándose a una oveja o manteniendo relaciones sexuales con su madre o algo parecido. El discurso del abogado de Flint, el modo en que argumenta que sin derecho a la parodia (por sangrante, obscena, soez y vulgar que sea) de los personajes públicos no puede haber verdaderas garantías de libertad, debería ser grabado en titanio y colgado de unas cuantas paredes en todo el mundo. A ver si a base de leerlo les entraba en la cabeza.

Por oto lado, creo que las mismas personas que aparecen en la famosa portada ya habían sido reflejadas varias veces en la misma publicación de un modo bastante cruel que ponía en solfa su inteligencia (o carencia de ella) y su medio de vida (o ausencia del mismo). Y no ha pasado nada… hasta que los dos aparecen en una actitud explícitamente sexual. ¿Es eso? ¿Puedes poner como tonto al heredero de la Corona y no pasa nada pero si lo muestras follando se arma la gorda? ¿Lo insultante vale, pero lo obsceno, no?

Claro que, si hablamos de obscenidad, más obsceno me parece el hecho de que si yo fuera el aparecido en la portada, por ejemplo, tendría que ir al juzgado y denunciar la injuria, mientras que el ciudadano Felipe de Borbón y Grecia ha tenido todo un Fiscal General del Estado para que actúe de oficio por él sin que tenga que mover un dedo. Un Fiscal, por cierto, pagado con mi dinero y al que, por tanto, considero mi empleado; del mismo modo que considero mis empleados a todos los funcionarios públicos, los políticos en cargos electos y, por supuesto, los miembros de la Casa Real (estos últimos con un contrato bastante más “blindado” que funcionarios y políticos electos, ciertamente).

Si todos los ciudadanos somos iguales ante la ley… ¿por qué sigue habiendo algunos que son más iguales que otros? ¿Por qué todo el aparato del Estado se pone en marcha para defender la dignidad de alguien que no es ni más ni menos ciudadano que yo?

La argumentación es que no se le ha injuriado a él, como persona, sino a la institución que representa.

Y no, no me lo trago. Entre otras cosas, porque eso implica entrar en un túnel de difícil salida. Si empezamos a confundir a las personas con los cargos que ocupan o las instituciones que representan, nos metemos en una espiral chunga que puede acabar en que no tengas derecho a decir que tu presidente del gobierno es un incompetente porque eso sería de acusar de incompetencia a la institución de la Presidencia y no a la persona que en ese momento ocupa el puesto.

Los abogados y juristas lo pondrán como lo pondrán, me da igual. Para mí, los únicos atacados en la famosa portada son dos ciudadanos comunes: Felipe de Borbón y Grecia y Letizia Ortiz Rocasolano. Que hagan como haría cualquier otro ciudadano, que contraten un abogado que presente la pertinente denuncia por injuria a sus personas en el juzgado que corresponda. Y si no lo hacen (si no lo han hecho) entonces nadie más debería mover un dedo.

Y mucho menos, alguien trabaja para todos nosotros, como es el Fiscal General del Estado.

Repito, para todos nosotros.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
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Territorio incierto: Hijastros de Dune (1) David Lynch

Miércoles, Julio 25th, 2007 Pertenece a Citas citables, Visto y oído | Sin comentar »

Ver la última actualización de Territorio incierto en Bibliópolis

Sí, yo fui uno de los que salieron bastante cabreados de la película de Lynch que adaptaba la novela de Herbert. Y, durante muchos años, no desaproveché la ocasión para echar pestes de ella. De hecho, solía comentar jocosamente que su único mérito había sido darle su primera oportunidad a Kyle Machlachlan, lo que con el tiempo le permitiría encarnar al entrañable e indescriptible agente Cooper de Twin Peaks.

Claro que, pensaba a veces, la alternativa podría haber sido peor: el enloquecido y absurdo proyecto previo de Alejandro Jorodowsky podría haber llegado a buen puerto y sabe Dios entonces qué Dune habríamos visto en la pantalla. Sólo pensarlo hace que tiemble de angustia y la idea puebla ocasionalmente mis pesadillas.

Curiosamente, con el paso de los años me fui reconciliando con la película. Seguía considerándola fallida (como buena parte de la obra de Lynch, por otro lado: siempre me ha parecido que todas sus películas se quedan a medias de lo que pretenden) pero al mismo tiempo visual y conceptualmente la encontraba cada vez más atractiva, evocadora e impactante (también como buena parte de la obra de Lynch, pese a todo).

No me convertí un fan de la película. Pero digamos que mi cabreo inicial fue cediendo y, poco a poco, el film fue encontrando un hueco más o menos digno en mi memoria.

Y ahora mismo, medio saliendo aún de un empacho “dunesco” (que incluye la relectura de los libros originales, las precuelas, el visionado de las series de TV y el de la película de Lynch, todo ello casi sin solución de continuidad) no puedo por menos que pensar que ese Dune cinematográfico es, pese a todos sus defectos, el más logrado de todos los productos que han salido al mercado a la estela del éxito de la obra original de Frank Herbert.

El responsable de ese pensamiento ha sido, especialmente, el visionado de las dos series que adaptan las tres primeras novelas (Dune —donde se pasa a la pantalla televisiva la primera novela— y Children of Dune —que condensa en una sola miniserie las dos siguientes—) y la inevitable comparación que surgió tras ver el film de Lynch inmediatamente tras ellas.

Y no, no es que las series estén mal. De hecho, tienen un guión más que competente: narrativamente son una buena adaptación de las novelas originales y John Harrison (guionista de ambas series y director de la primera) ha hecho un excelente trabajo en ese terreno.

Pese a todo… las series carecen del poder evocador y la capacidad de generar momentos inquietantes que tiene la película. Pero de las series y sus virtudes y defectos, hablaremos con más calma otro día.

Como ya he dicho, encuentro fallida la adaptación de Lynch. A partir del momento en que Jessica y Paul huyen al desierto y son acogidos por los fremen (o tal vez un poco antes, quizá desde el ataque de los Harkonnen), la película baja de nivel a pasos acelerados y ya no levanta cabeza hasta el final: es como si en ese instante el film se convirtiera en un resumen de lo que realmente pasa y, al faltar cada vez más información, las cosas dejan de tener sentido. Lo que hasta entonces era una cuidadosa puesta en escena se convierte, a partir de ese momento, en un batiburrillo contado de prisa y corriendo y cada vez menos interesante.

Es evidente que hubo problemas de montaje y estoy seguro de que se rodó mucho material que luego no se pudo usar por imposiciones del productor. No tiene mucho sentido, si no, que los fremen acojan a Paul como su mesías prácticamente sin dudas ni preguntas y, antes de que nos demos cuenta de lo que sucede, todos ellos estén bajo su mando y siguiéndolo fanáticamente donde quiera que va. El espectador no puede por menos que preguntarse cómo se ha llegado a esa situación y por qué.

Algo parecido pasa con la muerte a manos de los Harkonnen del planetólogo imperial, Liet-Kynes. Si en la novela hay un motivo claro y válido para eliminarlo, en la película tal parece que los Harkonnen lo hacen simplemente porque son Harkonnen y disfrutan haciendo esas cosas. De hecho, precisamente los enemigos juramentados de los Atreides son uno de los principales puntos débiles de la película: Lynch los convierte en una pandilla de sádicos descerebrados y ridículos y resulta difícil vender la moto de que tipos como esos hayan llegado tan alto en los puestos de poder e influencia de la Galaxia o que sean capaces de elaborar retorcidas y brillantes tramas bizantinas para librarse de sus enemigos: más parece que, tras generaciones de endogamia y decadencia, están a punto de caer para no levantarse más. Aunque, eso es indudable, visualmente funcionan, que posiblemente fuera lo único que le interesaba al director.

Y llegamos al meollo del asunto. El filme de Lynch, pese a sus vacilaciones, tropezones y errores narrativos, funciona en lo visual, en lo conceptual, y consigue hacer creíbles ambientes y personajes. Durante poco más de una hora, la película discurre con eficacia y convence al público: uno va creyendo lo que ve en la pantalla y acepta lo que ocurre en ella. Y lo cree y lo acepta gracias a un esfuerzo gigantesco de diseño de producción, especialmente para una época como aquella, anterior a los efectos digitales. El cuidado que se pone en vestuarios y decorados, lo detallado de cada pieza de ropa, cada elemento de mobiliario, la acertada decisión de que la tecnología presente en la pantalla parezca “anticuada”, casi decimonónica en ocasiones… todo ello contribuye a crear una atmósfera que hace funcionar la película. Eso y que, evidentemente, durante esa primera hora se toman la molestia de narrar lo que ocurre de un modo correcto y sin prisas.

Es, como he dicho, a partir de que se toma la decisión de apresurar los acontecimientos que la película empieza a fallar. No sólo por eso, claro: unos efectos especiales que “cantan” demasiado no contribuyen a mejorar la impresión que recibe el espectador. De hecho, los responsables del montaje, conscientes de la debilidad de esas partes de la película, hacen que buena parte de las escenas “grandiosas” que incluyen a los gusanos del desierto estén continuamente rodeadas de nubes de polvo, en un intento vano de tapar con “ruido” la pobreza de lo que vemos.

Es cierto que se rodó mucho más material que el que vimos en la pantalla. Y, de hecho, existe una versión televisiva que (mediante la inclusión de bocetos de producción y tomas no utilizadas en el montaje cinematográfico) intenta darnos una idea de cómo podría haber sido la película de Lynch si las exigencias comerciales no le hubieran obligado a recortar más de lo que quería su obra. Esta versión televisiva se incluye como extra en la reciente edición en DVD del filme. Sin embargo, la pobre calidad de imagen y sonido de la copia no ayudan a apreciarla en lo que vale. Por otro lado, Lynch ha desautorizado esa versión (aparece dirigida, de hecho, por el eterno Alan Smythe) así que tampoco sirve para hacernos una idea de lo que tenía en mente.

Aunque no es tan difícil. Como he dicho, la primera hora de la película es casi modélica y bastaría con que el resto del filme hubiera seguido el mismo tono y ritmo para que la adaptación a la pantalla de la novela de Herbert hubiera resultado casi redonda.

Claro que entonces no sería una película fallida. Y, si no fuera fallida, no sería de Lynch.

Publicado originalmente en Territorio incierto (Bibliópolis)

© 2007, Rodolfo Martínez

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Algunas figuritas (1)

Lunes, Julio 23rd, 2007 Pertenece a Mi misma mismidad, Paranoias | 2 comentarios »

Como buen friki, no me limito a coleccionar camisetas (negras, siempre que es posible, aunque no siempre lo es, ya lo iremos viendo), sino también merchandising variado. Especialmente las figuritas o muñecos o maquetas o como demonios se llamen. Action figures les dicen en inglés, pero sólo a las articuladas y, por tanto, con capacidad de “acción”.

Mi colección no es que sea muy extensa. Y se divide fundamentalmente en tres categorías: máquinas (ya sean naves espaciales o cachivaches curiosos), personajes de cómic (fundamentalmente superhéroes) y nenas macizas (que, a veces, se solapan con la categoría anterior, evidentemente). Hay, por supuesto, figuritas que no pertenecen a ninguna de las tres categorías mencionadas.

Para empezar, un par de cachivaches: la máquina del tiempo de Regreso al futuro y el viper de Galáctica, estrella de combate, la serie original. Iba a llamarla clásica, pero calificar de “clásico” un bodrio infumable como aquella serie sería pasarse de generosos. ¿Por qué tengo entonces un caza espacial proveniente de ella? Sencillo, porque la navecita sí que mola, aunque poco más hubiera en la serie que mereciese la pena.

Superhéroes tengo unos cuantos, pero en esta primera entrega nos limitaremos a mostrar (bueno, no es cierto, pero ya lo veremos más adelante) a nuestro amistoso vecino Spiderman (flanqueado en segundo plano por Hal Jordan, el Green Lantern de la Silver Age, y el doctor Extraño).

Y ahora, un par de ejemplos de personajes que no pertenecen a ninguna de las tres categorías principales. De hecho, provienen del mundo de la animación. El primero es Marvin el marciano, al que recordaréis de los dibujos de la Warner. Este Marvin tiene una célula solar que hace que, cuando le da la luz, empiece a menear la cabeza sin parar. Y, bajo él, el sin par Homer Simpson, en una de sus mejores poses: dormido en el sofá, con la boca babeante y las latas de Duff y las bolsas de patatas fritas por ahí desparramadas. Originalmente era un portarretratos pero casi nunca lo he usado como tal.


Y ya para acabar, la tercera de las categorías que mencionaba antes: las nenas macizas. Empezamos por Natalia Kassle, mi personaje favorito de Dangerl Girl, una serie de J. Scott Campbell que era una mezcla de Los ángeles de Charlie (aunque ninguna de las mujeres de la serie de TV o las dos infames películas les llegaba a la suela de los zapatos a las de Campbell) y James Bond. Seguimos con Lara Croft, la protagonista de Tomb Raider. Luego, viene una Supergirl procedente de Elseworld’s Finest, una serie de la DC donde una Supergirl y una Batgirl alternativas eran las protagonistas. Y, para acabar, una gatita japonesa bien armada en todos los sentidos.

© 2007, Rodolfo Martínez (texto y fotografías)

© 2007, Rodolfo Martínez
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Citas citables: Injurias a la Corona

Domingo, Julio 22nd, 2007 Pertenece a Citas citables, Visto y oído | 11 comentarios »
Hay que aprender a distinguir entre un cargo y la persona que lo ocupa.J. Michael Straczynski: Babylon 5

Nuestro código penal, por cierto, dice lo siguiente:

Artículo 490

3. El que calumniare o injuriare al Rey o a cualquiera de sus ascendientes o descendientes, a la Reina consorte o al consorte de la Reina, al Regente o a algún miembro de la Regencia, o al Príncipe heredero de la Corona, en el ejercicio de sus funciones o con motivo u ocasión de éstas, será castigado con la pena de prisión de seis meses a dos años si la calumnia o injuria fueran graves, y con la de multa de seis a doce meses si no lo son.

Si he entendido bien la cosa (que es posible que no; al fin y al cabo ni soy abogado ni experto en leyes) parece que la famosa portada de El Jueves, está retratando a la Corona (o sus aledaños) en el ejercicio de su funciones.

© 2007, Rodolfo Martínez

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Alejandro Magno y las águilas de Roma

Viernes, Julio 20th, 2007 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | Sin comentar »

A estas alturas creo que está fuera de discusión que Javier Negrete es uno de los mejores y más sólidos narradores del fantástico español actual. Lo ha venido demostrando sobradamente en los últimos años con novelas cada vez mejores, con tramas bien construidas y escritas con un estilo elegante y eficaz.

De hecho, ya desde su primera aparición pública en aquel lejano 1992 en que “La luna quieta” nos sorprendió gratamente a muchos, Javier ha venido demostrando su soltura como narrador y su buen hacer como enhebrador de tramas. Ha pasado por la ciencia ficción, la fantasía, la fantasía épica, la novela juvenil, la reconstrucción mitológica en clave superheroica… y en todas ellas se ha mostrado como un espléndido escritor que, además, va mejorando en cada nueva obra. Confieso que fue todo un placer estar entre el jurado que, en el año 2006, decidió galardonar su novela Señores del Olimpo con el Premio Minotauro.

En Alejandro Magno y las águilas de Roma juega con la novela histórica, adentrándose, o eso parece a primera vista, en los terrenos de la ucronía. El punto de inflexión de la historia, el lugar donde se aparta de nuestro mundo es la muerte de Alejandro, evitada en esta novela por un misterioso médico llamado Néstor que aparece justo a tiempo para hacerle expulsar el veneno. Seis años más tarde, un Alejandro en la cúspide de su poder se verá enfrentado a una Roma ascendente que podría acabar convirtiéndose en el talón de Aquiles del macedonio.

Es cierto que la interpretación del carácter de Alejandro en sus últimos días y de las causas de su muerte que da aquí Javier no está exenta de polémica: no todos los historiadores están de acuerdo, ni mucho menos, en esa imagen de borracho degenerado envenenado por su esposa, que es la que se usa en la novela. Pero comprendo que para propósitos dramáticos ésta es más útil que otras versiones que se hayan podido dar de sus últimos momentos, por más que uno pueda encontrarlas más plausibles.

Pero, como digo, eso importa poco. De las distintas posibilidades históricas, Javier decide quedarse con la que mejor se ajusta a la historia que ha elegido contar. Privilegio de narrador, al fin y al cabo, que no desmerece para nada una novela de ambientación minuciosa sin ser en ningún momento recargada.

La historia fluye a un ritmo adecuado y los incidentes se van sucediendo con fluidez hasta alcanzar un desenlace que no decepciona y resulta coherente con lo que se nos ha venido narrando. Los personajes se definen de forma impresionista y eficaz y sus distintas peripecias se van enlazando con habilidad en una historia que es, en cierto modo, coral; el protagonismo de lo narrado está repartido en un pequeño mosaico de personajes alrededor de los que se articula la novela y que van encontrándose y desencontrándose a medida que ésta avanza. Una técnica no muy distinta de la del más habitual de los best-sellers, sólo que Javier la usa bastante mejor que muchos de ellos.

Como ya ocurría en sus historias de Tramorea (sobre todo en El espíritu del mago) estamos ante una novela en cierto modo engañosa —y no lo digo como un reproche, aclaro—, en el sentido de que las cosas distan mucho de ser lo que parecen. No estamos ante una simple especulación histórica (igual que en El espíritu del mago no estábamos, aunque lo pareciera, enfrentados a una fantasía heroica) sino que en realidad, Javier ha escrito una novela de ciencia ficción, por más que, como el caso antes mencionado, lo camufle con habilidad y juegue con ello sin desvelarlo nunca por completo al lector, limitándose a dar pistas aquí y allá para que cada uno componga por sí mismo el puzzle.

Me diréis que claro que la novela es ciencia ficción, al fin y al cabo se trata de una ucronía. Sin entrar a discutir si realmente la ucronía puede o no ser encuadrada dentro de la CF (que nos daría para bastantes páginas), debo aclarar que no es a eso a lo que me refiero. Porque, en realidad, quizá la novela no es exactamente una ucronía, por más que acabe deviniendo en ella, sino otra cosa bien distinta.

Cualquier lector medianamente avispado en el género puede deducir, al poco de su aparición, cuál es el origen del misterioso Néstor y no tardará en darse cuenta de dónde viene. Una vez que lo descubrimos, la historia cobra nuevo sentido ante nuestros ojos y, junto a la espléndida reconstrucción histórica que Javier sabe trazar sin tener que ahogar al lector o a la historia con un exceso de enciclopedismo, disfrutamos del valor añadido que tiene el leer lo que no es sino una historia de ciencia ficción de corte casi clásico, por más que el modo elegido para contarla sea un tanto oblicuo. El final, sin desvelar todos los misterios (en realidad, plantea algunos nuevos) sigue apuntando a esa línea claramente ciencificcionística (y perdón por el horrible neologismo).

Pero tanto si uno acepta esos detalles como si no lo hace y se limita a leerla como una simple novela de especulación histórica, Alejandro Magno y las águilas de Roma es una de las más amenas y mejor llevadas lecturas que me he echado a los ojos en los últimos tiempos. Bien escrita, bien llevada y bien tramada, poco más se le puede pedir.

Bueno, sí, quizá la conclusión definitiva de la historia en ese Último viaje de Alejandro Magno, que el propio Javier nos promete al final del libro.

© 2007, Rodolfo Martínez

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¿El último paso?

Jueves, Julio 19th, 2007 Pertenece a Mi misma mismidad, Núcleo | 2 comentarios »

Seguramente no.

En cualquier caso, era algo que pensaba hacer desde hace algún tiempo. Lo que un día había sido mi página principal se había convertido en algo obsoleto. Los distintos anuncios sobre mi actividad literaria hace tiempo que los realizo en este blog, por lo que la página había perdido la poca utilidad que pudiera tener.

Los únicos contenidos de interés que podían quedar eran mi bibliografía, el listado de premios y la recopilación de reseñas sobre mi obra y alguna que otra entrevista que se me había hecho.

Todo eso lo acabo de pasar a este blog, y lo podéis encontrar en el menú de la derecha dentro de Categorías, como los tres primeros items de la sección.

Así pues, a partir de hoy la antigua página puede considerarse oficialmente clausurada y será este blog el que agrupe toda mi presencia internetera.

© 2007, Rodolfo Martínez

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Sherlock Holmes y las huellas del poeta

Miércoles, Julio 18th, 2007 Pertenece a En carne y hueso, Novelas | Sin comentar »

Rodolfo Martínez
Sherlock Holmes y las huellas del poeta
Bibliópolis fantástica, mayo 2005
ISBN: 84-96173-31-3

Escribir sobre Sherlock Holmes me resulta tan fácil que a veces me preocupa. Al fin y al cabo, me digo, no es mi personaje; y una vocecita interior insiste en decirme una y otra vez que no importa lo bien que pudiera llegar a hacerlo, lo bien que consiguiera tomarle el pulso y lo bien que lograra narrar sus historias: no soy su creador y, para la mayoría de los lectores (y prácticamente todos los admiradores del detective de Baker Street) nunca pasaré de ser uno más de los muchos epígonos de Conan Doyle.

Así que, vale, una novelita de Holmes y un par de relatos están bien. Has cumplido, has dejado pasear tu lado más friki y te has metido a contar nuevas aventuras y andanzas de un personaje que te fascina prácticamente desde tu infancia. Fin del asunto, pasa página y a otra cosa, mariposa. Eso era lo que pensaba cuando escribí La sabiduría de los muertos: que había saldado la deuda que tenía con el personaje, me había dado de paso un gustillo y se había acabado.

Pero parece ser que no. Es cierto que pasaron los años, más de diez, y no volví a escribir sobre Holmes; pero al mismo tiempo el personaje nunca abandonó del todo mis pensamientos. En 2003, mientras revisaba mis textos holmesianos para la edición de Bibliópolis que saldría al año siguiente, noté que dentro de mí algo se revolvía incómodo. Casi al mismo tiempo, Rafael Marín me había pasado el manuscrito de lo que luego sería su Elemental, querido Chaplin y me sugirió que, ya que yo estaba revisando mis propios pastiches, podíamos hacer que ambos textos, el suyo y el mío, fueran coherentes. Accedí encantado y, de este modo, lo que en principio no iba a ser más que un pequeño repaso destinado a corregir fallos menores terminó convirtiéndose en algo más serio. Y, por supuesto, a lo largo de ese proceso no dejé de preguntarme a mí mismo una y otra vez hasta qué punto Holmes yo habíamos terminado realmente.

Con el tiempo comprendí que, tarde o temprano, estaba condenado a escribir una nueva historia holmesiana. Supuse que tarde, pues tenía el impulso de hacerlo, pero me faltaba todo lo demás: la historia, el ambiente, los personajes. Poco podía suponer yo que unos meses más tarde, un comentario de pasada en la biografía de Franco escrita por Paul Preston desencadenaría un proceso casi vertiginoso que me llevaría a escribir una continuación de La sabiduría de los muertos.

Preston menciona que en julio de 1938 un tal lord Phillimore es enviado desde Inglaterra como embajador oficioso en la corte de Franco. Mi primer pensamiento fue pensar que era una lástima que no hubiera descubierto ese detalle mientras revisaba mi novela, pues entonces habría intentado ingeniármelas para relacionar al James Phillimore ficticio que aparece en ella con el lord Phillimore real que estuvo en España.

Y, claro, a partir de ese momento estuve perdido. La figura de Holmes alzándose de pie en medio de la Guerra Civil Española (un periodo sobre el que había estado leyendo con bastante detalle durante el último año, así que buena parte del trabajo de documentación ya estaba hecho) surgió en mi mente y, por más que yo intentara no pensar en ello, la historia empezó a tomar forma en mi cabeza.

Así nació este Sherlock Holmes y la huellas del poeta y, como me ocurre siempre que me enfrento a un trabajo holmesiano, ha sido uno de las historias que más me he divertido escribiendo y, al mismo tiempo, que más fácil me ha resultado de escribir. Probé muchas cosas a lo largo de ella (y unas cuantas que no había intentado antes) y tenía continuamente la sensación de que estaba dando saltos al borde de un abismo y que tan fácil me resultaría pasar al otro lado como terminar despeñándome. Sin embargo, eso no me preocupó gran cosa: me lo estaba pasando demasiado bien.

¿He culminado mi relación con Holmes con esta nueva novela? Evidentemente no. Al fin y al cabo, acaba de ponerse a la venta Sherlock Holmes y la boca del Infierno, mi tercer libro en el que el detective de Baker Street es un personaje importante. Pero en realidad, ya antes de él había llegado a la conclusión de que sus andanzas por la Guerra Civil Española no eran las últimas que iba a narrar. Al fin y al cabo, me dije, había tratado al personaje en su madurez en mi primera novela y en su vejez en la segunda. Me quedaba su juventud. Una juventud, además, que si hacía caso a su biografo “oficial”, W.S. Baring-Gould, había sido tan fascinante como el resto de su vida.

Con poco más de veinte años, cuenta Baring-Gould, Sherlock Holmes se había enrolado en una compañía de teatro itinerante y, con ella, había visitado durante algo más de un año los Estados Unidos de América. Allí estaba, ya lo tenía: Holmes y el salvaje oeste. Dos de mis obsesiones personales, el detective de Baker Street y el western, unidas en un solo libro.

Así que me senté a escribir lo que llamé Sherlock Holmes y el heredero de nadie. Una historia cuya parte central se desarrollaba en las llanuras americanas y donde Holmes se encontraba con algunos personajes míticos, no sólo del western, sino de la literatura del XIX. Sin embargo, no fue esa la novela que acabó saliendo de mis dedos. Algo se cruzó en su camino.

Un viaje a Portugal.

Una visita a Boca do Infierno, en las cercanías de Lisboa. El resto, como se suele decir, es historia. Una historia que contaré en otra ocasión.

© 2007, Rodolfo Martínez

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¿Era Sherlock Holmes el decimotercer apostol?

Martes, Julio 17th, 2007 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | 3 comentarios »

Esto lo acabo de encontrar en una web dedicada, entre otras cosas, a reseñar novedades de libros llamada x3 mdq y me acaba de dejar de piedra. Alguien ha puesto el título y la portada de Sherlock Holmes y la boca del infierno y el resumen argumental de, si no me equivoco, El apostol número trece.

Bienvenido sea, si con eso se consiguen mayores ventas de mi libro. Sólo espero que el que acuda a él buscando esa intriga apostólica no quede muy decepcionado.

Confieso que, por unos momentos, mientras leía el resumen del argumento de lo que creía que era mi novela, me pareció haber saltado a un universo alternativo. Por un instante, fui un personaje de Philip K. Dick.

La sensación resultó, como mínimo, inquietante.

© 2007, Rodolfo Martínez

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