Here lies one whose name was writ in water
-Epitafio en la tumba de John Keats

Archivo de Junio 20th, 2007

Incidente en el ferrocarril

Miércoles, Junio 20th, 2007 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | 10 comentarios »

Ayer, como muchas otras veces, volvía de trabajar en tren. Al entrar en el vagón vi a cuatro individuos que inmediatamente mi mente catalogó como gente con “pinta de rumanos”. Me senté, saqué mi billeté y seguí con la lectura del libro de historia de Asimov, que es lo que me da por leer estos días.

Poco después llegó el revisor, me pidió el billete y, tras comprobarlo, pasó al siguiente. Que eran los tipos con “pinta de rumanos” y que, efectivamente, resultaron ser rumanos. No tenían billete, cosa en la que no vi nada raro, pues a lo largo del trayecto hay muchos apeaderos sin posibilidad de expenderlo.

Pero la reacción del revisor fue, como poco, curiosa. De muy malos modos empezó a preguntarles que por qué no tenían billete. Se miran unos a otros y se encogen de hombros. El tipo sigue erre que erre: “A ver, ¿por qué no tenéis billete?” y ellos se encogen de hombros. “A ver, ¿por dónde entrasteis en la estación? Claro, os colasteis, seguro, si ya me conozco yo el percal”. Todo esto en voz bien alta y en un tono bastante desagradable.

Finalmente, les cobra. Ellos le tienden el dinero para que lo coja y el tipo lo hace, de bastante malos modos y les da la vuelta. Uno de ellos se pone a contar lo que les ha devuelto y chapurrea en un español chungo que le ha devuelto de menos. El revisor -siempre en el mismo tono “amable”- dice que no, que ha devuelto lo que tenía que devolver. El tipo vuelve a contar su dinero y dice que no, que le ha devuelto de menos. Y el revisor insiste en lo suyo.

El revisor se va.

De pronto uno de los rumanos le llama. Van hasta el final de la línea, así que además del billete necesitan una tarjeta para pasar por la barrera, que el revisor no les ha dado. Al oír lo que le dicen, el tipo se sonríe y dice: “Nada, hombre, tranquilo, que ya te abro yo”, en un tonillo mordaz. “Tú tranquilo, no te preocupes”, insiste.

Al llegar a una de las estaciones del medio veo cómo el revisor habla con uno de los empleados de allí y le dice que avise a la Policía para que estén esperando en Gijón, al final del trayecto.

Y sigue el viaje. Los rumanos de vez en cuando le preguntan por la tarjeta, cuando lo ven pasar a su lado. Y él: “Que sí, hombre, que va a haber alguien esperando para abriros”.

El resultado: justo una estación antes de llegar al final, en un barrio de Gijón, los cuatro tipos se bajan.

Final del trayecto. Y, en efecto, hay un poli esperando. El revisor le cuenta lo que ha pasado: “Nada, hombre, unos rumanos, se han bajado antes. Ya sabía yo que iba a pasar así. Na, estos no vuelven a subir”.

Seguí mi camino, así que no sé si la cosa tuvo más secuelas.

Lo que me sorprendió de todo esto no fue la actitud del revisor. Tíos bordes y maleducados los hay en todas partes. Porque quiero resaltar que los cuatro rumanos de marras no estaban haciendo nada fuera de lo normal: sentados, a su bola, sin molestar a nadie. Y, sin mediar palabra, en cuanto vio que no tenían billete, fue el revisor quien empezó en un tono chulesco y malencarado a meterse con ellos. Pero, como digo, bordes y maleducados los hay en todas partes.

Lo que me sorprendió fue la actitud de los que estaban allí, la respuesta de los presentes a lo que pasó. Mientras asistía a la escena (no, no leí mucho de Asimov esa tarde) eché un vistazo a mi alrededor. Y lo que se reflejaba mayoritariamente en los rostros que me rodeaban era un claro apoyo a la actitud del revisor y una evidente “prevención” hacia los cuatro rumanos.

Y luego pensé en lo que había pasado por mi cabeza al entrar en el vagón y verlos allí, con sus pintas cetrinas, mal afeitados y mal vestidos. Inmediatemente sentí una punzada de “mal rollo”. Vi a cuatro tipos a lo suyo, sin molestar a nadie, pero en cuanto los vi nos gustaron sus pintas, me dije “cuatro rumanos” y me dieron mal rollo. Así que malamente puedo deicr nada de la actitud del resto de los pasajeros si la mía fue, de un modo instintivo, prácticamente sin pensar, la misma seguramente que la de ellos.

Todo esto me lleva a un montón de sitios. Y ninguno me gusta mucho. Lo que me dice de mí mismo no es nada que ya no supiera, aunque no resulta agradable: que el animal racista que instintivamente odia a los de la tribu de al lado está dentro de mí y se manifiesta a veces sin que yo tenga ni que invocarlo. Puedo no dejarme llevar por el impulso, hacer que no guíe mi conducta (y creo que así lo hago), pero el impulso existe, está ahí y negarlo sería hipócrita.

Y lo que dice del tranquilo y apacible mundo que me rodea, es aún peor.

Parecerá una tontería, un incidente aislado, un revisor que se puso borde con cuatro personas sin aparente provocación. Pero la reacción de todos (estoy seguro de que tan instintiva, tan sin pensar como lo fue la mía cuando entré en el vagón) define con contundencia una serie de cosas nada agradables. Porque el incidente se prolongó un rato; suficiente para que la gente se parase a pensar en lo que estaba ocurriendo. Y no fue eso lo que vi, precisamente. Era más fácil, tal vez incluso más consolador y reconfortante, dejarse llevar por los prejuicios y los instintos tribales.

Y presiento (no, no soy la pitonisa Lola, ni falta que hace) que todo eso irá creciendo con el tiempo.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
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