Los sicarios del cielo

Rodolfo Martínez
Los sicarios del cielo
Minotauro, marzo 2005
ISBN: 84-450-7540-3

Estamos en 1997. De camino al trabajo, le voy dando vueltas a algunas ideas. Un hombre envuelto en un tiroteo, del que ha conseguido salir milagrosamente ileso, una policía obsesionada con meterlo entre rejas, extraños individuos que parecen perseguir a ese hombre… Y de pronto tengo, casi completa, la trama de una nueva novela. Y, encima, por su historia, es el tipo de novela que llevo un tiempo queriendo escribir, una cosa en la línea de Clive Barker o Neil Gaiman: una fantasía urbana contemporánea, con algunos toques oscuros y que pueda jugar con elementos de la mitología judeo-cristiana como material literario.

Empiezo a escribirla casi ese mismo día y, sorprendentemente, todo parece ir encajando sin problemas. Eso es raro, porque a menudo mis novelas requieren dos o tres inicios en falso antes de dar con el tono y el punto de vista adecuado para narrarlas. Sin embargo, en esta ocasión no pasa: tengo claro la forma de narrar (una tercera persona que use en abundancia el punto de vista múltiple) y la estructura de la novela. Tengo también claro hacía dónde avanzar la historia y, sobre todo, tengo tan clara en mi cabeza la secuencia final que casi podría escribirla en ese mismo momento.

Durante un par de meses todo va bien, sobre ruedas. Sin embargo, en el momento en que alcanzo aproximadamente un tercio de lo que será la longitud definitiva de la novela (por aquel entonces titulada provisionalmente Este incómodo ropaje) me detengo. No porque no sepa hacia dónde seguir (en mi cabeza el desarrollo de la trama, detalles aparte, sigue estando bastante claro) sino porque, de algún modo, la historia ha dejado de interesarme, ya no me siento tan implicado en ella: le falta algo, pero aún no sé el qué.

Así que el manuscrito inacabado descansa en mi disco duro algún tiempo. Algunos meses, pienso al principio, el suficiente para que lo que tengo escrito hasta ahora me de una pista de los elementos que le faltan. Pero esos meses se convierten en casi seis años y, entretanto, me embarco en la realización de otros proyectos: un par de relatos cortos, varios artículos, una nueva novela que, con el tiempo se convertiría en El sueño del rey rojo y, por supuesto, la corrección y puesta al día de Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos para la edición de Bibliópolis.

Más o menos por esas fechas, cuando estoy terminando la corrección de mi libro holmesiano (poco suponía yo que, unos meses más tarde se convertiría sencillamente en mi primer libro holmesiano) regreso a lo que tengo escrito de Este incómodo ropaje y lo voy repasando.

La historia aún me funciona y también lo hace el modo en que está narrada así que apenas tengo que revisar lo ya escrito. De hecho, releer ese material me da las pistas suficientes de qué es lo que falta y cómo introducirlo. Así que ya lo tengo. Adelante. En dos o tres meses más remato el primer borrador de la novela. Ahora queda el inevitable proceso de revisar, eliminar alguna cosa aquí, añadir otra allá… en fin, ir puliendo hasta obtener el resultado apetecido.

Al año siguiente mi agente me sugiere que la presente al Premio Minotauro de novela. Así lo hago. Pasan los meses, se va acercando la fecha del fallo y empiezo a preguntarme qué posibilidades habrá de llevarse el premio. La editorial me comunica un día que soy finalista y que, por supuesto, estoy invitado a la fiesta durante la que se fallará el premio y se entregará el galardón.

Allí estoy yo en Madrid, un 18 de febrero, acompañado de otros finalistas como Eduardo Vaquerizo o mi buen amigo Víctor Conde, así como una amplia representación de los aficionados madrileños al género fantástico. Francisco García Lorenzana se sube al estrado, anuncia el fallo del premio y, al oír mi nombre, después de unos minutos de tensión y nervios, no puedo evitar el pensamiento de que no he oído bien, que mi ansiedad me juega una mala pasada.

Pero no, había oído perfectamente, y la novela sería publicada apenas dos semanas más tarde bajo el título definitivo de Los sicarios del cielo.

Las críticas que recibió la novela no fueron, en general, negativas; aunque distaron de ser entusiastas. En algunas de ellas, no hace falta ser un genio para darse cuenta de que la novela ha resultado una decepción para quien escribe la crítica pero que por algún motivo ha preferido resaltar lo positivo sin enseñarse en lo negativo. Y, a juzgar por lo que se puede leer en algunos foros y blogs parece haber mucha gente a la que la novela decepcionó o no gustó.

Bueno, no se puede contentar a todo el mundo. Sin duda Los sicarios del cielo no es mi mejor novela; y, seguramente, no es un libro especialmente memorable que esté destinado a convertirse en un hito en la fantasía en castellano. Tengo la sospecha, sin embargo, que de haber sido simplemente publicada, sin venir avalada por el espaldarazo de un premio, las reacciones habrían sido menos negativas. El hecho de ser una novela premiada generó una serie de expectativas que, visto lo visto, la novela no cumplió.

Es, también, la responsable en cierto modo de mi actual fama de tipo endiosado y arrogante que no aguanta que le tosan y no soporta la menor crítica negativa. Fue una entrada en este mismo blog, comentando la crítica que en Qué leer se había hecho a la novela la que empezó a generar esa sensación; o al menos, fue a raíz de ese acontecimiento que se empezó a hablar de mi actitud endiosada y de la exagerada noción que tenía de mi propia importancia.

Parece ser que cometí el pecado imperdonable de criticar una crítica. Que la criticase no por la valoración que hacía de mi obra sino por la pobreza de sus argumentos resultó irrelevante. Había dado el paso que, al parecer, un escritor no debe dar nunca. Y no contento con eso persistí en mi actitud y seguí en la misma onda. Aún sigo, de hecho, y me temo que seguiré por mucho tiempo. Soy así de cabezota, qué le vamos a hacer.

La verdad es que los ataques que he recibido desde entonces me han dado qué pensar y me han llevado a replantearme algunas cuestiones. Entre otras cosas, he llegado a la conclusión de que quizá es cierto que tengo una idea demasiado exagerada de mi propia importancia. Al fin y al cabo, si uno se mide por la talla de sus enemigos, está claro que soy una nulidad.

9 comentarios

  1. Pues a mi me gusta mucho esta novela que le vamos a hacer y sí ,creo que ha escrito cosas mejores pero cada obra tiene su momento.Supongo que el problema reside en los premios, siempre abren puertas respecto a público o lectores y ,como no,cierran otras tantas, respecto a crítica. Si no le hubiesen dado el Minotauro todos dirían que se lo merecía que el que hubiese ganado en su lugar hubiese sido un fiasco, la verdad es que daría para una ucronía, jeje.
    ¿Criticar una critica? Tampoco me parece un pecado. ¿Es que el autor no tiene derecho a defenderse o a justificarse? ¿Hay que leer las críticas y ya está? Cada uno tiene su amor propio y se debe dar al autor la capacidad de defender su obra o de desmontar los mecanismo en los que se basa una crítica si esta está mal hecha.
    Con mayor o menor fundamento una critca no deja de ser la opinión de un tipo, con mayor o menor relevancia, o la que se le quiera dar, que desempeña una función , para mí, menos revelante que lo que la que el autor hace al escribir una novela. El problema señor Martinez son los malos quereres, como decía mi abuela, y las envidias.
    Ni que fueran dogma de Fe las criticas. En fin no me enrollo más y deseo leer la nueva novela de Sherlock, la verdad es que la portada es una pasada y el contenido promete mucho más, de eso no me cabe duda. : )

  2. Supongo que en esto es como en todo, que para gustos colores; pero el caso es que a mí siempre me ha gustado mucho más el “Este incómodo ropaje” con el que aparecía en la lista de finalistas, que el título definitivo. Más sugerente, lleno de matices… en fin, que tú sabrás y quien la lleva la entiende. XD

  3. Y sí, a mi me gustó MUCHO los Sicarios del Cielo, y fue lo que me acercó a las obras de Rodolfo. Sobre todo, el final.
    No me importa lo que digan los criticos.

  4. Bueno, los críticos, sobre todo los críticos de género en el ámbito del fantástico en este país, tienen varios problemas, y no pequeños (en mi Muy Humilde Opinión, claro está).

    Uno de ellos, y quizá la raíz del problema, es que no hay ninguna facultad, autoescuela, curso CCC ni módulo de FP que te prepare para ser crítico. Oh, desde luego, puedes estudiar literatura, periodismo o arte hasta que se te caiga el culo, pero de la misma forma que eso no te capacitará para escribir una novela o pintar un cuadro con talento, tampoco te permitirá ser crítico. Adquirirás la cultura, los datos y las referencias necesarias para serlo, pero no te darán, por ejemplo, la objetividad ni la ecuanimidad, la imparcialidad o el aprecio por unas ciertas reglas de juego limpio que fundamenten un prestigio reconocido. Porque al final es el respeto, ganado a pulso con su independencia y objetividad, y una cierta coherencia ética y formal lo que faculta al crítico para hacer su papel, y en ése aspecto estamos, lamento mucho decirlo, más bien cojitos.

    Contemplemos, por ejemplo, el panorama de las críticas en webs y fanzines. En mis tiempos (ahora vienen las batallitas del abuelo, oh, sí) se les llamaba “reseñas”, con cierta prevención y un enorme respeto por lo que la palabra “crítica” implicaba.
    Sin embargo, en estos tiempos de relumbrón y apariencia basta con pasarse por alguna quedada, convención , encuentro, tertulia o cervecería frecuentada por frikis, fandomitas y otros seres del género para conocer a varias docenas de autoproclamados (y autopresentados) reseñadores que afirman hacer críticas en tal web o para tal fanzine. Sospecho que esto tiene mucho que ver con las características idiosincrásicas del fandomita irredento, que mataría si fuera necesario para conseguir una de estas dos cosas: publicar en papel o adquirir cierta relevancia. Personalmente creo que tiene que ver con algún tipo de carencia adolescente, pero no me voy a meter en más pantanos de los que frecuento. El asunto es que, al parecer, en su mente, presentarse como alguien que hace críticas en tal o cual sitio implica cierto poder, importancia, un modo de destacar. Se puede oír a menudo en las quedadas un sonrojante “si quieres te hago una reseña” como sustitutivo del “estudias o trabajas” de los ochenta, a veces empeorado con el añadido de “…y una buena crítica, además” que hará temblar de indignación las canillas del más curtido…
    Obviamente hay en ello mucho entusiasmo, y muy poco más, por desgracia, en la mayoría de los casos. La reseña tiene habitualmente seis faltas de ortografía graves en la primera línea, y sus reflexiones y capacidad de análisis son las que serían de esperar de quien, deseándolo con toda su alma, pero no habiendo conseguido publicar de ninguna otra manera, trabaja gratis para proporcionar contenidos a alguien que ni siquiera puede corregir los textos que le envían. El único baremo aplicado en la mayoría de los casos es el gusto personal -con sus muchas carencias de referencias, amplitud de lecturas, cultura o desarrollo argumental- del audaz “reseñador”, cuando no son sus fobias (o filias), las de sus amigos o las adquiridas en el último taller de literatura impartido por alguna futura estrella de las letras (aún no revelada) las que guían su opinión.
    Es normal que uno lea una de estas críticas y se cabree. Es, por otra parte, lógico que no las acepte, y puesto que desde el momento en que se publican son tan públicas (¡ah, esta maravillosa exactitud de las lenguas latinas…!) como la Obra Reseñada, están sometidas a sus mismas leyes. Y sin embargo nos son las peores, y con el tiempo y cierto rodaje algunos de ellos llegarán a hacerlo bien, e incluso muy bien, pues en su inocencia aún tienen salvación…

    Hay otro mundo de la crítica mucho más inquietante, más oscuro, pues nace del conocimiento y de la inteligencia. Es aquél desde el que, hace algún tiempo, se nos anunció, con cierto bombo y platillo la aparición de una critica “profesional” que se suponía iba a llenar un hueco, una seria carencia en el ámbito de la literatura fantástica en castellano. Para mi decepción, la superior cultura y la mayor perfección formal de sus intervenciones no se han visto libres, sin embargo, de ciertos rasgos que desde mi punto de vista hunden la intención crítica tan completamente como las faltas de ortografía del primer caso. Leer la suavísima, casi caballeresca crítica de Hélice a la novela del último Premio Minotauro, donde se hace una obra maestra de ocultación acerca de la obra de Clara Tahoces ha sido muy decepcionante. Si esta novela hubiera sido escrita por Rudy (ahora, claro, no hace, pongamos, dos o tres años) se habría pedido publicamente su crucifixión. Su tratamiento en la revista fue, en cambio, casi exquisito.
    ¿De que sirve pues poseer las herramientas cuando uno se mira muy mucho a quien aplicarlas? ¿Cómo es posible que en la crítica se haya silenciado que apenas nadie con un mínimo de gusto -y otra cosa que leer- haya logrado pasar de la página cinco de la novela de vampiroshhh que pasha?
    Hay, por otra parte, que tener casi la misma maestría para intentar establecer como bueno, sin sonrojarse, lo que con mucha suerte no pasa de mediocre, buscando aupar desesperadamente a los amiguetes e intentando, en los proyectos en los que colaboran, menospreciar -o ningunear- las obras de los demás autores para así poder destacar por negación la de los colaboradores de la Casa. Porque, vamos a ver, ¿como se puede decir de los cuentos de alguien que “son totalmente descriptivos y juega con un montón de cultura pop y multireferencial…” como si fuese algo negativo, para a continuación soltar que “son textos que para poder entenderse tienes que poseer una cultura muy parecida a la del escritor…”? ¿Qué demonios significa eso, aparte de un intento desesperado de buscar algo negativo que decir como sea?.

    Y por si este panorama no fuera suficientemente sangrante, queda la Tercera Vía. La de los Jovenes Tigres Sin Domar, aquellos que al abrir un blog, solos o en compañía de otros, buscan desesperadamente labrarse una fama de “enfant terrible” a base de volcar generalidades salpicadas de sórdidas y audaces palabrotas para demostrar al mundo cuán transgresor y poco amigo de los chupapolleos que se traen los demás es el bloguero (lo cual resulta un tanto contradictorio si eres, por poner un ejemplo, uno de los protagonistas de la ronda de chupetones de la que acabo de hablar más arriba). Obviamente estos blogs y multiblogs son una forma de defensa contra la corrupcion reinante en el Universo Mundo y bla bla bla bla, que no ha visto ni valorado el más que evidente talento del autor, y en cambio publica (oh, sí, ese sueño dorado por el que mataríamos) a corruptos, vejestorios, suertudos, enchufados y tías buenas que se lo han currado por medios indignos. Porque, por supuesto, sólo él, el incomprendido, es Puro (y aparte de Puro sólo le falta salir a la calle en pelota y con el culo pintado de rojo en su desesperación por que se le vea).
    Lo cual, supongo, es mucho más consolador para uno mismo que tener que reconocer que no sabe, no puede, o sencillamente, carece de talento. De lo cual, me imagino, nace una frustración espantosa y numerosos post casi ininteligibles de rabia. Hay vidas muy duras.
    Por ejemplo, las de los críticos.

  5. Amen, Skalagrim, que razón tienes, la vida del crítico debe ser peor que las galeras de Lepanto, me ha gustado mucho tu comentario.: )

  6. Todo lo que decís está muy bien, pero yo sigo pensando (y esto lo digo desde una posición totalmente carante de animadversión contra Rodolfo Martínez) que es un error que un autor se meta a discutir y criticar una crítica negativa de un libro suyo. Si me apuras es que es hasta darle una importancia a la crítica que no tiene, porque no deja de ser una opinión más que sólo tendrá la importancia que le concedan los que la lean en virtud del respeto que el autor de la crítica se haya ganado.

    Además, aunque realmente no fuera esa la intención del escritor, la imagen que da es la de un autor ofendido por la crítica negativa que la emprende contra el crítico como “venganza”. En fin, que si la intención era hacer una rechazar las críticas mal fundamentadas, hubiera sido mejor escoger una crítica positiva como ejemplo o, mejor aún, una crítica negativa hecha a un libro de otro escritor.

    Por cierto, y cambiando de tema, me encanta la frase ésta: “He llegado a la conclusión de que quizá es cierto que tengo una idea demasiado exagerada de mi propia importancia. Al fin y al cabo, si uno se mide por la talla de sus enemigos, está claro que soy una nulidad.” :D

  7. farseer, estoy de acuerdo en que no todo lo que es lícito es aconsejable. De hecho, el posibilismo suele ser una fuente de problemas a todos los niveles.

    Sin embargo lo que se discutía en un principio era el derecho a hacerlo o no (no su conveniencia) y una supuesta “inviolabilidad” de la crítica, condición que se alcanzaba sencillamente por el hecho de declararla como tal. Y a mi esa rueda de molino no me pasaba por la garganta, fuera Rudy o cualquier otro a quien se le aplicara tal principio.

    Obviamente habrá gente que piense que mi opinión depende, en efecto, de que haya sido la obra de Rudy el detonante (obra de la que, por cierto, tengo menos conocimiento que la mayoría de los que han intervenido aquí). Hay gente que aplica a menudo a los demás los esquemas mentales por los que ella misma se rige, como he explicado más arriba, en mi anterior intervención (probablemente demasiado larga, sobre todo teniendo en cuenta que es una invasión de facto del blog de otro).

    Sin embargo esta misma polémica, con algunas pequeñas variables, era ya tema de discusión recurrente hace años en otros foros -por ejemplo, en las listas de correo- y lo único que ha ocurrido es que una vieja polémica se ha trasladado aquí.

    Lo cual no deja de ser saludable… :D

  8. Jaja: “si uno se mide por la talla de sus enemigos, está claro que soy una nulidad”. Estoy leyendo este post mucho después de su publicación. No conozco la crítica que te hicieron ni tu respuesta a esa crítica (espero encontrarla en el blog), pero este final tuyo me recuerda una anécdota de Isaac Asimov, cuando Harlan Ellison se atrevió a llamarlo “nulidad”. El buen doctor se vengó ridiculizándolo en público por su baja estatura. Creo recordar que la anécdota la cuenta el mismo Harlan Ellison en Visiones peligrosas. Y dice que desde entonces fueron amigos.

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