Here lies one whose name was writ in water
-Epitafio en la tumba de John Keats

Archivo de Junio 18th, 2007

Los sicarios del cielo

Lunes, Junio 18th, 2007 Pertenece a En carne y hueso, Novelas | 7 comentarios »

Rodolfo Martínez
Los sicarios del cielo
Minotauro, marzo 2005
ISBN: 84-450-7540-3

Estamos en 1997. De camino al trabajo, le voy dando vueltas a algunas ideas. Un hombre envuelto en un tiroteo, del que ha conseguido salir milagrosamente ileso, una policía obsesionada con meterlo entre rejas, extraños individuos que parecen perseguir a ese hombre… Y de pronto tengo, casi completa, la trama de una nueva novela. Y, encima, por su historia, es el tipo de novela que llevo un tiempo queriendo escribir, una cosa en la línea de Clive Barker o Neil Gaiman: una fantasía urbana contemporánea, con algunos toques oscuros y que pueda jugar con elementos de la mitología judeo-cristiana como material literario.

Empiezo a escribirla casi ese mismo día y, sorprendentemente, todo parece ir encajando sin problemas. Eso es raro, porque a menudo mis novelas requieren dos o tres inicios en falso antes de dar con el tono y el punto de vista adecuado para narrarlas. Sin embargo, en esta ocasión no pasa: tengo claro la forma de narrar (una tercera persona que use en abundancia el punto de vista múltiple) y la estructura de la novela. Tengo también claro hacía dónde avanzar la historia y, sobre todo, tengo tan clara en mi cabeza la secuencia final que casi podría escribirla en ese mismo momento.

Durante un par de meses todo va bien, sobre ruedas. Sin embargo, en el momento en que alcanzo aproximadamente un tercio de lo que será la longitud definitiva de la novela (por aquel entonces titulada provisionalmente Este incómodo ropaje) me detengo. No porque no sepa hacia dónde seguir (en mi cabeza el desarrollo de la trama, detalles aparte, sigue estando bastante claro) sino porque, de algún modo, la historia ha dejado de interesarme, ya no me siento tan implicado en ella: la falta algo, pero aún no sé el qué.

Así que el manuscrito inacabado descansa en mi disco duro algún tiempo. Algunos meses, pienso al principio, el suficiente para que lo que tengo escrito hasta ahora me de una pista de los elementos que le faltan. Pero esos meses se convierten en casi seis años y, entretanto, me embarco en la realización de otros proyectos: un par de relatos cortos, varios artículos, una nueva novela que, con el tiempo se convertiría en El sueño del rey rojo y, por supuesto, la corrección y puesta al día de Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos para la edición de Bibliópolis.

Más o menos por esas fechas, cuando estoy terminando la corrección de mi libro holmesiano (poco suponía yo que, unos meses más tarde se convertiría sencillamente en mi primer libro holmesiano) regreso a lo que tengo escrito de Este incómodo ropaje y lo voy repasando.

La historia aún me funciona y también lo hace el modo en que está narrada así que apenas tengo que revisar lo ya escrito. De hecho, releer ese material me da las pistas suficientes de qué es lo que falta y cómo introducirlo. Así que ya lo tengo. Adelante. En dos o tres meses más remato el primer borrador de la novela. Ahora queda el inevitable proceso de revisar, eliminar alguna cosa aquí, añadir otra allá… en fin, ir puliendo hasta obtener el resultado apetecido.

Al año siguiente mi agente me sugiere que la presente al Premio Minotauro de novela. Así lo hago. Pasan los meses, se va acercando la fecha del fallo y empiezo a preguntarme qué posibilidades habrá de llevarse el premio. La editorial me comunica un día que soy finalista y que, por supuesto, estoy invitado a la fiesta durante la que se fallará el premio y se entregará el galardón.

Allí estoy yo en Madrid, un 18 de febrero, acompañado de otros finalistas como Eduardo Vaquerizo o mi buen amigo Víctor Conde, así como una amplia representación de los aficionados madrileños al género fantástico. Francisco García Lorenzana se sube al estrado, anuncia el fallo del premio y, al oír mi nombre, después de unos minutos de tensión y nervios, no puedo evitar el pensamiento de que no he oído bien, que mi ansiedad me juega una mala pasada.

Pero no, había oído perfectamente, y la novela sería publicada apenas dos semanas más tarde bajo el título definitivo de Los sicarios del cielo.

Las críticas que recibió la novela no fueron, en general, negativas; aunque distaron de ser entusiastas. En algunas de ellas, no hace falta ser un genio para darse cuenta de que la novela ha resultado una decepción para quien escribe la crítica pero que por algún motivo ha preferido resaltar lo positivo sin enseñarse en lo negativo. Y, a juzgar por lo que se puede leer en algunos foros y blogs parece haber mucha gente a la que la novela decepcionó o no gustó.

Bueno, no se puede contentar a todo el mundo. Sin duda Los sicarios del cielo no es mi mejor novela; y, seguramente, no es un libro especialmente memorable que esté destinado a convertirse en un hito en la fantasía en castellano. Tengo la sospecha, sin embargo, que de haber sido simplemente publicada, sin venir avalada por el espaldarazo de un premio, las reacciones habrían sido menos negativas. El hecho de ser una novela premiada generó una serie de expectativas que, visto lo visto, la novela no cumplió.

Es, también, la responsable en cierto modo de mi actual fama de tipo endiosado y arrogante que no aguanta que le tosan y no soporta la menor crítica negativa. Fue una entrada en este mismo blog, comentando la crítica que en Qué leer se había hecho a la novela la que empezó a generar esa sensación; o al menos, fue a raíz de ese acontecimiento que se empezó a hablar de mi actitud endiosada y de la exagerada noción que tenía de mi propia importancia.

Parece ser que cometí el pecado imperdonable de criticar una crítica. Que la criticase no por la valoración que hacía de mi obra sino por la pobreza de sus argumentos resultó irrelevante. Había dado el paso que, al parecer, un escritor no debe dar nunca. Y no contento con eso persistí en mi actitud y seguí en la misma onda. Aún sigo, de hecho, y me temo que seguiré por mucho tiempo. Soy así de cabezota, qué le vamos a hacer.

La verdad es que los ataques que he recibido desde entonces me han dado qué pensar y me han llevado a replantearme algunas cuestiones. Entre otras cosas, he llegado a la conclusión de que quizá es cierto que tengo una idea demasiado exagerada de mi propia importancia. Al fin y al cabo, si uno se mide por la talla de sus enemigos, está claro que soy una nulidad.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
Entradas similares: