Citas citables: La princesa prometida
Sábado, Junio 30th, 2007 Pertenece a Citas citables, Visto y oído | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: Cada cosa en su sitio, un sitio para cada cosa
Un libro estupendo. Y una buena adaptación cinematográfica. Y, como no podía ser menos, teniendo en cuenta que tanto el autor del libro como el guionista de la película es William Goldman, está llena de diálogos memorables.
¿Cuál elegir?
Pero, ¿por qué elegir sólo uno?
Tenemos a Fezzik encontrando a Íñigo borracho. Lo sacude y lo despierta y, cuando Íñigo le pregunta qué está haciendo, Fezzik responde: “Estoy con la Brigada Brutal”. Íñigo mira al gigantón y dice: “No. Eres la Brigada Brutal”.
Por supuesto, la frase que Íñigo recita una y otra vez mientras acosa al asesino de su padre: “Me llamo Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate para morir”.
O el “Como desees” con el que Wesley responde una y otra vez a Buttercup y que sirve a la postre para que la muchacha reconozca a su amado tras la máscara del temible pirata Roberts.
O el párrafo donde se puntúa el primer beso que se dan Wesley y Buttercup.
O, por supuesto, cuando un Wesley semi paralizado se marca un farol ante el príncipe Humperdink y, cuando éste le dice: “Lucharemos a muerte”, él responde: “No. A muerte, no. Peor. A sufrimiento”. Y, sin mover un dedo (porque no puede) se pone a describirle al príncipe todo lo que le va a hacer antes de matarlo.
El trasvase de un medio a otro es algo muy difícil, pero el guión de Goldman consigue pasar a la pantalla lo esencial de su propia novela con una habilidad envidiable. Pese a todo, algo se pierde en la adaptación. No los momentos cómicos o ingeniosos, pero sí quizá algunas de esas reflexiones que Goldman hace en su novela como quien no quiere la cosa y que, sin florituras ni necesidad de recalcarlas insistentemente, se te acaban quedando dentro.
Tal vez de todas ellas mi favorita sea la siguiente:
Ahora bien, también debo decir, por enésima vez, que la vida no es justa. Sólo es más justa que la muerte. Eso es todo
William Goldman: La princesa prometida
© 2007, Rodolfo Martínez
Intruso
Viernes, Junio 29th, 2007 Pertenece a Cuentos, En carne y hueso | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: The right stuff (2): Lo que hay que tener
Rodolfo Martínez
Intruso
-BEM 72, enero 2000.
-Laberinto de espejos, Berenice, 2006
“Intruso”es uno de mis relatos más personales. Aparentemente es un relato fantástico ambientado en una época de aspecto neolítico. En realidad poco tiene de fantástico en el sentido tradicional del término: todo lo que pasa en él puede ser explicado sin necesidad de acudir a lo sobrenatural. Pese a eso, para mí sí es un relato fantástico, uno donde intento explorar las raíces de la magia, y al arte de contar una historia como un tipo de magia, y de qué forma tan diferente vemos los hombres y las mujeres el mundo…
También intenté explorar una parte de mi historia personal que, por aquel entonces, allá por 1997, carecía de resolución y no parecía que fuera a tenerla en un plazo razonable.
De ahí que el cuento, como muchas otras historias, no tenga final en realidad.
La vida da muchas vueltas, ciertamente. Y, desde que escribí este cuento, mi situación personal ha variado de un modo considerable. La situación que describía en encontró una solución, pero como sucede a menudo, los finales de algo no son más que el principio de otra cosa que, cuando se acaba, inicia a su vez algo más.
Sí, tonterías, bien lo sé.
Pese a los años transcurridos, es un cuento con el que aún me resulta fácil identificarme y que, pese a todo, aún me convence. Me gusta su atmósfera y la historia sin final que narra. Y los sentimientos que expresaba esa versión mía de hace más de diez años siguen ahí; el tiempo ha ido pasando sobre ellos y, por tanto, alterándolos, pero no en su intensidad ni en su naturaleza básica.
Así que no es algo que, como sí que me ha pasado con otras cosas que he escrito, se haya ido volviendo ajeno con el tiempo. Para nada.
Territorio incierto: La guerra de los mundos, de Jeff Wayne
Miércoles, Junio 27th, 2007 Pertenece a Marcando el compás, Visto y oído | 3 comentarios »- El mismo día, hace un año: The right stuff (1): Elegidos para la gloria
Ver la la última actualización de Territorio incierto en Bibliópolis, crítica en la red
No one would have believed, in the last years of the nineteenth century, that human affairs were being watched from the timeless worlds of space. No one could have dreamed that we were being scrutinized as someone with a microscope studies creatures that swarm and multiply in a drop of water. Few men even considered the possibility of life on other planets. And yet, across the gulf of space, minds immeasurably superior to ours regarded this Earth with envious eyes, and slowly and surely, they drew their plans against us.
Con estas palabras arrancaba la que quizá es la más famosa novela de H. G. Wells, junto con La máquina del tiempo. Y fue diciéndolas como oí por primera vez la voz de Richard Burton: una voz profunda, resonante y precisa que declamaba el texto de Wells con elegancia y nos dejaba expectantes durante medio instante de silencio antes de que la orquesta atacase las conocidas notas de “The eve of war” y Justin Hayward cantara unos minutos después aquello de:
The chances of anything coming from Mars
Are a million to one, he said.
The chances of anything coming from Mars
Are a million to one, but still they come.
Era el año 1982, yo estaba a punto de salir de la adolescencia (o de ser expulsado de ella, según algunas versiones) y un compañero de clase puso en mis manos la versión musical de La guerra de los mundos, grabada tres o cuatro años antes y de la que yo, por aquel entonces, nada sabía. Me ganó instantáneamente, y la voz de Burton tuvo mucho que ver con ello.
El responsable de todo aquello era Jeff Wayne, un músico inglés totalmente desconocido para mí, que había tenido la idea de preparar una versión musical del clásico de ciencia ficción de H. G. Wells. Y lo hizo mezclando técnicas dramáticas, narrativas, incluso operísticas en ocasiones, con toques de pop, rock sinfónico y algo que podríamos denominar proto-tecno y con un reparto de lujo (Richard Burton a la cabeza como narrador, pero también el vocalista de los Moody Blues, Justin Hayward; el bajista de Thin Lizzy, Phil Lynott, Julie Convington y la entonces emergente promesa del pop David Essex) Wayne dio a luz su extraño capricho: un disco que, en cierta forma, iba a contracorriente de las modas de entonces (y más aún de los actuales) y que, quizá precisamente por eso, se convirtió en enormemente popular en todo el mundo.
De hecho, se llegaron a realizar adaptaciones para distintos idiomas y países, respetando la participación del reparto original en las partes cantadas, pero con actores de cada lugar en las narradas. Sé de la existencia de una versión mejicana con Anthony Quinn “doblando” a Burton, aunque nunca he llegado a escucharla. La que sí estuvo en mi poder fue la española: Teófilo Martínez (por aquel entonces una voz muy conocida, sobre todo como narrador de documentales y en anuncios) interpretaba al narrador y protagonista de la historia, el periodista. Luis Varela (al que hoy podemos ver como el jefe tiquismiquis de Camera Café) daba vida al artillero y Daniel Dicenta y Marisa Marco se encargaban del párroco Nathaniel y de Beth, su mujer, respectivamente.
La novela de Wells se adaptaba en dos vinilos que correspondían cada uno a las dos partes del original literario: “La llegada de los marcianos” y “La Tierra en poder de los marcianos”. Era una cosa… rara, una mezcla de narración (la voz de Burton, profunda, resonante, era una auténtica gozada), canciones y pasajes puramente instrumentales; con momentos épicos, trágicos, románticos o simplemente melancólicos. A veces estaba a punto de rozar lo hortera, pero de algún modo se las apañaba para sortear el peligro. El disco (doble, como he dicho) incluía una carpeta interior donde varios ilustradores daban luz a algunos momentos de la novela. Recuerdo unos cuantos de esos momentos: el que luego se usó para la cubierta, por supuesto, con un trípode en primer plano y el acorazado Hijo del trueno precipitándose hacia él; o la descripción que el artillero, en sus delirios entusiastas, daba de un posible mundo futuro subterráneo: una suerte de ciudad steam punk mucho antes de que nadie hablara de ello; o, por fin, la pintura que ilustraba al párroco enfrentándose a los trípodes marcianos y que estaba concebida siguiendo la planificación y buena parte de la ejecución del famoso cuadro de Dalí “Las tentaciones de San Antonio”.
Wayne siempre quiso representar en directo su obra, pero la prematura muerte de Richard Burton truncó sus deseos. Sin embargo, nunca abandonó del todo la idea, pese a que con el paso de los años cada vez parecía más irrealizable: Richard Burton no era el único miembro del reparto original que había fallecido; también lo hizo Phil Lynott, que había prestado su voz (tanto en las partes habladas como en las cantadas) al párroco Nathaniel: rota y profunda al mismo tiempo, parecía perfecta para encarnar al atormentado personaje.
El disco nunca ha dejado de ser uno de los favoritos de mi discoteca. Primero la versión en vinilo (tanto la original como la “doblada” al castellano) y posteriormente en CD. Con los años, supongo, su popularidad fue apagándose y, de hecho, cuando hablaba con aficionados al género fantástico de generaciones posteriores a la mía, pocos habían oído hablar de esa curiosa versión musical de la famosa novela de Wells. Todo el mundo recordaba la adaptación radiofónica de Orson Welles, evidentemente, pero casi nadie recordaba el trabajo de Jeff Wayne.
Estoy seguro, sin embargo, de que en ciertos ambientes musicales se trata de una obra de culto. Una especie de extraño clásico intemporal: el capricho personal de un único individuo decidido a recrear musicalmente una novela clásica del siglo XIX.
A veces, me imaginaba cómo habría sido esa obra representada en directo: qué extraña mezcla de concierto y teatro habría podido llevarla a la práctica y qué habría sentido ante algo así. Esas preguntas en mi mente encontraron respuesta en la gira que, en el año 2004, puso sobre los escenarios por primera vez la versión musical de La guerra de los mundos. O, más exactamente, en el DVD que recoge uno de los conciertos de la gira.
Wayne ha sido capaz de recuperar parte del reparto original (fundamentalmente, Justin Hayward y algunos de los músicos) y, gracias a los avances en técnicas digitales, ha podido construir una suerte de Richard Burton virtual: un rostro reconstruido digitalmente que se proyecta sobre una gigantesca cabeza sin rasgos que domina el escenario y que se sincroniza con la voz original del autor. En cierta forma era una de las exigencias no negociables que el autor de la obra había contraído consigo mismo: el resto del reparto podía ser sustituido, pero no la voz de Burton. Cuando la tecnología le permitió “recrear” al actor fallecido, entonces retomó su vieja idea y se lanzó adelante.
El concierto resulta impresionante, uno de esos acontecimientos en los que uno lamenta no haber podido estar. Wayne no repara en efectos especiales (un trípode a tamaño casi natural que se posa sobre el escenario, el Burton digital ya mencionado, un par de medio metrajes que se proyectan durante todo el concierto y que dan apoyo visual a la historia) y se rodea de un grupo de músicos y técnicos de primer orden que consiguen llevar a buen puerto el proyecto. Es curioso lo parecido que es en algunos aspectos a lo que había en mi imaginación: algo que no es un concierto ni una representación teatral ni una película, pero que tiene elementos de las tres cosas.
Sigo prefiriendo las voces originales, es cierto, especialmente el tono roto y desgarrado de Phil Lynott interpretando al desquiciado párroco. Y confieso que el Burton digital no termina de convencerme: el esfuerzo por integrar la voz del autor en el resto del espectáculo tiene éxito, pero no ocurre lo mismo con su imagen.
Pese a eso, es un espectáculo magnífico. Hace más de veinticinco años que oí por primera vez el disco y me ha acompañado desde entonces. Poder verlo representado en directo (aunque sea un directo “enlatado” a través del DVD) tal y como siempre se mereció, es como retroceder en el tiempo.
Publicado originalmente en Territorio incierto (Bibliópolis)
© 2007, Rodolfo Martínez
Algunas camisetas (1)
Lunes, Junio 25th, 2007 Pertenece a Mi misma mismidad, Núcleo | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: Pistoletazo de salida ,
- El mismo día, hace un año: La parte alta del ciclo
Qué sería de todo friki que se precie sin sus camisetas (negras, por supuesto) que reflejen parte de su iconografía personal.
Ahí van algunas muestras de mi pequeña colección. Comentar, ya que estamos, que a la camiseta de Flash tuve que sacarle una foto sin flash para que saliera. Curioso.






© 2007, Rodolfo Martínez
Citas citables: El Thor de Walter Simonson
Sábado, Junio 23rd, 2007 Pertenece a Citas citables, Visto y oído | 2 comentarios »
Recientemente he vuelto a leerlo y, una vez más, lo he disfrutado hasta la última viñeta. La inteligente y divertidísima combinación que Simonson logra del más clásico tebeo de superhéroes y todo el material mitológico escandivano me sigue funcionando, emocionando y entreteniendo, diez años después de su primera publicación.
En obras posteriores, Simonson refinaría su dibujo. Pero si bien aquí da más de una vez la impresión de ser demasiado “apresurado”, eso no le resta ni un ápice de eficacia narrativa. Y cuando a mitad de su paso por la serie cede los lápices a Sal Buscema, éste logra una perfecta integración con el estilo de dibujo de Simonson (o quizá Simonson lo buscó precisamente porque le parecía compatible con lo que él había hecho previamente) y la serie no decae ni narrativa ni gráficamente.
Siempre pensé que, tras la marcha de Walt Simonson de Thor, deberían haber cerrado la colección. Su trabajo había sido tan bueno que me resultaba difícil concebir que alguien pudiera volver a hacer algo que estuviera a la altura del personaje. Lo poco que he leído del Thor posterior a Simonson no me ha hecho cambiar de idea.
La serie está llena de momentos épicos (casi toda ella, pero La Saga de Surtur o la parte final de La maldición de Hela podrían ser los más característicos), humorísticos (cuando Nick Furia le proporciona a Thor una identidad secreta visténdolo de civil y poniéndoles unas gafas con la coletilla de “si al otro tipo le funciona…”, o cuando Loki convierte en rana al dios del trueno) y emotivos (las subtramas con Balder y Karnilla, el triángulo entre Siff, Thor y Bill Rayos Beta, la historia de los niños mortales criados en Asgard o el viaje al reino de Hel para rescatatar las almas de los mortales injustamente arrastradas al país de los muertos). Tiene de todo, y poco malo se puede decir de ella. Tal vez que dura demasiado poco. Es difícil reseñar un momento que descolle sobre los demás.
Quizá, porque fue lo primero que leí, es el enfrentamiento entre Jormungand y el dios del trueno el que más ha impactado. Para entonces, como ya dije, Simonson había cedido los lápices a Sal Buscema, pero en el número en el que Thor se enfrenta a la serpiente de Midgard, Simonson vuelve al dibujo con una historia narrada en páginas de una sola viñeta (splah pages, creo que es término yanqui) que poco tiene que envidiar en fuerza narrativa y aliento épico a las sagas escandinavas.
El momento que quiero citar es el que tiene lugar justo antes de ese enfrentamiento. Jormungand, disfrazado como un dragón llamado Fing-Fang-Fum (un personaje pre-Marvel bastante ridículo creado por Kirby), se encuentra con Thor y ambos mantienen un diálogo lleno de dobles sentidos que bebe claramente en las historias clásicas de enfrentamiento dialéctico con un dragón, donde nunca hay que decir la verdad y hay que esconder ésta tras enigmas. Ninguno de los dos contendientes sabe realmente con quién está hablando, hasta que Jormungand decide hacer caer el velo de la ilusión y se revela ante su oponente. Al hacer patente su verdadera naturaleza, el mundo entero se paraliza y Jormungand asume que también lo ha hecho el mortal (pues eso cree que es) con quien estaba hablando:
JORMUNGAND: Qué lástima, pequeño. Olvidé preguntar tu nombre antes de parar el reloj de la ilusión y revelarme en toda mi gloria. No importa. Cuando estés muerto asumiré otro disfraz y asistiré al duelo de tus amigos. Las mujeres gritarán su lamento y llorarán tu nombre y conoceré a mi enemigo. Pero ahora habrás de enfrentrarte sin nombre y con temor a tus dioses.
THOR: Sólo un loco ignora el temor, serpiente. Y no estoy loco.
JORMUNGAND: ¿¡Qué!?
THOR: Pero, igual que tú, tengo muchos nombres. Vinghtor el Lanzador, el Hijo de la Larga Barba y enemigo de Hrodr. En su hogar ancestral, el sabio Hymir me conoce como Veur. Compañero del infeliz Hrungnir, me han llamado algunos. Al este de Elvigar, en tierra de gigantes, susurran el nombre de Hlorjdi. Mi padre me llama hijo. Mi madre me llama querido. Y, bajo las bóvedas celestes, soy Thor Odinson, dios del trueno, temor de Jormungand. ¡Porque soy el portador de Mjolnir, el demoledor, la maza encantada del trueno y el rayo que tu padre odia! Y también tiene otro nombre. En el fragor de la tormenta ruge su furia y lo grita. ¿Lo oyes, serpiente? ¡Es tu veneno lo que lleva, Hija de Loki! ¡El fin de toda ilusión! ¡Porque el martillo canta la muerte de Jormungand!
Walt Simonson: Thor
Así pensaba terminar, pero acabo de recordar otro momento, que no puedo evitar citar. En plena batalla con su enemigo, justo antes del enfrentamiento definitivo (con Thor y Jormungand lanzándose el uno contra el otro con todo su poder) el dios del trueno dice: “Eres un poderoso luchador, pero al final no eres más que una criatura egoista. Mientras que los héroes… ¡Los héroes tienen una capacidad infinita de estupidez! ¡Y así nacen las leyendas!”.
Así se acercaba al final uno de los mejores tebeos de superhéroes que he leído en mi vida.
© 2007, Rodolfo Martínez
Terán strikes again
Viernes, Junio 22nd, 2007 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | 16 comentarios »- El mismo día, hace un año: ¿A la tercera va la vencida?

Aquí está, el cartel de la AsturCon de este año, obra de Alejandro Terán. ¿Hace falta que diga que me entusiasma el trabajo de este hombre? No, supongo que no.
Con el eje temático del “Apokeklipse”, Alejando ha compuesto una imagen poderosa y, eso espero, atractiva. El elemento principal del cartel es uno de los monumentos emblemáticos de Gijón, La madre del emigrante, obra de Ramón Muriedas que desde 1970 es uno de los símbolos más característicos de la ciudad. Como anécdota, reseñar que la costumbre popular la rebautizó hace mucho tiempo como “La lloca del Rinconín” (por su aspecto y por el lugar donde se encuentra), al igual que lo haría años después con el Elogio del Horizonte de Chillida, que sería popularmente conocido como “El cagadero de King-Kong”.
La ilustración remite sin problemas a ese apocalipsis alrededor del que hemos decidido hacer girar la cena de disfraces del sábado siete de julio, e incluso podría recordarnos, por qué no, el momento final de El planeta de los simios, en una versión más local e indiscutiblemente asturiana.
En fin, ahí está el cartel. Que lo disfrutéis. Y que disfrutéis también la AsturCon si venís por aquí.
Termino recordándoos el post donde daba información acerca de cómo llegar e inscribirse y las distintas actividades de las jornadas.
AsturCon 2007: Más sobre el Apokeklipse
Nos vemos.
© 2007, Rodolfo Martínez
© 2007, Alejandro Terán, por la ilustración
Incidente en el ferrocarril
Miércoles, Junio 20th, 2007 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | 10 comentarios »- El mismo día, hace dos años: Aplicabilidad
Ayer, como muchas otras veces, volvía de trabajar en tren. Al entrar en el vagón vi a cuatro individuos que inmediatamente mi mente catalogó como gente con “pinta de rumanos”. Me senté, saqué mi billeté y seguí con la lectura del libro de historia de Asimov, que es lo que me da por leer estos días.
Poco después llegó el revisor, me pidió el billete y, tras comprobarlo, pasó al siguiente. Que eran los tipos con “pinta de rumanos” y que, efectivamente, resultaron ser rumanos. No tenían billete, cosa en la que no vi nada raro, pues a lo largo del trayecto hay muchos apeaderos sin posibilidad de expenderlo.
Pero la reacción del revisor fue, como poco, curiosa. De muy malos modos empezó a preguntarles que por qué no tenían billete. Se miran unos a otros y se encogen de hombros. El tipo sigue erre que erre: “A ver, ¿por qué no tenéis billete?” y ellos se encogen de hombros. “A ver, ¿por dónde entrasteis en la estación? Claro, os colasteis, seguro, si ya me conozco yo el percal”. Todo esto en voz bien alta y en un tono bastante desagradable.
Finalmente, les cobra. Ellos le tienden el dinero para que lo coja y el tipo lo hace, de bastante malos modos y les da la vuelta. Uno de ellos se pone a contar lo que les ha devuelto y chapurrea en un español chungo que le ha devuelto de menos. El revisor -siempre en el mismo tono “amable”- dice que no, que ha devuelto lo que tenía que devolver. El tipo vuelve a contar su dinero y dice que no, que le ha devuelto de menos. Y el revisor insiste en lo suyo.
El revisor se va.
De pronto uno de los rumanos le llama. Van hasta el final de la línea, así que además del billete necesitan una tarjeta para pasar por la barrera, que el revisor no les ha dado. Al oír lo que le dicen, el tipo se sonríe y dice: “Nada, hombre, tranquilo, que ya te abro yo”, en un tonillo mordaz. “Tú tranquilo, no te preocupes”, insiste.
Al llegar a una de las estaciones del medio veo cómo el revisor habla con uno de los empleados de allí y le dice que avise a la Policía para que estén esperando en Gijón, al final del trayecto.
Y sigue el viaje. Los rumanos de vez en cuando le preguntan por la tarjeta, cuando lo ven pasar a su lado. Y él: “Que sí, hombre, que va a haber alguien esperando para abriros”.
El resultado: justo una estación antes de llegar al final, en un barrio de Gijón, los cuatro tipos se bajan.
Final del trayecto. Y, en efecto, hay un poli esperando. El revisor le cuenta lo que ha pasado: “Nada, hombre, unos rumanos, se han bajado antes. Ya sabía yo que iba a pasar así. Na, estos no vuelven a subir”.
Seguí mi camino, así que no sé si la cosa tuvo más secuelas.
Lo que me sorprendió de todo esto no fue la actitud del revisor. Tíos bordes y maleducados los hay en todas partes. Porque quiero resaltar que los cuatro rumanos de marras no estaban haciendo nada fuera de lo normal: sentados, a su bola, sin molestar a nadie. Y, sin mediar palabra, en cuanto vio que no tenían billete, fue el revisor quien empezó en un tono chulesco y malencarado a meterse con ellos. Pero, como digo, bordes y maleducados los hay en todas partes.
Lo que me sorprendió fue la actitud de los que estaban allí, la respuesta de los presentes a lo que pasó. Mientras asistía a la escena (no, no leí mucho de Asimov esa tarde) eché un vistazo a mi alrededor. Y lo que se reflejaba mayoritariamente en los rostros que me rodeaban era un claro apoyo a la actitud del revisor y una evidente “prevención” hacia los cuatro rumanos.
Y luego pensé en lo que había pasado por mi cabeza al entrar en el vagón y verlos allí, con sus pintas cetrinas, mal afeitados y mal vestidos. Inmediatemente sentí una punzada de “mal rollo”. Vi a cuatro tipos a lo suyo, sin molestar a nadie, pero en cuanto los vi nos gustaron sus pintas, me dije “cuatro rumanos” y me dieron mal rollo. Así que malamente puedo deicr nada de la actitud del resto de los pasajeros si la mía fue, de un modo instintivo, prácticamente sin pensar, la misma seguramente que la de ellos.
Todo esto me lleva a un montón de sitios. Y ninguno me gusta mucho. Lo que me dice de mí mismo no es nada que ya no supiera, aunque no resulta agradable: que el animal racista que instintivamente odia a los de la tribu de al lado está dentro de mí y se manifiesta a veces sin que yo tenga ni que invocarlo. Puedo no dejarme llevar por el impulso, hacer que no guíe mi conducta (y creo que así lo hago), pero el impulso existe, está ahí y negarlo sería hipócrita.
Y lo que dice del tranquilo y apacible mundo que me rodea, es aún peor.
Parecerá una tontería, un incidente aislado, un revisor que se puso borde con cuatro personas sin aparente provocación. Pero la reacción de todos (estoy seguro de que tan instintiva, tan sin pensar como lo fue la mía cuando entré en el vagón) define con contundencia una serie de cosas nada agradables. Porque el incidente se prolongó un rato; suficiente para que la gente se parase a pensar en lo que estaba ocurriendo. Y no fue eso lo que vi, precisamente. Era más fácil, tal vez incluso más consolador y reconfortante, dejarse llevar por los prejuicios y los instintos tribales.
Y presiento (no, no soy la pitonisa Lola, ni falta que hace) que todo eso irá creciendo con el tiempo.
© 2007, Rodolfo Martínez
Los sicarios del cielo
Lunes, Junio 18th, 2007 Pertenece a En carne y hueso, Novelas | 7 comentarios »
Rodolfo Martínez
Los sicarios del cielo
Minotauro, marzo 2005
ISBN: 84-450-7540-3
Estamos en 1997. De camino al trabajo, le voy dando vueltas a algunas ideas. Un hombre envuelto en un tiroteo, del que ha conseguido salir milagrosamente ileso, una policía obsesionada con meterlo entre rejas, extraños individuos que parecen perseguir a ese hombre… Y de pronto tengo, casi completa, la trama de una nueva novela. Y, encima, por su historia, es el tipo de novela que llevo un tiempo queriendo escribir, una cosa en la línea de Clive Barker o Neil Gaiman: una fantasía urbana contemporánea, con algunos toques oscuros y que pueda jugar con elementos de la mitología judeo-cristiana como material literario.
Empiezo a escribirla casi ese mismo día y, sorprendentemente, todo parece ir encajando sin problemas. Eso es raro, porque a menudo mis novelas requieren dos o tres inicios en falso antes de dar con el tono y el punto de vista adecuado para narrarlas. Sin embargo, en esta ocasión no pasa: tengo claro la forma de narrar (una tercera persona que use en abundancia el punto de vista múltiple) y la estructura de la novela. Tengo también claro hacía dónde avanzar la historia y, sobre todo, tengo tan clara en mi cabeza la secuencia final que casi podría escribirla en ese mismo momento.
Durante un par de meses todo va bien, sobre ruedas. Sin embargo, en el momento en que alcanzo aproximadamente un tercio de lo que será la longitud definitiva de la novela (por aquel entonces titulada provisionalmente Este incómodo ropaje) me detengo. No porque no sepa hacia dónde seguir (en mi cabeza el desarrollo de la trama, detalles aparte, sigue estando bastante claro) sino porque, de algún modo, la historia ha dejado de interesarme, ya no me siento tan implicado en ella: la falta algo, pero aún no sé el qué.
Así que el manuscrito inacabado descansa en mi disco duro algún tiempo. Algunos meses, pienso al principio, el suficiente para que lo que tengo escrito hasta ahora me de una pista de los elementos que le faltan. Pero esos meses se convierten en casi seis años y, entretanto, me embarco en la realización de otros proyectos: un par de relatos cortos, varios artículos, una nueva novela que, con el tiempo se convertiría en El sueño del rey rojo y, por supuesto, la corrección y puesta al día de Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos para la edición de Bibliópolis.
Más o menos por esas fechas, cuando estoy terminando la corrección de mi libro holmesiano (poco suponía yo que, unos meses más tarde se convertiría sencillamente en mi primer libro holmesiano) regreso a lo que tengo escrito de Este incómodo ropaje y lo voy repasando.
La historia aún me funciona y también lo hace el modo en que está narrada así que apenas tengo que revisar lo ya escrito. De hecho, releer ese material me da las pistas suficientes de qué es lo que falta y cómo introducirlo. Así que ya lo tengo. Adelante. En dos o tres meses más remato el primer borrador de la novela. Ahora queda el inevitable proceso de revisar, eliminar alguna cosa aquí, añadir otra allá… en fin, ir puliendo hasta obtener el resultado apetecido.
Al año siguiente mi agente me sugiere que la presente al Premio Minotauro de novela. Así lo hago. Pasan los meses, se va acercando la fecha del fallo y empiezo a preguntarme qué posibilidades habrá de llevarse el premio. La editorial me comunica un día que soy finalista y que, por supuesto, estoy invitado a la fiesta durante la que se fallará el premio y se entregará el galardón.
Allí estoy yo en Madrid, un 18 de febrero, acompañado de otros finalistas como Eduardo Vaquerizo o mi buen amigo Víctor Conde, así como una amplia representación de los aficionados madrileños al género fantástico. Francisco García Lorenzana se sube al estrado, anuncia el fallo del premio y, al oír mi nombre, después de unos minutos de tensión y nervios, no puedo evitar el pensamiento de que no he oído bien, que mi ansiedad me juega una mala pasada.
Pero no, había oído perfectamente, y la novela sería publicada apenas dos semanas más tarde bajo el título definitivo de Los sicarios del cielo.
Las críticas que recibió la novela no fueron, en general, negativas; aunque distaron de ser entusiastas. En algunas de ellas, no hace falta ser un genio para darse cuenta de que la novela ha resultado una decepción para quien escribe la crítica pero que por algún motivo ha preferido resaltar lo positivo sin enseñarse en lo negativo. Y, a juzgar por lo que se puede leer en algunos foros y blogs parece haber mucha gente a la que la novela decepcionó o no gustó.
Bueno, no se puede contentar a todo el mundo. Sin duda Los sicarios del cielo no es mi mejor novela; y, seguramente, no es un libro especialmente memorable que esté destinado a convertirse en un hito en la fantasía en castellano. Tengo la sospecha, sin embargo, que de haber sido simplemente publicada, sin venir avalada por el espaldarazo de un premio, las reacciones habrían sido menos negativas. El hecho de ser una novela premiada generó una serie de expectativas que, visto lo visto, la novela no cumplió.
Es, también, la responsable en cierto modo de mi actual fama de tipo endiosado y arrogante que no aguanta que le tosan y no soporta la menor crítica negativa. Fue una entrada en este mismo blog, comentando la crítica que en Qué leer se había hecho a la novela la que empezó a generar esa sensación; o al menos, fue a raíz de ese acontecimiento que se empezó a hablar de mi actitud endiosada y de la exagerada noción que tenía de mi propia importancia.
Parece ser que cometí el pecado imperdonable de criticar una crítica. Que la criticase no por la valoración que hacía de mi obra sino por la pobreza de sus argumentos resultó irrelevante. Había dado el paso que, al parecer, un escritor no debe dar nunca. Y no contento con eso persistí en mi actitud y seguí en la misma onda. Aún sigo, de hecho, y me temo que seguiré por mucho tiempo. Soy así de cabezota, qué le vamos a hacer.
La verdad es que los ataques que he recibido desde entonces me han dado qué pensar y me han llevado a replantearme algunas cuestiones. Entre otras cosas, he llegado a la conclusión de que quizá es cierto que tengo una idea demasiado exagerada de mi propia importancia. Al fin y al cabo, si uno se mide por la talla de sus enemigos, está claro que soy una nulidad.
© 2007, Rodolfo Martínez
Citas citables: Sin perdón
Sábado, Junio 16th, 2007 Pertenece a Citas citables, Visto y oído | Sin comentar »Parece que esta sección se está convirtiendo casi exclusivamente en citas de westerns, pero qué le vamos a hacer. Cada vez que me siento a escribir un post y empiezo a pensar en algunas de las frases o diálogos de libros, comics o películas que por un motivo u otro me hayan marcado, últimamente siempre son de ese género al que mi abuela solía llamar vaqueradas.
Esta es de Sin perdón. Un estupendo guión de David Peoples (uno de los guionistas de Blade Runner, por cierto) magníficamente filmado por Clint Eastwood y con un reparto de lujo. La película está llena de buenos momentos pero creo que el que más me marcó cuando la vi por primera vez es la frase que Eastwood le deja caer al pistolero jovencito poco después de que éste haya matado al segundo de los vaqueros:
Matar a un hombre es algo muy duro. No sólo le quitas todo lo que tiene. Le quitas todo lo que podría llegar a tener.
David Peoples: Sin perdón
© 2007, Rodolfo Martínez
Lost: la escena perdida
Viernes, Junio 15th, 2007 Pertenece a Mi misma mismidad, Paranoias | Sin comentar »![]() |
![]() |
|
© 2007, Rodolfo Martínez |
|


