Exhumando: the lost years

“Mucho se ha perdido” decía Galadriel en la versión cinematográfica de El señor de los Anillos. Lo que no he perdido del todo es la memoria.

Así que aprovechémoslo mientras dure.

Empecé a escribir a finales de los años setenta, con doce añitos, una timidez a cuestas que treinta años no han conseguido quitarme y, sobre todo, sin tener ni idea de lo que estaba haciendo. Sólo sabía que aquello me gustaba.

De todo lo que escribí entre 1977 y 1984 ha sobrevivido muy poco. Algunas cosas están en manos de José Luis Rendueles, a quien se las regalé hace años (y no ha dejado de esgrimirlo como una espada apuntada a mi cuello desde entonces) y otras siguen en mi poder: algunas están manuscritas y otras fueron tecleadas en mi máquina de escribir Olivetti, que fue lo que usé hasta mi primer ordenador, un Amstrad CPC 6128.

Si lo pienso un poco, nada de todo eso merece la pena ser rescatado. Las ideas válidas que tuve esos años fueron reaprovechadas posteriormente o lo serán tarde o temprano. El resto… está ahí, fue parte necesaria del proceso de aprendizaje y carecen de cualquier otro valor.

Así que, ¿por qué me molesto en hablar de ello?

Yo qué sé. Ego, seguramente. O nostalgia. O las dos cosas, quién sabe.

Mis primeras obras fueron lo que yo llamo (aunque es de Asimov de quien tomé el término) “novelas deshidratadas”. Con extensión de relato largo (treinta, cuarenta páginas a lo sumo) pero con estructura y desarrollo de novela. Escritas a mano en cuartillas cuadriculadas o en libretas de anillas, todo eso se ha perdido, salvo la primera: Un terrestre en Krandor V, que mis padres decidieron mecanografiar y encuadernar. Era un space opera con toques hard (o la idea que alguien de doce años puede tener de lo hard) y cada vez que la releo se me cae de las manos de puro ingenua y torpe. Aunque, lo reconozco, me hace sonreír al reconocerme en ella y recordar cómo era el chaval que la escribió.

Escribí tres o cuatro novelas deshidratadas más ambientadas en el mismo universo y con personajes que pasaban de otra.

Luego, me dio por escribir continuaciones de novelas y películas que me gustaban. Recuerdo haber escrito una de las Fundaciones de Asimov, otra del 2001 de Clarke y unas cuantas de Star Wars. No terminé ninguna y eso dio inicio a un periodo, que duró unos dos años durante los que empezaba multitud de novelas y no acababa ninguna.

La cosa acabó cuando escribí Alfa, el enviado de las estrellas. Una novela de superhéroes que logré llevar hasta el final. Aún conservo por alguna parte la libreta de anillas donde la escribí. Es ilegible, claro, no sólo por mis escasas capacidades narrativas, sino por mi infame letra.

Luego, descubrí El señor de los Anillos de Tolkien. Y aquello eclipsó todo lo demás. Entre los dieciséis y los dieciocho años, todo lo que escribí (al menos en prosa) estaba dedicado a mi Tierra Media particular, que en un alarde de imaginación prodigiosa llamé La Vieja Tierra. Escribí cuentos, cronologías, desarrollé idiomas y alfabetos, pergeñé poemas… y me embarqué en una novela llamada El hombre y la diosa que iba a ser la releche, la megahostia, la caña de España y el azote del rock, como dice no sé quién.

Durante tres años vivía (literariamente, se entiende) para El hombre y la diosa. Todo cuanto escribía estaba orientado a ella.

¿El resultado?

Unas cuatrocientas páginas manuscritas en DIN-A4 cuadriculado, con letra apretada y sin usar márgenes. Básicamente, la primera parte de la historia y un poco de la segunda. Lógicamente, iban a ser tres partes (“trilogía” era el mantra de la época).

Acabé harto y decidí dejarlo. Así, por las buenas, aquellas cuatrocientas y pico páginas se fueron a la papelera. No literalmente: aún existen, tanto el manuscrito como la versión que iba mecanografiando y corrigiendo a la vez.

Son basura, pura y simple.

Basura útil, sin embargo. Basura que me enseñó muchas cosas, me proporcionó rodaje y, tanto a través de sus errores como de sus pocos aciertos, me hizo aprender muchísimo como escritor.

Hacia 1983 ó 1984, mi universo de Drímar estaba empezando a cobrar forma. Mientras estaba embarcado en El hombre y la diosa fui también un compulsivo autor de poseía y, al mismo tiempo, empecé a darle vueltas a la idea de crear un universo referencial… pero no al estilo de los que conocía a través de la ciencia ficción, sino del Macondo de García Márquez. Me había topado con Cien años de soledad y fue como si de pronto se me abrieran los ojos a un mundo nuevo.

Así nació Drímar, originalmente una especie de universo onírico donde realidad y sueño se encontraban. Pero uno es como es y, claro, no tardó en derivar hacia un escenario de ciencia ficción.

En 1984 escribí una novela policiaca de ciencia ficción ambientada en Drímar. Se llamaba Tres huellas del poeta loco (¿a alguien le suena de algo?) y su protagonista era Roy Córdal. Córdal investigaba una intriga alrededor de un libro prohibido y la historia que escribí le debía mucho a El nombre de la rosa, del mismo modo que la ambientación de la novela estaba más que influida por Blade Runner.

“Es que a nosotros nos influía todo”, dijo una vez Paul McCartney cuando les acusaron de estar influidos por el estilo Tamla-Motown en “Got to get you into my life”. Imaginad si no me sentí identificado con esas palabras cuando las leí.

De esos años data mi personaje de El Solitario, una especie de Mad Max hispano que, con el tiempo, terminaría fundando un imperio entre las ruinas de la civilización. Después del pasado contaba precisamente sus primeros años.

Seguí escribiendo sobre Drímar, haciendo avanzar su historia y desarrollando su cronología al mismo tiempo. Mi universo no tardó en salir al espacio y desparramarse por la Galaxia. Recuerdo algunos relatos como “En la frontera” y “Qué noche la de aquel día” que me parecía que no estaban mal: el primero era una especie de western fronterizo ambientado en Drímar; el segundo, una historia un tanto ida de olla que me divirtió mucho escribir. Seguramente si las volviera a leer me parecerían horribles.

Y luego está “Yesterday”, claro. Un cuento que, cada vez que Rendueles quiere bajarme los humos o simplemente darme caña por el placer de dármela, acude a sus labios. Sí: malo, pretencioso, tonto, estúpido… todos esos adjetivos le cuadran al relato, sin la menor duda. Si conseguís convencer a Rendueles de que os lo deje leer (él posee la única copia existente) sabréis de qué hablo.

Y mientras tanto, escribí otros dos cuentos (y varias novelas más con Córdal como protagonista): “El chico de la moto es el rey” —muy influido por La ley de la calle de Coppola— y “En los confines del norte”, que partía de un sueño que había tenido con imágenes bastante sugerentes.

Esos cuentos se convirtieron en mis primeras publicaciones. Fue en el fanzine Maser, y la historia completa ya la he contado en otro lugar.

Ahí se terminan, más o menos, los años perdidos. A partir de entonces, poco material se ha quedado en la cuneta y he podido publicar prácticamente todo lo que he escrito.

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