¿Por qué no?

Por estas casualidades de la vida, el mismo día que me da por actualizar Escrito en el agua con una entrada explicando qué me ha llevado a escribir mis novelas holmesianas, me doy de narices con un post en el blog de Iván Fernández Balbuena donde abomina furibundamente de los pastiches y arremete contra la propia idea.

Bueno, contra lo que él entiende por pastiche, claro. Dado que, según la amplísima definición que da del asunto, el noventa por ciento de las artes caerían dentro de ese concepto:

para mí un pastiche es todo aquel libro o relato en que el autor, en vez de partir de su fecunda imaginación, tira por la calle de en medio y utiliza la imaginación de otro para hacer su trabajo

De acuerdo a esa definición Shakespeare se habría pasado buena parte de su vida escribiendo pastiches, pues partió a menudo de obras de autores anteriores para escribir buena parte de sus tragedias; La muerte de Arturo de Malory no sería más que un pastiche que utiliza la Vulgata Artúrica, las obras de Chretien de Troyes o el ciclo de Tristán e Isolda; una buena parte de las óperas de Verdi, Wagner o Mozart serían pastiches que adaptan a la ópera obras de teatro previas; una cierta cantidad de obras pictóricas y escultóricas de renombre serían pastiches (mencionemos a Picasso pintando una nueva versión de Las Meninas de Velázquez, por ejemplo)… vamos, que habría que mirar con lupa para encontrar algo que, de acuerdo a la definición de Iván Fernández Balbuena, no fuera un pastiche.

Lo peor no es que esa definición que maneja no sea muy adecuada, sino que mirada con calma, resulta incoherente. Por ejemplo, para él la novelización de una película es un pastiche pero la adaptación de una novela al cine no lo es. Es decir, el trasvase de medios está permitido en una sola dirección, lo cual es absurdo. Si una novela basada en una película, o en un cómic o en lo que sea es un pastiche, por fuerza una película basada en una novela o en un cómic o en lo que sea, también lo debe ser.

Por otra parte, no puedo por menos que hacer notar el desconocimiento que representa considerarlo algo endémico de la literatura fantástica, como si escribir nuevas versiones de obras previas o usar personajes pre-existentes no fuera algo que se lleva haciendo desde el mismo nacimiento de la literatura. Lo que conocemos como el Amadís de Gaula, por ejemplo, no es otra cosa que una novela pre-existente y de autor desconocido que Garci Rodríguez de Montalvo editó y reformó a su manera y luego decidió continuar, de modo que la mitad de la novela pertenece a un autor anónimo y la otra mitad no es más que la continuación de ésta que Montalvo ha escrito. Por no mencionar casos más recientes como la continuación del Lazarillo de Tormes de Camilo José Cela o el Don Juan de Gonzalo Torrente Ballester. Ejemplos como estos me temo que invalidan buena parte de la argumentación del post.

Pero la impresión que me queda al final (y sí, los dos párrafos finales de la entrada donde Iván Fernández Balbuena arremete contra Christopher Tolkien son bastante reveladores de adónde apunta el asunto) es que todo se reduce a un caso de mitomanía pura y simple. A Iván no le gusta que le toquen a sus mitos y cualquiera que se atreva a hacerlo se convierte inmediatamente en anatema.

El hecho de que una de las cosas que más molesten a Iván Fernández Balbuena sea que los autores de pastiches se atrevan a llevar a los personajes que usan por lugares donde su autor original nunca quiso o se le ocurrió meterlos, me temo que da bastantes pistas.

Sí, claro que Conan Doyle nunca enfrentó a Sherlock Holmes con Jack el Destripador o lo incluyó en una trama fantástica. Sin duda. Evidentemente. Eso no invalida mi derecho o el de cualquier otro a hacerlo.

Cuando un personaje se convierte en un icono popular, me temo que deja de pertenecer al autor. Pertenece al imaginario colectivo. Y el personaje sufre cambios, modificaciones, se adapta a los nuevos tiempos y se va alterando a medida que las percepciones y los gustos del público cambian. Evidentemente, mantiene ciertos rasgos identificativos (o perdería su naturaleza icónica) pero cambia para adaptarse a los tiempos (o dejaría de estar en la memoria del público).

Superman, por poner un ejemplo que conozco bien, ha pasado por centenares de autores distintos que, una y otra vez, han ido redefiniendo el personaje (tanto en su apariencia visual como en su personalidad) e intentando preservar su esencia definitoria en el proceso.

El mito artúrico ha sido reelaborado una y otra vez a medida que pasaba el tiempo y poco tiene que ver con el mito celta original (o puede que incluso precelta) o con la realidad histórica de la que pudo haber partido. En el proceso, por supuesto, ha mantenido una serie de características que lo hacen reconocible al primer vistazo (así funcionan los mitos y los iconos) pero también ha cambiando enormemente. El ciclo artúrico nos pertenece a todos, no a su olvidado autor original. Ni siquiera a sus autores conocidos más famosos. Es nuestro, de todos, y todos lo reinterpretamos —aunque sea para nosotros mismos en la privacidad de nuestra mente— y lo reformateamos de acuerdo a nuestros gustos, nuestra moral, nuestras percepciones y nuestra imaginación. Y algunos de esos “todos” deciden contar su propia versión y ponerla por escrito o pasarla a la pantalla o narrarla en las páginas de un cómic, en un cuadro o en una composición musical.

Me limitaré a apuntar otros casos evidentes de personajes o historias que han pasado al imaginario popular y han sido reinterpretadas una y otra vez para cada generación, como puede ser la Odisea homérica, James Bond, el Quijote —que precisamente Iván Fernández Balbuena ponía como ejemplo de algo que sería irrisorio en caso de intentar un re-acercamiento a él—, Tarzán, la épica de Gilgamesh, Jesucristo, el Ragnarok escandinavo, el Cid…

Y, le guste o no a Iván Fernández Balbuena, otro tanto pasa con su adorado Sherlock Holmes. El personaje alcanzó la categoría de mito, de icono popular hace tiempo. Si es legítimo reelaborar una y otra vez el mito artúrico o el personaje de Superman o la Odisea de Homero y reinterpretarlos una y otra vez para cada época y generación de lectores, por qué no va a serlo con Sherlock Holmes.

Por supuesto, la legitimidad de algo no garantiza su calidad. Mis novelas holmesianas pueden ser malas, infectas, infames, infumables, horripilantes… Claro que sí. Pero no porque sean pastiches, en todo caso lo serán porque son malos pastiches.

POSTADATA:

No puedo terminar sin un par de apuntes (que van a ser tres, pero bueno).

  1. Me temo que Los hijos de Hurin (el libro que parece haber sido el detonante de la indignación de Iván Fernández Balbuena) no cuesta lo que él afirma… salvo que alguien quiera pillar la edición de lujo. Su precio en edición normal no pasa de los 19,95 euros, bastante razonable para un libro de su formato y características en los tiempos que corren. Es un detalle tonto, pero que tiene su importancia.
  2. Si se hubiera tomado la molestia de enterarse, Iván Fernández Balbuena sabría que Los hijos de Hurin no es ningún pastiche. Es un intento de reconstruir a partir de distintos manuscritos (todos ellos de puño y letra de Tolkien) y respetando al máximo posible la intención narrativa del autor, lo que habría sido el texto completo de haberlo podido acabar Tolkien. En un 99%, la novela está escrita por el autor que aparece como tal en la portada. Su hijo Christopher ha hecho un trabajo de edición y ensamblaje. Podrá haberlo hecho mejor o peor, pero eso no tiene nada que ver con un pastiche.
  3. Y me parece que ya va siendo hora de que, por fin, escriba mi post en defensa de Christopher Tolkien.

© 2007, Rodolfo Martínez

17 comentarios

  1. En fin.
    Un pastiche no tiene nada de malo, aparte del nombre desafortunado que suena a pisto manchego cocinado con demasiada grasa. Lo cuál, dicho sea de paso, tampoco tiene nada de malo. Meter en los hornos del infierno a todos los pastiches es tanto como meter en el mismo horno a todas las novelas de genero negro hard-boiled, o a todas las novelas románticas, o a todas las costumbristas de la guerra civil, o, ya puestos, a todas las novelas como género literario. Porque yo lo valgo, y eso, sin argumentación sostenible ni mayor interés constructivo.

    Siguiendo con lo que apuntas, la obra de Tolkien padre es, a grosso modo, un pastiche que utiliza -a veces con elegancia, otras de modo salvaje- toda la tradición mítica escandinava (incluyendo espadas negras con inteligencia propia, anillos de poder, diferentes estratos de dioses amenazados con un final muy humano) con el fin de realizar un ambicioso experimento filólogo-mitológico sin parangón en la literatura del siglo XX. Reducir ese trabajo a simple novela de fantasía épica es un absurdo tan grande como supondría descalificarla por ser un pastiche: puede hacerse, joder, porque es una novela de fantasía épica; también es una gran novela de aventuras, es una novela de exploración y adaptación de los antiguos mitos escandinavos, es muchas otras cosas y hasta es una novela con sus problemas de ritmo. Pero atacarla sencillamente por ser una novela de fantasía épica es algo que hoy día no se nos pasa por la cabeza, digo yo; y es que meterse con un género literario en conjunto, o con un tipo de cine o estilo pictórico, sin prestar atención a los valores o errores de sus individuos, es un ejercicio tan fútil como desafortunado.
    Así que un pastiche es malo para la literatura por ser un pastiche. Cojonudo. Eso invalida la obra de Mendelssohn, por adaptar a nuevos tiempos la de J.S. Bach, la de Beethoven por tomar los elementos novedosos de W.A. Mozart, la de Mozart por hacer lo propio con los que desarrolló Haydn, la de Bramms, Wagner, R. Strauss, Stravinsky… y casi todos los compositores del Siglo XX. Por hablar sólo de música. De hecho, si es que todos los descubrimientos científicos son pastiches.

    Que sí, que uno es libre de decir “no me gustan los pastiches”. Pero de ahí a que pretenda que resulte seria una descalificación de todos ellos por sistema hay como siete u ocho pueblos bien poblados.

  2. Deberías dejar de enfadarte como un crio de cinco años cada vez que alguien dice algo sobre ti, que no sea un elogio.

  3. O tal vez hay gente que no debería expresar opiniones de un crío de cinco años cuando pretende hacer “crítica” y no tiene nada que decir.

  4. Y tú, 42 1/2 tal vez deberías leer lo que hay escrito en lugar de lo que esperas encontrar. Puestos a dar consejos…

  5. No se la edad que tendrá el Balbuena, pero su lucha a capa y espada contra los pastiches es típica de la adolescencia, donde todos somos unos intransigentes sectarios que tomamos una posición arbitraria y la defendemos debido a que a esa edad uno necesita hacerse notar, necesidad imagino impuesta por el yugo de las hormonas, no lo sé. Y claro, es que cuando adolescente, uno ya lo sabe todo (o eso cree). El caso es que, precisamente con los años, me he dado cuenta de que la idea popular segun la cual con la edad te vuelves más intransigente, es totalmente falsa, ya que la experiencia te enseña que las cosas no son blancas o negras, y te haces más tolerante que en la dichosa adolescencia.

    Digo esto porque el ejemplo que has puesto, Rudy, de Christopher Tolkien, se me puede aplicar como un guante. Cuando era adolescente, y lo sabia todo, y blah, blah, yo pensaba que Christopher era un cretino sin perdón, y ahora que soy may… eh, menos joven, pues me ha entrado el juicio y no pienso ni digo este tipo de zarandajas, y respeto mucho la obra de Christopher para con la obra, valga la redundancia, de su padre.

    Tampoco nos enfademos con el Balbuena ni con nadie por cometer los errores de la adolescencia. Aunque sea con años de desfase, oye, cada uno tiene todo el derecho del mundo de madurar a su ritmo…

    P.D.: Ya me estoy leyendo Trafalgar de la Goro, y me esta molando tanto, que igual escribo un pastiche, jijijji…

  6. A esto nos lleva toda la propaganda de los derechos de autor y su eternización. Los personajes se escriben, y son propiedad del autor en vida y durante unos años de sus herederos, luego caen en el dominio público y son cultura de todos. Esto no solo quiere decir que las editoriales pueden vender el libro sin pagar un duro a nadie, también quiere decir que los personajes, las historias, pasan a ser propiedad de todos. Rudy puede hacer un relato con Sherlock Holmes y por supuesto no es un relato de Conan Doyle, ni creo que lo pretenda, es un relato de otra persona con un protagonista que le inspira y que está en el imaginario colectivo. Si yo quiero hacer un relato con Arturo como protagonista, puedo, es un icono cultural y tengo todo el derecho del mundo a reinterpretarlo, y a cada cual le puede parecer una magistral reinterpretación del mito o una puta mierda (con perdón del auditorio) pero uno escribe lo que le viene en gana y no tiene por qué respetar lo que a otro le parece sagrado si no quiere, le pese al talibán que le pese.

  7. Según algunas teorías literarias cuyos postulados se enseñan como realidades en las Escuelas de Cine, de hecho toda la cultura humana es un pastiche. Algunos expertos como Syd Field afirman que son cinco -otros dicen que siete, y otros que nueve- las historias básicas que la humanidad maneja para sus relatos: la pérdida, el viaje iniciático, la redención, etc que se reelaboran y transforman continuamente.

    De hecho una de las cosas que me fascinó de Bosque Mitago es que por primera vez un escritor había leído algo de Historia y Antropología y había descubierto que la forma en que se transmiten las historias es, en sí misma, una historia apasionante. Antes de que hubiera un Robin Hood hubo un Hereward The Wake…

    Pero por supuesto, todo esto es innecesario cuando uno tiene CERTEZAS ABSOLUTAS y además puede leer el pensamiento de la gente en lugar de leer lo que escribe, ¿eh 42 1/2? :D

    Es curioso, yo descubrí el Trafalgar de la Gorodischer que cuenta Flecha cuando era un adolescente, y la frescura de esa ciencia ficción que no se daba tanta importancia y que se combinaba con visitas a las tías solteronas de Buenos Aires, me alucinó. Lejos de molestarme su condición, esa mezcla me hizo crecer en amplitud de miras. Aprendí que había más cosas que las que yo conocía.
    Claro que yo era un adolescente muy raro…

  8. Trafalgar es pura transmisión de historias, como mencionas (y que bueno es Bosque Mitago), pues toma la “mitología” de los viajes espaciales, y la recuenta en su propio contexto, la transforma, etc. De hecho, a mi me recuerda muchísimo a los Diarios de Lem porque, supongo, en el fondo son lo mismo, los “mitos” del siglo XX.

    Por cierto, añade por favor si puedes algunas referencias aqui (libros mejor) donde se cuenten esas teoria y esos postulados, que nunca pude encontrar nada sobre las “historias básicas”.

  9. ¿Y que salga en anuncios de Red Bull no le molesta? Al menos tú usas al personaje de manera que entretienes al lector, no para vender un tercer producto.

  10. Estoy completamente de acuerdo con Flecha. La ciencia ficción tiene mucho que ver con los mitos del siglo XX. De hecho la ciencia ficción ha transformado viejos mitos y ha creado otros nuevos, y no únicamente la ciencia ficción, toda la literatura fantástica moderna en general. Es más, en los cómics de superhéroes encontramos toda una mitología en el sentido canónico del término.

  11. Flecha, si entrara aquí en el tema podría ser acusado de invasión de blog ajeno, y encima -y sería lo que más me fastidiría- con razón.
    Sin embargo el tema siempre me ha interesado, para empezar porque desmonta ideológicamente las bases de engendros como la SGAE, y en breve tenía pensado dedicarle al asunto una entrada.

    No obstante, sí se pueden recomendar algunas lecturas sobre el tema. Para empezar, a Willa Cather, que en “Los Pioneros” nos habla de los “Lugares Comunes” que muchos teóricos relacionan con los mitos. Otros las llaman “Tramas Maestras”. Kipling afirmaba que había sesenta y nueve. Carlos Gozzi treinta y seis. Ronald Tobias, veinte.

    Otras lecturas interesantes al respecto son “El Héroe de las Mil caras” de Joseph Campbell (sí, el de Lucas) y el interesante ensayo de Robberto Cotroneo titulado “Si una mañana de verano un niño” en la que explica una teoría de la literatura llamada “de los vasos comunicantes” sumamente interesante. Entre otras cosas dice: “No te sorprendas, cuanto mayor sea la confusión, cuanto más se confundan en tu mente los siglos, los títulos y la literatura toda, más habrás entendido. Y si la última canción de moda, la más estúpida te trae a la memoria un fragmento de la obra de Heráclito, eso querrá decir que tu cultura no corre peligro.”
    Lo que pone de manifiesto tres hechos incontrovertibles: que el niño al que Cotroneo leía el ensayo no era Iván Fernández Balbuena, que ni éste ni 42 1/2 han leído a Cotroneo y que Rudy y algunos otros mantienen en perfecto estado de salud a la cultura occidental… :P

  12. ” que Rudy y algunos otros mantienen en perfecto estado de salud a la cultura occidental…”

    Tú sí que eres un CABRÖN, so cabronazo. Pero, bueno, al menos no me has llamado “Faro de Alejandría”, algo es algo.

  13. “Algunos expertos como Syd Field afirman que son cinco -otros dicen que siete, y otros que nueve- las historias básicas que la humanidad maneja para sus relatos”

    Y Heinlein decía que tres: “chico conoce a chica”, “el patito feo” y “el sastrecillo valiente”; todo lo demás son reelaboraciones. Cuanto más leo más me parece que tenía razón…

    (Pero Rudy no será baluarte de la cultura occidental, no hablemos ya de Faro, mientras insista en estasizar pizzas.) :P

  14. Pucheritos Martínez llorando y pataleando otra vez porque alguien se atreve a criticarlo. Qué sorpresa… de todos modos ya se la tenías jurada al individuo este, ¿verdad?. Pucheritos ni olvida ni perdona.

    Qué desgraciado serías si empezaras a vender mucho; no darías abasto para apostillar y rajar a todo Dios que se atreva a dudar de tus cualidades.

    Qué graciosa es también la caterva de lameculos que te rodea: la corte de milagreros lameculos de Isabel II pero en más cutre todavía.

  15. Uy, mira por donde. Llevaba un tiempo echando de menos las intervenciones de Ballesteros. Pero veo que Polanco sabe suplir perfectamente su ausencia.

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