Here lies one whose name was writ in water
-Epitafio en la tumba de John Keats

Archivo de Mayo 16th, 2007

¿Por qué no?

Miércoles, Mayo 16th, 2007 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | 17 comentarios »

Por estas casualidades de la vida, el mismo día que me da por actualizar Escrito en el agua con una entrada explicando qué me ha llevado a escribir mis novelas holmesianas, me doy de narices con un post en el blog de Iván Fernández Balbuena donde abomina furibundamente de los pastiches y arremete contra la propia idea.

Bueno, contra lo que él entiende por pastiche, claro. Dado que, según la amplísima definición que da del asunto, el noventa por ciento de las artes caerían dentro de ese concepto:

para mí un pastiche es todo aquel libro o relato en que el autor, en vez de partir de su fecunda imaginación, tira por la calle de en medio y utiliza la imaginación de otro para hacer su trabajo

De acuerdo a esa definición Shakespeare se habría pasado buena parte de su vida escribiendo pastiches, pues partió a menudo de obras de autores anteriores para escribir buena parte de sus tragedias; La muerte de Arturo de Malory no sería más que un pastiche que utiliza la Vulgata Artúrica, las obras de Chretien de Troyes o el ciclo de Tristán e Isolda; una buena parte de las óperas de Verdi, Wagner o Mozart serían pastiches que adaptan a la ópera obras de teatro previas; una cierta cantidad de obras pictóricas y escultóricas de renombre serían pastiches (mencionemos a Picasso pintando una nueva versión de Las Meninas de Velázquez, por ejemplo)… vamos, que habría que mirar con lupa para encontrar algo que, de acuerdo a la definición de Iván Fernández Balbuena, no fuera un pastiche.

Lo peor no es que esa definición que maneja no sea muy adecuada, sino que mirada con calma, resulta incoherente. Por ejemplo, para él la novelización de una película es un pastiche pero la adaptación de una novela al cine no lo es. Es decir, el trasvase de medios está permitido en una sola dirección, lo cual es absurdo. Si una novela basada en una película, o en un cómic o en lo que sea es un pastiche, por fuerza una película basada en una novela o en un cómic o en lo que sea, también lo debe ser.

Por otra parte, no puedo por menos que hacer notar el desconocimiento que representa considerarlo algo endémico de la literatura fantástica, como si escribir nuevas versiones de obras previas o usar personajes pre-existentes no fuera algo que se lleva haciendo desde el mismo nacimiento de la literatura. Lo que conocemos como el Amadís de Gaula, por ejemplo, no es otra cosa que una novela pre-existente y de autor desconocido que Garci Rodríguez de Montalvo editó y reformó a su manera y luego decidió continuar, de modo que la mitad de la novela pertenece a un autor anónimo y la otra mitad no es más que la continuación de ésta que Montalvo ha escrito. Por no mencionar casos más recientes como la continuación del Lazarillo de Tormes de Camilo José Cela o el Don Juan de Gonzalo Torrente Ballester. Ejemplos como estos me temo que invalidan buena parte de la argumentación del post.

Pero la impresión que me queda al final (y sí, los dos párrafos finales de la entrada donde Iván Fernández Balbuena arremete contra Christopher Tolkien son bastante reveladores de adónde apunta el asunto) es que todo se reduce a un caso de mitomanía pura y simple. A Iván no le gusta que le toquen a sus mitos y cualquiera que se atreva a hacerlo se convierte inmediatamente en anatema.

El hecho de que una de las cosas que más molesten a Iván Fernández Balbuena sea que los autores de pastiches se atrevan a llevar a los personajes que usan por lugares donde su autor original nunca quiso o se le ocurrió meterlos, me temo que da bastantes pistas.

Sí, claro que Conan Doyle nunca enfrentó a Sherlock Holmes con Jack el Destripador o lo incluyó en una trama fantástica. Sin duda. Evidentemente. Eso no invalida mi derecho o el de cualquier otro a hacerlo.

Cuando un personaje se convierte en un icono popular, me temo que deja de pertenecer al autor. Pertenece al imaginario colectivo. Y el personaje sufre cambios, modificaciones, se adapta a los nuevos tiempos y se va alterando a medida que las percepciones y los gustos del público cambian. Evidentemente, mantiene ciertos rasgos identificativos (o perdería su naturaleza icónica) pero cambia para adaptarse a los tiempos (o dejaría de estar en la memoria del público).

Superman, por poner un ejemplo que conozco bien, ha pasado por centenares de autores distintos que, una y otra vez, han ido redefiniendo el personaje (tanto en su apariencia visual como en su personalidad) e intentando preservar su esencia definitoria en el proceso.

El mito artúrico ha sido reelaborado una y otra vez a medida que pasaba el tiempo y poco tiene que ver con el mito celta original (o puede que incluso precelta) o con la realidad histórica de la que pudo haber partido. En el proceso, por supuesto, ha mantenido una serie de características que lo hacen reconocible al primer vistazo (así funcionan los mitos y los iconos) pero también ha cambiando enormemente. El ciclo artúrico nos pertenece a todos, no a su olvidado autor original. Ni siquiera a sus autores conocidos más famosos. Es nuestro, de todos, y todos lo reinterpretamos —aunque sea para nosotros mismos en la privacidad de nuestra mente— y lo reformateamos de acuerdo a nuestros gustos, nuestra moral, nuestras percepciones y nuestra imaginación. Y algunos de esos “todos” deciden contar su propia versión y ponerla por escrito o pasarla a la pantalla o narrarla en las páginas de un cómic, en un cuadro o en una composición musical.

Me limitaré a apuntar otros casos evidentes de personajes o historias que han pasado al imaginario popular y han sido reinterpretadas una y otra vez para cada generación, como puede ser la Odisea homérica, James Bond, el Quijote —que precisamente Iván Fernández Balbuena ponía como ejemplo de algo que sería irrisorio en caso de intentar un re-acercamiento a él—, Tarzán, la épica de Gilgamesh, Jesucristo, el Ragnarok escandinavo, el Cid…

Y, le guste o no a Iván Fernández Balbuena, otro tanto pasa con su adorado Sherlock Holmes. El personaje alcanzó la categoría de mito, de icono popular hace tiempo. Si es legítimo reelaborar una y otra vez el mito artúrico o el personaje de Superman o la Odisea de Homero y reinterpretarlos una y otra vez para cada época y generación de lectores, por qué no va a serlo con Sherlock Holmes.

Por supuesto, la legitimidad de algo no garantiza su calidad. Mis novelas holmesianas pueden ser malas, infectas, infames, infumables, horripilantes… Claro que sí. Pero no porque sean pastiches, en todo caso lo serán porque son malos pastiches.

POSTADATA:

No puedo terminar sin un par de apuntes (que van a ser tres, pero bueno).

  1. Me temo que Los hijos de Hurin (el libro que parece haber sido el detonante de la indignación de Iván Fernández Balbuena) no cuesta lo que él afirma… salvo que alguien quiera pillar la edición de lujo. Su precio en edición normal no pasa de los 19,95 euros, bastante razonable para un libro de su formato y características en los tiempos que corren. Es un detalle tonto, pero que tiene su importancia.
  2. Si se hubiera tomado la molestia de enterarse, Iván Fernández Balbuena sabría que Los hijos de Hurin no es ningún pastiche. Es un intento de reconstruir a partir de distintos manuscritos (todos ellos de puño y letra de Tolkien) y respetando al máximo posible la intención narrativa del autor, lo que habría sido el texto completo de haberlo podido acabar Tolkien. En un 99%, la novela está escrita por el autor que aparece como tal en la portada. Su hijo Christopher ha hecho un trabajo de edición y ensamblaje. Podrá haberlo hecho mejor o peor, pero eso no tiene nada que ver con un pastiche.
  3. Y me parece que ya va siendo hora de que, por fin, escriba mi post en defensa de Christopher Tolkien.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
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