¿Por qué?

Es una pregunta que me hago a menudo, referida a mis novelas de Sherlock Holmes.

Vale, una estaba bien. Supongo que es algo que la mayoría de los escritores principiantes hacen: jugar con sus universos o personajes de ficción favoritos. Luego, vas creciendo y dejas de hacer esas cosas, y puede que hasta te avergüences de haberlo hecho alguna vez, no lo sé. Ocasionalmente, el impulso vuelve y quizá te dejes llevar por él.

Eso ocurrió en mi caso con “La sabiduría de los muertos”. Releía las historias de Conan Doyle y me apeteció jugar con el personaje. Lo hice y, para mi sorpresa, el resultado fue satisfactorio; no sólo para mí sino para otras personas.

Bueno, vale, estaba bien. Había tenido suerte y la cosa había funcionado. Ahora, a lo nuestro y dejemos esa novelita holmesiana como una simple curiosidad.

Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos
Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos

Y aquí estoy, dos novelas sobre Sherlock Holmes después (la última a punto de publicarse) y trabajando en la cuarta. Y hasta planteándome la idea de escribir algún relato corto sobre el personaje. Incluso, por qué no, jugando con la idea de lanzarme alegremente por el camino del spin off, y tomar algún personaje secundario de estas novelas y convertirlo en el protagonista de otra.

Así que me pregunto de nuevo: ¿por qué?

Con la primera novela sucedió tal como he explicado. Cómo nació la segunda, lo he narrado en alguna otra parte: mientras corregía Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos para su edición en Bibliópolis, volvió a surgir el impulso. Eso, unido a que en aquella época estaba leyendo un buen puñado de libros sobre la Guerra Civil Española acabó creando en mi mente esa inverosímil trama sobre el Necronomicon en nuestra tierra en el año 38. La idea me gustó, jugué con ella y, otra vez para mi sorpresa, el resultado fue satisfactorio; de nuevo para mí y para algunas personas más. Pero no hubo nada deliberado en ello, no existía el impulso de escribir una “trilogía” ni una “saga” ni nada parecido. Simplemente, las cosas ocurrieron.

Pero entonces, ¿por qué me planteé la tercera novela casi inmediatamente tras terminar la segunda, ese Sherlock Holmes y el heredero de Nadie que estoy escribiendo ahora y que fue pospuesto por culpa de un viaje a Portugal y la aparición de una nueva historia titulada Sherlock Holmes y la boca del infierno?

¿Por qué sigo escribiendo sobre Sherlock Holmes?

¿Por qué lo hago, además, del modo en que lo hago?

Y sobre todo, ¿por qué me siento tan seguro, tan carente de miedo e inhibiciones cuando lo hago?

Porque, si algo me proporcionan estas novelas es una libertad narrativa total y una carencia de miedo absoluta. Cuando escribo una novela de Sherlock Holmes me atrevo a hacer cosas que no había hecho antes, y las hago sin temor alguno, sin preocuparme de si aquello saldrá bien o mal. Simplemente, en ese momento la idea me parece apropiada y me lanzo sobre ella sin ninguna precaución.

Y acaban funcionando. Lo hacen para mí y también para un puñado de lectores, al menos.

Es algo acerca de lo que he dado muchas vueltas, he dedicado unas cuantas horas a pensar sobre ello. Y he llegado a algunas conclusiones. Que quizá no sean ciertas, claro, pero a mí me funcionan, me explican el asunto, consiguen que ese molesto “por qué” obtenga respuesta.

Sherlock Holmes y las huellas del poeta
Sherlock Holmes y las huellas del poeta

La primera novela adoptaba una forma narrativa canónica: era el doctor Watson quien contaba la historia y la estructura de la novela seguía más o menos los pasos de una novela clásica holmesiana. Introduje en ella elementos ajenos al canon, por supuesto, sobre todo los aspectos lovecraftianos, aunque también otros, pero en lo formal, seguía el canon holmesiano.

Canon que no tardé en abandonar en Sherlock Holmes y las huellas del poeta y del que me he alejado aún más (si bien lo revisito al principio de la historia, pero ahora de un modo más autoconsciente, quizá algo irónico) en Sherlock Holmes y la boca del infierno. En cuanto a Sherlock Holmes y el herededo de Nadie, bueno, no diré mucho puesto que la novela está en proceso, pero digamos que continúa la tendencia apuntada.

Por otro lado, ya desde el principio inicié un proceso de mestizaje literario que con las sucesivas novelas se ha ido ampliando hasta extremos que quizá algún lector juzgue excesivo. Los elementos lovecraftianos que antes comentaba, por supuesto; algunos personajes con evidentes reminiscencias de Neil Gaiman; Franco y la Guerra Civil; un personaje que sólo puede haber salido de un cómic de superhéroes; el Rick Blaine de Casablanca… y las cosas siguen en los libros posteriores, como podréis comprobar en breve en cuanto Sherlock Holmes y la boca del infierno se ponga a la venta el mes que viene; y podréis seguir comprobándolo, si todo va bien, cuando Sherlock Holmes y el heredero de Nadie esté terminada y lista para su publicación.

¿Qué estoy intentando? ¿Compendiar la mitología popular del siglo XX en un solo universo con pretensiones de coherencia?

No, no exactamente, no soy tan arrogante. Pero sí que van un poco por ahí los tiros.

Porque lo que estoy haciendo es compendiar la mitología de mi infancia, mi propia iconografía de lector (o espectador), personal e intransferible. En cierto modo estoy reconstruyendo, ahora en clave literaria y de un modo deliberado y consciente, lo que mi mente, cuando era niño, hacía de forma automática y sin pensar en ello.

No había distinciones entre los universos literarios, tebeísticos o fílmicos que llenaban las horas de entretenimiento en mi infancia. Para mí, que Holmes, Superman y Tarzán compartieran escenario (en distintos momentos y en diferentes lugares, pero en el mismo cosmos de ficción) era algo natural.

De hecho, cuando leía comics me preguntaba a menudo por qué, por ejemplo, Superman y Spiderman nunca se encontraban. En realidad lo hicieron, como descubrí poco después merced a un vecino cuyos padres habían emigrado años atrás a Suiza, donde él pasó su infancia. Una de las cosas que trajo consigo al volver a España fue un cómic en formato enorme (y en alemán) donde Superman y Spiderman se enfrentaban juntos a Lex Luthor y el doctor Octopus. No entendía nada de lo que decía el tebeo, claro, pero la historia era fácil de seguir. Y no hizo más que confirmar mis sospechas de que todos estaban en el mismo universo y que, si no se encontraban, era simplemente por casualidad.

A sabedoria dos mortos
A sabedoria dos mortos

Luego, uno va creciendo y aprende a compartimentar las cosas en la cabeza. Y tiene claro que los diferentes universos de ficción no se tocan unos con otros (salvo excepciones) y que todo está en su sitio y hay un sitio para cada cosa.

Sólo que no terminas de aprenderlo del todo. En el fondo, ese niño sigue ahí, dentro de ti, considerando que todo está intercomunicado. Y creo que es ese niño el que me impulsa, en cierto modo. Es él quien ha decidido, partiendo de los universos ficticios de Conan Doyle y H. P. Lovecraft, reconstruir el macrocosmos de ficción que había en su mente.

No lo he sabido hasta ahora, pero en cuanto la idea asomó a mi cabeza me pareció tan evidente que casi me di de bofetadas por no haberlo pensado antes. Pero, bueno, ya sabéis lo que se suele decir: el implicado es el último en enterarse. Estoy, en cierto modo, construyendo mi universo “ideal” de lector, metiendo en él todas las cosas que me gustan y haciendo que estén comunicadas entre sí.

Así que nunca terminamos de dejar atrás la infancia por completo. Creemos haberla superado, claro, pensamos que no es más que algo por lo que hemos pasado pero ya no existe. Pero está ahí; y al final, cuando desnudas tus motivaciones de todo lo accesorio, de todas las molestas excrecencias que los años han ido depositando sobre ellas, descubres que ya estaban en ese niño introvertido e imaginativo que leía sin parar —tebeos y novelas—, estaba fascinado por la televisión y construía sus primeras historias jugando en solitario con sus Madelman, sus Big Jim y sus Geiperman, mezclándolos sin preocuparse por la diferencia de tamaños o proporciones.

Estoy, en cierto modo, jugando de nuevo. Vuelvo a ser el niño que devoraba cuanto leía (o veía en la pantalla) y luego lo reproducía una y otra vez en su imaginación y, al hacerlo, lo cambiaba y lo adaptaba a su gusto.

Y quizá esa es la clave de la otra pregunta: ¿por qué no tengo miedo cuando escribo las novelas holmesianas? ¿Por qué, no importa lo que intente, no importa lo descabellada que sea la idea, me lanzo sobre ella con entusiasmo y sin inhibiciones?

Porque estoy jugando. Tan sencillo como eso. Juego con las ideas, las historias, los personajes y de un modo instintivo los voy encajando, ensamblando unos con otros y construyendo, pasito a pasito y sin preocuparme por lo que ocurra, mi propio universo de ficción. Porque sí, porque me lo paso bien, porque (dice el niño que aún sigue dentro de mí) así es como deben ser las cosas y así es como tienen que encajar.

Así que, una y otra vez, reordeno las piezas de todo aquello que forma parte de mi mitología personal y les voy dando una forma nueva, distinta, adecuada… Al menos para mí, claro; y quizá para algunos lectores más también. Eso espero.

Claro que todo esto no responde a la pregunta de por qué precisamente con Sherlock Holmes. Por qué ese personaje y no otro cualquiera ha sido el detonante de todo esto.

Pero, bueno, siempre hay que dejar alguna pregunta sin respuesta, ¿no?

© 2007, Rodolfo Martínez

3 comentarios

  1. Completamente de acuerdo contigo, Rudy. Creo que todos en algún momento de nuestra infancia hemos interconectado universos de ficción, (¿quién no ha imaginado una épica batalla entre Superman y La Masa? ¿O una pelea entre Los Vengadores y La Liga de la Justicia, por ejemplo?). Disfruto enormemente con ltus novelas del ciclo holmesiano y no puedo esperar a leer las siguientes. Incluso he pensado en una idea para un posible spin-off de la serie.

    Imaginemos que Moriarty no hubiera muerto en las cataratas de Reichenbach tras su enfrentamiento con Holmes, y que su hermano Mycroft tuviera pruebas de que está vivo y preparando su regreso. Deseoso de vengar la muerte de su hermano, Mycroft Holmes se embarcaría en una cacería humana a lo largo de toda Europa, y para ello viajará a Paría para unir fuerzas con el único hombre cuyo ingenio es comparable al de Sherlock Holmes: C. Auguste Dupin, el célebre detective protagonista de las novelas de Edgar Allan Poe. Dupin, ahora un anciano adicto a la morfina que no es ni la sombra de lo que fue en sus días de gloria. Cuando escucha su oferta, se muestra reticente al principio, pero un atentado fallido contra su vida, perpetrado por los pistoleros de Moriarty, le convence de que la única forma de seguir vivos es trabajar juntos. Esa misma noche parten en el Orient Express con rumbo incierto, en busca del hombre más peligroso que el mundo haya conocido…

    Suena un poco como “La Liga de los Hombres Extraordinarios”, pero como comienzo no está mal, ¿verdad? Creo que de aquí podría salir una novela o un cuento largo. ¿Tú que dices?

  2. Hola. Estoy deseando que salga tu nueva novela sobre Sherlock Holmes. Tengo 35 años y compartimos gustos de la infancia. Gustos que continuan y se amplifican con la edad por lo que veo. Gracias por tus novelas.

    jose

  3. Gracias a los dos por vuestros comentarios. Espero que la siguiente entrega no os decepcione.

    La idea que apuntes, Enric, no me parece mala, aunque en estos momentos mis intereses no van por regresar a la época victoriana, sino por otros derroteros. Pero me la apunto.

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