Crónicas del enano cabezón: Cordelia Naismith

Siempre que leo las aventuras de Miles Vorkosigan tengo la impresión de que están narradas por una mujer.

Serás imbécil, me diréis, claro que lo están.

No. Están escritas por una mujer, lo que no es lo mismo. Su narrador es un narrador anónimo en tercera persona que podría ser cualquiera.

Pero que para mí es una mujer.

Y esa mujer no es otra que Cordelia Naismith, la madre de Miles.

El tono en que se narran las distintas novelas, la forma en que se contempla al personaje central, con cierta ironía, sí, pero al mismo tiempo como si la narradora no pudiera evitar sentirse orgullosa de “su niño”, hacen que me resulte fácil ponerle nombre y apellidos.

No sé si eso es consciente o no por parte de la autora. Pero a mí, como lector, me funciona. Y, al mismo tiempo, pensar que quien narra las aventuras del enano cabezón es su orgullosa, pero cínica de vez en cuando, madre me proporciona la distancia adecuada desde la que leer las novelas.

No sé si esto tiene sentido para vosotros. Pero para mí sí.

¿Y quién es Cordelia Naismith?

Bueno, uno de los mejores personajes de la serie, sin la menor duda. Capitana de una nave exploradora, varada en un planeta y obligada a colaborar para su supervivencia mutua con uno de sus enemigos, en una historia que, por momentos, tiene cierto parecido con el “Enemigo mío” de Barry G. Lonyear, “Coopera o muere” de A. E. van Vogt o muchas otras historias que, siempre lo he sospechado, tienen su paradigma en la película Infierno en el Pacífico.

De la colaboración con el enemigo surge la comprensión de éste y, poco después, el amor, tal y como se narra en Fragmentos de honor. Con el tiempo, Cordelia renuncia a su vida en Colonia Beta para casarse con Aral Vorkosigan y convertirse en condesa en un planeta que es todo lo contrario a su mundo natal. Aristocrático y anclado en el pasado, en contraposición con el mundo democrático, ferozmente igualitario y cosmopolita del que procede.

Pero Cordelia se adapta. Más aún, se adapta estupendamente, hasta el extremo de que terminará siendo aceptada y admirada, aunque sea a regañadientes, por sus más recalcitrantes opositores en el planeta Barrayar.

Y se adapta sin dejar de ser ella misma. Pasa por las tradiciones y la aristocracia barrayaresa como si éstas no existieran, usándolas en su propio provecho cuando lo juzga necesario, saltándoselas a la torera con elegancia y temeridad cuando las circunstancias se lo imponen.

Para ella todo el ritual, los cargos, honores y estratos sociales de Barrayar son una especie comedia. Una ficción en la que los demás creen y en la que ella se ve obligada a vivir. La utiliza, pero nunca se la cree.

En cierto modo, Cordelia me recuerda a mí mismo.

No, no es mi lado femenino asomando. No me he vuelto repentinamente metrosexual.

Dejadme que retroceda unos años en el tiempo. Finales de 1991. Harto de deambular de un lado a otro por la Universidad asturiana, decido que ha llegado el momento de dejar de hacer el canelo. Así que anulo las prórrogas que me quedaban y tomo una decisión entre las dos posibles: objetar, o hacer la mili.

Me decidí por la segunda. Por varios motivos, pero creo que el fundamental fue la curiosidad.

Sentía curiosidad por conocer el ejército desde dentro. Por ver de qué iba aquello.

Allí estuve, nueve meses vestido de camuflaje, disparando algún tiro que otro, recorriendo el monte junto al cuartel de vez en cuando pero, en lo fundamental, haciendo un trabajo de oficina.

Y viviendo en un mundo que me parecía una mala obra de teatro. Un mundo lleno de rangos y rituales, con una disciplina concreta y marcada donde siempre había un sitio para cada cosa y una cosa para cada sitio. Burocracia vestida de camuflaje, y unas normas claras y directas que te preparaban para que supieras qué debías hacer en cada caso. Todo estaba regulado con claridad: el trato con los inferiores (que, como soldado, nunca experimenté; aunque como escribiente de la Compañía tuve atisbos de él) y hacia los superiores.

Era como estar en medio de una obra de ficción: todos representábamos nuestros papeles y vivíamos de acuerdo con ellos, aunque no nos los creíamos. Bueno, al menos yo no me creía el mío. Saludar a los superiores, hablar con exagerado respeto a personas que no consideraba ni mejores ni más capacitadas que yo mismo, guardarme mis opiniones porque en aquel mundo no tenían cabida, actuar de una forma determinada que no era la mía pero que no me costaba trabajo seguir.

Supongo que porque, en el fondo, no me creía que nada de todo aquello fuera real. Aquel no era yo, sólo era un personaje que estaba interpretando.

Lo interpreté razonablemente bien, creo, durante nueve meses. Luego, volví a la vida civil.

Pienso que el caso de Cordelia es muy parecido: la diferencia es que ella interpreta ese papel durante el resto de su vida; vivirá inmersa en ese mundo de ficción hasta el día de su muerte. Lo acepta. Pero sigue sin creérselo.

No sé si ya lo he dicho, pero Cordelia Naismith es uno de los mejores personajes de la serie, tan poderoso que a menudo eclipsa a su marido y amenaza con hacernos olvidar a su hijo. Y ninguno de ellos son precisamente personajes anodinos, por más que Aral Vorkosigan, con su modo minimalista de moverse por el mundo, pueda pasarnos más desapercibido que el huracán hiperactivo de su hijo.

Cordelia es una mujer que no renuncia en ningún momento a su naturaleza femenina para poder convertirse en un personaje fuerte, decidido y que marca su propio camino en la vida. Al contrario que otras heroínas de space opera (ah, pero Cordelia no es precisamente una heroína) no es un macho con faldas. Es una mujer. Y sus actos, sus pensamientos, su modo de moverse por el mundo son innegablemente femeninos.

Es esposa y es madre. Y a menudo resulta difícil verla fuera de esos dos papeles. Pero es también una persona que ha tomado una decisión, que consciente y deliberadamente ha decidido vivir su vida de un modo determinado y entregar sus fuerzas y sus afectos a una causa concreta.

Contempla el mundo con una cierta distancia irónica. La misma con la que mira a su hijo. Pero eso no quiere decir que no se involucre. Los sentimientos están ahí; ahí está el dolor y la preocupación. Pero también está la mente práctica y afilada que sabe que no es dejándose llevar por todo eso como va a sobrevivir.

Cordelia se merece una novela para ella sola, sin la menor duda. Tiene dos, me diréis, Fragmentos de honor y Barrayar. Sí, vale, de acuerdo. Pero me saben a poco, a demasiado poco.

Creo, y con esto termino, que Cordelia es en cierto modo una versión idealizada de la autora. No creo que Lois McMaster Bujold se vea a sí misma como una aguerrida capitana de una nave exploradora, por supuesto. Pero sí que estoy seguro de que le ha prestado a su personaje algunas de las características que tiene. O que le gustaría tener.

Y estoy convencido de que la mirada de Cordelia hacia el mundo en el que vive es la misma mirada de la autora hacia sus creaciones: orgullosa de ellas y preocupada por su bienestar, pero siempre irónica, siempre con ese punto de “no te lo tomes tan en serio, no merece la pena” que ha marcado toda su obra.

© 2007, Rodolfo Martínez

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