Here lies one whose name was writ in water
-Epitafio en la tumba de John Keats

Archivo de Mayo, 2007

Territorio incierto: La venganza de los Sith, de Mathew Stover

Miércoles, Mayo 30th, 2007 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 10 comentarios »

Ver la última actualización de Territorio Incierto en Bibliópolis: crítica en la red

¿Qué pasa cuando una novelización es mejor que la película que está adaptando? O bien que la novela es excepcional, o bien que la película es infame.

O algo a medio camino. La película no tiene por qué ser necesariamente mala, pero sí lo bastante fallida para que el encargado de la novelización sea capaz de sacar partido a aspectos de la historia en los que el director se ha mostrado incapaz. O, simplemente, entusiasmarse lo bastante con lo que está contando para poder sacar a la luz aspectos nuevos de lo que ya se ha narrado para otro medio.

Un caso así es el de la novelización del Episodio III de Star Wars, esa Venganza de los Sith que a ratos funciona y a ratos hace desear retorcerle el pescuezo a Lucas por lo incapaz que se muestra en aprovechar algunos de los mejores momentos de su universo.

Es cierto que en lo visual y lo conceptual la nueva trilogía de Star Wars entusiasma y convence; y no lo es menos que la historia que narra tiene los suficientes componentes de mito ultra reconocible y de iconografía bien asentada en el imaginario popular para que funcione en la pantalla. Pero también es cierto que Lucas, pese a ser un brillante creador de conceptos y un eficaz coordinador y supervisor (por no mencionar su habilidad para arreglar más de un gazapo y de dos en la mesa de montaje), no es ni un buen director de actores ni un narrador brillante.

Él mismo ha confesado más de una vez que de todo el proceso de realizar una película, es la dirección de actores la parte que más le aburre y menos le interesa. De hecho, tanto Harrison Ford como Carrie Fisher han comentado en alguna ocasión que Lucas apenas los dirigió durante el rodaje del Episodio IV (no lo llegan a decir literalmente, claro, pero frases del estilo de “George confiaba en nosotros y nos dejaba a nuestro aire”, acompañadas por la adecuada mirada de circunstancias, son más que suficientes). Y si bien es cierto que, en ocasiones, una mala interpretación puede más o menos ser camuflada con un buen montaje, eso no siempre funciona.

Por otro lado, Lucas no es un gran dialoguista; a veces ni siquiera demasiado bueno. De hecho, esta nueva trilogía funciona visual y narrativamente cuando se limita a mostrar lo que ocurre, pero en el momento en que varios personajes interactúan y se definen a través del diálogo parecen malas marionetas movidas por un titiritero no muy hábil. En parte lo compensa con su habilidad para estructurar la trama de forma impecable: el resultado es que, narrativa y dramáticamente la historia está perfectamente dosificada y el autor mantiene siempre sujetas las riendas de lo que narra. Y esas cosas se notan.

Las novelizaciones de Star Wars, por otro lado, no suelen ser nada del otro jueves. Más allá de la primera, escrita hade casi treinta años por Alan Dean Foster (aunque en su momento firmada por Lucas) el resto se han limitado a narrar de un modo simplón y sin florituras el guión en que se basaban. Destaca, por lo infecta que resulta, la adaptación del Episodio I, novela escrita por el incompetente Terry Brooks y que, para rematar la faena, cuenta con una edición española de juzgado de guardia: el libro ha sido traducido por tres personas distintas y, a poco que lo leamos, nos damos cuenta de que cada una de ellas ha traducido un tercio de la novela sin que nadie se haya molestado en unificar términos; el resultado es que la traducción de determinados nombres, objetos y hasta planetas va cambiando a medida que leemos.

Sin embargo, La venganza de los Sith de Mathew Stover resulta una sorpresa más que agradable en el paupérrimo panorama de lo que suelen ser las novelizaciones. Escrita con desparpajo, buen hacer y entusiasmo, no sólo se deja leer sino que es capaz de meterte en el universo de Star Wars y de hacerte sentir los personajes de un modo bastante más eficaz que la película que adapta.

Desde las primeras páginas (un prólogo donde se cuenta el rapto de Palpatine y la expectación que genera en Coruscant cuando se sabe que Skywalker y Kenobi acuden al rescate) Stover demuestra que es capaz de insuflar más vida y entusiasmo al universo de Star Wars que su propio creador.

Nada de lo que se narra en la novela se aparta de lo que hemos visto en la pantalla: la novelización no contradice la película, ambas cuentan la misma historia. Pero en el papel somos capaces de comprender las motivaciones de los personajes, se nos antojan seres creíbles y dejan de ser marionetas movidas para que encajen en una historia prefijada para convertirse en criaturas de tres dimensiones.

Stover es, además, un narrador más que apto y, con sencillez y sin florituras, es capaz de meter al lector en la historia y, sobre todo, de implicarlo en ella, cosa que Lucas no consigue en la pantalla: cierto que nos apabulla con lo grandioso de sus imágenes y juega con habilidad con continuas referencias a nuestra nostalgia de las películas originales, pero el resultado está lleno de altibajos y no termina de convencer.

Por el contrario, la novelización de Stover funciona narrativamente y, de hecho, es capaz de explicar de un modo más convincente y creíble que el film buena parte de la historia que está contando.

En cierto modo, es una muestra de lo que hubiera podido pasar si Lucas, al igual que hizo en el Episodio V, hubiera dejado la dirección y los diálogos en manos de profesionales competentes y se hubiera limitado a hacer lo que mejor sabe: coordinar y supervisar, dar su visión personal a todo el conjunto. Películas que nunca veremos, pero que novelizaciones como ésta nos dan un atisbo de cómo podrían haber sido.

Publicado originalmente en Territorio incierto (Bibliópolis)

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
Entradas similares:

Venga, hombre, hasta la cocina

Lunes, Mayo 28th, 2007 Pertenece a Mi misma mismidad, Paranoias | 6 comentarios »

Dos más dos son cuatro.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
Entradas similares:

Paternalismo

Sábado, Mayo 26th, 2007 Pertenece a A mi alrededor, El gobierno de la polis | 3 comentarios »

Al sistema se le llama democrático. Y hay quien dice que hasta lo es.

Puede, aunque tengo mis dudas.

Vamos a ver,¿qué tontería es esa de la jornada de reflexión? ¿Tan poco maduros nos creen a los ciudadanos, tan irreflexivos, tan carentes de juicio propio que los “de arriba” suponen que necesitamos un día para pensar nuestro voto, un día en el que está prohibido hablarnos de las elecciones no vayamos a ser peligrosamente influidos a un lado o al otro?

Vamos, que para los diseñadores de nuestro sistema político los ciudadanos son un puñado de adolescentes descerebrados a los que hay que alejar de perniciosas influencias, no vaya a ser que se despisten y no voten lo que realmente desean.

No sé, cada vez me acuerdo más de la Ilustración dieciochesca, ese “todo para el pueblo pero sin el pueblo” que era su mantra.

La segunda parte cada vez parece más cierta, visto cómo la participación de los ciudadanos (los verdaderos depositarios de la soberanía de nuestro país, no los políticos que la creen suya por derecho divino) se recorta y se intenta, por todos los medios, que sea lo menor posible: deposita tu voto una vez cada cuatro años (en una lista cerrada, a ser posible, no vayas a elegir un candidato que al aparato del partido le resulte incómodo) y el resto del tiempo no molestes, colega.

En cuanto a la primera parte… mejor no hablamos.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
Entradas similares:

Semana Negra, AsturCon… Apokeklipse

Viernes, Mayo 25th, 2007 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | 2 comentarios »

Otro año más, y van veinte desde que se celebró la primera Semana Negra en el puerto del Musel, en Gijón, con pocos medios y mucho entusiasmo.

Lo que empezó como un encuentro de escritores de género policíaco se ha convertido con los años en un macroacontecimiento que abarca diez días y por el que pasan millones de personas.

En el año 2000 la Convención Española de Ciencia Ficción (HispaCon) se celebró dentro de la Semana Negra bajo el subtítulo de AsturCon. Fue unos años más tarde, en 2003, cuando se retomó la idea y las AsturCones volvieron a celebrarse dentro de la Semana Negra, ahora como un simple encuentro de aficionados al fantástico.

Así que ésta va a ser la sexta AsturCon y, como siempre, tendrá lugar en el primer fin de semana de la Semana Negra, los días 6, 7 y 8 de julio. Aunque habrá actos dedicados al género fantástico y la ciencia ficción durante los diez días del festival, será en ese fin de semana donde se aglutinen algunos de los más importantes.

Como ya es costumbre, el sábado 7 de julio tendrá lugar la cena oficial de la AsturCon, la espicha de disfraces, que una vez más girará en torno a un tema. En esta ocasión el elegido ha sido la destrucción de la civilización tal y como la conocemos o, como decía la tribu de los niños perdidos en Mad Max: Más allá de la cúpula del trueno, el Apokeklipse.

Juan Miguel Aguilera, León Arsenal, Elia Barceló, Víctor Conde, Rafael Marín, Javier Negrete, Clara Tahoces y yo mismo serán los autores españoles invitados.

En cuanto a los extranjeros tendremos a BEF, Andrzej Sapkowsky, Ellen Kushner, Samuel R. Delany y Lucius Sheppard, lo cual no está nada mal.

Y atención al 2008. Hay rumores acerca de que un tal Silverberg y un tal George R. R. Martin podrían estar en Gijón ese año.

Como siempre, podréis encontrar más información sobre el evento en la web oficial de la AsturCon y en la de la Semana Negra.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
Entradas similares:

El sueño del rey rojo

Miércoles, Mayo 23rd, 2007 Pertenece a En carne y hueso, Novelas | 21 comentarios »

Rodolfo Martínez
El sueño del rey rojo
Ediciones Gigamesh, junio 2004.
ISBN: 84-96208-05-2

El sueño del rey rojo nació como una novela corta, con destino al certamen organizado por la UPC, no recuerdo ahora si en el año 1998 ó 1999. No llegó a ganar pero algunas de las personas que la leyeron creyeron ver en el texto el germen de una buena novela. De hecho, Julián Díez me recomendó que se la dejara ver a Alejo Cuervo, propietario de la editorial Gigamesh, pues tal vez podría llegar a interesarle.

En efecto, Alejo encontró que de ahí podía salir una buena novela y, con su ayuda y durante los tres años siguientes, trabajamos en expandir la historia e incorporar a ella todo lo que la longitud de novela corta había dejado fuera.

Fue un proceso fascinante. Normalmente las correcciones que recibo por parte de un editor suelen ser mínimas: más cuestiones puntuales que otra cosa. Alejo, sin embargo, se involucró enormemente en el proceso de revisión y ampliación y sus sugerencias (argumentales, estilísticas, de desarrollo) fueron imprescindibles para que El sueño del rey rojo acabara siendo la novela que es.

Posiblemente estamos ante uno de los textos más personales que he escrito: en estas páginas he destilado mis obsesiones como nunca antes y me he codificado a mí mismo más de lo que hice antes en ninguna otra narración. El resultado es que es uno de mis hijos literarios más queridos.

¿Es también la mejor novela que he escrito? Bueno, ésa es una cuestión espinosa. Ahora, vista con la perspectiva de unos años, opino que le sobran páginas. No muchas; quizá no más de veinte o treinta. Y, seguramente, expurgada de ese exceso (que no aporta nada narrativamente y en realidad son partes más reiterativas que otra cosa) se convertiría en una novela mucho más redonda. Pese a eso, confieso que estoy bastante satisfecho, incluso orgulloso, de El sueño del rey rojo. El estilo, la forma de narrar elegida se le ajustaba a la historia como un guante, y creo que es mi novela más equilibrada en esa siempre difícil relación forma-fondo. Y, sin duda, de mis novelas estrictamente de ciencia ficción, me parece la mejor.

No gozó demasiado del favor del público, sin embargo. Hay otras novelas mías que considero menos logradas y que, sin embargo, funcionaron bastante mejor comercialmente. Pero, bueno, la vida tiene estas cosas.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
Entradas similares:

Susceptibilidad y unidireccionalidad

Lunes, Mayo 21st, 2007 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | 5 comentarios »

Supongo que soy yo, que tengo ideas raras.

Una de ellas es que cualquier actividad pública es susceptible de ser criticada, siempre que lo sea con argumentos. Es legítimo que se critique una entrada de este blog, un artículo o un relato que publique en una revista o una antología, una novela que escriba… Y además, mosquearme porque la crítica sea dura es una tontería. Es absurdo pretender que todo lo que haces le guste a todo el mundo; aunque supongo que es natural desearlo.

La otra es que la crítica es, por definición, una actividad pública más y, por tanto igualmente susceptible de ser criticada, siempre que lo sea con argumentos.

Pero parece que, en el mundo real, las cosas no funcionan así. En el mundo real parece haber una extraña unidireccionalidad. El crítico puede criticar pero no ser criticado. Y si además quien lo hace es el escritor, éste ha traspasado un límite prohibido.

De nuevo debo ser yo, que tengo ideas raras.

Porque cuando leo una crítica (de cualquier cosa pero también, y especialmente, de mi trabajo) lo único en lo que me paro a pensar es si está fundamentada y bien argumentada. La valoración final que haga de mi obra, aunque me importa (y, evidentemente, prefiero una valoración positiva a una negativa, tonto sería de desear lo contrario), la considero menos relevante que el hecho de que la crítica tenga unos argumentos dignos de ese nombre y que el autor se haya tomado la molestia de explicar y razonar sus juicios de valor.

Y quizá la rareza está en que cuando yo hago una crítica a una crítica que se me ha hecho espero exactamente el mismo trato: que se juzgue la validez de mis argumentos.

Pero no. Parece que no van por ahí los tiros.

Y es… pintoresco cuando menos, porque creo que basta con tener dos dedos de frente para darse cuenta de que las pocas veces que le he dado caña a una crítica no ha sido porque su valoración de mi obra fuese negativa, sino porque consideraba pobres los argumentos usados para esa valoración. Y lo que he intentado entonces ha sido demostrar precisamente eso, la pobreza de esos argumentos; tratando siempre de razonar, exponer y contra-argumentar. Con la pretensión, supongo que un poco estúpida, de invitar a la reflexión.

Y no, claro, no van por ahí los tiros. El resultado en el mundo real es que soy un engreído que machaca sin piedad a quien se atreva a hablar negativamente de lo que escribo.

Bueno, pues que así sea. A estas alturas de mi vida, la verdad, no tengo ningunas ganas de cambiar mi forma de ser.

POSTDATA: Quizá os preguntéis por qué nunca me he tomado la molestia de criticar una crítica positiva a mi obra mal hecha, que las hay, y unas cuantas. Bueno, la respuesta es sencilla: pese a lo que algunos parecen pensar, no soy imbécil.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
Entradas similares:

Citas citables: La gente que no necesita a la gente

Sábado, Mayo 19th, 2007 Pertenece a Citas citables, Visto y oído | Sin comentar »

Pues sí, se me ha ocurrido actualizar todos los sábados sabadetes con un pequeño post en el que me limito a incluir una cita que me gusta (soy un fan de las citas, qué le vamos a hacer) y, como mucho, algún comentario sobre ella; y, si hay suerte, pues vuestros propios comentarios al asunto.

Abrimos con una cita de la serie de Mundodisco, concretamente de uno de los libros protagonizados por las brujas, que tienden a ser mis favoritos (sí, Tata Ogg mola; pero Yaya Ceravieja me enamora, directamente).

Vamos allá:

Por supuesto, Yaya Ceravieja se las daba mucho de independiente y de bastarse a sí misma. Pero lo que pasaba con estas cosas era que uno necesitaba tener a alguien cerca hacia quien ser orgullosamente independiente y bastarse a sí misma. La gente que no necesita a la gente necesita tener gente cerca para que sepa que son la clase de gente que no necesita a la gente.

-Terry Pratchett: Mascarada

Es, por supuesto, la inimitable Tata Ogg reflexionando sobre el carácter de su amiga. Sobran las palabras.

© 2007, Rodolfo Martínez
Entradas similares:

Exhumando: the lost years

Viernes, Mayo 18th, 2007 Pertenece a Exhumando, Mi misma mismidad | Sin comentar »

“Mucho se ha perdido” decía Galadriel en la versión cinematográfica de El señor de los Anillos. Lo que no he perdido del todo es la memoria.

Así que aprovechémoslo mientras dure.

Empecé a escribir a finales de los años setenta, con doce añitos, una timidez a cuestas que treinta años no han conseguido quitarme y, sobre todo, sin tener ni idea de lo que estaba haciendo. Sólo sabía que aquello me gustaba.

De todo lo que escribí entre 1977 y 1984 ha sobrevivido muy poco. Algunas cosas están en manos de José Luis Rendueles, a quien se las regalé hace años (y no ha dejado de esgrimirlo como una espada apuntada a mi cuello desde entonces) y otras siguen en mi poder: algunas están manuscritas y otras fueron tecleadas en mi máquina de escribir Olivetti, que fue lo que usé hasta mi primer ordenador, un Amstrad CPC 6128.

Si lo pienso un poco, nada de todo eso merece la pena ser rescatado. Las ideas válidas que tuve esos años fueron reaprovechadas posteriormente o lo serán tarde o temprano. El resto… está ahí, fue parte necesaria del proceso de aprendizaje y carecen de cualquier otro valor.

Así que, ¿por qué me molesto en hablar de ello?

Yo qué sé. Ego, seguramente. O nostalgia. O las dos cosas, quién sabe.

Mis primeras obras fueron lo que yo llamo (aunque es de Asimov de quien tomé el término) “novelas deshidratadas”. Con extensión de relato largo (treinta, cuarenta páginas a lo sumo) pero con estructura y desarrollo de novela. Escritas a mano en cuartillas cuadriculadas o en libretas de anillas, todo eso se ha perdido, salvo la primera: Un terrestre en Krandor V, que mis padres decidieron mecanografiar y encuadernar. Era un space opera con toques hard (o la idea que alguien de doce años puede tener de lo hard) y cada vez que la releo se me cae de las manos de puro ingenua y torpe. Aunque, lo reconozco, me hace sonreír al reconocerme en ella y recordar cómo era el chaval que la escribió.

Escribí tres o cuatro novelas deshidratadas más ambientadas en el mismo universo y con personajes que pasaban de otra.

Luego, me dio por escribir continuaciones de novelas y películas que me gustaban. Recuerdo haber escrito una de las Fundaciones de Asimov, otra del 2001 de Clarke y unas cuantas de Star Wars. No terminé ninguna y eso dio inicio a un periodo, que duró unos dos años durante los que empezaba multitud de novelas y no acababa ninguna.

La cosa acabó cuando escribí Alfa, el enviado de las estrellas. Una novela de superhéroes que logré llevar hasta el final. Aún conservo por alguna parte la libreta de anillas donde la escribí. Es ilegible, claro, no sólo por mis escasas capacidades narrativas, sino por mi infame letra.

Luego, descubrí El señor de los Anillos de Tolkien. Y aquello eclipsó todo lo demás. Entre los dieciséis y los dieciocho años, todo lo que escribí (al menos en prosa) estaba dedicado a mi Tierra Media particular, que en un alarde de imaginación prodigiosa llamé La Vieja Tierra. Escribí cuentos, cronologías, desarrollé idiomas y alfabetos, pergeñé poemas… y me embarqué en una novela llamada El hombre y la diosa que iba a ser la releche, la megahostia, la caña de España y el azote del rock, como dice no sé quién.

Durante tres años vivía (literariamente, se entiende) para El hombre y la diosa. Todo cuanto escribía estaba orientado a ella.

¿El resultado?

Unas cuatrocientas páginas manuscritas en DIN-A4 cuadriculado, con letra apretada y sin usar márgenes. Básicamente, la primera parte de la historia y un poco de la segunda. Lógicamente, iban a ser tres partes (“trilogía” era el mantra de la época).

Acabé harto y decidí dejarlo. Así, por las buenas, aquellas cuatrocientas y pico páginas se fueron a la papelera. No literalmente: aún existen, tanto el manuscrito como la versión que iba mecanografiando y corrigiendo a la vez.

Son basura, pura y simple.

Basura útil, sin embargo. Basura que me enseñó muchas cosas, me proporcionó rodaje y, tanto a través de sus errores como de sus pocos aciertos, me hizo aprender muchísimo como escritor.

Hacia 1983 ó 1984, mi universo de Drímar estaba empezando a cobrar forma. Mientras estaba embarcado en El hombre y la diosa fui también un compulsivo autor de poseía y, al mismo tiempo, empecé a darle vueltas a la idea de crear un universo referencial… pero no al estilo de los que conocía a través de la ciencia ficción, sino del Macondo de García Márquez. Me había topado con Cien años de soledad y fue como si de pronto se me abrieran los ojos a un mundo nuevo.

Así nació Drímar, originalmente una especie de universo onírico donde realidad y sueño se encontraban. Pero uno es como es y, claro, no tardó en derivar hacia un escenario de ciencia ficción.

En 1984 escribí una novela policiaca de ciencia ficción ambientada en Drímar. Se llamaba Tres huellas del poeta loco (¿a alguien le suena de algo?) y su protagonista era Roy Córdal. Córdal investigaba una intriga alrededor de un libro prohibido y la historia que escribí le debía mucho a El nombre de la rosa, del mismo modo que la ambientación de la novela estaba más que influida por Blade Runner.

“Es que a nosotros nos influía todo”, dijo una vez Paul McCartney cuando les acusaron de estar influidos por el estilo Tamla-Motown en “Got to get you into my life”. Imaginad si no me sentí identificado con esas palabras cuando las leí.

De esos años data mi personaje de El Solitario, una especie de Mad Max hispano que, con el tiempo, terminaría fundando un imperio entre las ruinas de la civilización. Después del pasado contaba precisamente sus primeros años.

Seguí escribiendo sobre Drímar, haciendo avanzar su historia y desarrollando su cronología al mismo tiempo. Mi universo no tardó en salir al espacio y desparramarse por la Galaxia. Recuerdo algunos relatos como “En la frontera” y “Qué noche la de aquel día” que me parecía que no estaban mal: el primero era una especie de western fronterizo ambientado en Drímar; el segundo, una historia un tanto ida de olla que me divirtió mucho escribir. Seguramente si las volviera a leer me parecerían horribles.

Y luego está “Yesterday”, claro. Un cuento que, cada vez que Rendueles quiere bajarme los humos o simplemente darme caña por el placer de dármela, acude a sus labios. Sí: malo, pretencioso, tonto, estúpido… todos esos adjetivos le cuadran al relato, sin la menor duda. Si conseguís convencer a Rendueles de que os lo deje leer (él posee la única copia existente) sabréis de qué hablo.

Y mientras tanto, escribí otros dos cuentos (y varias novelas más con Córdal como protagonista): “El chico de la moto es el rey” —muy influido por La ley de la calle de Coppola— y “En los confines del norte”, que partía de un sueño que había tenido con imágenes bastante sugerentes.

Esos cuentos se convirtieron en mis primeras publicaciones. Fue en el fanzine Maser, y la historia completa ya la he contado en otro lugar.

Ahí se terminan, más o menos, los años perdidos. A partir de entonces, poco material se ha quedado en la cuneta y he podido publicar prácticamente todo lo que he escrito.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
Entradas similares:

¿Por qué no?

Miércoles, Mayo 16th, 2007 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | 17 comentarios »

Por estas casualidades de la vida, el mismo día que me da por actualizar Escrito en el agua con una entrada explicando qué me ha llevado a escribir mis novelas holmesianas, me doy de narices con un post en el blog de Iván Fernández Balbuena donde abomina furibundamente de los pastiches y arremete contra la propia idea.

Bueno, contra lo que él entiende por pastiche, claro. Dado que, según la amplísima definición que da del asunto, el noventa por ciento de las artes caerían dentro de ese concepto:

para mí un pastiche es todo aquel libro o relato en que el autor, en vez de partir de su fecunda imaginación, tira por la calle de en medio y utiliza la imaginación de otro para hacer su trabajo

De acuerdo a esa definición Shakespeare se habría pasado buena parte de su vida escribiendo pastiches, pues partió a menudo de obras de autores anteriores para escribir buena parte de sus tragedias; La muerte de Arturo de Malory no sería más que un pastiche que utiliza la Vulgata Artúrica, las obras de Chretien de Troyes o el ciclo de Tristán e Isolda; una buena parte de las óperas de Verdi, Wagner o Mozart serían pastiches que adaptan a la ópera obras de teatro previas; una cierta cantidad de obras pictóricas y escultóricas de renombre serían pastiches (mencionemos a Picasso pintando una nueva versión de Las Meninas de Velázquez, por ejemplo)… vamos, que habría que mirar con lupa para encontrar algo que, de acuerdo a la definición de Iván Fernández Balbuena, no fuera un pastiche.

Lo peor no es que esa definición que maneja no sea muy adecuada, sino que mirada con calma, resulta incoherente. Por ejemplo, para él la novelización de una película es un pastiche pero la adaptación de una novela al cine no lo es. Es decir, el trasvase de medios está permitido en una sola dirección, lo cual es absurdo. Si una novela basada en una película, o en un cómic o en lo que sea es un pastiche, por fuerza una película basada en una novela o en un cómic o en lo que sea, también lo debe ser.

Por otra parte, no puedo por menos que hacer notar el desconocimiento que representa considerarlo algo endémico de la literatura fantástica, como si escribir nuevas versiones de obras previas o usar personajes pre-existentes no fuera algo que se lleva haciendo desde el mismo nacimiento de la literatura. Lo que conocemos como el Amadís de Gaula, por ejemplo, no es otra cosa que una novela pre-existente y de autor desconocido que Garci Rodríguez de Montalvo editó y reformó a su manera y luego decidió continuar, de modo que la mitad de la novela pertenece a un autor anónimo y la otra mitad no es más que la continuación de ésta que Montalvo ha escrito. Por no mencionar casos más recientes como la continuación del Lazarillo de Tormes de Camilo José Cela o el Don Juan de Gonzalo Torrente Ballester. Ejemplos como estos me temo que invalidan buena parte de la argumentación del post.

Pero la impresión que me queda al final (y sí, los dos párrafos finales de la entrada donde Iván Fernández Balbuena arremete contra Christopher Tolkien son bastante reveladores de adónde apunta el asunto) es que todo se reduce a un caso de mitomanía pura y simple. A Iván no le gusta que le toquen a sus mitos y cualquiera que se atreva a hacerlo se convierte inmediatamente en anatema.

El hecho de que una de las cosas que más molesten a Iván Fernández Balbuena sea que los autores de pastiches se atrevan a llevar a los personajes que usan por lugares donde su autor original nunca quiso o se le ocurrió meterlos, me temo que da bastantes pistas.

Sí, claro que Conan Doyle nunca enfrentó a Sherlock Holmes con Jack el Destripador o lo incluyó en una trama fantástica. Sin duda. Evidentemente. Eso no invalida mi derecho o el de cualquier otro a hacerlo.

Cuando un personaje se convierte en un icono popular, me temo que deja de pertenecer al autor. Pertenece al imaginario colectivo. Y el personaje sufre cambios, modificaciones, se adapta a los nuevos tiempos y se va alterando a medida que las percepciones y los gustos del público cambian. Evidentemente, mantiene ciertos rasgos identificativos (o perdería su naturaleza icónica) pero cambia para adaptarse a los tiempos (o dejaría de estar en la memoria del público).

Superman, por poner un ejemplo que conozco bien, ha pasado por centenares de autores distintos que, una y otra vez, han ido redefiniendo el personaje (tanto en su apariencia visual como en su personalidad) e intentando preservar su esencia definitoria en el proceso.

El mito artúrico ha sido reelaborado una y otra vez a medida que pasaba el tiempo y poco tiene que ver con el mito celta original (o puede que incluso precelta) o con la realidad histórica de la que pudo haber partido. En el proceso, por supuesto, ha mantenido una serie de características que lo hacen reconocible al primer vistazo (así funcionan los mitos y los iconos) pero también ha cambiando enormemente. El ciclo artúrico nos pertenece a todos, no a su olvidado autor original. Ni siquiera a sus autores conocidos más famosos. Es nuestro, de todos, y todos lo reinterpretamos —aunque sea para nosotros mismos en la privacidad de nuestra mente— y lo reformateamos de acuerdo a nuestros gustos, nuestra moral, nuestras percepciones y nuestra imaginación. Y algunos de esos “todos” deciden contar su propia versión y ponerla por escrito o pasarla a la pantalla o narrarla en las páginas de un cómic, en un cuadro o en una composición musical.

Me limitaré a apuntar otros casos evidentes de personajes o historias que han pasado al imaginario popular y han sido reinterpretadas una y otra vez para cada generación, como puede ser la Odisea homérica, James Bond, el Quijote —que precisamente Iván Fernández Balbuena ponía como ejemplo de algo que sería irrisorio en caso de intentar un re-acercamiento a él—, Tarzán, la épica de Gilgamesh, Jesucristo, el Ragnarok escandinavo, el Cid…

Y, le guste o no a Iván Fernández Balbuena, otro tanto pasa con su adorado Sherlock Holmes. El personaje alcanzó la categoría de mito, de icono popular hace tiempo. Si es legítimo reelaborar una y otra vez el mito artúrico o el personaje de Superman o la Odisea de Homero y reinterpretarlos una y otra vez para cada época y generación de lectores, por qué no va a serlo con Sherlock Holmes.

Por supuesto, la legitimidad de algo no garantiza su calidad. Mis novelas holmesianas pueden ser malas, infectas, infames, infumables, horripilantes… Claro que sí. Pero no porque sean pastiches, en todo caso lo serán porque son malos pastiches.

POSTADATA:

No puedo terminar sin un par de apuntes (que van a ser tres, pero bueno).

  1. Me temo que Los hijos de Hurin (el libro que parece haber sido el detonante de la indignación de Iván Fernández Balbuena) no cuesta lo que él afirma… salvo que alguien quiera pillar la edición de lujo. Su precio en edición normal no pasa de los 19,95 euros, bastante razonable para un libro de su formato y características en los tiempos que corren. Es un detalle tonto, pero que tiene su importancia.
  2. Si se hubiera tomado la molestia de enterarse, Iván Fernández Balbuena sabría que Los hijos de Hurin no es ningún pastiche. Es un intento de reconstruir a partir de distintos manuscritos (todos ellos de puño y letra de Tolkien) y respetando al máximo posible la intención narrativa del autor, lo que habría sido el texto completo de haberlo podido acabar Tolkien. En un 99%, la novela está escrita por el autor que aparece como tal en la portada. Su hijo Christopher ha hecho un trabajo de edición y ensamblaje. Podrá haberlo hecho mejor o peor, pero eso no tiene nada que ver con un pastiche.
  3. Y me parece que ya va siendo hora de que, por fin, escriba mi post en defensa de Christopher Tolkien.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
Entradas similares:

¿Por qué?

Lunes, Mayo 14th, 2007 Pertenece a Mi misma mismidad, Pergeñando | 3 comentarios »

Es una pregunta que me hago a menudo, referida a mis novelas de Sherlock Holmes.

Vale, una estaba bien. Supongo que es algo que la mayoría de los escritores principiantes hacen: jugar con sus universos o personajes de ficción favoritos. Luego, vas creciendo y dejas de hacer esas cosas, y puede que hasta te avergüences de haberlo hecho alguna vez, no lo sé. Ocasionalmente, el impulso vuelve y quizá te dejes llevar por él.

Eso ocurrió en mi caso con “La sabiduría de los muertos”. Releía las historias de Conan Doyle y me apeteció jugar con el personaje. Lo hice y, para mi sorpresa, el resultado fue satisfactorio; no sólo para mí sino para otras personas.

Bueno, vale, estaba bien. Había tenido suerte y la cosa había funcionado. Ahora, a lo nuestro y dejemos esa novelita holmesiana como una simple curiosidad.

Y aquí estoy, dos novelas sobre Sherlock Holmes después (la última a punto de publicarse) y trabajando en la cuarta. Y hasta planteándome la idea de escribir algún relato corto sobre el personaje. Incluso, por qué no, jugando con la idea de lanzarme alegremente por el camino del spin off, y tomar algún personaje secundario de estas novelas y convertirlo en el protagonista de otra.

Así que me pregunto de nuevo: ¿por qué?

Con la primera novela sucedió tal como he explicado. Cómo nació la segunda, lo he narrado en alguna otra parte: mientras corregía Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos para su edición en Bibliópolis, volvió a surgir el impulso. Eso, unido a que en aquella época estaba leyendo un buen puñado de libros sobre la Guerra Civil Española acabó creando en mi mente esa inverosímil trama sobre el Necronomicon en nuestra tierra en el año 38. La idea me gustó, jugué con ella y, otra vez para mi sorpresa, el resultado fue satisfactorio; de nuevo para mí y para algunas personas más. Pero no hubo nada deliberado en ello, no existía el impulso de escribir una “trilogía” ni una “saga” ni nada parecido. Simplemente, las cosas ocurrieron.

Pero entonces, ¿por qué me planteé la tercera novela casi inmediatamente tras terminar la segunda, ese Sherlock Holmes y el heredero de Nadie que estoy escribiendo ahora y que fue pospuesto por culpa de un viaje a Portugal y la aparición de una nueva historia titulada Sherlock Holmes y la boca del infierno?

¿Por qué sigo escribiendo sobre Sherlock Holmes?

¿Por qué lo hago, además, del modo en que lo hago?

Y sobre todo, ¿por qué me siento tan seguro, tan carente de miedo e inhibiciones cuando lo hago?

Porque, si algo me proporcionan estas novelas es una libertad narrativa total y una carencia de miedo absoluta. Cuando escribo una novela de Sherlock Holmes me atrevo a hacer cosas que no había hecho antes, y las hago sin temor alguno, sin preocuparme de si aquello saldrá bien o mal. Simplemente, en ese momento la idea me parece apropiada y me lanzo sobre ella sin ninguna precaución.

Y acaban funcionando. Lo hacen para mí y también para un puñado de lectores, al menos.

Es algo acerca de lo que he dado muchas vueltas, he dedicado unas cuantas horas a pensar sobre ello. Y he llegado a algunas conclusiones. Que quizá no sean ciertas, claro, pero a mí me funcionan, me explican el asunto, consiguen que ese molesto “por qué” obtenga respuesta.

La primera novela adoptaba una forma narrativa canónica: era el doctor Watson quien contaba la historia y la estructura de la novela seguía más o menos los pasos de una novela clásica holmesiana. Introduje en ella elementos ajenos al canon, por supuesto, sobre todo los aspectos lovecraftianos, aunque también otros, pero en lo formal, seguía el canon holmesiano.

Canon que no tardé en abandonar en Sherlock Holmes y las huellas del poeta y del que me he alejado aún más (si bien lo revisito al principio de la historia, pero ahora de un modo más autoconsciente, quizá algo irónico) en Sherlock Holmes y la boca del infierno. En cuanto a Sherlock Holmes y el herededo de Nadie, bueno, no diré mucho puesto que la novela está en proceso, pero digamos que continúa la tendencia apuntada.

Por otro lado, ya desde el principio inicié un proceso de mestizaje literario que con las sucesivas novelas se ha ido ampliando hasta extremos que quizá algún lector juzgue excesivo. Los elementos lovecraftianos que antes comentaba, por supuesto; algunos personajes con evidentes reminiscencias de Neil Gaiman; Franco y la Guerra Civil; un personaje que sólo puede haber salido de un cómic de superhéroes; el Rick Blaine de Casablanca… y las cosas siguen en los libros posteriores, como podréis comprobar en breve en cuanto Sherlock Holmes y la boca del infierno se ponga a la venta el mes que viene; y podréis seguir comprobándolo, si todo va bien, cuando Sherlock Holmes y el heredero de Nadie esté terminada y lista para su publicación.

¿Qué estoy intentando? ¿Compendiar la mitología popular del siglo XX en un solo universo con pretensiones de coherencia?

No, no exactamente, no soy tan arrogante. Pero sí que van un poco por ahí los tiros.

Porque lo que estoy haciendo es compendiar la mitología de mi infancia, mi propia iconografía de lector (o espectador), personal e intransferible. En cierto modo estoy reconstruyendo, ahora en clave literaria y de un modo deliberado y consciente, lo que mi mente, cuando era niño, hacía de forma automática y sin pensar en ello.

No había distinciones entre los universos literarios, tebeísticos o fílmicos que llenaban las horas de entretenimiento en mi infancia. Para mí, que Holmes, Superman y Tarzán compartieran escenario (en distintos momentos y en diferentes lugares, pero en el mismo cosmos de ficción) era algo natural.

De hecho, cuando leía comics me preguntaba a menudo por qué, por ejemplo, Superman y Spiderman nunca se encontraban. En realidad lo hicieron, como descubrí poco después merced a un vecino cuyos padres habían emigrado años atrás a Suiza, donde él pasó su infancia. Una de las cosas que trajo consigo al volver a España fue un cómic en formato enorme (y en alemán) donde Superman y Spiderman se enfrentaban juntos a Lex Luthor y el doctor Octopus. No entendía nada de lo que decía el tebeo, claro, pero la historia era fácil de seguir. Y no hizo más que confirmar mis sospechas de que todos estaban en el mismo universo y que, si no se encontraban, era simplemente por casualidad.

Luego, uno va creciendo y aprende a compartimentar las cosas en la cabeza. Y tiene claro que los diferentes universos de ficción no se tocan unos con otros (salvo excepciones) y que todo está en su sitio y hay un sitio para cada cosa.

Sólo que no terminas de aprenderlo del todo. En el fondo, ese niño sigue ahí, dentro de ti, considerando que todo está intercomunicado. Y creo que es ese niño el que me impulsa, en cierto modo. Es él quien ha decidido, partiendo de los universos ficticios de Conan Doyle y H. P. Lovecraft, reconstruir el macrocosmos de ficción que había en su mente.

No lo he sabido hasta ahora, pero en cuanto la idea asomó a mi cabeza me pareció tan evidente que casi me di de bofetadas por no haberlo pensado antes. Pero, bueno, ya sabéis lo que se suele decir: el implicado es el último en enterarse. Estoy, en cierto modo, construyendo mi universo “ideal” de lector, metiendo en él todas las cosas que me gustan y haciendo que estén comunicadas entre sí.

Así que nunca terminamos de dejar atrás la infancia por completo. Creemos haberla superado, claro, pensamos que no es más que algo por lo que hemos pasado pero ya no existe. Pero está ahí; y al final, cuando desnudas tus motivaciones de todo lo accesorio, de todas las molestas excrecencias que los años han ido depositando sobre ellas, descubres que ya estaban en ese niño introvertido e imaginativo que leía sin parar —tebeos y novelas—, estaba fascinado por la televisión y construía sus primeras historias jugando en solitario con sus Madelman, sus Big Jim y sus Geiperman, mezclándolos sin preocuparse por la diferencia de tamaños o proporciones.

Estoy, en cierto modo, jugando de nuevo. Vuelvo a ser el niño que devoraba cuanto leía (o veía en la pantalla) y luego lo reproducía una y otra vez en su imaginación y, al hacerlo, lo cambiaba y lo adaptaba a su gusto.

Y quizá esa es la clave de la otra pregunta: ¿por qué no tengo miedo cuando escribo las novelas holmesianas? ¿Por qué, no importa lo que intente, no importa lo descabellada que sea la idea, me lanzo sobre ella con entusiasmo y sin inhibiciones?

Porque estoy jugando. Tan sencillo como eso. Juego con las ideas, las historias, los personajes y de un modo instintivo los voy encajando, ensamblando unos con otros y construyendo, pasito a pasito y sin preocuparme por lo que ocurra, mi propio universo de ficción. Porque sí, porque me lo paso bien, porque (dice el niño que aún sigue dentro de mí) así es como deben ser las cosas y así es como tienen que encajar.

Así que, una y otra vez, reordeno las piezas de todo aquello que forma parte de mi mitología personal y les voy dando una forma nueva, distinta, adecuada… Al menos para mí, claro; y quizá para algunos lectores más también. Eso espero.

Claro que todo esto no responde a la pregunta de por qué precisamente con Sherlock Holmes. Por qué ese personaje y no otro cualquiera ha sido el detonante de todo esto.

Pero, bueno, siempre hay que dejar alguna pregunta sin respuesta, ¿no?

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
Entradas similares: