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Pues sí. Durante este día y a lo largo de los próximos trescientos sesenta y cuatro, mi edad será la respuesta a la vida, el universo y todo lo demás.

Y es que es un número de profundas resonancias místicas.

Los cuarenta y dos evangelistas que no pasaron sus evangelios al papel y prefirieron el glorioso anonimato, los cuarenta y dos jinetes del Apocalipsis que no encontraron montura, los cuarenta y dos magníficos (bueno, vale veintiún magníficos y veintiún samuráis, pero da igual) que nunca llegaron al pueblo al que tenían que llegar, los cuarenta y dos puntos cardinales de algún universo con más dimensiones que éste aunque no sé exactamente cuántas porque estoy demasiado vago para contar, los cuarenta y dos pares de cromosomas que seguro que alguien tiene, las cuarenta y dos letras de algún alfabeto, los cuarenta y dos litros por metro cuadrado que cayeron un jueves de lluvia en Asturias, los cuarenta y dos pasos de perfeccionamiento para llegar donde nadie ha llegado anteriormente ni tenía ningunas ganas de llegar, las cuarenta y dos valkirias que destruirán el mundo cuando en el Ragnarok canten juntas la misma aria de Wagner —“aria” de Wagner, nótese el sutilísimo juego de palabras— mientras invaden Polonia, los cuarenta y dos elementos que debería tener esta enumeración caótica en la que me he embarcado pero que seguramente no va a tener porque me voy a cansar antes de llegar al final, las cuarenta y dos estrellas que uno puede divisar a simple vista en alguna parte del cielo a una hora concreta de una noche determinada en algún lugar preciso, los cuarenta y dos picosegundos que un dato tardó de llegar de un sitio a otro, los cuarenta y dos tragos de agua en el desierto que aquel cadáver nunca pudo echar, las cuarenta y dos maneras de estar tumbado en la cama, los cuarenta y dos enanos que no cayeron bajo el hechizo de Blancanieves, los cuarenta y dos grados de latitud norte que hay en alguna parte de este planeta, los cuarenta y dos elementos químicos cuya posición en la tabla periódica permite crear una figura incomprensible si los unes con una línea continua, los cuarenta y dos párrafos de algún relato escrito por alguien, los cuarenta y dos hombres sin piedad a los que no consiguió convencer Henry Fonda, las cuarentas y dos veces que alguien le dijo a Custer que no fuera a Little Big Horn, los cuarenta y dos espartanos que en lugar de a las Termópilas se fueron a las Vegas, los cuarenta y dos minutos de duración que debería tener El elegido en lugar de la hora y pico que dura, las cuarenta y dos campanadas que sonaron a medianoche por error, las cuarenta y dos mejores historias de ciencia ficción jamás escritas, los cuarenta y dos mandamientos que no cupieron en las tablas de la ley, los cuarenta y dos hermanos que no encontraron cuarenta y dos novias, las cuarenta y dos pulgadas que tendría mi monitor si nuestra notación numérica fuera de derecha a izquierda en lugar de izquierda a derecha, las cuarenta y dos veces que me he repetido a mí mismo sin hacerme ningún caso que deje de escribir esta tontería y me ponga con algo más productivo, los cuarenta y dos minutos que hacen que falten dieciocho para completar una hora, los cuarenta y dos pecados capitales que por suerte a la iglesia se le olvidó mencionar, las cuarenta y dos novias que no fueron encontradas por los cuarenta y dos hermanos, los cuarenta y dos escalones de los que solo treinta y nueve fueron tenidos en cuenta, los cuarenta y dos segundos que conseguí aguantar la respiración un miércoles, las cuarenta y dos vueltas exactas de espiral que da un rollo de celo cuando le queda una cierta longitud concreta, los cuarenta y dos elefantes que resultaría difícil meter en una cristalería, las cuarenta y dos veces que me he arrepentido de iniciar esto, los cuarenta y dos gigabytes libres de espacio que en algún momento tuvo mi disco duro, los cuarenta y dos latigazos que el centurión iba darle a Jesús de no ser porque Pilatos lo interrumpió en el número treinta y nueve, las cuarenta y dos catilinarias que por suerte para el mundo Cicerón nunca llegó a escribir, los cuarenta y dos años que hay entre 1876 y 1918, las cuarenta y dos líneas que un cierto texto puede tener en un tipo de letra concreto y en un formato de página determinado, los cuarenta y dos amigos de alguien que tenga cuarenta y dos amigos, las cuarenta y dos veces que se repite el número cuarenta y dos en una secuencia de números de cuarenta y dos elementos formada por el número cuarenta y dos repetido cuarenta y dos veces.

Increíble, ¿no?

¡Mazel Tov!

¡Albricias!

¡Om tat sat!

¡Ahívalahostia!

¡Klaatu varada… cof-cof-cof!

¡Mecagüenmimantu!

© 2007, Rodolfo Martínez

16 comentarios

  1. “Durante este día y a lo largo de los próximos trescientos sesenta y cuatro, mi edad será la respuesta a la vida, el universo y todo lo demás.”

    Copión. :P

    (Y felicidades. :D )

  2. Gracias a todos.

    En cuanto a lo de que sólo falta que madure… sí, falta, y seguirá faltando mucho tiempo.

  3. … los cuarenta y dos tipos de ceniza que Holmes no llegó a clasificar, los cuarenta y dos poderes secretos que Superman no se dio cuenta que tenía, las cuarenta y dos veces que Crowley no figió su suicidio…

  4. Hombre, Letku, más importante, más importante… a lo mejor para la historia de la humanidad, sí, pero para mí no.

  5. Ésa era la idea… :-)

    (Reconozco que para mí tampoco: aunque admire a Juana de Arco, casi prefiero tenerte a ti a mano ;-)

  6. Muy interesante señor.

    He quedado íntegramente atontado cuando leí algunos de sus escritos y “Algunas notas sobre los diálogos” pero he llegado a pensar (al menos eso creo) que pueden llegar a no ser tan imprescindibles si la historia atrapa al lector, por mas que estos lo pierdan.

    Un saludo y una reverencia.

  7. Pero, vamos, a estas alturas creí que ya sabías que era el responsable de todos los males del mundo. Así que es lógico que en la fecha en la que yo iba a nacer se cargasen a la pobre juanita.

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