Crónicas del enano cabezón: “Las montañas de la aflicción”

Es uno de mis cuentos favoritos, opinión que no estoy seguro de que sea compartida por mucha gente. A los detractores de la saga de Miles Vorkosigan, sin duda no les gustará. Y seguramente para sus seguidores no pase de ser una historia menor.

Y en realidad, la historia no parece que sea gran cosa, poco más que la investigación de un infanticidio en una población rural. Al frente de esa investigación, Miles Vorkosigan, quien actúa en nombre de su padre, el conde del distrito. Transcurre en el planeta Barrayar, un lugar regido por una casta militar —medio rusa medio prusiana en su aspecto y comportamiento— y que, durante la larga era del aislamiento galáctico, desarrolló algunas costumbres peculiares. Una de ellas era precisamente el asesinato de los niños deformes; hubo un motivo para ello, en origen: impedir que las mutaciones fruto de la radiación se extendieran. Las cosas han cambiado y los barrayareses han aprendido a comportarse de un modo más civilizado… al menos en las ciudades. En las zonas rurales, ciertos prejuicios perduran aún. Siendo el propio Miles un mutante y además hijo de uno de los más destacados ciudadanos del planeta es el más adecuado para juzgar el caso, el asesinato de una niña que nació con labio leporino, y hacer del juicio un ejemplo para todos.

Hasta ahí la anécdota. Como he dicho, no gran cosa. Un relato menor, sin duda.

Pero sigue siendo una mis historias favoritas de Miles Vorkosigan. Y eso pese a que una de las marcas de fábrica más evidentes de la serie (ese humor, esa constante autoironía que está siempre presente y que a sus detractores se les ha pasado por alto una y otra vez; ellos se lo pierden) apenas se deja ver con timidez en este relato.

Quizá tenga que ver con el hecho de que fue lo primero que leí de la saga. Un poco por casualidad y otro poco por curiosidad de ver qué era aquello que despertaba tantas pasiones, a favor y en contra, me puse a ojear hace unos años el libro que un compañero de trabajo estaba leyendo y que resultó ser Fronteras del infinito, un fix-up de tres novelas cortas protagonizadas por el hiperactivo Miles. “Las montañas de la aflicción” era precisamente el primero de esos relatos.

Como digo, empecé a leer de forma distraída, por ver de qué iba aquello de lo que todo el mundo insistía en hablarme en los últimos tiempos (vivir rodeado de media docena de fans de la saga de Vorkosigan tiene esas cosas). No puedo decir que la historia me deslumbrara. Pero seguí leyendo. Estaba narrada de un modo sencillo, sin florituras pero con eficacia, y uno se iba dejando llevar por los acontecimientos que se contaban casi sin darse cuenta. Acabé el relato enseguida y descubrí que quería más. Para entonces, mi compañero de trabajo quería recuperar el libro para seguir leyéndolo, así que no me quedó más remedio que devolvérselo.

Con el tiempo, por supuesto, lo leí entero. Y también todo lo demás. Tuve la suerte, supongo, de leerlo además de acuerdo a la cronología interna de la saga (salvo las dos novelas de los padres de Miles, que leí en orden inverso). Para entonces ya se había publicado buena parte de la serie, con lo cual el desorden con el que se habían ido publicando las distintas novelas en nuestro país apenas me afectó.

Y sí, me convertí en fan de la saga. Me gusta la hiperactividad de Miles, el modo en que se mete en líos una y otra vez sin saber cómo saldrá de ellos, los distintos personajes secundarios que lo rodean y muchas otras cosas que ya tendremos tiempo de comentar. Y me gusta, sobre todo, el sentido del humor con el que está narrada, como si continuamente uno tuviera un geniecillo posado sobre su hombro que le está diciendo que no se tome nada de todo eso demasiado en serio.

Es cierto que la serie está deliberadamente concebida para resultar gratificante. Su personaje central está diseñado para eso: lleno de impedimentos en lo físico y una mente brillante (demasiado brillante a menudo, para su desgracia), con todo en su contra siempre y en todo momento pero triunfante al final una y otra vez. Triunfante, muchas veces, pese a sí mismo y sus torpezas, que los demás confunden con golpes de genio. Y eso es parte del juego, de la humorada, de la constante autoironía que la autora mantiene a lo largo de toda la serie y que algunos no parecen capaces de captar.

Pero, al grano. Decía que me convertí en un fan de la serie. Algunas novelas me gustan más y otras menos. Pero durante todo este tiempo, “Las montañas de la aflicción” ha seguido estando entre mis historias favoritas.

Y como he dicho, no parece que sea nada del otro mundo.

Y quizá no lo sea. Pero he releído el relato tres o cuatro veces y nunca me ha decepcionado. Es, de hecho, una de las pocas historias que, además de afectarme en el plano intelectual (porque me gusta la trama, su desarrollo, su ambientación y sus personajes) me afecta en el plano emocional. Durante unos instantes, los sentimientos de Miles son los míos y consigo algo que no he vuelto a lograr desde mi adolescencia: me olvido de que estoy leyendo algo escrito por otra persona y estoy, literalmente, dentro de la historia, como si fuera real.

Y por un cuento que, repito una vez más, no es nada del otro mundo.

A menudo he tratado de analizar por qué “Las montañas de la aflicción” tiene ese efecto en mí. Alguna vez, de hecho, jugué con la idea de desarrollar un análisis literario del cuento, de escribir un artículo desmenuzándolo para tratar de averiguar, de ese modo, por qué me funciona mejor que otras cosas, en apariencia, mejores o más conseguidas.

Al final, siempre renuncio. El relato está ahí. Su lectura es siempre satisfactoria y el efecto emocional que me causa no mengua con los años. Eso debería ser bastante.

No lo es, claro. Así que algún día, de un modo y otro, ese artículo de análisis acabará cayendo, me temo. Mientras tanto, me basta con saber que “Las montañas de la aflicción” está ahí esperándome. Y que, cuando lo vuelva a leer, me atrapará de nuevo, sin hacerse notar, como hizo la primera vez, y sin soltarme hasta el final, como pasó entonces.

© 2007, Rodolfo Martínez

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