Exhumando: 1995-2002

Corre el año 1995. Decido, sin muchas esperanzas, enviar La sonrisa del gato a la editorial Miraguano. Han empezado a publicar autores españoles y quién sabe. Miquel Barceló tiene en su poder Tierra de Nadie: Jormungand desde hace un par de años y, aunque parece interesado, no termina de decidirse a publicarla.

Entretanto, sigo a lo mío. O sea, escribiendo.

Un par de relatos bastante pretenciosos que, además, no son gran cosa: “Bailan solas” y “La respuesta”.

Y una idea me empieza a dar vueltas en la cabeza. Vaquero era un personaje secundario en La sonrisa del gato. De hecho, estaba destinado a aparecer brevemente e irse enseguida, pero me gustó tanto que amplié un poco su participación en la historia. Y aún me seguía gustando. Tenía posibilidades y quizá podría hacer algo con él, tarde o temprano.

De pronto, recibo carta de Miraguano. Acostumbrado a los rechazos (para entonces, publicar cuentos no era ningún problema, pero mis novelas seguían siendo rechazadas una tras otra), supongo que será otro. Para mi sorpresa acceden a publicar mi novela. Me sugieren unas cuantas correcciones, todas razonables y me dicen que les gustaría tenerla lista para la HispaCon de ese año, en Cádiz.

Flotaba. Levitaba. Volaba. En aquellos momentos me sentía más rápido que una bala, más poderoso que una locomotora, capaz de traspasar un edificio de un solo salto. Era Superman, vaya.

¡Me iban a publicar una novela!

Allí estaba yo, al borde de los treinta años y a punto, por fin, de publicar profesionalmente. Un futuro sin límites se abría ante mí.

Sí, claro, bueno. Luego, la realidad se encarga de enfriarte un poco (o un bastante, según cómo se mire) y de ponerte los pies en la tierra. Pero nada de lo que haya podido pasar después logró estropear aquel momento. En realidad, aún hoy, después de ocho novelas publicadas, dos libros de cuentos y un buen puñado de novelas cortas -tanto en antologías con otros autores como en solitario-, el momento en que me llega el paquete que me ha enviado el editor, lo abro y sopeso el libro, sigue brillando con la misma intensidad que el primer día.

Corregí La sonrisa del gato. Y seguí escribiendo. Un cuento titulado “Mensajero de Dios”, que era una especie de continuación de la novela. Y una novela corta llamada “Un jinete solitario”, donde contaba la historia de Vaquero antes de involucrarse con los personajes de La sonrisa del gato.

Aquella novelita se convirtió en una de mis obras más personales: oculta en la historia de Vaquero estaba parte de mi propia vida, sobre todo los acontecimientos ocurridos en los últimos meses. La amargura que destilaba el narrador ante sus errores cometidos y su carencia de empuje era en buena medida mi propia amargura. Cuando se publicó, al año siguiente, enseguida fue considerada una de mis mejores obras. Y seguramente lo que acabo de comentar tuvo mucho que ver. Hasta aquel momento nunca había escrito con tanta sinceridad ni intensidad y sin duda eso se reflejó en el resultado final.

En 1996 escribí uno de mis mejores cuentos, “Tarot”, otro que no estaba mal, “Piensa lo que quieras” y tres de los que se podría haber prescindido sin problemas: “Atraviesa el desierto”, “El segundo principio de la termodinámica” y “El fin del mundo no es un mal lugar para tomar decisiones”. Ninguno de ellos encontró problemas para su publicación, aunque “Atraviesa el desierto” tardó bastante y, de hecho, fue mi primer relato publicado en francés.

También escribí El abismo te devuelve la mirada, donde de nuevo codificaba mi propia vida, esta vez en clave de psico-thriller con elementos fantásticos. Esta novela, junto con “Tarot” fue el inicio de mi predilección por la fantasía urbana con toques oscuros, algo que seguiría practicando en los años siguientes. Y que, de hecho, supongo no abandonaré en un futuro próximo.

En 1997 escribí “Este relámpago, esta locura”, una nueva novela corta que terminaría al año siguiente y donde intentaba explorar mi fascinación por el mundo de los superhéroes. Y una novela, Este incómodo ropaje, que inicié con entusiasmo y abandoné cuando llevaba más o menos un tercio. La retomaría años después y se convertiría en Los sicarios del cielo.

Los cuentos de ese año fueron “Intruso” y “En territorio ajeno”. El primero sigue siendo uno de mis favoritos: una reflexión, en clave fantástica, sobre el hecho de narrar historias.

Y luego llegarían los años de la sequía. En mis archivos no hay nada de 1998. Y en 1999 sólo escribí “El sueño del rey rojo”, por aquel entonces una novela corta que, años después, transformaría en novela. Sin duda escribí algo más por aquella época: recuerdo haber iniciado un buen puñado de novelas y haberlas abandonado todas a las pocas páginas.

2000 y 2001 no serían mucho mejores. Tengo un cuento el primer año, “Aquí, allí, en todas partes” y otros dos el segundo, “Gameover” (totalmente prescindible) y “Con dados cargados” (quizá mi cuento favorito de cuantos he escrito). También en 2001 escribí Bifrost, un fix-up donde integraba “Los celos de Dios” y La sonrisa del gato a la vez que hacía avanzar la trama iniciada en Tierra de Nadie: Jormungand.

En 2002 comenzaría la recuperación, con el proceso que me llevaría transformar “El sueño del rey rojo” en novela y a terminar por fin, al año siguiente, Los sicarios del cielo.

(to be continued)

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