Búcaros glaucos y jarrones verdes

Hay un chiste que leí hace muchos años y que apareció en uno de los periódicos de Asturias. Básicamente un individuo se volvía a otro y se producía la siguiente conversación:

—Oye, ¿cómo se dice en asturiano: “por favor podría repetirme la frase antedicha para un mejor entendimiento de la misma”?
—¿Qué ye, ho?
—Eso, gracias.

Y eso siempre me trae a la memoria un artículo de Asimov cuyo título era algo así como “El vidrio de ventana y el vitral de iglesia”. Allí se afirmaba que hay dos formas distintas de narrar: la que es como un cristal transparente, que no interfiere con la acción y te deja ver con claridad lo que ocurre, y la que es como un vitral de iglesia, hermoso y lleno de matices, pero que te impide ver lo que pasa más allá.

Evidentemente, la argumentación de Asimov pecaba de simplista y era algo tendenciosa, pero contenía elementos interesantes y no estaba del todo equivocada.

¿Significa eso que soy partidario de un estilo sencillo, sobrio y desnudo frente a un estilo elaborado, rico y barroco? No, para nada, si bien confieso que me resulta difícil comprender ciertos excesos; y que me cuesta asumir que alguien diga que el personaje se sentaba frente a un “búcaro glauco” en lugar de un “jarrón verde” por otro motivo que no sea pedantería pura y simple. Pero no, no es cuestión de sencillez frente a barroquismo.

¿De qué se trata entonces?

Quizá de eficacia.

Claro que, ¿cómo definimos la eficacia en este contexto?

Recientemente, durante la charla con Juan Miguel Aguilera en una de las Bibliotecas de Gijón, una de las personas presentes manifestó que él no entendía nada de estilo ni esas cosas y que, de hecho, no era algo que le pareciese importante. Lo que a él le importaba era que le contasen una historia interesante, que lo emocionara y le hiciera desear seguir leyendo, saber qué más pasaba.

Intenté explicarle que, precisamente, era el estilo el que iba a conseguir que la historia le pareciera interesante, era el estilo el responsable de que se emocionara al leer, de que quisiera seguir leyendo. Evidentemente, él no tenía por qué “notar” ese estilo, no tenía por qué ser consciente de él. De hecho, tal como yo veo esas cosas, si el escritor ha hecho bien su trabajo, uno ni siquiera es consciente de que hay una voluntad de estilo detrás de todo el asunto: simplemente lo que está leyendo lo ha atrapado y no lo deja en paz hasta que no termine la lectura.

Traté de ponerle un ejemplo, visto que no quedó muy convencido (supongo que mi incompetencia expositiva tuvo algo que ver con ello). El mismo chiste, contado por dos personas distintas, puede hacer que nos partamos de risa o que miremos a quien lo cuenta con cara de incomprensión. Su tono de voz, su lenguaje corporal, las palabras elegidas, el modo de hacer una pausa dramática, de mantener la tensión hasta la coletilla final… todo eso es lo que hace que el chiste funcione, más allá de que la anécdota sea o no graciosa de por sí. Podemos no notar esas cosas, pero enfrentados ante el mismo chiste, sí que notaremos que cuando lo cuenta A nos hace gracia y cuando lo cuenta B nos aburre.

Eso es estilo, todas las herramientas que el narrador del chiste utiliza para obtener el efecto deseado: nuestra risa.

Y tres cuartos de lo mismo pasa en literatura (al fin y al cabo, contar un chiste no es más que un ejemplo de literatura oral): el estilo es todo lo que el escritor utiliza para que el lector se sienta interesado por lo que narra, para causar en él los efectos que desea que la historia le cause.

Por tanto, no se trata de si un estilo limpio y directo es mejor que uno alambicado y recargado. Más bien se trata de qué estilo sirve mejor a la historia que se está contando, cuál le saca mejor partido y consigue volverla más interesante para el lector.

Eso es, para mí, la eficacia. Tener siempre presente que todos los recursos literarios que uses están al servicio de lo que estás contando. Que no se trata de demostrar tu riquísimo léxico ni tu profundo dominio del idioma, que no es cuestión de deslumbrar al lector con tus brillantes metáforas y dejarlo boquiabierto con tus arriesgadas propuestas narrativas. Que todo lo que haces, hasta la última coma que pones sobre el papel tiene un solo propósito: contar de la mejor forma posible según tu entendimiento la historia que has decidido contar.

Esa es una lección que, curiosamente, parece haber olvidado la literatura culta, con su altivo desprecio de la anécdota y la peripecia: no importa lo que cuentes, ni siquiera importa que estés contando algo en tanto lo hagas de un modo hermoso. El estilo, el lenguaje utilizado se convierte en un fin en sí mismo y deja de ser un medio para alcanzarlo.

Desde mi punto de vista es un error. Un error que ya pasó factura en su momento a la literatura culta, hasta que (a mediados de los años sesenta del pasado siglo) se vio obligada a regresar a la anécdota y usar recursos de literatura popular y de género para no convertirse en un cadáver gloriosamente amortajado entre finísimas telas y delicados aromas. Parece, vistos los últimos tiempos, que es una lección que va a necesitar aprenderse de nuevo, a no tardar mucho.

La eficacia narrativa, el poner todas las herramientas literarias que sé utilizar al servicio de lo que cuento es algo que ha sido, desde siempre, una de mis guías fundamentales como escritor. De forma inconsciente al principio; de un modo explícito y deliberado a medida que pasaba el tiempo y la reflexión continua sobre lo que escribía iba haciendo germinar algunas ideas.

Y confieso que, en el fondo, tiendo a identificar “transparencia” con “eficacia”. Sé que eso no tiene por qué ser necesariamente así. Hay escritores con estilos muy marcados y reconocibles que, al mismo tiempo, sirven siempre a lo que narran y cuyos recursos expresivos hacen aumentar el placer y la comprensión (ya sea intelectual o emocional) de lo que estamos leyendo. Pero temo que mi opción personal es, en líneas generales, la de la transparencia.

Para mí, el mayor halago que puede hacerme un lector es, por supuesto, que me diga que lo que he escrito le ha emocionado, lo ha hecho reírse, llorar, pasar miedo, sentir esto, aquello o lo otro. Y si encima me dice que no ha notado cómo estaba escrito, el éxito habrá sido total. Porque habré conseguido mi objetivo: transmitir lo que deseaba y, en el proceso, hacer que el vehículo que usaba para transmitir eso no fuera evidente, resultara invisible y el lector ni siquiera fuera consciente de él. Que me dijera: “¿Estilo? ¿Qué estilo? No he notado ningún estilo”.

No es, como ya he dicho, la única opción que considero válida. Cualquier estilo es bueno si cumple con su propósito, si está al servicio de lo que se cuenta y siempre supeditado a ello, al objetivo de hacerlo más interesante para el lector. Pero me temo que mi opción personal es ésa. Y, como pasa a menudo con las opciones personales, uno difícilmente puede evitar considerarla la más adecuada.

Lo es para mí, claro. No tiene por qué serlo para los demás.

Un comentario

  1. Un poco de los cambios de estilo dentro de un mismo libro, de acuerdo a la voz del narrador, los encontramos en Hyperion y Kalpa Imperial. Cada personaje tiene su propia voz y forma de contar las cosas, y gracias a esto podemos hacernos una idea de sus personalidades.

    Interesante reflexión.

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