Crónicas del enano cabezón: Montando el escenario

Cuando uno se lanza al space opera tiene dos opciones. O bien su galaxia está poblada, además de por humanos, por otras especies inteligentes, o bien utiliza un espacio exclusivamente humano. Star Wars, Babylon 5 o el escenario de Akasa-Puspa de Aguilera y Redal podrían ser un ejemplo de lo primero. La saga de las Fundaciones asimovianas y la serie de Dune de Frank Herbert se encuadran claramente en lo segundo.

Al igual que lo hacen las aventuras de Miles Vorkosigan escritas por Lois McMaster Bujold.

La autora, para poner en pie su decorado, ha acudido al método de extrapolar culturas humanas ya existentes, algo que se usa con bastante frecuencia. De hecho, no sólo en lo social, sino que a menudo se hace en lo puramente físico. Así, es habitual tener galaxias llenas de planetas monoclimáticos y con una única cultura dominante en cada uno. Como si hubiéramos cogido media docena de ambientes y civilizaciones terrestres y las hubiéramos ido depositando aquí y allá por la Galaxia.

J. Michael Straczynsky, el creador de Babylon 5, era muy consciente de ese cliché de la ciencia ficción y, en cierto modo, hace un chiste a costa de él en uno de los capítulos de la serie de televisión. Durante una semana, todas las razas presentes en la estación espacial hacen una demostración de sus ceremonias religiosas: evidentemente, cada una de esas razas tiene una sola religión. Cuando les llega el turno a los humanos de mostrar sus propias creencias, lo que aparece en la pantalla es un mosaico casi interminable de credos distintos.

Esa tendencia a crear planetas que son, en lo cultural o en lo ambiental, como trozos seleccionados del nuestro alcanza el paroxismo precisamente en Star Wars: tenemos planetas-ciudad, planetas-pantano, planetas-bosque, planetas-glaciar, planetas-selva, planetas-desierto…

La saga de Vorkosigan no llega a ese nivel de especialización en lo climático, pero sí que asigna, más o menos, una única cultura dominante por planeta. Culturas que, a su vez, son estilizaciones, deformaciones o incluso parodias de civilizaciones que existen o han existido en nuestro mundo. Es más fácil hacer creíble algo así cuando estamos tratando con una galaxia exclusivamente humana, por supuesto: encontrar un planeta lleno de gente que parecen antiguos romanos puede ser chocante, pero tiene un pase; encontrar el mismo planeta lleno de plantas inteligentes que se comportan como los antiguos romanos ya resulta más difícil de tragar.

Incluso podemos hasta buscar una excusa más o menos aceptable para explicar por qué en cada planeta colonizado no hay más diversidad cultural. Al fin y al cabo, todos fueron colonizados desde la Tierra (o desde una de sus colonias) y podemos suponer que cada uno de ellos lo fue por un grupo social distinto. Si no ha pasado el tiempo suficiente desde la colonización podemos aceptar que el planeta en cuestión aún no se ha diversificado lo bastante.

En el universo de Vorkosigan se ha producido exactamente eso. De este modo, tenemos aún la Tierra, superpoblada y llena de distintas naciones y culturas. Y luego están planetas como Barrayar, Cetaganda, Colonia Beta, Athos o Jackson’s Whole en los que la civilización dominante es una sola.

Barrayar, el planeta natal de nuestro héroe, tiene un gobierno claramente feudal, con un emperador y una casta aristocrática que a veces recuerda a los prusianos y a veces a la antigua nobleza rusa. Ha estado aislado del resto de la galaxia desde su colonización y, en ese intervalo, ha desarrollado esa estructura. A partir de la invasión por parte del planeta Cetaganda, los barrayareses reabren su contacto con el resto de los mundos habitados y, poco a poco, comienzan un lento proceso de modernización tanto de su tecnología como de sus estructuras sociales. En cierto modo son como una nación europea del siglo XIX intentando entrar en el XX sin destruirse a sí mismos en el proceso.

Colonia Beta sería el extremo opuesto. Si Barrayar representa una sociedad eminentemente conservadora y aristocrática, con un sistema de clases que hasta hace poco apenas permitía la movilidad social, Colonia Beta es la democracia y el igualitarismo extremos, llevados en ocasiones a grados ridículos. Es un sitio vital, siempre en movimiento, cosmopolita y sofisticado.

No tardaremos en ver que el paraíso no es tan paradisíaco y que, como en todas partes, hay problemas, prejuicios y rituales. De hecho, cuando Cordelia Naismith, futura madre de Miles, hace públicos sus sentimientos hacia Aral Vorkosigan, nativo de Barrayar y, por tanto, el enemigo en esa época, la reacción de su terapeuta es suponer que la pobre mujer está bajo alguna versión del síndrome de Estocolmo o que los barrayareses le han lavado el cerebro. Su mente (supuestamente abierta y progresista) no puede concebir que alguien sienta admiración, o incluso amor, por lo que no es capaz de ver más que como una panda de brutos militaristas aristocráticos.

Cetaganda es, desde el punto de vista barrayarés, el enemigo ancestral. Fue su invasión la que los devolvió a la civilización galáctica y, en la larga lucha por librarse de su yugo, aprendieron a ser los guerreros implacables que el resto de los planetas conoce y no aprecia demasiado. Durante varias novelas sabemos muy poco de Cetaganda. De hecho, no sería hasta la titulada precisamente de ese modo que tendríamos un atisbo de cómo funciona ese imperio. Aunque escrita cuando la serie ya está bastante avanzada, Cetaganda se desarrolla en los primeros tiempos de ésta, poco después, de hecho, de El juego de los Vor, la segunda novela de la serie.

Con la excusa de la muerte de la emperatriz cetagandesa y con Miles Vorkosigan y su primo Iván Vorpatril enviados en misión diplomática para representar a su planeta en los funerales, Bujold aprovecha para trazarnos un retrato, no muy a fondo pero efectivo, de la sociedad de Cetaganda: un mundo en el que la casta dominante está obsesionada por la experimentación genética y que ha orquestado y estructurado toda su sociedad en base a la sucesiva mejora de sus propios genes. Desde los ba, criaturas asexuadas creadas por diseño y donde se prueban (sin riesgo, al ser incapaces de reproducirse) las nuevas ideas de la clase haut dominante, hasta la casta ghem, en la que se van filtrando (mediante casamientos con la casta superior) algunas de las características previamente desarrolladas y experimentadas con éxito. Como se dice en algún momento de la novela, el problema no es cuándo los cetagandeses dejarán de ser humanos, sino cuándo dejarán de considerar humanos al resto del universo.

Bujold desarrolla en esta novela (una de las mejores de la serie, para mi gusto, junto con Danza de espejos y Una campaña civil) una especulación social bastante interesante. Cierto que no entra en detalle (el mundo de Cetaganda siempre es visto a través de ojos extranjeros y, por tanto, a vuelapluma) pero quizá precisamente por eso logra hacer creíble para el lector la sociedad cetagandesa. Los complejísimos rituales que la rigen y buena parte de su estética están, sin duda, tomados de la sociedad japonesa medieval. No sería descabellado trazar un paralelismo entre los haut y el Mikado y su corte, o entre la casta ghem y los samuráis y sus daimios.

La cuarta pata del taburete la compone Jackson’s Whole. Hay otros planetas habitados en la galaxia, por supuesto. Algunos son simplemente mencionados y otros son el escenario de alguna de las aventuras de Miles, de sus padres o de sus conocidos: el planeta Athos, con una sociedad exclusivamente masculina; Escobar, donde se conocerán Cordelia y Aral, en bandos distintos de una guerra y enemigos obligados a colaborar para sobrevivir en un principio, y amantes al final; Komarr, invadido, ocupado y anexionado por Barrayar como represalia por haber dado paso a Cetaganda en su invasión; o la misma Tierra, que sirve de escenario para otra de las grandes novelas de la serie, Hermanos de armas (sí, lo reconozco, las historias donde aparece Mark, el hermano-clon de Miles, me encantan), y que es presentada como un lugar lleno de historia y tradiciones, con una cultura compleja y antiquísima. Un poco, supongo, como los americanos ven a Europa.

Pero hablábamos de Jackson’s Whole. El estercolero de la galaxia, en cierto modo. El lugar donde el capitalismo desenfrenado ha llevado a desarrollar una sociedad basada exclusivamente en la propiedad y en manufacturar bajo pedido cualquier cosa por la que alguien esté dispuesto a pagar: no importa lo que sea, si tienes dinero para pagarlo, ellos te lo proporcionan. Organizado en familias no muy distintas de las mafiosas (las llamadas “casas”), cada una de ellas está especializada en un tipo de producto distinto que vende al resto de la galaxia. Este planeta será fuente de problemas para Miles en más de una ocasión y, en última instancia, tiene bastante que ver con el motivo por el que terminará retirándose del servicio activo. Aunque la pregunta no se plantea jamás, en cierto modo su sombra aletea siempre que se habla del lugar o éste hace su aparición: ¿existiría, o al menos tendría un desarrollo tan floreciente, un lugar como Jackson’s Whole si el resto de la galaxia no estuviera dispuesta a pagar por lo que ofrece?

Este es, a grandes rasgos, el escenario que sirve de fondo a las aventuras de Miles Vorkosigan. No es uno de esos decorados apabullantes que se le hacen inolvidables al lector enseguida y que quedan grabados de forma indeleble en la mente del público. Pero sí es un marco adecuado para las pretensiones de la autora y le permite, de vez en cuando, poner en solfa algunos de los defectos más evidentes de nuestro mundo actual.

No es algo en lo que Bujold incida con insistencia ni convierta en el eje de su narrativa (está claro que sus intereses van por otro lado) pero ahí está y es una pieza más en un conjunto que funciona.

© 2007, Rodolfo Martínez

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