La llegada de la civilización

Hace un tiempo, en una de las entradas de La Fraternidad de Babel, el blog de César Mallorquí, se hablaba de las series de televisión de nueva hornada y se comentaban varias cosas interesantes sobre ellas. Entre otras, el hecho de que buena parte de la creatividad en lo audiovisual parece haberse refugiado en la televisión tras haber abandonado Hollywood.

Se hablaba de unas cuantas series, y una de las que creo que se mencionaban era Deadwood, que yo por entonces aún no había visto.

Lo cual es extraño, porque soy un enamorado del western casi desde que tengo memoria. De cualquier tipo de western, de hecho. Me gusta la épica de Ford (o incluso la más “artúrica” de algunos westerns clásicos), pero también el oeste sucio de Leone o los films más descarnados de Eastwood. Por no mencionar que estoy en mi salsa cuando me mezclan dos de mis géneros favoritos, el musical y el western, como hacen en La leyenda de la ciudad sin nombre.

En su momento, mientras la pasaban por la Fox, sí que vi lo que, posteriormente, reconocí como el segundo capítulo de Deadwood. Parte de él, en realidad. Y lo poco que vi me gustaba: era un oeste sucio, lleno de bajas pasiones y violencia descarnada que no parecía hacer concesiones al espectador.

Sin embargo, no seguí viendo la serie, no sé muy bien por qué.

Ahora, tras ver prácticamente de un tirón las dos primeras temporadas no puedo evitar preguntarme por qué he esperado tanto para hacerlo.

Deadwood está llena de personajes complejos y construidos con precisión. Todos ellos, incluidos aquellos que parecen encajar en los arquetipos más heroicos de la mítica de la frontera americana, tienen los pies de barro; y algunos, de hecho, no parecen tener otra cosa. La serie, tras unos inicios en los que presenta a los principales personajes, acabará articulándose finalmente alrededor de dos, aunque sin abandonar nunca su carácter de historia coral: El interpretado por Ian McShane (que está soberbio en todo momento como el dueño del saloon) y el atormentado sheriff que encarna Timothy Oliphant y al que, en cierto modo, le da la revalida como defensor de viudas y huérfanos Wild Bill Hickok (convincentemente encarnado por Keith Carradine) poco antes de su muerte.

Alrededor de esos dos personajes se va construyendo la vida de un pueblo minero de frontera y, lo que es más importante, trazando un retrato vívido y descarnado de cómo se va pasando de la barbarie a la civilización.

Dicen que David Milch, creador de la serie, quería ambientar su historia en la antigua Roma y que cambia sus planes precisamente por culpa de la serie que lleva como título ese nombre. Entonces, y tras ver un documental sobre la muerte de Hickok en una ciudad minera en las Colinas Negras de lo que luego sería Dakota, decide usar ese lugar como escenario para la serie.

Un acierto, a mi entender. Porque la frontera americana en el último tercio del siglo XIX es uno de los lugares donde, de un modo más vertiginoso, se ha producido precisamente el cambio que Milch quería mostrarnos. La expansión acelerada hacia el oeste que tiene lugar tras la Guerra Civil americana va creando sociedades sobre la marcha, improvisando a medida que se construyen y luego, en un proceso rapidísimo, integrándolas, bien que mal, en la civilización preexistente en el Este.

En la serie no hay concesiones para una visión políticamente correcta de las cosas, lo cual es muy de agradecer (y sorprende, quizá porque algunos prejuicios son más difíciles de abandonar de lo que uno creía, que buena parte de los guiones estén escritos por mujeres). El dueño del saloon, proxeneta, traficante de drogas y asesino es lo que es, sin excusas ni paliativos; y otro tanto podemos decir de muchos otros personajes. Allí nadie pide disculpas por existir y, de hecho, el único pecado que no tiene perdón es el fracaso.

El pueblo que da título a la serie (y que, en cierto modo, es su verdadero protagonista) es un caldero cultural donde cabe de todo, siempre en ebullición, lleno de conflictos y, entre tanto, caminando (medio a tientas y sin planearlo, medio intencionadamente y con visión de lo que se avecina) hacia una verdadera sociedad en la que las estructuras de poder y autoridad estén claras y donde sea el imperio de la ley el que rija las relaciones entre todos.

Confieso que espero con ansia la tercera temporada.

© 2007, Rodolfo Martínez

6 comentarios

  1. Nada. Tengamos paciencia, que si la tercera mantiene el nivel de las dos primeras valdrá la pena.

    A mí, aparte de lo ya comentado, lo que más me sacudió de la serie fue el modo en que han tratado a la moral humana. En lugar de crear una serie de época siguiendo las convenciones morales del hoy en día, se han esforzado por mostrar las divergencias, terribles, entre aquellos hombres y mujeres y nosotros. Como ejemplo, en Deadwood (donde no hay buenos y malos, sino gentes jodidas por la vida que han decidido rendirse o luchar, y luchar por lo que consideran moralmente aceptable o por su único beneficio) todos los personajes, hasta los más simpáticos, tratan con abrumador desprecio a los chinos que viven en los suburbios, o a los negros, y con odio cerval a los indios. Y lo que me sacudió fue que logran que comprendas que aquello no es racismo como lo entendemos hoy día, sino que la moral en aquellos días entendía como “natural” la diferencia entre razas y hasta sonreía ante manifestaciones que hoy causarían indignación y nauseas. Pero con esas secuencias te dicen “ojo, que estos hombres no somos nosotros”. Algo parecido ocurre con el tratamiento que dan al valor de la vida humana. Una serie soberbia.

  2. Sin duda, una de las mejores series que se han hecho y con el tiempo un clásico. Es increible como los mejores guionistas se van a la televisión porque lo que es el cine no son más que remakes, parodias estúpidas, en fin, que se les han acabado las ideas , salvo a estos, últimos refugiados.Otro gran film que recomiendo es de Walter Hill, dura unas tres horas pero es un western muy bueno, se llama los Protectores( Broken Trail), con Robert Duvall, donde dos vaqueros tío y sobrino tienen que proteger a un grupo de chinas que son obligadas a prostituirse y llevar el ganado de su negocio, pura épica, creánme. Y por último recuerdo aquella magnífica Lonsome Dove de la novela de Larry Mcmurty con Tommy Lee Jones y Robert Urich. Con lo mal que me caen los norteamericanos y hay que reconocer que el Western es una maravilla. Un saludo.

  3. (Qué cosa más rara, ha salido el comentario cortado… En fins; decía sobre lo citado:)

    Que a mí con esas secuencias lo que me recuerdan es “ojo, que ASÍ somos nosotros en cuanto nos rascan un poco el barniz de convencionalismos sociales”.

    No hay más que echar un vistazo a cualquier diario (incluso, según dónde, pasear un poco con los ojos abiertos) para comprobar que hay gente que se comporta igual y tiene las mismas actitudes, prejuicios y forma de ver las cosas (y actuar ante ellas) que los personajes de la serie.

    (Por lo demás, Rudy, te recomendé Deadwood hace más de un año -a la vez que Carnivale, por cierto-, ¿y no la has visto hasta ahora? Ya no me atiendes con la devoción que me merezco. Snif. :P )

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