Dos momentos

Hay dos momentos en mi vida que son los responsables, en buena medida, de mi actual desconfianza hacia los políticos profesionales. Lo curioso es que ninguno de esos momentos está exactamente relacionado con los políticos, tal como se suele entender el término. Porque el primero tiene que ver con los sindicatos; y el segundo, con los representantes de alumnos.

Corrían los años setenta. La Transición, ya sabéis. Una época bastante conflictiva en lo laboral. La empresa en la que trabajaban mis padres (un monstruo empresarial de propiedad estatal con más de veinticinco mil empleados, sin contar las empresas auxiliares) estaba pasando una racha bastante activa de movilizaciones y huelgas. Y en cierto momento ocurrió algo que ha permanecido en mi memoria todo este tiempo. La secuencia de acontecimientos, tal y como mis padres me la relataron, fue la siguiente: los sindicatos deciden, por el motivo que sea, que es el momento de una huelga. Se convoca a los trabajadores a una asamblea. Los sindicatos exponen sus motivos. Los trabajadores deciden con su voto y sale mayoritariamente que no, que no va a haber huelga. Uno de los sindicatos decide imponer su propia voluntad sobre la de los trabajadores a los que representa y sigue adelante con el asunto. El resultado: al día siguiente hay huelga por cojones y los piquetes del sindicato en cuestión se encargan de que así sea.

Damos un salto a principios de los noventa. Mi brevísimo paso por la política universitaria. Por insistencia de mi novia de entonces, bastante activista en esos temas, me presento a delegación de alumnos. La lista en la que voy resulta elegida. Aquello durará poco, porque al año siguiente decido dejar la Universidad, hacer la mili y luego ya veré qué narices hago con mi vida. Pero, entretanto, veo unas cuantas cosas. Una de ellas es la siguiente: se iban a producir ciertos cambios que afectaban, entre otras cosas, a los planes de estudios. Ya no recuerdo los detalles, pero en esencia digamos que el que podríamos llamar el “líder natural” de los representantes de los alumnos (un tipo de labia fácil y aspecto ligeramente progre) tiene sus propios planes e ideas y pretende llevarlos a cabo como sea. Alguien, otro delegado de alumnos, le pregunta si los estudiantes quieren realmente lo mismo que él. La respuesta es que eso importa bien poco. Quien ha hecho la pregunta dice que ellos, al fin y al cabo, no están allí para llevar adelante sus propios planes, sino para representar la voluntad del alumnado y que si éste decide hacer algo que no encaje con los planes de los representantes, los representantes tendrán que joderse y apechugar con ello. El “líder” se queda mirando al otro individuo como si no comprendiera de qué está hablando y con cara de estar preguntándose de dónde ha salido aquel tipo.

Evidentemente, ha habido en mi vida muchos otros detalles que han ido cimentando mi desconfianza hacia los políticos profesionales y hacia buena parte del modo en que se “implementa” el supuesto sistema democrático en el que vivimos; ni siquiera creo que sea necesario citar ejemplos. Sin embargo, siempre que pienso en el por qué de mi desconfianza, son esos dos momentos los que recuerdo, como si en cierta forma resumieran todo lo demás.

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