Obra breve (2)
Viernes, Abril 6th, 2007 Pertenece a Mi misma mismidad, Núcleo | 5 comentarios »- El mismo día, hace dos años: Elemental, querido crítico ,
- El mismo día, hace dos años: La vida privada de la Mafia
Después de haber manifestado hace unos días mi malestar porque hace tiempo que no escribo relatos, he estado pensando en ello, dándole vueltas al asunto. Y resulta curioso que Rafa Marín, sin pretenderlo, haya puesto en su blog el dedo en la llaga de lo que estaba dando vueltas por mi cabeza en los últimos días.
Porque quizá me he dejado fuera uno de los motivos por los que apenas escribo cuentos. Tal vez no el principal y, desde luego, no el único, pero creo que sí uno importante, al menos de un tiempo a esta parte.
Y es, precisamente, este blog.
En los últimos dos años le he dedicado bastante tiempo a Escrito en el agua. Cierto que, sobre todo al principio, ha sido una actividad bastante irregular: del entusiasmo de los primeros momentos donde posteaba una vez al día, y a veces más, la cosa fue descendiendo hasta llegar a su punto más bajo en el otoño de 2005, donde pasé algo más de un mes sin actualizar. Poco a poco fui recuperando el ritmo y ahora he alcanzado, eso creo, una estabilidad bastante cómoda: tres actualizaciones semanales mínimas —lunes, miércoles y viernes— y alguna entrada ocasional fuera de las planificadas.
Y me he acostumbrado a escribir para mi blog con cierta constancia. Con altibajos, sin duda, pero arreglándomelas para mantener el ritmo (aunque sea con la ayuda ocasional del “reciclaje” de material escrito para otros medios) y sin que me agobie pensar en las tres actualizaciones semanales. Al contrario, en cierto modo mi mente se ha autoentrenado a lo largo de todo el proceso y ahora casi podemos decir que cada cosa que hago (un libro que leo, una película veo, comentarios en otros blogs, conversaciones en las reuniones semanales con los locos avalonios, algo oído por casualidad en el curro o visto en la televisión…) es “bloguizable”. Y si digo “casi” es porque hay ciertos aspectos de mi vida, demasiado íntimos, que sólo considero aptos de pasar a lo que escribo tras una codificación más profunda que, de momento, sólo me pueden proporcionar novelas, cuentos o poemas.
En cualquier caso, todo esto no es nada nuevo. Es parte de la mirada del escritor: contemplas todo cuanto te pasa como posible material para tu literatura.
La diferencia es que ahora lo considero, ya no como material novelizable o narrable, sino, tal y como acabo de decir, bloguizable (diría “bitacorizable”, si fuera un poco más castizo, pero en realidad no sé cuál de los dos neologismos me parece más horrible). O sea, he cambiado la perspectiva: en algunos casos la he ampliado, en otros me he limitado a trasladarla. Quién sabe, es posible que algunas de las ideas que he ido barajando en los últimos meses para ciertas entradas del blog, hubieran sido convertidas en un cuento en otras circunstancias. No todas, sin duda, pero quizá si alguna.
Desde cierto punto de vista, es una lástima, supongo.
Desde otro… pues todo lo contrario. Antes de Escrito en el agua, muchas de las pequeñas ideas que se me ocurrían acababan muriendo sin haber encontrado su cauce de expresión. No tenía un lugar donde dejarlas salir. Algunas de ellas sobrevivían y terminaban adoptando la forma de un relato corto, o un artículo, pero la mayoría morían antes de haber nacido.
Sin embargo, ahora tienen su lugar. Con la ventaja de que pueden adoptar la forma que yo prefiera o considere más adecuada para ellas, porque ya no están sujetas a convenciones de género o extensión… más o menos. Tiempo atrás podría haber pensado “ah, estaría bien escribir un articulillo sobre esto o un comentario sobre aquello” para luego decirme “ya, ¿y dónde lo publico?”. En cambio, ahora, la segunda parte ha desaparecido: tengo un lugar donde hacer públicas esas cosas.
¿Tan importante es eso?, quizá os preguntéis. Para mí sí. Siempre he pensado que el proceso literario no está completo hasta su publicación. Lo que escribo necesita lanzarse en busca de un público: que puede ser de una persona o de un millón (ja, ya me gustaría), pero eso en última instancia no importa. Escribir sabiendo que no podré publicar es, para mí, paralizante. Mata el proceso creador. Escribí durante muchos años antes de publicar nada, cierto, pero lo hice siempre teniendo en mente la publicación como objetivo final; lejano, tal vez, pero alcanzable.
O sea, mi blog se ha convertido una herramienta literaria más, otro género que tocar. Más efímero que mi obra publicada de un modo más tradicional, quizá; sin duda la mayoría de estas entradas no están destinadas a perdurar (claro que quizá tampoco el resto de mi obra, pero eso ya es otra cuestión).
Es una actividad que no me quita demasiado tiempo (la prueba es que, en los dos años que llevo, mi producción novelística no se ha visto reducida) pero quizá sí algo. Lo bastante para haber acentuado una tendencia preexistente y hacerme pasar de escribir muy pocos cuentos a casi ninguno.
Debería sentirme mal por ello, pero curiosamente no es así. Y supongo que mientras escribir para el blog me siga despertando las ganas y el entusiasmo no lo lamentaré ni sentiré que he perdido algo por hacer otra cosa que quizá no mereciese la pena. Un día, a lo mejor, me canso, repaso lo que he hecho y veo que todo este trabajo ha sido para nada.
Aunque lo dudo. Al fin y al cabo, nada de cuanto he escrito a lo largo de mi vida ha sido inútil. Incluso lo más efímero y lo menos valioso acabó teniendo su utilidad. Si no como otra cosa, como práctica y rodaje. Como semillero de obras futuras. Pero siempre, de un modo u otro me ha resultado útil.
Así que seguiremos adelante durante un tiempo. Ya veremos cuánto. Sospecho que bastante.
© 2007, Rodolfo Martínez
