Dios, los mormones, House e Instanton

Leo en el blog de mi amigo Instanton (lo encontraréis en los links de la derecha, en la sección de bitácoras: El trasgu probabilista; y si aún no lo habéis visitado os perdéis uno de los blogs más personales e inteligentes que he leído por ahí) una cita de House que expresa su pensamiento acerca de Dios y en la que dice que o bien no existe o es infinitamente maligno.

Instanton afirma reconocerse en esa frase. Y que, puestos a elegir, prefiere quedarse con lo primero, porque lo segundo ya sería demasiado chungo.

Tiendo a coincidir con él y además me recuerda un encuentro que tuve hace años.

Iba yo por la calle, a mi bola y pensando en mis cosas, y de pronto se me acercó una parejita de mormones. No hace falta que los describa, evidentemente: con esa pinta de nobles muchachos campesinos lanzados contra el mundo hostil armados sólo con su fe y su pureza. Me abordaron, siempre muy amables, y me interpelaron acerca de mis creencias.

Normalmente en casos así trato de responder algo no comprometedor, murmurar cualquier cosa sobre la prisa que llevo o lo que sea con tal de quitármelos de encima, intentando siempre ser amable, pese a que confieso que no llevo bien el proselitismo. Incluso diría que me cabrea, sobre todo cuando traspasa ciertos límites y después de haber dicho “no” de media docena de formas distintas, te siguen insistiendo en el asunto. Pero al mismo tiempo soy una persona profundamente tímida y mostrarme borde con un desconocido, especialmente si él es educado conmigo, me cuesta trabajo (los conocidos ya saben que mostrarme borde con ellos no sólo no es difícil, sino que resulta inevitable).

El caso es que aquel día me pillaron con humor de “a ver qué pasa” y contesté que era ateo.

Sus ojitos se iluminaron: “Ah, un desafío”.

Nos lanzamos a la discusión. No recuerdo muchos detalles pero sé que en determinado momento les hice una pregunta de este estilo:

—Entonces, ¿Dios sería capaz de condenarme al infierno por tener unas creencias equivocadas por más que yo creyera sinceramente en ellas?

Ellos ni cortos ni perezosos, respondieron que sí. A lo que yo dije:

—Entonces, ése es un Dios con el que no quiero tener nada que ver.

En un mundo ideal eso habría sido mi gran victoria, claro, mi momento de triunfo mientras ellos humillaban la cabeza y se iban con el rabo entre las piernas. En el mundo real, me temo que permanecieron impertérritos y que la discusión siguió un buen rato y tardé bastante más de lo que me hubiera gustado en quitármelos de encima. Sin duda los entrenan bien en Utah o de donde vengan.

Aunque, eso sí, reconozco que por un mínimo momento gocé perversamente del brillo horrorizado que apareció en los ojos de uno de ellos cuando solté mi frasecita.

Además, no se trataba de una frase dicha para epatar o escandalizar. Creía sinceramente lo que estaba diciendo.

Aún lo creo, de hecho.

3 comentarios

  1. Así es. Los argumentos importan poco a ese gente, su misión es convertir, y la argumentación como la tuya es casi blasfemia. La fe no entiende de razón, y uno al final es ateo o creyente en base a la fe, ausencia de ella o similares. Sin embargo la fe suele ser algo madurado, y siempre hay un componente de razón. Por eso la mayoría de las personas que tienen un sentimiento religioso (lo que incluye para mí su ausencia, son dos caras de la misma moneda) está receptivas a la reflexión, y en algunos casos sirve para afianzar con más bases sus convicciones. El problema con los fanatismos, las sectas y las religiones dogmáticas es que convierten la fe personal en el dogma de todos.

    Ya tengo tema para mi blog hoy,je,je,je,je, que no se me ocurría nada.

  2. Desde ese niño educado en colegio de curas que en verdad quería creer hasta el agnóstico en que me convertí hoy en día al que en verdad le va y le viene si dios existe o no creo que una parte importante de esa “conversión” tuvo que ver el hecho de que nunca supieron explicarme, de una manera que pareciera lógica, como era correcto que ese dios, que nos quería tanto, se hiciese la vista gorda con tantas hijoeputeces en el mundo y por el contrario se preocupase detenidamente de si deseabas la mujer del prójimo, caminabas más de 100 pasos el sábado o mostrabas el cabello en publico.

    Al final, parecía que ese asunto de “a imagen y semejanza” y “libertad” funcionaba para unas cosas pero no para otras, no era muy democrática la cosa que dijeramos.

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