Dios, los mormones, House e Instanton
Lunes, Abril 2nd, 2007 Pertenece a A mi alrededor, Y sobre esta piedra | 3 comentarios »- El mismo día, hace dos años: Extrange Aparatus
Leo en el blog de mi amigo Instanton (lo encontraréis en los links de la derecha, en la sección de bitácoras: El trasgu probabilista; y si aún no lo habéis visitado os perdéis uno de los blogs más personales e inteligentes que he leído por ahí) una cita de House que expresa su pensamiento acerca de Dios y en la que dice que o bien no existe o es infinitamente maligno.
Instanton afirma reconocerse en esa frase. Y que, puestos a elegir, prefiere quedarse con lo primero, porque lo segundo ya sería demasiado chungo.
Tiendo a coincidir con él y además me recuerda un encuentro que tuve hace años.
Iba yo por la calle, a mi bola y pensando en mis cosas, y de pronto se me acercó una parejita de mormones. No hace falta que los describa, evidentemente: con esa pinta de nobles muchachos campesinos lanzados contra el mundo hostil armados sólo con su fe y su pureza. Me abordaron, siempre muy amables, y me interpelaron acerca de mis creencias.
Normalmente en casos así trato de responder algo no comprometedor, murmurar cualquier cosa sobre la prisa que llevo o lo que sea con tal de quitármelos de encima, intentando siempre ser amable, pese a que confieso que no llevo bien el proselitismo. Incluso diría que me cabrea, sobre todo cuando traspasa ciertos límites y después de haber dicho “no” de media docena de formas distintas, te siguen insistiendo en el asunto. Pero al mismo tiempo soy una persona profundamente tímida y mostrarme borde con un desconocido, especialmente si él es educado conmigo, me cuesta trabajo (los conocidos ya saben que mostrarme borde con ellos no sólo no es difícil, sino que resulta inevitable).
El caso es que aquel día me pillaron con humor de “a ver qué pasa” y contesté que era ateo.
Sus ojitos se iluminaron: “Ah, un desafío”.
Nos lanzamos a la discusión. No recuerdo muchos detalles pero sé que en determinado momento les hice una pregunta de este estilo:
—Entonces, ¿Dios sería capaz de condenarme al infierno por tener unas creencias equivocadas por más que yo creyera sinceramente en ellas?
Ellos ni cortos ni perezosos, respondieron que sí. A lo que yo dije:
—Entonces, ése es un Dios con el que no quiero tener nada que ver.
En un mundo ideal eso habría sido mi gran victoria, claro, mi momento de triunfo mientras ellos humillaban la cabeza y se iban con el rabo entre las piernas. En el mundo real, me temo que permanecieron impertérritos y que la discusión siguió un buen rato y tardé bastante más de lo que me hubiera gustado en quitármelos de encima. Sin duda los entrenan bien en Utah o de donde vengan.
Aunque, eso sí, reconozco que por un mínimo momento gocé perversamente del brillo horrorizado que apareció en los ojos de uno de ellos cuando solté mi frasecita.
Además, no se trataba de una frase dicha para epatar o escandalizar. Creía sinceramente lo que estaba diciendo.
Aún lo creo, de hecho.
© 2007, Rodolfo Martínez
