La Europa mágica de Juan Miguel Aguilera

Escribí el siguiente artículo a petición de Marisa Cuesta y con destino a la Biblioteca Ateneo de la Calzada, en Gijón, que organiza un Club de Lectura donde, a veces, se invita a uno de los autores leídos para que responda a preguntas de los lectores. El pasado 29 de marzo le tocó a Juan Miguel Aguilera y su obra El sueño de la razón, y el artículo, junto con otros textos, formó parte del dossier realizado para la ocasión.

A algunos puede parecerles sorprendente la transformación de Juan Miguel Aguilera: de escritor de ciencia ficción, de autor de aventuras espaciales que abarcan cientos de años-luz de distancia y millones de años de tiempo, parece haberse reconvertido en novelista histórico con algún ocasional toque de fantasía.

Esta supuesta transformación se inicia con La locura de Dios (Ediciones B, 1998), cuyo protagonista, nada menos que Ramón Llul, se interna en las estepas asiáticas acompañado de un grupo de almogávares en busca de la mítica ciudad del Preste Juan.

En Rihla (Minotauro, 2004) sigue en esa línea, narrando el viaje al Nuevo Mundo de un grupo de árabes de Granada, varios años antes de la expedición de Cristóbal Colón.

Finalmente, con El sueño de la razón (Minotauro, 2006), Aguilera nos lleva los tiempos de la juventud de Carlos I, envuelto en una conjura de alcance europeo a la que se enfrentarán Luis Vives y un Ignacio de Loyola que aún no es el monje-guerrero que años más tarde fundaría la Compañía de Jesús. Son ayudados en su empeño por una joven bruja y las dificultades a las que se enfrentarán a lo largo del camino serán numerosas; aunque también encontrarán aliados inesperados en la costa asturiana, especialmente un individuo tuerto que acaba remitiendo, no sólo a cierto personaje habitual en la mitología astur, sino a uno de los más importantes dioses del panteón germánico.

Como decía, puede resultar sorprendente ese cambio de orientación en su carrera literaria. En realidad, no lo es tanto, a poco que lo pensemos un poco. Tanto las novelas de fantasía histórica de Aguilera como sus space operas más desenfrenados parten de una misma tradición: la narración de aventuras decimonónica, la literatura de viajes asombrosos del siglo XIX. Poco importa que esa aventura sea por lugares ignotos de nuestro propio planeta (no olvidemos que en el siglo XIX había aún partes de la Tierra inexploradas y, para la imaginación de los escritores y del público, pobladas de civilizaciones maravillosas y criaturas míticas) o por las más remotos rincones del espacio: el fondo es el mismo, y los mecanismos narrativos utilizados para enfrentarse al tema son similares, por no decir idénticos.

Rihla, por ejemplo, tiene mucho de historia de “primer contacto”, uno de los temas clásicos de la ciencia ficción. Ese primer contacto no se produce en este caso entre humanos y extraterrestres, sino entre árabes del siglo XV e indígenas americanos pre-colombinos, pero las sociedades de la que ambos grupos parten (y la mentalidad y forma de pensar que esas sociedades producen) son tan diferentes que es como si fueran mutuamente alienígenas.

En La locura de Dios, la ciudad del Preste Juan que encuentra Ramón Llul es un lugar maravilloso y mágico lleno de máquinas increíbles y de medios de transporte que parecen moverse por sí mismos. El tema al que se enfrenta el autor valenciano aquí es también característico de la novela de aventuras decimonónica: el viaje a una civilización más avanzada y la contemplación de la misma desde los ojos maravillados del espectador y aquí Aguilera está siguiendo en buena medida los pasos de autores como Verne.

En El sueño de la razón, explora la idea de que la tradición de brujería europea —los aquelarres, los maleficios y o conjuros, las sustancias que producen alucinaciones clarividentes— no es otra cosa que la supervivencia de cultos paganos anteriores al cristianismo; tema que, si bien no es original, sí está tratada en este caso con un rigor poco frecuente.

En realidad, el tipo de fantasía histórica que hace Aguilera es también muy poco frecuente. Pues todos los elementos fantásticos que podemos ver en sus novelas no son tales. A primera vista podría parecer que sus novelas están llenas de momentos de magia o hechicería; de criaturas sobrenaturales o seres semi-divinos. En realidad, no es así. Su formación como autor de ciencia ficción le sirve al valenciano para usar con habilidad un truco que puede pasar desapercibido al lector poco atento. De hecho, hace suya la frase de Arthur C. Clarke que ya se ha convertido en un lugar común para el aficionado al género fantástico:

La tecnología lo suficientemente avanzada es, para el profano, indistinguible de la magia.

Así, el truco de Aguilera está en presentarnos hechos tecnológicos más avanzados de lo que, supuestamente, la época permite y describirlos desde los ojos de un hombre de esa época. Por poner un ejemplo sencillo: para nosotros un avión no es más que una máquina que vuela quemando combustible; para un hombre del siglo XVI sería un mágico bajel del aire propulsado por alguna hechicería. Así, Ramón Llul asiste maravillado en La locura de Dios a una ciudad que, en plena Edad Media, ha desarrollado la máquina de vapor hasta niveles superiores a los del siglo XIX. Para él es magia; para nosotros es tecnología.

De este modo, bajo la capa de fantasía que cubre las novelas históricas de Aguilera, en realidad nos encontramos con ciencia ficción: todos los hechos que suceden en sus obras tienen una explicación racional y asumible por una persona del siglo XXI, pero son explicados desde la perspectiva de un hombre medieval, o un árabe de los albores del Renacimiento, o un filósofo renacentista: las interpretaciones que dan a esos hechos son, por tanto, de índole fantástica, pero no los acontecimientos en sí.

Pero Aguilera nunca olvida algo fundamental: bajo la superficie sus novelas pueden ser ciencia ficción, pero esto jamás debe imponerse a la historia que está contando y ralentizar el ritmo explicando qué es lo que ocurre. Si uno lee con atención podrá darse cuenta de que la aparente magia no es otra cosa que tecnología vista por ojos que no la comprenden. Pero también puede limitarse a saborear la historia que se está contando, dejarse llevar por el punto de vista narrativo y asumir que los hechos fantásticos que aparecen, efectivamente lo son. Las novelas de Aguilera permiten ambos niveles de lectura.

De este modo, el autor valenciano huye con eficacia del vicio llamado “salgarismo”, un defecto frecuente en algunos narradores de novela de aventuras decimonónicos y que tiene su máximo exponente, precisamente, en Emilio Salgari, cuyas novelas a menudo se interrumpían para explicar con detalle la morfología, desarrollo y comportamiento de cada planta o animal que los protagonistas encontraban en su viaje. Este “salgarismo” también es algo común en algunas historias de ciencia ficción, donde las explicaciones científicas ahogan la historia y se cargan el ritmo de la narración.

En realidad, se trata de una tentación difícil de resistir en ciertos géneros literarios; aquellos que exigen, para que la ambientación de la obra esté lograda y sea plausible, un alto grado de investigación y de documentación. Al autor a menudo le resulta difícil resistirse a incorporar a lo que escribe todo lo que ha estudiado sobre la época o el lugar donde ambienta la historia, en lugar de limitarse a presentarle al lector sólo aquello que es necesario para el desarrollo de la misma y sólo en la medida en que no interrumpa su desarrollo. El buen autor usa la documentación con mucho cuidado y procura no ahogar a su lector en sartas de datos enciclopédicos sin sentido que no sirven más que para demostrar lo mucho y a fondo que ha investigado, pero no aportan nada a la historia y rompen su ritmo narrativo.

Aguilera es un autor que se documenta a fondo (tanto para sus obras históricas como para sus epopeyas espaciales) pero sabe cómo usar esa documentación y dosificarla tal y como acabo de describir, de modo que siempre esté al servicio de la historia y no interrumpa el fluir de lo que nos está contando. Su documentación es, en cierto modo, como un iceberg: el noventa por ciento de lo que ha investigado no está visible y no ha pasado a la novela, pero ha sido necesario para escribirla, aunque el lector nunca llegue a leerlo.

Gracias a eso y a un estilo directo que prima la eficacia narrativa frente al preciosismo verbal, las novelas de Aguilera se leen de un tirón y se disfrutan casi desde la primera página. Al mismo tiempo, ese segundo nivel de lectura que comentábamos antes permite disfrutarlas como un extraño juguete: como si en cierto modo la verdadera historia que cuenta estuviera enmascarada tras otra. Paladeando con cuidado, el lector puede ir descubriendo la ciencia ficción —la buena ciencia ficción, añadiría— que existe tras la apariencia de una fantasía histórica.

© 2007, Rodolfo Martínez

2 comentarios

  1. Estoy completamente de acuerdo, casi diría que palabra por palabra, con el análisis de los libros de Aguilera que haces. Poco más se puede decir, aunque yo sí que creo que hay que hacer mucho más énfasis en que sus novelas son de viajes extraordinarios, aunque a mí me recuerdan un poco más a las del siglo XVII y XVIII que a las del XIX. Y ciertamente son historias puras y duras sobre el primer contacto con civilizaciones alienígenas, en el sentido etimológico estricto de la palabra. En este sentido sus historias de ciencia ficción histórica (nunca de fantasía aunque lo parezca) son más ciencia ficción que mucha de la que se nos vende como cf más tecnológica o futurista.

  2. Como explicó el propio Juanmi en la charla en la biblioteca, él es incapaz de no darle una explicación racional a lo que narra. Para sus personajes, puede ser magia, para él, como autor, no. Necesita trabajarse un “trasfondo racional” (en realidad, el mismo en todas las novelas, pues la historia de base que hay tras todas ellas, desde los space-opera a las fantasías históricas, es la misma) por donde él se pueda mover con comodidad como autor. Otra cosa es que renuncia a dar explicaciones explícitas y, en lugar de adoptar un punto de vista de narrador omnisciente, prefiera un narrador que no sabe más sobre lo que se cuece que los propios personajes. Lo cual, por cierto, me parece un acierto, ya que da a a sus novelas un interesante doble nivel de lectura: fantástico-mágico en la superficie y científico-tecnológico en el trasfondo.

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