Here lies one whose name was writ in water
-Epitafio en la tumba de John Keats

Archivo de Abril, 2007

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Lunes, Abril 30th, 2007 Pertenece a Mi misma mismidad, Paranoias | 16 comentarios »

Pues sí. Durante este día y a lo largo de los próximos trescientos sesenta y cuatro, mi edad será la respuesta a la vida, el universo y todo lo demás.

Y es que es un número de profundas resonancias místicas.

Los cuarenta y dos evangelistas que no pasaron sus evangelios al papel y prefirieron el glorioso anonimato, los cuarenta y dos jinetes del Apocalipsis que no encontraron montura, los cuarenta y dos magníficos (bueno, vale veintiún magníficos y veintiún samuráis, pero da igual) que nunca llegaron al pueblo al que tenían que llegar, los cuarenta y dos puntos cardinales de algún universo con más dimensiones que éste aunque no sé exactamente cuántas porque estoy demasiado vago para contar, los cuarenta y dos pares de cromosomas que seguro que alguien tiene, las cuarenta y dos letras de algún alfabeto, los cuarenta y dos litros por metro cuadrado que cayeron un jueves de lluvia en Asturias, los cuarenta y dos pasos de perfeccionamiento para llegar donde nadie ha llegado anteriormente ni tenía ningunas ganas de llegar, las cuarenta y dos valkirias que destruirán el mundo cuando en el Ragnarok canten juntas la misma aria de Wagner —“aria” de Wagner, nótese el sutilísimo juego de palabras— mientras invaden Polonia, los cuarenta y dos elementos que debería tener esta enumeración caótica en la que me he embarcado pero que seguramente no va a tener porque me voy a cansar antes de llegar al final, las cuarenta y dos estrellas que uno puede divisar a simple vista en alguna parte del cielo a una hora concreta de una noche determinada en algún lugar preciso, los cuarenta y dos picosegundos que un dato tardó de llegar de un sitio a otro, los cuarenta y dos tragos de agua en el desierto que aquel cadáver nunca pudo echar, las cuarenta y dos maneras de estar tumbado en la cama, los cuarenta y dos enanos que no cayeron bajo el hechizo de Blancanieves, los cuarenta y dos grados de latitud norte que hay en alguna parte de este planeta, los cuarenta y dos elementos químicos cuya posición en la tabla periódica permite crear una figura incomprensible si los unes con una línea continua, los cuarenta y dos párrafos de algún relato escrito por alguien, los cuarenta y dos hombres sin piedad a los que no consiguió convencer Henry Fonda, las cuarentas y dos veces que alguien le dijo a Custer que no fuera a Little Big Horn, los cuarenta y dos espartanos que en lugar de a las Termópilas se fueron a las Vegas, los cuarenta y dos minutos de duración que debería tener El elegido en lugar de la hora y pico que dura, las cuarenta y dos campanadas que sonaron a medianoche por error, las cuarenta y dos mejores historias de ciencia ficción jamás escritas, los cuarenta y dos mandamientos que no cupieron en las tablas de la ley, los cuarenta y dos hermanos que no encontraron cuarenta y dos novias, las cuarenta y dos pulgadas que tendría mi monitor si nuestra notación numérica fuera de derecha a izquierda en lugar de izquierda a derecha, las cuarenta y dos veces que me he repetido a mí mismo sin hacerme ningún caso que deje de escribir esta tontería y me ponga con algo más productivo, los cuarenta y dos minutos que hacen que falten dieciocho para completar una hora, los cuarenta y dos pecados capitales que por suerte a la iglesia se le olvidó mencionar, las cuarenta y dos novias que no fueron encontradas por los cuarenta y dos hermanos, los cuarenta y dos escalones de los que solo treinta y nueve fueron tenidos en cuenta, los cuarenta y dos segundos que conseguí aguantar la respiración un miércoles, las cuarenta y dos vueltas exactas de espiral que da un rollo de celo cuando le queda una cierta longitud concreta, los cuarenta y dos elefantes que resultaría difícil meter en una cristalería, las cuarenta y dos veces que me he arrepentido de iniciar esto, los cuarenta y dos gigabytes libres de espacio que en algún momento tuvo mi disco duro, los cuarenta y dos latigazos que el centurión iba darle a Jesús de no ser porque Pilatos lo interrumpió en el número treinta y nueve, las cuarenta y dos catilinarias que por suerte para el mundo Cicerón nunca llegó a escribir, los cuarenta y dos años que hay entre 1876 y 1918, las cuarenta y dos líneas que un cierto texto puede tener en un tipo de letra concreto y en un formato de página determinado, los cuarenta y dos amigos de alguien que tenga cuarenta y dos amigos, las cuarenta y dos veces que se repite el número cuarenta y dos en una secuencia de números de cuarenta y dos elementos formada por el número cuarenta y dos repetido cuarenta y dos veces.

Increíble, ¿no?

¡Mazel Tov!

¡Albricias!

¡Om tat sat!

¡Ahívalahostia!

¡Klaatu varada… cof-cof-cof!

¡Mecagüenmimantu!

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
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Crónicas del enano cabezón: “Las montañas de la aflicción”

Viernes, Abril 27th, 2007 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | Sin comentar »

Es uno de mis cuentos favoritos, opinión que no estoy seguro de que sea compartida por mucha gente. A los detractores de la saga de Miles Vorkosigan, sin duda no les gustará. Y seguramente para sus seguidores no pase de ser una historia menor.

Y en realidad, la historia no parece que sea gran cosa, poco más que la investigación de un infanticidio en una población rural. Al frente de esa investigación, Miles Vorkosigan, quien actúa en nombre de su padre, el conde del distrito. Transcurre en el planeta Barrayar, un lugar regido por una casta militar —medio rusa medio prusiana en su aspecto y comportamiento— y que, durante la larga era del aislamiento galáctico, desarrolló algunas costumbres peculiares. Una de ellas era precisamente el asesinato de los niños deformes; hubo un motivo para ello, en origen: impedir que las mutaciones fruto de la radiación se extendieran. Las cosas han cambiado y los barrayareses han aprendido a comportarse de un modo más civilizado… al menos en las ciudades. En las zonas rurales, ciertos prejuicios perduran aún. Siendo el propio Miles un mutante y además hijo de uno de los más destacados ciudadanos del planeta es el más adecuado para juzgar el caso, el asesinato de una niña que nació con labio leporino, y hacer del juicio un ejemplo para todos.

Hasta ahí la anécdota. Como he dicho, no gran cosa. Un relato menor, sin duda.

Pero sigue siendo una mis historias favoritas de Miles Vorkosigan. Y eso pese a que una de las marcas de fábrica más evidentes de la serie (ese humor, esa constante autoironía que está siempre presente y que a sus detractores se les ha pasado por alto una y otra vez; ellos se lo pierden) apenas se deja ver con timidez en este relato.

Quizá tenga que ver con el hecho de que fue lo primero que leí de la saga. Un poco por casualidad y otro poco por curiosidad de ver qué era aquello que despertaba tantas pasiones, a favor y en contra, me puse a ojear hace unos años el libro que un compañero de trabajo estaba leyendo y que resultó ser Fronteras del infinito, un fix-up de tres novelas cortas protagonizadas por el hiperactivo Miles. “Las montañas de la aflicción” era precisamente el primero de esos relatos.

Como digo, empecé a leer de forma distraída, por ver de qué iba aquello de lo que todo el mundo insistía en hablarme en los últimos tiempos (vivir rodeado de media docena de fans de la saga de Vorkosigan tiene esas cosas). No puedo decir que la historia me deslumbrara. Pero seguí leyendo. Estaba narrada de un modo sencillo, sin florituras pero con eficacia, y uno se iba dejando llevar por los acontecimientos que se contaban casi sin darse cuenta. Acabé el relato enseguida y descubrí que quería más. Para entonces, mi compañero de trabajo quería recuperar el libro para seguir leyéndolo, así que no me quedó más remedio que devolvérselo.

Con el tiempo, por supuesto, lo leí entero. Y también todo lo demás. Tuve la suerte, supongo, de leerlo además de acuerdo a la cronología interna de la saga (salvo las dos novelas de los padres de Miles, que leí en orden inverso). Para entonces ya se había publicado buena parte de la serie, con lo cual el desorden con el que se habían ido publicando las distintas novelas en nuestro país apenas me afectó.

Y sí, me convertí en fan de la saga. Me gusta la hiperactividad de Miles, el modo en que se mete en líos una y otra vez sin saber cómo saldrá de ellos, los distintos personajes secundarios que lo rodean y muchas otras cosas que ya tendremos tiempo de comentar. Y me gusta, sobre todo, el sentido del humor con el que está narrada, como si continuamente uno tuviera un geniecillo posado sobre su hombro que le está diciendo que no se tome nada de todo eso demasiado en serio.

Es cierto que la serie está deliberadamente concebida para resultar gratificante. Su personaje central está diseñado para eso: lleno de impedimentos en lo físico y una mente brillante (demasiado brillante a menudo, para su desgracia), con todo en su contra siempre y en todo momento pero triunfante al final una y otra vez. Triunfante, muchas veces, pese a sí mismo y sus torpezas, que los demás confunden con golpes de genio. Y eso es parte del juego, de la humorada, de la constante autoironía que la autora mantiene a lo largo de toda la serie y que algunos no parecen capaces de captar.

Pero, al grano. Decía que me convertí en un fan de la serie. Algunas novelas me gustan más y otras menos. Pero durante todo este tiempo, “Las montañas de la aflicción” ha seguido estando entre mis historias favoritas.

Y como he dicho, no parece que sea nada del otro mundo.

Y quizá no lo sea. Pero he releído el relato tres o cuatro veces y nunca me ha decepcionado. Es, de hecho, una de las pocas historias que, además de afectarme en el plano intelectual (porque me gusta la trama, su desarrollo, su ambientación y sus personajes) me afecta en el plano emocional. Durante unos instantes, los sentimientos de Miles son los míos y consigo algo que no he vuelto a lograr desde mi adolescencia: me olvido de que estoy leyendo algo escrito por otra persona y estoy, literalmente, dentro de la historia, como si fuera real.

Y por un cuento que, repito una vez más, no es nada del otro mundo.

A menudo he tratado de analizar por qué “Las montañas de la aflicción” tiene ese efecto en mí. Alguna vez, de hecho, jugué con la idea de desarrollar un análisis literario del cuento, de escribir un artículo desmenuzándolo para tratar de averiguar, de ese modo, por qué me funciona mejor que otras cosas, en apariencia, mejores o más conseguidas.

Al final, siempre renuncio. El relato está ahí. Su lectura es siempre satisfactoria y el efecto emocional que me causa no mengua con los años. Eso debería ser bastante.

No lo es, claro. Así que algún día, de un modo y otro, ese artículo de análisis acabará cayendo, me temo. Mientras tanto, me basta con saber que “Las montañas de la aflicción” está ahí esperándome. Y que, cuando lo vuelva a leer, me atrapará de nuevo, sin hacerse notar, como hizo la primera vez, y sin soltarme hasta el final, como pasó entonces.

© 2007, Rodolfo Martínez

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No iba a escribir sobre 300, pero…

Miércoles, Abril 25th, 2007 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | Sin comentar »

Y, en realidad, tampoco es que vaya a hacerlo. No mucho, en todo caso

Pero, tras leer el artículo de Fernando Ángel Moreno en Bibliópolis, crítica en la red sobre la película, no puedo por menos que recomendarlo. No sólo por lo que dice del film, sino por su certero análisis de muchos de los tics y manías que tenemos cuando nos ponemos a juzgar o calificar una obra cinematográfica.

Así que, adelante, pinchad aquí y leed el artículo.

© 2007, Rodolfo Martínez

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Territorio incierto: Elric de Melniboné, de Roy Thomas y P. Craig Russell

Lunes, Abril 23rd, 2007 Pertenece a Dentro de la viñeta, Visto y oído | 1 comentario »

Ver la úlltima actualización de Territorio incierto en Bibliópolis, crítica en la red

Hay personajes que nacen en un medio y que, sin embargo, alcanzan la fama y terminan asentándose en la imaginación popular a través de otro. El caso más evidente quizá sea James Bond, cuyas aventuras cinematográficas han eclipsado en la mente de la mayor parte del público al original literario. Otro caso podría ser el de Conan, un personaje que alcanzó la popularidad mundial a través de su adaptación al cómic antes de que llegara el actual gobernador de California a encarnarlo en la pantalla.

Elric de Melniboné quizá no encaje en esa categoría, al menos para la mayor parte de los lectores. Pero me temo que a un nivel estrictamente personal, mi Elric, con el que disfruto realmente y donde considero que mejor han sido narradas sus aventuras, es el del cómic.

Confieso que Michael Moorcock, su creador, no es muy santo de mi devoción. Pese a que ha escrito un puñado de buenas historias de ciencia ficción y tiene alguna que otra novela de fantasía histórica que me resulta interesante (El perro de la guerra y el dolor del mundo, por ejemplo), el grueso de su obra, aquello que le ha dado fama, me parece en general ramplona, mal escrita, simplota hasta la nausea y, casi siempre, realizada con una desgana y una carencia de interés apabullantes.

Tanto las Crónicas del Campeón Eterno como El bastón rúnico me parecen, directamente, basura. Su trilogía de Corum se deja leer con facilidad y se olvida con más facilidad aún. Y en lo que se refiere a su creación más famosa, el hamletiano príncipe albino de Melniboné, sus novelas me cabrean casi tanto como me aburren.

Mi primer contacto con Elric fue, curiosamente, a través de los comics de Conan el Bárbaro, en una breve aparición en dos números donde con la ayuda del cimmerio (cimmeriano en aquella época, según la traducción de Vértice) hacía frente a la malvada Emperatriz Esmeralda de Melniboné. Era una época en la que Roy Thomas estaba empezando su adaptación al medio tebeístico del personaje de Howard y continuamente buscaba nuevos elementos que pudieran enriquecer su entorno y aventuras. El estilo (aún vacilante, pero cada vez más eficaz) del dibujante Barry Smith le iba como anillo al dedo al sombrío personaje y la historia, si bien no era especialmente memorable, fue suficiente para que Elric se quedase grabado en mi memoria.

Años más tarde me encontré con la novela gráfica La ciudad de los sueños, escrita de nuevo por Roy Thomas y dibujada por P. Craig Russell donde se adaptaba la parte central de la novela Marinero de los mares del destino, como supe tiempo después. Si la breve aparición de Elric en las páginas de Conan me había resultado interesante, aquella adaptación del material literario original enseguida se convirtió en uno de mis comics favoritos. En parte por la precisa y límpida narrativa de Thomas, pero sobre todo por el dibujo elegante y preciosista de Russell.

Por supuesto, leer el cómic me hizo desear acudir al original y, algunos años después, cumpliría ese deseo cuando Martínez Roca comenzó a publicar las novelas de Moorcock sobre el príncipe albino.

Fue el momento de la decepción. Las historias no estaban mal pero, al contrario que en la adaptación al cómic, el modo en que estaban narradas me resultaba ramplón y excesivamente simple. No había el menor esfuerzo de sacarle partido al escenario y los personajes y Moorcock se limitaba a ir desgranando un acontecimiento tras otro con el mismo interés con el que podría haber rellenado una encuesta. Thomas y Russell habían conseguido despertar mi imaginación, especialmente el último, y me habían presentado un escenario fascinante y un personaje interesante mientras que el autor original había desaprovechado su propia creación.

Por suerte, La ciudad de los sueños no fue la única colaboración entre Thomas y Russell adaptando las novelas de Moorcock. Juntos crearían para First Comics una serie regular de Elric donde irían traspasando al tebeo (y, de paso, mejorando sensiblemente el original) lo que Moorcock había escrito previamente. Años más tarde y ya en solitario, Russell lanzaría una nueva serie del personaje, utilizando las premisas y el entorno creados por el escritor inglés, pero con material narrativo propio.

En buena medida, confieso que es Russell el responsable de mi fascinación por Elric. Evidentemente, las características del personaje (lo que lo hace atractivo y lo separa de muchos de los héroes cargados de testosterona que pueblan la fantasía heroica) ya habían sido esbozadas —aunque no exploradas a fondo— por su creador, pero fue el dibujante el que supo sacarle el verdadero partido al escenario e, incluso, caracterizar al personaje y darle verdadero relieve con su elegante dibujo.

Desde entonces, Elric es uno de mis personajes favoritos (dubitativo e implacable, enfermizo e invencible, con un destino a cuestas del que es consciente de que no puede huir, acosado una y otra vez por la fatalidad) pero lo es en las páginas del cómic que adaptan sus aventuras originales o crean nuevas historias. Las novelas, me temo, siguen pareciéndome un ejemplo de escritura mecánica y desganada y de autor que no ha sabido estar a la altura de su propia creación.

Publicado originalmente en Territorio incierto (Bibliópolis)

© 2007, Rodolfo Martínez

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Este relámpago, esta locura

Viernes, Abril 20th, 2007 Pertenece a En carne y hueso, Novelas cortas | Sin comentar »

Rodolfo Martínez
Este relámpago, esta locura
-Premio UPC 1998. Ediciones B, junio 1999.
-Callejones sin salida, Editorial Berenice, 2005.

Hacia el año 1996 mi producción de ciencia ficción se redujo casi a cero. No conseguía escribir CF: todo lo que salía de mis dedos era fantasía. Tenía acumulado bastante material inédito como para que la cosa no fuera muy preocupante a corto plazo, pero no escribir ciencia ficción significaba que no podría presentarme más al UPC, y estaba acostumbrado a escribir puntualmente una novela corta con destino al premio. Con más bien poca fortuna podríamos añadir. Cierto que había quedado finalista un par de veces (con “Los celos de Dios” y “El alfabeto del carpintero”), pero el premio en sí siempre se me escapaba. De hecho, tenía la preocupante sensación de que, cuanto mejor era la obra que enviaba, menos posibilidades tenía.

Escribí varios cuentos fantásticos, un psico-thriller en el que un pequeño elemento de fantasía era parte fundamental de la trama y una novela descaradamente fantástica que, sin embargo, resulto fallida por completo en su resultado final.

Y luego, a principios de 1997 se me ocurrió una nueva idea para una novela de CF. Comencé a escribir y, dos meses más tarde, lo dejé. La fantasía me llamaba de nuevo: concretamente una novela cuya trama prácticamente completa me vino a la cabeza en un flash una mañana de la que iba al trabajo.

Pero tampoco la terminé (aunque lo haría años más tarde y, bajo el título de Los sicarios del cielo ganaría el Premio Minotauro en 2005) y, mientras tanto, se acercaba el plazo final para el UPC de 1998. Volví sobre la novela de ciencia ficción y pensé que si eliminaba varias tramas secundarias podría reconvertirla en una novela corta y presentarla al premio.

Así lo hice y me llevé la mención del jurado, ex aequo con el mexicano Gabriel Trujillo. No estaba mal, me dije.

Pero en cierto modo sí lo estaba. Reconvertir “Este relámpago, esta locura” al formato de novela corta fue un error: las cosas más importantes que quería contar se quedaron en el tintero y el cambio de ritmo entre la parte escrita cuando estaba pensando en una novela y la segunda mitad, ya con la longitud del UPC en mente, era demasiado brusco, demasiado evidente. A veces pienso que “Este relámpago, esta locura” tenía la posibilidad de ser mi mejor obra de ciencia ficción, y en lugar de eso se quedó en una historia algo coja con algunos buenos momentos.

También fue una de las primeras veces donde di rienda suelta a mi obsesión por la mitología de los superhéroes. Uno de los personajes centrales estaba inspirado, sin molestarse demasiado en ocultarlo, en uno de los superhéroes de cómic más famosos y buena parte de la trama giraba alrededor de él, de sus motivaciones y habilidades. Es un tema que retomé años después, curiosamente, en mis novelas holmesianas con el personaje de Kent. Y seguramente acabaré volviendo a él algún día.

Como anécdota, comentar que aquel año de 1998 fue un tanto curioso. Presenté varias cosas a distintos premios y en casi todos obtuve un buen resultado (esta mención del UPC, un accesit en el Concurso de Cuentos de Carreño con “Piensa los que quieras”, el Premio UPV de relato fantástico con “Tarot”, y la Beca de novela corta de la Semana Negra con “Territorio de pesadumbre”). Lo curioso del asunto es que todos ellos fueron ex aequo con otros autores.

Casualidades de la vida. O eso, o el destino tiene un sentido del humor un tanto retorcido.

© 2007, Rodolfo Martínez

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Exhumando: 1995-2002

Miércoles, Abril 18th, 2007 Pertenece a Exhumando, Mi misma mismidad | Sin comentar »

Corre el año 1995. Decido, sin muchas esperanzas, enviar La sonrisa del gato a la editorial Miraguano. Han empezado a publicar autores españoles y quién sabe. Miquel Barceló tiene en su poder Tierra de Nadie: Jormungand desde hace un par de años y, aunque parece interesado, no termina de decidirse a publicarla.

Entretanto, sigo a lo mío. O sea, escribiendo.

Un par de relatos bastante pretenciosos que, además, no son gran cosa: “Bailan solas” y “La respuesta”.

Y una idea me empieza a dar vueltas en la cabeza. Vaquero era un personaje secundario en La sonrisa del gato. De hecho, estaba destinado a aparecer brevemente e irse enseguida, pero me gustó tanto que amplié un poco su participación en la historia. Y aún me seguía gustando. Tenía posibilidades y quizá podría hacer algo con él, tarde o temprano.

De pronto, recibo carta de Miraguano. Acostumbrado a los rechazos (para entonces, publicar cuentos no era ningún problema, pero mis novelas seguían siendo rechazadas una tras otra), supongo que será otro. Para mi sorpresa acceden a publicar mi novela. Me sugieren unas cuantas correcciones, todas razonables y me dicen que les gustaría tenerla lista para la HispaCon de ese año, en Cádiz.

Flotaba. Levitaba. Volaba. En aquellos momentos me sentía más rápido que una bala, más poderoso que una locomotora, capaz de traspasar un edificio de un solo salto. Era Superman, vaya.

¡Me iban a publicar una novela!

Allí estaba yo, al borde de los treinta años y a punto, por fin, de publicar profesionalmente. Un futuro sin límites se abría ante mí.

Sí, claro, bueno. Luego, la realidad se encarga de enfriarte un poco (o un bastante, según cómo se mire) y de ponerte los pies en la tierra. Pero nada de lo que haya podido pasar después logró estropear aquel momento. En realidad, aún hoy, después de ocho novelas publicadas, dos libros de cuentos y un buen puñado de novelas cortas -tanto en antologías con otros autores como en solitario-, el momento en que me llega el paquete que me ha enviado el editor, lo abro y sopeso el libro, sigue brillando con la misma intensidad que el primer día.

Corregí La sonrisa del gato. Y seguí escribiendo. Un cuento titulado “Mensajero de Dios”, que era una especie de continuación de la novela. Y una novela corta llamada “Un jinete solitario”, donde contaba la historia de Vaquero antes de involucrarse con los personajes de La sonrisa del gato.

Aquella novelita se convirtió en una de mis obras más personales: oculta en la historia de Vaquero estaba parte de mi propia vida, sobre todo los acontecimientos ocurridos en los últimos meses. La amargura que destilaba el narrador ante sus errores cometidos y su carencia de empuje era en buena medida mi propia amargura. Cuando se publicó, al año siguiente, enseguida fue considerada una de mis mejores obras. Y seguramente lo que acabo de comentar tuvo mucho que ver. Hasta aquel momento nunca había escrito con tanta sinceridad ni intensidad y sin duda eso se reflejó en el resultado final.

En 1996 escribí uno de mis mejores cuentos, “Tarot”, otro que no estaba mal, “Piensa lo que quieras” y tres de los que se podría haber prescindido sin problemas: “Atraviesa el desierto”, “El segundo principio de la termodinámica” y “El fin del mundo no es un mal lugar para tomar decisiones”. Ninguno de ellos encontró problemas para su publicación, aunque “Atraviesa el desierto” tardó bastante y, de hecho, fue mi primer relato publicado en francés.

También escribí El abismo te devuelve la mirada, donde de nuevo codificaba mi propia vida, esta vez en clave de psico-thriller con elementos fantásticos. Esta novela, junto con “Tarot” fue el inicio de mi predilección por la fantasía urbana con toques oscuros, algo que seguiría practicando en los años siguientes. Y que, de hecho, supongo no abandonaré en un futuro próximo.

En 1997 escribí “Este relámpago, esta locura”, una nueva novela corta que terminaría al año siguiente y donde intentaba explorar mi fascinación por el mundo de los superhéroes. Y una novela, Este incómodo ropaje, que inicié con entusiasmo y abandoné cuando llevaba más o menos un tercio. La retomaría años después y se convertiría en Los sicarios del cielo.

Los cuentos de ese año fueron “Intruso” y “En territorio ajeno”. El primero sigue siendo uno de mis favoritos: una reflexión, en clave fantástica, sobre el hecho de narrar historias.

Y luego llegarían los años de la sequía. En mis archivos no hay nada de 1998. Y en 1999 sólo escribí “El sueño del rey rojo”, por aquel entonces una novela corta que, años después, transformaría en novela. Sin duda escribí algo más por aquella época: recuerdo haber iniciado un buen puñado de novelas y haberlas abandonado todas a las pocas páginas.

2000 y 2001 no serían mucho mejores. Tengo un cuento el primer año, “Aquí, allí, en todas partes” y otros dos el segundo, “Gameover” (totalmente prescindible) y “Con dados cargados” (quizá mi cuento favorito de cuantos he escrito). También en 2001 escribí Bifrost, un fix-up donde integraba “Los celos de Dios” y La sonrisa del gato a la vez que hacía avanzar la trama iniciada en Tierra de Nadie: Jormungand.

En 2002 comenzaría la recuperación, con el proceso que me llevaría transformar “El sueño del rey rojo” en novela y a terminar por fin, al año siguiente, Los sicarios del cielo.

(to be continued)

© 2007, Rodolfo Martínez

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Búcaros glaucos y jarrones verdes

Lunes, Abril 16th, 2007 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 1 comentario »

Hay un chiste que leí hace muchos años y que apareció en uno de los periódicos de Asturias. Básicamente un individuo se volvía a otro y se producía la siguiente conversación:

—Oye, ¿cómo se dice en asturiano: “por favor podría repetirme la frase antedicha para un mejor entendimiento de la misma”?
—¿Qué ye, ho?
—Eso, gracias.

Y eso siempre me trae a la memoria un artículo de Asimov cuyo título era algo así como “El vidrio de ventana y el vitral de iglesia”. Allí se afirmaba que hay dos formas distintas de narrar: la que es como un cristal transparente, que no interfiere con la acción y te deja ver con claridad lo que ocurre, y la que es como un vitral de iglesia, hermoso y lleno de matices, pero que te impide ver lo que pasa más allá.

Evidentemente, la argumentación de Asimov pecaba de simplista y era algo tendenciosa, pero contenía elementos interesantes y no estaba del todo equivocada.

¿Significa eso que soy partidario de un estilo sencillo, sobrio y desnudo frente a un estilo elaborado, rico y barroco? No, para nada, si bien confieso que me resulta difícil comprender ciertos excesos; y que me cuesta asumir que alguien diga que el personaje se sentaba frente a un “búcaro glauco” en lugar de un “jarrón verde” por otro motivo que no sea pedantería pura y simple. Pero no, no es cuestión de sencillez frente a barroquismo.

¿De qué se trata entonces?

Quizá de eficacia.

Claro que, ¿cómo definimos la eficacia en este contexto?

Recientemente, durante la charla con Juan Miguel Aguilera en una de las Bibliotecas de Gijón, una de las personas presentes manifestó que él no entendía nada de estilo ni esas cosas y que, de hecho, no era algo que le pareciese importante. Lo que a él le importaba era que le contasen una historia interesante, que lo emocionara y le hiciera desear seguir leyendo, saber qué más pasaba.

Intenté explicarle que, precisamente, era el estilo el que iba a conseguir que la historia le pareciera interesante, era el estilo el responsable de que se emocionara al leer, de que quisiera seguir leyendo. Evidentemente, él no tenía por qué “notar” ese estilo, no tenía por qué ser consciente de él. De hecho, tal como yo veo esas cosas, si el escritor ha hecho bien su trabajo, uno ni siquiera es consciente de que hay una voluntad de estilo detrás de todo el asunto: simplemente lo que está leyendo lo ha atrapado y no lo deja en paz hasta que no termine la lectura.

Traté de ponerle un ejemplo, visto que no quedó muy convencido (supongo que mi incompetencia expositiva tuvo algo que ver con ello). El mismo chiste, contado por dos personas distintas, puede hacer que nos partamos de risa o que miremos a quien lo cuenta con cara de incomprensión. Su tono de voz, su lenguaje corporal, las palabras elegidas, el modo de hacer una pausa dramática, de mantener la tensión hasta la coletilla final… todo eso es lo que hace que el chiste funcione, más allá de que la anécdota sea o no graciosa de por sí. Podemos no notar esas cosas, pero enfrentados ante el mismo chiste, sí que notaremos que cuando lo cuenta A nos hace gracia y cuando lo cuenta B nos aburre.

Eso es estilo, todas las herramientas que el narrador del chiste utiliza para obtener el efecto deseado: nuestra risa.

Y tres cuartos de lo mismo pasa en literatura (al fin y al cabo, contar un chiste no es más que un ejemplo de literatura oral): el estilo es todo lo que el escritor utiliza para que el lector se sienta interesado por lo que narra, para causar en él los efectos que desea que la historia le cause.

Por tanto, no se trata de si un estilo limpio y directo es mejor que uno alambicado y recargado. Más bien se trata de qué estilo sirve mejor a la historia que se está contando, cuál le saca mejor partido y consigue volverla más interesante para el lector.

Eso es, para mí, la eficacia. Tener siempre presente que todos los recursos literarios que uses están al servicio de lo que estás contando. Que no se trata de demostrar tu riquísimo léxico ni tu profundo dominio del idioma, que no es cuestión de deslumbrar al lector con tus brillantes metáforas y dejarlo boquiabierto con tus arriesgadas propuestas narrativas. Que todo lo que haces, hasta la última coma que pones sobre el papel tiene un solo propósito: contar de la mejor forma posible según tu entendimiento la historia que has decidido contar.

Esa es una lección que, curiosamente, parece haber olvidado la literatura culta, con su altivo desprecio de la anécdota y la peripecia: no importa lo que cuentes, ni siquiera importa que estés contando algo en tanto lo hagas de un modo hermoso. El estilo, el lenguaje utilizado se convierte en un fin en sí mismo y deja de ser un medio para alcanzarlo.

Desde mi punto de vista es un error. Un error que ya pasó factura en su momento a la literatura culta, hasta que (a mediados de los años sesenta del pasado siglo) se vio obligada a regresar a la anécdota y usar recursos de literatura popular y de género para no convertirse en un cadáver gloriosamente amortajado entre finísimas telas y delicados aromas. Parece, vistos los últimos tiempos, que es una lección que va a necesitar aprenderse de nuevo, a no tardar mucho.

La eficacia narrativa, el poner todas las herramientas literarias que sé utilizar al servicio de lo que cuento es algo que ha sido, desde siempre, una de mis guías fundamentales como escritor. De forma inconsciente al principio; de un modo explícito y deliberado a medida que pasaba el tiempo y la reflexión continua sobre lo que escribía iba haciendo germinar algunas ideas.

Y confieso que, en el fondo, tiendo a identificar “transparencia” con “eficacia”. Sé que eso no tiene por qué ser necesariamente así. Hay escritores con estilos muy marcados y reconocibles que, al mismo tiempo, sirven siempre a lo que narran y cuyos recursos expresivos hacen aumentar el placer y la comprensión (ya sea intelectual o emocional) de lo que estamos leyendo. Pero temo que mi opción personal es, en líneas generales, la de la transparencia.

Para mí, el mayor halago que puede hacerme un lector es, por supuesto, que me diga que lo que he escrito le ha emocionado, lo ha hecho reírse, llorar, pasar miedo, sentir esto, aquello o lo otro. Y si encima me dice que no ha notado cómo estaba escrito, el éxito habrá sido total. Porque habré conseguido mi objetivo: transmitir lo que deseaba y, en el proceso, hacer que el vehículo que usaba para transmitir eso no fuera evidente, resultara invisible y el lector ni siquiera fuera consciente de él. Que me dijera: “¿Estilo? ¿Qué estilo? No he notado ningún estilo”.

No es, como ya he dicho, la única opción que considero válida. Cualquier estilo es bueno si cumple con su propósito, si está al servicio de lo que se cuenta y siempre supeditado a ello, al objetivo de hacerlo más interesante para el lector. Pero me temo que mi opción personal es ésa. Y, como pasa a menudo con las opciones personales, uno difícilmente puede evitar considerarla la más adecuada.

Lo es para mí, claro. No tiene por qué serlo para los demás.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
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Crónicas del enano cabezón: Montando el escenario

Viernes, Abril 13th, 2007 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | Sin comentar »

Cuando uno se lanza al space opera tiene dos opciones. O bien su galaxia está poblada, además de por humanos, por otras especies inteligentes, o bien utiliza un espacio exclusivamente humano. Star Wars, Babylon 5 o el escenario de Akasa-Puspa de Aguilera y Redal podrían ser un ejemplo de lo primero. La saga de las Fundaciones asimovianas y la serie de Dune de Frank Herbert se encuadran claramente en lo segundo.

Al igual que lo hacen las aventuras de Miles Vorkosigan escritas por Lois McMaster Bujold.

La autora, para poner en pie su decorado, ha acudido al método de extrapolar culturas humanas ya existentes, algo que se usa con bastante frecuencia. De hecho, no sólo en lo social, sino que a menudo se hace en lo puramente físico. Así, es habitual tener galaxias llenas de planetas monoclimáticos y con una única cultura dominante en cada uno. Como si hubiéramos cogido media docena de ambientes y civilizaciones terrestres y las hubiéramos ido depositando aquí y allá por la Galaxia.

J. Michael Straczynsky, el creador de Babylon 5, era muy consciente de ese cliché de la ciencia ficción y, en cierto modo, hace un chiste a costa de él en uno de los capítulos de la serie de televisión. Durante una semana, todas las razas presentes en la estación espacial hacen una demostración de sus ceremonias religiosas: evidentemente, cada una de esas razas tiene una sola religión. Cuando les llega el turno a los humanos de mostrar sus propias creencias, lo que aparece en la pantalla es un mosaico casi interminable de credos distintos.

Esa tendencia a crear planetas que son, en lo cultural o en lo ambiental, como trozos seleccionados del nuestro alcanza el paroxismo precisamente en Star Wars: tenemos planetas-ciudad, planetas-pantano, planetas-bosque, planetas-glaciar, planetas-selva, planetas-desierto…

La saga de Vorkosigan no llega a ese nivel de especialización en lo climático, pero sí que asigna, más o menos, una única cultura dominante por planeta. Culturas que, a su vez, son estilizaciones, deformaciones o incluso parodias de civilizaciones que existen o han existido en nuestro mundo. Es más fácil hacer creíble algo así cuando estamos tratando con una galaxia exclusivamente humana, por supuesto: encontrar un planeta lleno de gente que parecen antiguos romanos puede ser chocante, pero tiene un pase; encontrar el mismo planeta lleno de plantas inteligentes que se comportan como los antiguos romanos ya resulta más difícil de tragar.

Incluso podemos hasta buscar una excusa más o menos aceptable para explicar por qué en cada planeta colonizado no hay más diversidad cultural. Al fin y al cabo, todos fueron colonizados desde la Tierra (o desde una de sus colonias) y podemos suponer que cada uno de ellos lo fue por un grupo social distinto. Si no ha pasado el tiempo suficiente desde la colonización podemos aceptar que el planeta en cuestión aún no se ha diversificado lo bastante.

En el universo de Vorkosigan se ha producido exactamente eso. De este modo, tenemos aún la Tierra, superpoblada y llena de distintas naciones y culturas. Y luego están planetas como Barrayar, Cetaganda, Colonia Beta, Athos o Jackson’s Whole en los que la civilización dominante es una sola.

Barrayar, el planeta natal de nuestro héroe, tiene un gobierno claramente feudal, con un emperador y una casta aristocrática que a veces recuerda a los prusianos y a veces a la antigua nobleza rusa. Ha estado aislado del resto de la galaxia desde su colonización y, en ese intervalo, ha desarrollado esa estructura. A partir de la invasión por parte del planeta Cetaganda, los barrayareses reabren su contacto con el resto de los mundos habitados y, poco a poco, comienzan un lento proceso de modernización tanto de su tecnología como de sus estructuras sociales. En cierto modo son como una nación europea del siglo XIX intentando entrar en el XX sin destruirse a sí mismos en el proceso.

Colonia Beta sería el extremo opuesto. Si Barrayar representa una sociedad eminentemente conservadora y aristocrática, con un sistema de clases que hasta hace poco apenas permitía la movilidad social, Colonia Beta es la democracia y el igualitarismo extremos, llevados en ocasiones a grados ridículos. Es un sitio vital, siempre en movimiento, cosmopolita y sofisticado.

No tardaremos en ver que el paraíso no es tan paradisíaco y que, como en todas partes, hay problemas, prejuicios y rituales. De hecho, cuando Cordelia Naismith, futura madre de Miles, hace públicos sus sentimientos hacia Aral Vorkosigan, nativo de Barrayar y, por tanto, el enemigo en esa época, la reacción de su terapeuta es suponer que la pobre mujer está bajo alguna versión del síndrome de Estocolmo o que los barrayareses le han lavado el cerebro. Su mente (supuestamente abierta y progresista) no puede concebir que alguien sienta admiración, o incluso amor, por lo que no es capaz de ver más que como una panda de brutos militaristas aristocráticos.

Cetaganda es, desde el punto de vista barrayarés, el enemigo ancestral. Fue su invasión la que los devolvió a la civilización galáctica y, en la larga lucha por librarse de su yugo, aprendieron a ser los guerreros implacables que el resto de los planetas conoce y no aprecia demasiado. Durante varias novelas sabemos muy poco de Cetaganda. De hecho, no sería hasta la titulada precisamente de ese modo que tendríamos un atisbo de cómo funciona ese imperio. Aunque escrita cuando la serie ya está bastante avanzada, Cetaganda se desarrolla en los primeros tiempos de ésta, poco después, de hecho, de El juego de los Vor, la segunda novela de la serie.

Con la excusa de la muerte de la emperatriz cetagandesa y con Miles Vorkosigan y su primo Iván Vorpatril enviados en misión diplomática para representar a su planeta en los funerales, Bujold aprovecha para trazarnos un retrato, no muy a fondo pero efectivo, de la sociedad de Cetaganda: un mundo en el que la casta dominante está obsesionada por la experimentación genética y que ha orquestado y estructurado toda su sociedad en base a la sucesiva mejora de sus propios genes. Desde los ba, criaturas asexuadas creadas por diseño y donde se prueban (sin riesgo, al ser incapaces de reproducirse) las nuevas ideas de la clase haut dominante, hasta la casta ghem, en la que se van filtrando (mediante casamientos con la casta superior) algunas de las características previamente desarrolladas y experimentadas con éxito. Como se dice en algún momento de la novela, el problema no es cuándo los cetagandeses dejarán de ser humanos, sino cuándo dejarán de considerar humanos al resto del universo.

Bujold desarrolla en esta novela (una de las mejores de la serie, para mi gusto, junto con Danza de espejos y Una campaña civil) una especulación social bastante interesante. Cierto que no entra en detalle (el mundo de Cetaganda siempre es visto a través de ojos extranjeros y, por tanto, a vuelapluma) pero quizá precisamente por eso logra hacer creíble para el lector la sociedad cetagandesa. Los complejísimos rituales que la rigen y buena parte de su estética están, sin duda, tomados de la sociedad japonesa medieval. No sería descabellado trazar un paralelismo entre los haut y el Mikado y su corte, o entre la casta ghem y los samuráis y sus daimios.

La cuarta pata del taburete la compone Jackson’s Whole. Hay otros planetas habitados en la galaxia, por supuesto. Algunos son simplemente mencionados y otros son el escenario de alguna de las aventuras de Miles, de sus padres o de sus conocidos: el planeta Athos, con una sociedad exclusivamente masculina; Escobar, donde se conocerán Cordelia y Aral, en bandos distintos de una guerra y enemigos obligados a colaborar para sobrevivir en un principio, y amantes al final; Komarr, invadido, ocupado y anexionado por Barrayar como represalia por haber dado paso a Cetaganda en su invasión; o la misma Tierra, que sirve de escenario para otra de las grandes novelas de la serie, Hermanos de armas (sí, lo reconozco, las historias donde aparece Mark, el hermano-clon de Miles, me encantan), y que es presentada como un lugar lleno de historia y tradiciones, con una cultura compleja y antiquísima. Un poco, supongo, como los americanos ven a Europa.

Pero hablábamos de Jackson’s Whole. El estercolero de la galaxia, en cierto modo. El lugar donde el capitalismo desenfrenado ha llevado a desarrollar una sociedad basada exclusivamente en la propiedad y en manufacturar bajo pedido cualquier cosa por la que alguien esté dispuesto a pagar: no importa lo que sea, si tienes dinero para pagarlo, ellos te lo proporcionan. Organizado en familias no muy distintas de las mafiosas (las llamadas “casas”), cada una de ellas está especializada en un tipo de producto distinto que vende al resto de la galaxia. Este planeta será fuente de problemas para Miles en más de una ocasión y, en última instancia, tiene bastante que ver con el motivo por el que terminará retirándose del servicio activo. Aunque la pregunta no se plantea jamás, en cierto modo su sombra aletea siempre que se habla del lugar o éste hace su aparición: ¿existiría, o al menos tendría un desarrollo tan floreciente, un lugar como Jackson’s Whole si el resto de la galaxia no estuviera dispuesta a pagar por lo que ofrece?

Este es, a grandes rasgos, el escenario que sirve de fondo a las aventuras de Miles Vorkosigan. No es uno de esos decorados apabullantes que se le hacen inolvidables al lector enseguida y que quedan grabados de forma indeleble en la mente del público. Pero sí es un marco adecuado para las pretensiones de la autora y le permite, de vez en cuando, poner en solfa algunos de los defectos más evidentes de nuestro mundo actual.

No es algo en lo que Bujold incida con insistencia ni convierta en el eje de su narrativa (está claro que sus intereses van por otro lado) pero ahí está y es una pieza más en un conjunto que funciona.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
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Miércoles, Abril 11th, 2007 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | 6 comentarios »

Hace un tiempo, en una de las entradas de La Fraternidad de Babel, el blog de César Mallorquí, se hablaba de las series de televisión de nueva hornada y se comentaban varias cosas interesantes sobre ellas. Entre otras, el hecho de que buena parte de la creatividad en lo audiovisual parece haberse refugiado en la televisión tras haber abandonado Hollywood.

Se hablaba de unas cuantas series, y una de las que creo que se mencionaban era Deadwood, que yo por entonces aún no había visto.

Lo cual es extraño, porque soy un enamorado del western casi desde que tengo memoria. De cualquier tipo de western, de hecho. Me gusta la épica de Ford (o incluso la más “artúrica” de algunos westerns clásicos), pero también el oeste sucio de Leone o los films más descarnados de Eastwood. Por no mencionar que estoy en mi salsa cuando me mezclan dos de mis géneros favoritos, el musical y el western, como hacen en La leyenda de la ciudad sin nombre.

En su momento, mientras la pasaban por la Fox, sí que vi lo que, posteriormente, reconocí como el segundo capítulo de Deadwood. Parte de él, en realidad. Y lo poco que vi me gustaba: era un oeste sucio, lleno de bajas pasiones y violencia descarnada que no parecía hacer concesiones al espectador.

Sin embargo, no seguí viendo la serie, no sé muy bien por qué.

Ahora, tras ver prácticamente de un tirón las dos primeras temporadas no puedo evitar preguntarme por qué he esperado tanto para hacerlo.

Deadwood está llena de personajes complejos y construidos con precisión. Todos ellos, incluidos aquellos que parecen encajar en los arquetipos más heroicos de la mítica de la frontera americana, tienen los pies de barro; y algunos, de hecho, no parecen tener otra cosa. La serie, tras unos inicios en los que presenta a los principales personajes, acabará articulándose finalmente alrededor de dos, aunque sin abandonar nunca su carácter de historia coral: El interpretado por Ian McShane (que está soberbio en todo momento como el dueño del saloon) y el atormentado sheriff que encarna Timothy Oliphant y al que, en cierto modo, le da la revalida como defensor de viudas y huérfanos Wild Bill Hickok (convincentemente encarnado por Keith Carradine) poco antes de su muerte.

Alrededor de esos dos personajes se va construyendo la vida de un pueblo minero de frontera y, lo que es más importante, trazando un retrato vívido y descarnado de cómo se va pasando de la barbarie a la civilización.

Dicen que David Milch, creador de la serie, quería ambientar su historia en la antigua Roma y que cambia sus planes precisamente por culpa de la serie que lleva como título ese nombre. Entonces, y tras ver un documental sobre la muerte de Hickok en una ciudad minera en las Colinas Negras de lo que luego sería Dakota, decide usar ese lugar como escenario para la serie.

Un acierto, a mi entender. Porque la frontera americana en el último tercio del siglo XIX es uno de los lugares donde, de un modo más vertiginoso, se ha producido precisamente el cambio que Milch quería mostrarnos. La expansión acelerada hacia el oeste que tiene lugar tras la Guerra Civil americana va creando sociedades sobre la marcha, improvisando a medida que se construyen y luego, en un proceso rapidísimo, integrándolas, bien que mal, en la civilización preexistente en el Este.

En la serie no hay concesiones para una visión políticamente correcta de las cosas, lo cual es muy de agradecer (y sorprende, quizá porque algunos prejuicios son más difíciles de abandonar de lo que uno creía, que buena parte de los guiones estén escritos por mujeres). El dueño del saloon, proxeneta, traficante de drogas y asesino es lo que es, sin excusas ni paliativos; y otro tanto podemos decir de muchos otros personajes. Allí nadie pide disculpas por existir y, de hecho, el único pecado que no tiene perdón es el fracaso.

El pueblo que da título a la serie (y que, en cierto modo, es su verdadero protagonista) es un caldero cultural donde cabe de todo, siempre en ebullición, lleno de conflictos y, entre tanto, caminando (medio a tientas y sin planearlo, medio intencionadamente y con visión de lo que se avecina) hacia una verdadera sociedad en la que las estructuras de poder y autoridad estén claras y donde sea el imperio de la ley el que rija las relaciones entre todos.

Confieso que espero con ansia la tercera temporada.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
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Dos momentos

Lunes, Abril 9th, 2007 Pertenece a A mi alrededor, El gobierno de la polis | Sin comentar »

Hay dos momentos en mi vida que son los responsables, en buena medida, de mi actual desconfianza hacia los políticos profesionales. Lo curioso es que ninguno de esos momentos está exactamente relacionado con los políticos, tal como se suele entender el término. Porque el primero tiene que ver con los sindicatos; y el segundo, con los representantes de alumnos.

Corrían los años setenta. La Transición, ya sabéis. Una época bastante conflictiva en lo laboral. La empresa en la que trabajaban mis padres (un monstruo empresarial de propiedad estatal con más de veinticinco mil empleados, sin contar las empresas auxiliares) estaba pasando una racha bastante activa de movilizaciones y huelgas. Y en cierto momento ocurrió algo que ha permanecido en mi memoria todo este tiempo. La secuencia de acontecimientos, tal y como mis padres me la relataron, fue la siguiente: los sindicatos deciden, por el motivo que sea, que es el momento de una huelga. Se convoca a los trabajadores a una asamblea. Los sindicatos exponen sus motivos. Los trabajadores deciden con su voto y sale mayoritariamente que no, que no va a haber huelga. Uno de los sindicatos decide imponer su propia voluntad sobre la de los trabajadores a los que representa y sigue adelante con el asunto. El resultado: al día siguiente hay huelga por cojones y los piquetes del sindicato en cuestión se encargan de que así sea.

Damos un salto a principios de los noventa. Mi brevísimo paso por la política universitaria. Por insistencia de mi novia de entonces, bastante activista en esos temas, me presento a delegación de alumnos. La lista en la que voy resulta elegida. Aquello durará poco, porque al año siguiente decido dejar la Universidad, hacer la mili y luego ya veré qué narices hago con mi vida. Pero, entretanto, veo unas cuantas cosas. Una de ellas es la siguiente: se iban a producir ciertos cambios que afectaban, entre otras cosas, a los planes de estudios. Ya no recuerdo los detalles, pero en esencia digamos que el que podríamos llamar el “líder natural” de los representantes de los alumnos (un tipo de labia fácil y aspecto ligeramente progre) tiene sus propios planes e ideas y pretende llevarlos a cabo como sea. Alguien, otro delegado de alumnos, le pregunta si los estudiantes quieren realmente lo mismo que él. La respuesta es que eso importa bien poco. Quien ha hecho la pregunta dice que ellos, al fin y al cabo, no están allí para llevar adelante sus propios planes, sino para representar la voluntad del alumnado y que si éste decide hacer algo que no encaje con los planes de los representantes, los representantes tendrán que joderse y apechugar con ello. El “líder” se queda mirando al otro individuo como si no comprendiera de qué está hablando y con cara de estar preguntándose de dónde ha salido aquel tipo.

Evidentemente, ha habido en mi vida muchos otros detalles que han ido cimentando mi desconfianza hacia los políticos profesionales y hacia buena parte del modo en que se “implementa” el supuesto sistema democrático en el que vivimos; ni siquiera creo que sea necesario citar ejemplos. Sin embargo, siempre que pienso en el por qué de mi desconfianza, son esos dos momentos los que recuerdo, como si en cierta forma resumieran todo lo demás.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
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