De acá para allá

Estaba leyendo uno de estos días el análisis que Fernando Ángel Moreno hace de Los inmortales (Highlander) en su columna de Bibliópolis, crítica en la red. Leer el artículo me trajo a la memoria la primera vez que vi la película y el modo en que me deslumbró; y también cómo, en sucesivos revisionados, fue perdiendo poco a poco la mayoría de su encanto. De hecho, la conclusión a la que llegué al final no es muy distinta de la que alcanza Fernando Ángel: de la película merecen la pena las secuencias desarrolladas en Escocia y el montaje de transición entre los flashbacks y la acción en presente. Y poco más.

Y, claro, pensar en los flashbacks, me ha llevado inevitablemente a preguntarme por mi propia predilección por esa técnica. Hace mucho que la uso y, de un modo u otro siempre está presente en la mayoría de mis novelas. De hecho, en algunos casos (El sueño del rey rojo o La sonrisa del gato podrían ser buenos ejemplos de ello) el grueso de la trama está narrado en un flashback: cuando la novela empieza, la historia está llegando al final, y un personaje va recordando lo que ha ocurrido para llegar hasta allí mientras, al mismo tiempo, los acontecimientos van llegando a su conclusión.

Es un modo de narrar las cosas que me gusta. Que, además, me permite ahorrarme buena parte de los engorros que a veces causa contar las cosas en un estricto orden cronológico. Los flashbacks, bien incorporados, permiten mejor las elipsis narrativas que la narración lineal.

Siempre había pensado que mi predilección por esta técnica venía de Isaac Asimov. El buen doctor la usa, abundantemente, en El fin de la Eternidad y yo estaba convencido de que de ahí arrancaba mi gusto por narrar los acontecimientos de ese modo.

Otras veces me ponía pedante conmigo mismo y me decía que no, que venía de más atrás, de la época en que, siendo niño, leí La Odisea: Homero —o quien demonios la compusiese— inicia la acción cuando la historia va por la mitad (con Telémaco, si no recuerdo mal, saliendo a buscar a su padre merced a unas cuantas triquiñuelas de Atenea) y sólo muy avanzada la historia, Ulises recuerda todo lo que ha pasado para llegar hasta allí (incluyendo, por cierto, el famoso caballo de madera que nunca estuvo presente en La Iliada, pese al pensamiento general al respecto).

Y ahora, pensándolo bien, quizá el detonante no fuera ninguno de los dos. Ni Asimov ni Homero (ni Homer Simpson, ya que estamos en ello… perdón por el horripilante chiste) a pesar de que leí la obra de ambos siendo bastante joven y en los dos casos —de formas muy distintas, lógicamente— me marcaron con fuerza. Quizá lo que acabó de dar la puntilla, de hacer que las piezas encajasen en mi mente fuera, precisamente, Los inmortales.

Porque, si lo pensamos un poco, la película funciona en un primer visionado gracias precisamente a que no está narrada de un modo lineal. Es sobre todo su montaje a base de flashbacks lo que hace que el espectador permanezca interesado en la historia (de ahí quizá esos dos flashbacks no desarrollados en Escocia —el del siglo XVIII y el de la Segunda Guerra Mundial— que no aportan gran cosa a la trama, pero sí que ayudan al ritmo narrativo). Si contásemos la película cronológicamente, el público empezaría a bostezar en cuanto llegásemos a la época actual y es muy probable que se durmiese más o menos hacia el momento en el que el Kurgan rapta a la pavisosa de la forense.

Y quizá esto que ahora estoy desarrollando de un modo explícito y consciente se quedó grabado de forma inconsciente en mi cabeza. Tal vez me di cuenta sin darme cuenta de que la película funcionaba gracias a su modo de ser narrada y fue eso lo que (unido a que algunos de los autores que me gustaban usasen esa técnica) hizo que empezara a contar las cosas de ese modo cuando escribía.

Claro, todo esto es un montón de “quizás”, “puede que”, “es posible” y “a lo mejor”. Supongo que es imposible saberlo realmente. Sí que es cierto que, con los años, narrar en flashback se ha convertido en una costumbre, hasta el extremo de que es, tal vez, una de mis marcas de fábrica como escritor más reconocibles. Y también lo es que Los inmortales (antes de que visionados sucesivos con un ojo un poco más crítico y menos deslumbrado que la primera vez la redujeran a su verdadera estatura de peliculita que sólo funciona a medias) fue uno de mis films favoritos durante algunos años.

Puede que no haya relación entre ambas cosas. O puede que sí. De ser lo segundo sería un tanto irónico. Después de todo este tiempo de denostar la filmografía de “El Bizco” (como siempre he llamado a Cristopher Lamber) ahora va a resultar que una de mis principales características como escritor es culpa suya.

Tendría su gracia.

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