Here lies one whose name was writ in water
-Epitafio en la tumba de John Keats

Archivo de Marzo 28th, 2007

Crónicas del enano cabezón: prolegómenos

Miércoles, Marzo 28th, 2007 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 13 comentarios »

Corría el entonces tan temido año 2000.

Con el apoyo de la Semana Negra de Gijón, un grupo de frikis asturianos preparábamos la HispaCon de ese año, que llevaría como subtítulo “AsturCon” y que sería el origen de lo que, algunos años más tarde, acabaría asentándose como un encuentro anual de aficionados al fantástico dentro de la Semana Negra.

Y yo me debatía entre dos opiniones dispares.

Muchas de las personas que me rodeaban, incluyendo mi pareja por aquel entonces, Marisa Cuesta, eran fans incondicionales de la serie de Miles Vorkosigan, escrita por Lois McMaster Bujold. Se lo pasaban de miedo con sus novelas, las encontraban sumamente entretenidas, muy divertidas y tan adictivas que terminaban hablando de los personajes como si fueran parientes cercanos. En ocasiones, de hecho, llegué a preguntarme si “el primo Iván” del que tanto hablaba Sergio Iglesias sería alguien de su familia.

Otras personas, cuyo criterio yo solía encontrar acertado por lo general, opinaban sin embargo que las novelas de Bujold rozaban la incompetencia y estaban escritas en un estilo plano y carente de interés. Por si fuera poco, pertenecían a ese tipo de obras literarias cuyo protagonista es un superdotado que lo tiene todo en contra y termina siempre venciendo contra fuerzas abrumadoramente superiores. Típica lectura consoladora y auto-afirmadora de un adolescente acomplejado, vaya. Eran varios quienes así lo pensaban y varias de las críticas que salieron en Gigamesh por aquella época iban en esa misma onda. Especialmente crispada resultó una escrita por José Miguel Pallarés donde el crítico, no contento con darle caña a la obra criticada, se metía en terrenos un tanto peligrosos al entrar a valorar el nivel intelectual de los lectores que disfrutaban con aquellas novelas.

Yo no opinaba. No había leído nada de Lois McMaster Bujold, excepto una novela que en su momento no me había resultado demasiado memorable sobre la construcción de un ascensor espacial y cuyo título era En caída libre. Así que, en medio de la polémica, me mantenía más o menos al margen.

O quizá no del todo. Porque aquellas personas que me rodeaban (y que aún me rodean, casi todos los viernes, ya que estamos) no me parecían precisamente unos descerebrados carentes de gusto o unos pobres adolescente pajilleros que necesitasen literatura masturbatoria para su ego dañado.

Así que digamos que las opiniones negativas al respecto (por más que en general respetase el criterio de quienes las mantenían, como he dicho) las tomaba con muchos peros y no menos pinzas. Algo a tener en cuenta, sin duda, pero que estaría en reserva hasta que hubiera decidido por mí mismo.

Confieso que me hice de rogar.

Durante bastante tiempo, a mi alrededor se hablaba de la serie de Vorkosigan con bastante frecuencia, ya fuera a favor o en contra. Y yo seguía sin haber leído nada de la serie y sin tomar partido por ninguna de las partes y, lo confieso, disfrutando de esa sensación de mirar hacia ambos bandos sin sentirme parte de ninguno.

Hasta que un día, como contaré con más detalle en otra ocasión, me puse a ojear Fronteras del infinito y me leí, casi sin darme cuenta “Las montañas de la aflicción”. No diré que caí rendido a los pies de la autora, pero sí que lo que leí me interesó lo bastante para querer leer más.

¿Por qué lo hice? Supongo que conocer a la autora tuvo algo que ver. Lois McMaster Bujold fue una de las invitadas a la HispaCon del 2000 de la que antes hablaba y me pareció una persona inteligente y con la cabeza bien amueblada, lo que enseguida me despertó la curiosidad sobre su obra.

No me pareció, desde luego, que la historia estuviera narrada con incompetencia: con sencillez, sí, pero con eficacia. El relato era interesante y planteaba varias cuestiones espinosas y las resolvía con habilidad.

Así que me leí las dos novelas cortas que completaban el volumen.

Y luego decidí que lo mejor era empezar por el principio. El aprendiz de guerrero pronto dio paso a El juego de los Vor; y éste a Cetaganda. Luego, llegaron las dos novelas del hermano-clon de Vorkosigan, Hermanos de armas y Danza de espejos. Y luego, Recuerdos, la novela donde la serie cambiaba repentinamente de rumbo y se dirigía hacia lugares desconocidos que acabaron siendo la comedia de costumbres que asoma allí y en Komarr y predomina en Una campaña civil. Inmunidad diplomática sería el último alto en el camino.

Más o menos.

Porque después llegaron las dos novelas de los padres de Miles Vorkosigan, Fragmentos de honor y Barrayar, si bien el orden en el que las leí fue justo el contrario, merced a la forma caótica en que fueron publicados los libros en nuestro país.

A aquellas alturas resultaba evidente que mi opinión no coincidía con la de los detractores de la serie. Es concebible que tras no gustarme la primera novela, aún pensara en darle una oportunidad a la siguiente, pero no a las diez restantes. Mi amigo Chus Parrado tiene la costumbre de ir al cine a ver películas que sabe que no le van a gustar (y bien que se lo pasa después dándoles caña) pero en general yo prefiero gastar mi tiempo y mi dinero en cosas que me resulten satisfactorias.

Evidentemente, no me parecieron joyas literarias inigualables, obras maestras irrepetibles. Pero eran novelas tremendamente entretenidas, muy amenas, enormemente divertidas y con una galería de personajes que enseguida se hacían entrañables al lector. Entretenimiento en estado puro, sin complejos y sin tener que pedir disculpas por ello. Supongo que justo lo que pretendía la autora.

¿A qué venía tanto revuelo en contra, entonces?, me pregunté en su momento. Vale, podía entender que alguien le pareciera literatura de consumo rápido y no la considerase trascendente. Pero el problema era que, por lo general, el aire que adoptaban los detractores de la serie era de dignidad ofendida, casi diría que de honor agraviado: estaban realmente enfadados de que aquello se publicara y se leyera; incluso parecían horrorizados ante la sola idea de que, desde fuera, alguien pudiera interpretar que toda la ciencia ficción era como la saga de Vorkosigan. Qué espanto: tantos años luchando por darle dignidad al género, por convencer a los demás que no es una cosa de marcianitos para adolescentes y resulta que ahora lo que se vende y acapara premios es precisamente esa… “cosa”. Así nunca conseguiríamos salir del gueto.

Supongo que algo así pasaba por la cabeza de sus detractores, al menos de aquellos que se molestaron en exponer sus ideas en público. Eso, unido al hecho de que muchos fueron siempre incapaces de captar el sentido del humor, la autoironía a veces hiriente que impregna toda la serie, sin duda convirtió la obra de Lois McMaster Bujold en anatema para ellos. Era justo el tipo de ciencia ficción que había que evitar, si queríamos darle un mínimo de dignidad al asunto y que los de fuera nos respetasen.

Bueno, me temo que la respetabilidad nunca ha sido una de mis metas (bueno, vale, cuando era muy joven, tal vez, pero no se me puede tener en cuenta), así que todos aquellos miedos cargados de esnobismo me parecían y me siguen pareciendo bastante ridículos. Nunca me ha importado comentar públicamente mi gusto por la saga de Vorkosigan y, en su momento, hasta conseguí incluir una crítica positiva de una de las novelas en la revista Gigamesh. He de decir, para ser justos, que totalmente apoyado por el director de la publicación, Julián Díez, pese a su rechazo personal hacia la obra que comentaba.

En cualquier caso, todo esto es lo que nos ha traído hasta aquí. Básicamente el hecho de que hace tiempo que me apetece escribir algo sobre la saga de Miles Vorkosigan, al que yo siempre he llamado (con ese afecto un poco bestia y no muy políticamente correcto que a veces nos caracteriza a los asturianos) “ese enano cabezón”.

No será, me temo, un análisis muy al uso. Iré haciendo las cosas a mi aire y deteniéndome allí donde me plazca. En realidad, la idea es hacer más una crónica de mi relación con la serie que de la serie en sí, así que es probable que ni siquiera respete el orden cronológico interno de la saga, o me pare a comentar todas las novelas.

Ya veremos adónde nos lleva.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
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