Exhumando: 1984-1989

Una cosa lleva a la otra, como se suele decir.

Acabo de escribir una entrada para mi blog donde hablo de mi fastidio por haber dejado de escribir relatos cortos y aprovecho (como no podía ser menos) para repasar un poco mi historia personal como escritor.

Eso me ha llevado a escudriñar aquí y allá por mis archivos. No, no se trata de ninguna sala polvorienta llena de grandes estantes hasta donde alcanza la vista; ni tampoco se guardan en ella el Arca de la Alianza o la cura para el cáncer negro de origen extraterreste. En realidad, lo que he hecho es revisar mi disco duro, concretamente las carpetas donde guardo lo que escribo, y repasar alguna cosilla por aquí y por allá.

No conservo digitalmente todo lo que he escrito. De hecho, buena parte de lo que escribí en los primeros años no se conserva de ninguna manera. Diría además que por suerte.

Lo primero que hay en mi disco duro es un cuento de 1984 titulado “Tiempo pasado”. De lo anterior, conservo alguna cosa, pocas, en papel y el resto se ha perdido. Como he dicho, por suerte.

Respecto a ese cuento, no lo encontraréis publicado en parte alguna. Ni está en ninguno de los fanzines y revistas donde aparecieron originalmente la mayoría de mis relatos ni en las dos antologías (Callejones sin salida y Laberinto de espejos) que recogen la mayor parte de mi narrativa breve. El cuento jamás se publicó.

No es gran cosa. En cierto modo, lo conservo por pura nostalgia. Es uno de los primeros cuentos ambientados en Drímar que escribí (una vez pasado lo que podríamos calificar de proceso embrionario del universo) y se desarrolla durante los primeros años de su cronología: finales del siglo XX, más o menos. Aparte de eso, no tiene demasiado interés.

Con un salto de dos años me encuentro con “El robot”, mi homenaje asimoviano y la única historia de Roy Córdal que ha sobrevivido al tiempo. Luego, ya en 1987, están “Encerrada” y otro cuento inédito ambientado en Drímar: “En el feudo”, desarrollado en la época de El Solitario. No, tampoco ha sido publicado nunca ni es gran cosa.

¿Es que entre 1984 y 1987 sólo escribí cuatro cuentos? Para nada. Escribí, que recuerde, al menos tres o cuatro novelas, y muchos más relatos cortos. Simplemente, nada de ese material ha sobrevivido. O, en cierta forma, sí lo ha hecho: parte de él ha permanecido en mi memoria y allí se ha quedado, girando y enroscándose, cambiando y mezclándose con otras cosas. Al final, algo de ese material ha terminado saliendo a la luz en obras muy posteriores. Pero ya hablaremos de eso.

Descubro con sorpresa que no tengo nada de 1985. ¿Es que no escribí nada en ese año? No creo que fuera así. Desde que, en 1977 escribí una cosa llamada Un terrestre en Krándor V (y que aún existe, mecanografiada y encuadernada por mis padres, que son unos benditos) no recuerdo que haya pasado un solo año sin escribir algo, lo que fuese: cuentos, novelas, poemas, artículos… a menudo sólo inicios de cuentos o de novelas que no llegué a terminar. Pero siempre he estado escribiendo. Así que la idea de un año entero sin nada que saliera de mis dedos me resulta poco creíble.

Seguro que escribí algo en 1985. Simplemente, no ha sobrevivido y ya no recuerdo qué era. Quizá, quien sabe, mi novela sobre El Solitario, o mi novela de fantasía, que jamás terminé, Hijo del Halcón, o incluso aquella trilogía de space operaEl centro de la Galaxia, se llamaba—, todas ellas tecleadas en mi Amstrad CPC 6128. Sé que eso pasó en los ochenta, pero no en qué año. Así que bien pudo haber sido aquél. Por cierto, que El centro de la Galaxia es un ejemplo perfecto de lo que comentaba antes: ya no existe, pero buena parte de sus ideas (modificadas, pero las mismas en lo básico) sirvieron de embrión para algunas tramas de “Los celos de Dios” y La sonrisa del gato.

En el año 1988 sólo aparece “Un agujero por donde se cuela la lluvia”, una de mis novelas cortas más extrañas. Fruto, en realidad, de un empaño de lectura de “novela experimental”: Rayuela, Tiempo de silencio, El otoño del Patriarca, Cinco horas con Mario y, para rematarlo todo, el Ulises de Joyce. Así que en “Un agujero por donde se cuela la lluvia” me paso todo el tiempo cambiando de técnica narrativa y jugando con el estilo y el desarrollo. Creo que Alejandro Salamanca aún me odia por haber escrito eso. Y sí, es cierto que a la novelita se le va la pinza más de una vez, pero la he ido repasando varias veces a lo largo de los años y aún me funciona. Y todavía me gustaría reeditarla algún día.

Apareció por primera vez en Kernel BEM, uno de los primeros fanzines electrónicos de los noventa. Y luego fue reeditada en Núcleo Ubik 2/3.

Y llegamos a 1989, seguramente mi año más prolífico de esa década y con el que, de momento, terminaré esta exhumación.

En el 89 tengo varios poemas, cinco cuentos y dos novelas cortas.

Los cuentos son “Más allá de la biblioteca”, “La carretera”, “Bajo la ciudad”, “Todo fluye” y “Oye, véndeme tu alma”. Las novelas cortas: “El alfabeto del carpintero” y “Las brujas y el sobrino del cazador”. Todo ese material se ha publicado y, en algunos casos, reeditado.

De hecho, creo que 1989 marca un punto de inflexión en el sentido de que prácticamente todo lo que escribí a partir de entonces pude publicarlo sin problemas. Hay excepciones, pero son contadas.

“El alfabeto del carpintero” y “La carretera” forman un tríptico temático (y en parte argumental) con “Un agujero por donde se cuela la lluvia”. De hecho, el hipotético libro que recogería los tres ya tiene título, El carpintero y la lluvia, y aún no desespero de encontrar editor para él algún día.

Además, salvo “Oye, véndeme tu alma”, el resto de las cosas que escribí aquel año transcurren en mi universo de Drímar, en distintos momentos de él. Es algo que se repetiría posteriormente: durante una época casi todo lo que salía de mis dedos acaba en Drímar, de un modo u otro.

En cuanto a los poemas, formaban un ciclo llamado Casino. Todo empezó con un poemita titulado “Póker” que escribí un poco por casualidad. Luego, se me ocurrió seguir jugando con metáforas relativas al juego. De ahí surgieron unos siete u ocho poemas que agrupé bajo ese título de Casino.

El año siguiente, 1990, no fue malo tampoco. Pero eso lo dejaremos para otra ocasión.

(to be continued)

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