Desobediencia civil

En los últimos tiempos, el nombre de Thomas Jefferson acude con facilidad a mi mente. Y a mi boca. Tanto, que me han acusado de mencionarlo invariablemente todos los viernes. Sin duda la acusación es un poco exagerada. Pero sólo un poco.

Cuando era más joven, entre el alboroto hormonal de la adolescencia, de vez en cuando conseguía tiempo para pensar. Y en esos momentos, cuando me planteaba mi actitud vital hacia ciertas cosas tendía a estar de acuerdo con ideas como aquella de “ojo por ojo y el mundo acabará ciego” y me definía a mí mismo como “pacifista”.

Me temo que la vida me ha llevado por otros derroteros, qué le vamos a hacer.

En nuestra sociedad hay una auténtica psicosis por deslegitimar la violencia como una herramienta adecuada para resolver una situación. Algo que me habría parecido razonable en mis años mozos, pero que ahora me resulta incomprensible.

¿Cuando alguien está decidido a ejercer la violencia sobre ti, es ilegítimo que tú uses la violencia para impedirlo?

¿Por qué?

¿Dónde está escrito que debes dejarte masacrar para demostrar tu superioridad moral?

Y sobre todo, ¿dónde está escrito que si te dejas masacrar eres superior moralmente? De hecho, como dijo una vez Asimov (se refería a la persecución de los judíos y tuvo que tener bastantes narices para decir eso, siendo judío él mismo): “que un pueblo sea oprimido por otro sólo indica que es más débil que su opresor, no que sea superior moralmente”.

Las prácticas de no-violencia y desobediencia pasiva pueden ser eficaces cuando tu oponente no está dispuesto a cruzar ciertas líneas de actuación. Pero cuando no es así, no sólo la salida lógica es resistirte y hacerle tanto daño como sea posible para evitar tu propio daño, sino que no hay nada malo, inmoral o negativo en ello. Si alguien te está apuntando a la cabeza con una pistola y dispuesto a apretar el gatillo, estás legitimado para hacer cuanto sea necesario para evitarlo, incluyendo volarle la cabeza de un tiro al contrario. Y no hay nada, al menos desde mi punto de vista, ni inmoral ni innoble en ello. Usar la violencia no te degrada necesariamente como ser humano. No es más que una herramienta, útil en determinadas circunstancias e inútil en otras. Del mismo modo que la resistencia pasiva puede ser útil en ciertas ocasiones y totalmente inútil en otras.

Todo esto me lleva de vuelta a Jefferson. Y a su pensamiento de que, cuando una forma de gobierno se vuelve inoperante, el pueblo tiene derecho a cambiarla por todos los medios necesarios.

Sí, Jefferson estaba haciendo apología de la rebelión armada. También estaba diciendo, sin decirlas, otras cuantas cosas.

Que, por ejemplo, lo que caracteriza a un sistema democrático no son unas cortes, un parlamento, unas elecciones y unos representantes electos. Lo que le da la naturaleza de democrático a un modo de gobierno no es nada de todo eso (ni siquiera me molestará en mencionar cuántas dictaduras ha habido con cortes, parlamento y elecciones), sino algo mucho más simple.

Que la soberanía reside en los ciudadanos. Que los gobernantes somos nosotros. Que el poder es nuestro.

No de los políticos, quien son simplemente un grupo de personas en quien hemos decidido delegar el poder y la autoridad que son nuestros por derecho. Y, del mismo modo en que hemos decidido delegarlo, podemos decidir quitárselo.

¿Cómo?

De cualquier forma que sea necesaria, digo yo.

“Poniendo tu voto en una urna”, me diréis vosotros.

A veces. Pero no tiene por qué ser siempre así.

Porque una de las motos que nos han vendido y que hemos comprado alegremente es que nuestra participación en el gobierno del lugar en el que vivimos se reduce a introducir una papeleta en una urna cada cierto tiempo. No sólo que eso es suficiente, sino que es lo máximo a lo que podemos aspirar. Que cualquier otro medio de expresar la soberanía popular es ilegítimo.

Y eso es mentira. Una de las mayores mentiras de este sistema que se califica de democrático y cada vez lo es menos.

Vivimos, en realidad, en un sistema oligárquico al servicio de un capitalismo cada vez más desenfrenado que ha adoptado las formas, los modos y las apariencias de una democracia. Y nos lo hemos creído. Y votamos, convencidos de que no podemos hacer nada más para cambiar las cosas. Que lo único que podemos hacer es echar del poder a su actual ocupante y rezar para que el siguiente sea un poco menos malo. Que no tenemos opciones. Que el sistema es así.

Pero lo que nos dice Jefferson es que el sistema puede cambiar. Que debe cambiar cuando ya no funciona. Y que los medios elegidos para cambiarlo son los que los verdaderos gobernantes, los ciudadanos, consideren necesarios, sean cuales sean.

Pueden ser las urnas, pero si las urnas tampoco funcionan, porque al final lo único que cambiamos es un testaferro por otro pero el amo que hay detrás sigue siendo el mismo, entonces podemos usar cualquier otro medio.

Hay otra frase, que nunca he estado seguro de que sea de Jefferson. Pero si no lo es, debería haberlo sido. Es ésta:

Los ciudadanos no deberían tener miedo de su gobierno. Es el gobierno quien tendría que tener miedo de sus ciudadanos.

Esa es, para mí, una de las esencias de un verdadero sistema democrático que funcione. Es el gobierno quien tendría que estar, literalmente, acojonado por la posibilidad de que la ciudadanía se mosquee porque en lugar de representarlos a ellos esté moviéndose por otros intereses y decida tomar cartas en el asunto y hacerles pagar por los abusos de poder, la corrupción y la mala utilización de las herramientas de gestión de un país.

El gobierno tendría que vivir en un estado de miedo perpetuo ante sus gobernados.

Y con razón.

* * *

¿A qué ha venido todo esto?, quizá os preguntéis.

Pues es curioso, porque en realidad a algo que parece una tontería. Si os lo cuento, seguro que pensaréis que estoy desorbitando las cosas.

Porque el detonante de lo que acabáis de leer ha sido el anuncio de las nuevas “canonizaciones” de la SGAE. Sí, el nuevo canon que quieren imponer (e impondrán, me temo) a cualquier cosa que almacene o transmita información. A nuestros cerebros, con el tiempo, no me extrañaría.

Y bueno, me diréis que es para estar mosqueado, pero no para lanzar una llamada a la rebelión armada y a derribar el gobierno y el actual modelo de estado por medio de la violencia. Al fin y al cabo, hasta tiene una solución sencilla: si vas a comprar algo sujeto a canon cómpralo en cualquier otro país de la Comunidad Europea que no imponga ese absurdo impuesto encubierto y mafioso. Ya está, muy fácil.

Sí, cierto.

Pero…

Pero es que no es más que otro mojón en el camino. Una nueva gota en el vaso. Otra pajita más sobre el lomo del camello.

Y el camino ya me empieza a parecer interminable. Y veo el vaso peligrosamente lleno. Y el camello me parece que se está empezando a cansar.

Recuerdo lo que no hace mucho hicieron los madrileños cuando su Ayuntamiento decidió extender la zona de parquímetros: empezaron a arrancarlos. Una iniciativa que en su momento me pareció estupenda. Un modo cojonudo de hacer frente a la indefensión en la que a menudo vivimos frente las decisiones abusivas que toma el estado. Pura desobediencia civil. El problema, claro, y con eso jugaba el Ayuntamiento, es que la gente terminó cansándose de arrancar parquímetros. Así que ahí están ahora, y los conductores pagan por aparcar.

Sí, la gente terminó cansándose. Y, seguramente, ante este nuevo abuso de la SGAE (que cada vez parece más un grupo mafioso recaudando su “tarifa de protección” entre los habitantes del barrio) la gente protestará un poco y luego seguirá a lo suyo. Y ante la siguiente arbitrariedad contra los ciudadanos, ya sea por parte del gobierno, o consentida por éste mientras un grupo privado recolecta a mansalva un dinero que no le pertenece, seguramente pasará lo mismo: una temporada de cabreo y a seguir con lo nuestro.

Pero…

La gente aguanta mientras, más o menos, las cosas sean soportables. Mientras de algún modo se las apañen para continuar con su vida. Mientras encuentren una válvula de escape.

Con eso juegan los gobiernos y el verdadero poder que hay detrás. Así que durante un tiempo la cosa funcionará. Podrán seguir ordeñándonos.

Pero llegará un día en que no.

No sé si hoy, mañana, el año que viene o dentro de un siglo.

Pero llegará. Porque si algo tiene el capitalismo desatado es que carece de freno. Que la cantinela de que se “autorregula” es otra de las grandes falacias que nos han querido vender: una vez suelto, el capitalismo sin control no tiene límites. ¿Recordáis la ley del espacio libre en un disco duro? No importa lo grande que sea, el disco duro siempre estará lleno a un 90% como mínimo. Pues el capitalismo sin control es algo parecido: no importa cuánto espacio haya, siempre intentará abarcar más y de devorar cuanto le rodea.

Incluso a sí mismo.

Y entonces, ese día en que el pan sea insuficiente y el circo ya no baste, quizá amanezcan políticos, o banqueros o promotores inmobiliarios o jerifaltes de la SGAE colgados de alguna farola.

Y, señores, no será un acto de vandalismo. No será algo horrible y reprobable ante lo que cualquier persona civilizada y habitante de un estado de derecho debería horrorizarse.

Será la ciudadanía enviando un mensaje sencillo y directo:

“Estamos hasta los cojones. Parad ya”.

© 2007, Rodolfo Martínez

7 comentarios

  1. ¿Dónde está escrito que debes dejarte masacrar para demostrar tu superioridad moral?

    Me temo que en la Biblia dice algo de poner la otra mejilla… (Mt 5,38-42), de hecho lo dice precisamente criticando el “Ojo por ojo, diente por diente”. Teniendo en cuenta que es la religión oficial de Europa desde finales del Imperio Romano, me temo que el sentimiento ha ido calando, sobre todo entre los que están interesados en que una mayoría de la población prefiera poner la otra mejilla a protestar y resolver las cosas de la forma que haga falta.

  2. Lo próximo, y desgraciadamente no es un chiste ni una ironía, es revisar los coyleft y la licencia Creative Commons. Bautista y compañía deberían vestirse de bandoleros, directamente. Para mí son terroristas intelectuales: se limitan a recaudar su propio impuesto revolucionario.

  3. La verdad es que últimamente es algo que vengo meditando, sobre todo tras el asalto a la sede de la SGAE en Madrid que hubo unos meses, y que derivó en una discusión en una lista en la que estaba sobre si esas eran formas de defender la causa en un estado democrático. Mi postura en ese momento fue que no, pero la idea y los argumentos contrarios se quedaron latentes en mi cabeza y ahora no tengo tan clara mi postura. Sobre todo después de ver como impúnemente consiguen todo lo que se proponen en perjuicio siempre del ciudadano, sin ningún obstáculo. Ante tal tesitura pocas opciones nos van dejando, sobre todo cuando da la sensación exáctamente que dices, que con el voto cambias a un testaferro por otro.

    Es bueno no olvidarse de otras entidades que, sin ser la SGAE, también están a su lado en todo esto, como la de los escritores, CEDRO creo que se llama, que gestionan por ejemplo el impuesto a impresoras y scanneres (por cierto según los útimos informes utilizados en un 80% para usos no relacionados con derechos de autor, como escanear el DNI propio o imprimirlo).

  4. Claro que el mismo tipo que dijo lo de la otra mejilla afirmó aquello de “No he venido a traer la paz, sino la espada”.

    Hermoso libro, la Biblia.

    Y tan coherente, ideológica y moralmente….

  5. De momento quieren imponer un canon a los préstamos bibliotecarios, lo cual ya me parece volver la situación totalmente surrealista, si es que no lo era ya antes.

  6. El problema, Enhiro, es que evidentemente tu primera opción no es pensar en la violencia para resolver las situaciones, sino en acudir a los métodos “civilizados” que la ley pone a tu alcance. Pero, claro, cuando la ley te deja en un estado total de indefensión porque mira a otro lado mientras grupos mafiosos campan a sus anchas, entonces uno empieza a plantearse que la violencia puede ser una herramienta válida. A lo mejor, la única herramienta que sirve contra ciertos grupos.

    En cuanto a CEDRO, en los doce años que llevo publicando profesionalmente, no he visto ni un duro de ellos. Mis derechos de autor, doy gracias a Dios, los gestionan directamente mis editores, liquidándome puntualmente lo generado durante cada año. De hecho, siempre había creído que CEDRO no pinta nada en lo que se refiere a derechos de autor de obras literarias, que sólo imponían el famoso canon de las fotocpias y demás. Claro que, si lo pienso un poco, ¿qué hacen luego con ese canon? La respuesta lógica supongo que es repartirlo entre los autores perjudicados por el fotocopiado. Pero en realidad, no lo sé. A lo mejor autores que tengan niveles de ventas más respetables que los míos han visto dinero de CEDRO, ni idea.

  7. Aclaro, por cierto, que no soy “anticapitalista”, como podría desprenderse de ciertas partes de la entrada que comentamos. El problema no es el capitalismo en sí, sino el capitalismo sin frenos ni control de ninguna clase, esa especie de darwinismo social y económico que algunos parecen considerar como la situación más deseable posible (supongo que porque consideran que estando en la parte de arriba de la pirámide nunca les va a afectar negativamente).

    Incluido, y eso es lo curioso y lo triste del asunto, muchos ideólogos económicos de la izquierda.

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