Obra breve

Si pienso un poco en los últimos años, casi me asusta. En 2001 uní “Los celos de Dios” y La sonrisa del gato dentro de una narrativa más amplia que acabé llamando Bifrost. En 2002 terminé por fin El sueño del rey rojo. Al año siguiente completé Los sicarios del cielo y corregí para su edición en Bibliópolis Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos. Escribí su continuación, Sherlock Holmes y las huellas del poeta, en 2004, el mismo año en que revisé y amplié El abismo te devuelve la mirada. En 2005, y para mi propia sorpresa, escribí una novela llamada Sondela ambientada en un escenario creado por mi amigo Sergio Iglesias; y al año siguiente me encontré en mi disco duro con Fieramente humano, una nueva novela de fantasía urbana ambientada en la misma ciudad, aunque algunos años después, que Los sicarios del cielo. Ahora, en 2007, acabo de terminar Sherlock Holmes y la Boca del Infierno.

Vamos, que he ido a novela por año, más o menos. Si me dedicara a escribir a tiempo completo, esto no tendría nada de particular. Pero, teniendo en cuenta que tengo que compaginar la literatura con mi trabajo de programador (por no mencionar que de vez en cuando aún mantengo algún atisbo de vida social), como que me asusta un poco.

En 1996, poco después de terminar El abismo te devuelve la mirada, comenzó un periodo de unos cuatro o cinco años durante los que mi producción se redujo bastante. La recuperación se inició más o menos en 1999, cuando me decidí a convertir El sueño del rey rojo en una novela, tras haberlo presentado al UPC como novela corta.

Lentamente mi ritmo de trabajo fue subiendo y allá por 2003 supongo que se estabilizó. Desde entonces (más allá de picos y valles ocasionales) no ha variado y se mantiene sin problemas. Así que no puedo evitar preguntarme hasta cuándo voy a poder seguir manteniendo el ritmo.

“Espero que por siempre”, me suelo contestar. Y sí, cruzo los dedos.

Por otro lado, este ritmo de una novela por año, más o menos, ha tenido sus consecuencias negativas. Y es el hecho de que ya no escribo relatos cortos. Si miro en mis archivos veo que escribí un cuento 2005 y otro en 2004, y ambos fueron encargos (uno para la revista Quo y otro para la Semana Negra). En realidad, el último cuento escrito por mi propia iniciativa es del año 2001. Y seis años es mucho tiempo, demasiado.

Escribir relatos cortos me gusta. Y también me cansa. Tiendo a escribirlos de una sentada y con un intensidad mucho mayor que una novela, evidentemente. Y me cuesta. Siempre me ha costado mucho encontrar una idea que funcionara bien como cuento, y cada día me cuesta más dar con el modo más adecuado de narrarlo, con el enfoque más apropiado para el relato. Si me pongo a pensarlo, el esfuerzo que requiere construir un cuento es muy superior, en términos relativos, al que me exige escribir una novela: si comparamos el tiempo y el esfuerzo empleados en la planificación con las páginas producidas, uno podría llegar a la conclusión de que no compensa.

Lo cual, por supuesto, es una tontería que no merece ni ser comentada.

Supongo que eso se debe a varios motivos. Pero en mi caso concreto, uno de ellos es el hecho de que tardé bastante en contemplar la idea de escribir relatos. Cuando empecé a escribir, allá por 1977 (sí, cuando los dinosaurios recorrían la Tierra persiguiendo a Raquel Welch, o poco tiempo después), ni se me pasó por la cabeza empezar por los cuentos: lo que salía de mis dedos eran novelas. Novelas deshidratadas, evidentemente, que no pasaban de treinta o cuarenta páginas: pero en intención, estructura y desarrollo eran novelas, no cuentos.

Lo cual es curioso, porque buena parte de mis lecturas por aquella época eran relatos. De hecho, lo primero que leí de ciencia ficción fue un cuento. No recuerdo su título aunque estaba incluido en una de aquellas selecciones de Bruguera tomadas de Fantasy & Science Fiction que recopilaba Carlo Frabetti: iba sobre un minero espacial que solicitaba un androide femenino para que le hiciera compañía. Al acabar la historia descubría que lo que le habían mandado era una mujer de verdad y eran felices y comían perdices y esas cosas. No recuerdo ni el título ni el autor, pero la historia no se me ha olvidado.

Como decía, buena parte de mis lecturas de aquella época eran relatos cortos, y sin embargo ni se me pasó por la cabeza escribirlos. Me lancé directamente a las novelas y pasaron al menos tres o cuatro años hasta que me planteé la idea de escribir un cuento.

Y, claro, no sabía cómo. Para entonces tenía cierta idea intuitiva de cómo enfrentarme a una novela, pero no de cómo plantear un cuento corto. Porque no se trataba de hacer lo mismo en menos páginas: enseguida me di cuenta de que el planteamiento era muy distinto, y la forma de enfrentarse al asunto tenía poco que ver.

Con el tiempo, supongo, fui aprendiendo a construirlos. Y, de hecho, fui escribiendo bastantes. Desde mediados de los ochenta a mediados de los noventa habré escrito unos treinta relatos cortos. La mayoría fueron apareciendo sin problemas en los fanzines de la época y unos cuantos han terminado pasando a mis dos antologías: Callejones sin salida y Laberinto de espejos. El motivo por el que durante una época me lancé a escribir cuentos y dejé un poco de lado las novelas (aunque nunca del todo) fue muy simple: en aquella época publicar relatos era relativamente fácil; hacerlo con una novela, casi imposible.

Así, los cuentos sirvieron para ir dándome a conocer en el mundillo de los aficionados a la literatura fantástica y, al mismo tiempo, me proporcionaron el rodaje necesario: fui aprendiendo a escribir relatos a medida que lo hacía y cada nuevo cuento me enseñaba cosas que aplicaba al siguiente. Algo que, desde el principio, me había pasado con las novelas, pero que hasta más o menos 1993 no empezó a sucederme con los relatos: esa fue mi época más fértil en el terreno de la narradita breve, sin duda, los años que van de 1993 a 1996; y creo que gran parte de mis mejores cuentos fueron escritos por aquella época.

Pero una vez que conseguí publicar mi primera novela, La sonrisa del gato, mi producción breve empezó a declinar. No se notó mucho al principio (tenía acumulado bastante material inédito) pero poco a poco fui escribiendo cada vez menos cuentos: uno, dos al año como mucho; y algunos años, ninguno.

Y así hemos llegado a la situación actual. No tengo problemas de bloqueo: las ideas se me ocurren con facilidad y pasarlas al papel no me resulta complicado, en general. Pero siempre son ideas para relatos largos, novelas cortas o, directamente, novelas. Encontrar una idea cuya resolución adecuada sea un cuento cada vez me es más difícil.

Por un lado, no me preocupa. Por el otro, me fastidia bastante. Escribir cuentos me gustaba, y mucho, a pesar de lo complicado que siempre me ha resultado (o quizá precisamente por eso, vete tú a saber), y me da cierta rabia no seguir haciéndolo.

“Pues hazlo”, me diréis. Sí, sin duda la solución al problema es esa.

Sólo que no es tan fácil. Hace tiempo que me ronda por la cabeza la idea de escribir un libro de cuentos ambientados en la ciudad anónima donde se desarrolla Los sicarios del cielo. Y si pienso en ello, me gustaría terminar algún día mi larga asociación con Sherlock Holmes escribiendo un libro de relatos cortos sobre el detective.

Ambas ideas están ahí, me persiguen y no se van de la cabeza. Y estoy seguro de que tarde o temprano (como siempre me ha pasado con las ideas que de verdad merecen la pena) encontraran su momento y cristalizarán.

Así que no debería preocuparme.

Y no lo estoy.

Pero… coño, mientras tanto me gustaría escribir algún cuento.

6 comentarios

  1. Muy interesante.

    Hay otra posibilidad: la del cuentista que, salvo baja por enfermedad por haberse roto una pierna, dedica a la escritura breves y acumulados bloques de horas. En esos casos, suele ser o el cuento o nada.

    Y un género relativamente poco explotado entre nosotros: el de los relatos interrelacionados que conforman una obra unitaria. Llámese novela de relatos, si se quiere.

    En tu caso, y permite que invente lo que desconozco, podría ser lo que se da con frecuencia: al consagrarse un autor, se dedica a la narración extensa y abandona la breve, a la que se dedicaba cuando trataba de abrirse paso en revistas, antologías y concursos (con todas las excepciones a esta regla que se quieran anotar).

  2. Hombre… lo de “consagrarse”… como que para mí es más un chiste que otra cosa. Disto mucho de la posibilidad de vivir de lo que escribio, así que difícilmente se me puede considerar “consagrado”· “Asentado” quizá, en el sentido de que, casi desde que publiqué mi primera novela, no he tenido mayores problemas para publicar casi todo lo que he escrito.

    En realidad, si no escribo más cuentos, puede que sea, en parte, por pereza: como he intentado explicar, me resulta difícil, muy difícil dar con una idea cuya formulación adecuada sea un relato corto. En cuanto empiezo a pensar se me ocurren mil ramificaciones y, antes de que me de cuenta, ya tengo una novela en marcha.

    Ocasionalmente, sin embargo, me vienen historias a la cabeza adecuadas para un cuento corto. Pero cada vez menos, es cierto.

  3. Hombre, “consagrados/emancipados”, muy pocos. Me refería a eso, a la soñada realidad para un escritor de ir publicando las novelas que uno va escribiendo.

    Puede que sí, que a lo mejor tengas la maldición del novelista, como otros tienen la del cuentista o la del poeta. Que se lo digan a Monterroso o a Borges. O que a Proust alguien le hubiera sugerido mayor brevedad.

  4. Eso es algo que he hecho no hace mucho, con “Sondela”. Aunque es una sola historia, cada uno de sus capítulos, en cierto modo, funciona como una historia en sí misma. El hecho de que, además, estén escritos usando distintos puntos de vista narrativos, aumenta esa impresión.

    Y algo parecido podríamos decir de “Sherlock Holmes y la boca del infierno”. Cada una de sus partes tiene, en cierto modo, entidad propia, aunque juntas componen una historia mayor.

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