El “verdadero” Sherlock Holmes

Es curioso que algunas de las más interesantes aportaciones a los mitos holmesianos procedan del mundo audiovisual. Películas como La vida privada de Sherlock Holmes, Asesinato por decreto o Sin pistas, o series de televisión como Murder rooms han sabido explorar con acierto los recovecos del personaje creado por Arthur Conan Doyle.

También tenemos novelas como Elemental, doctor Freud, de la que me temo que seguiré prefiriendo siempre su título original, esa Solución al siete por ciento menos sensacionalista y más adecuada. Su autor, Nicholas Meyer, además de crear otros dos pastiches holmesianos más, ha desarrollado el grueso de su carrera como guionista y director de cine.

Caso parecido es el de Mark Frost, conocido sobre todo como productor y guionista de televisión: autor de algunos de los más memorables episodios de Canción triste de Hill Street y creador, junto al estrambótico David Lynch, de ese Twin Peaks que revolucionó la televisión de su tiempo y que, aún hoy, sigue dejando asomar su influencia. No es descabellado pensar que la eclosión de creatividad televisiva en la que vivimos tiene como uno de sus puntos de partida la serie de Frost y Lynch.

En La lista de los siete, Mark Frost abandona su territorio televisivo habitual y nos ofrece una novela ambientada en la era victoriana, en la que un joven Arthur Conan Doyle terminará por encontrar, sin saberlo, las claves para crear el que será su personaje más famoso; tanto que acabará eclipsando a su autor.

Frost construye una trama que gira alrededor del mundo ocultista de la época (con breves cameos de algunas celebridades de entonces, como madame Blavatsky) y en la que Conan Doyle se verá involucrado a su pesar. Ayudado por un enigmático agente al servicio de la Reina Victoria, será en ese personaje donde termine encontrando el modelo “real” para su detective de ficción. La novela está llena de momentos que cualquier aficionado holmesiano reconoce sin problemas y que bien pudieran ser el embrión de lo que luego serán hitos reconocibles en los mitos holmesianos: la enemistad entre Holmes y Moriarty, la muerte de ambos en Reichenbach, los sabuesos infernales, la misoginia, las fuerzas irregulares al servicio del detective, su enfrentamiento con la policía oficial, su maestría en el arte del disfraz… todo eso está en la novela de Frost quien, en una pirueta atrevida pero que funciona sin problemas, convierte las narraciones originales de Conan Doyle en un palimpsesto bajo el que se pueden leer los hechos “reales” que narra esta novela.

(Sherlock Holmes, por cierto, no es el único mito victoriano que surgirá de ahí. Una breve aparición de Bram Stoker y los acontecimientos de los que éste será testigo, nos remiten de forma directa a algunos de los momentos más emblemáticos de su Drácula: la abandonada abadía de Whitby, el barco que llega misteriosamente a la costa, los ataúdes que son descargados de él…)

Frost maneja la trama con buen ritmo y no concede descanso al lector, llevando a sus personajes de un lado para otro, peripecia tras peripecia, hasta un desenlace que se mantiene sin problemas a la altura de la historia narrada. La novela no decepciona en ningún momento, se lee de un tirón y la lectura en clave fantástica que permite (y a veces casi obliga) está introducida en la historia con naturalidad y sin estridencias.

No es, desde luego, un pastiche holmesiano; de hecho, su juego es exactamente el contrario. Mientras que éstos parten de la premisa de que Holmes fue un personaje real y el doctor Watson el cronista de su vida (dejando relegado a Conan Doyle al papel de simple editor de sus aventuras), aquí se asume el carácter ficticio del personaje y el juego se basa en mostrar a partir de quién y de qué modo Conan Doyle lo fue creando.

Frost no se ha prodigado mucho como novelista. Aparte de La lista de los siete, sólo ha escrito su continuación, El sexto mesías (publicada en nuestro país el pasado octubre), aunque parece haber encontrado un filón escribiendo libros sobre golf, especialmente The greatest game ever played, que ha sido trasladado al cine recientemente. Desde luego, es una pena. Su experiencia televisiva y cinematográfica hace que, sin duda, sus puntos fuertes sean los diálogos y la dosificación y el manejo del ritmo de la historia, pero tampoco se muestra ineficaz como narrador, llevando la trama con naturalidad y transparencia hacia donde quiere sin que nos chirríe en ningún momento y arrastrando de paso al lector con él.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.