Las aventuras del joven Steve Jobs (con Bill Gates, el muchacho maravilla)

Acabo de terminar de ver Piratas de Silicon Valley, una película a la que hacía tiempo que le tenía ganas. Confieso que me ha resultado decepcionante en muchos aspectos. Culpa mía, supongo, no debería haber esperado gran cosa de lo que no pasa de ser un telefilm con pretensiones de bio-pic. Quizá esperaba un tratamiento un poco menos superficial y no tan a vuelapluma, como si dijéramos, de los personajes y sus peripecias.

La película tiene unos cuantos momentos interesantes, sin embargo. Uno ya se lo había oído (y leído) comentar a Sergio Iglesias: es la secuencia en la que Jobs acusa a Gates de haberle copiado su sistema operativo con Windows y afirma: “pero nuestro software es mucho mejor” y Gates responde “ya, pero eso no importa”, lo cual creo que resume de forma modélica unas cuantas cosas importantes sobre cómo funciona este mundo nuestro.

El otro momento tiene lugar en esa misma secuencia, un poco antes. Durante toda la película se nos presenta a ambos, Jobs y Gates, como individuos carentes por completo de escrúpulos, dispuestos a lo que sea con tal de conseguir lo que se proponen, si bien se nos pretende vender un cierto carácter de hombre visionario por parte del primero que está ausente por completo del segundo. Supongo que con esa idea pretenden redimirlo, cosa que al menos conmigo no han conseguido. Poco me importa lo visionario que seas si para cumplir tu visión tienes que explotar y manipular miserablemente y como un tirano a las personas que están debajo de ti. Y, si hacemos caso de la película, Jobs hace eso continuamente. Sus objetivos pueden ser nobles. Pero, bueno, también lo eran los de Saruman, o eso afirmaba él. Pero siempre he pensado que lo que define de verdad a una persona no son sus aspiraciones, sino el método que usa para alcanzarlas.

Cuando Jobs le echa en cara a Gates que, después a haber confiado en él, haberle abierto las puertas de su casa y darle la bienvenida a “la familia Apple“, este le ha robado miserablemente, la respuesta de Gates no tiene desperdicio. Porque, en realidad, el software (y buena parte del hardware) que Jobs pretende vender como gran innovación de Apple fue robado delante de sus narices (e incluso casi con su consentimiento) a Xerox, los verdaderos desarrolladores de avances tecnológicos tales como el ratón o el entorno gráfico de trabajo. Gates le dice que a qué viene quejarse tanto si, en última instancia, lo único que ha hecho es lo que Jobs hizo previamente: aprovecharse de la confianza de otros para robarles sus ideas.

Esos pequeños detalles salvan la película de caer en la hagiografía de Steve Jobs, camino por el que se mueve peligrosamente, sobre todo al principio, con la voz en off de Wozniak loando sus virtudes de visionario y de hombre espiritual y de temperamento artístico. Al final, vemos que tanto Jobs como Gates son gigantes con los pies de barro y, desde luego, no son tipos a los que les prestaría nada que yo considerase importante. En el fondo, la diferencia entre los dos, si uno lee entre líneas en la película, es una simple diferencia de estilo, de savoir faire, que dicen los franceses. Y en cierto modo (no sé si deliberadamente o sin pretenderlo) está muy bien representada en la apariencia de ambos magnates en la pantalla: mientras que Jobs tiene pinta de millonario excéntrico enrolladete y que además está en la onda, Gates parece un individuo rancio, descuidado y carente del menor sentido de la moda. Por lo que he podido ver del segundo, eso no está muy alejado de la realidad.

Hay otro momento en la película que resulta impagable. Cuando Gates va a negociar con IBM para venderles la moto de que ellos pueden ofrecerles el sistema operativo que sus máquinas necesitan (sistema operativo que terminan comprando por 50.000 dólares a un tercero, por cierto, porque en aquel entonces Microsoft no tenía nada parecido). Gates insiste en no venderles el software, sino sólo licenciárselo a IBM, y además quiere reservarse el derecho a licenciarlo también a cualquier otra empresa. Los ejecutivos de IBM, con una visión de futuro escalofriante, responden: “Sí, vale, no pasa nada, el beneficio está en las máquinas, no en los programas”. Cómo debe estar riéndose todavía Bill Gates, Dios mío, casi tanto como George Lucas cuando insistió en tener el control del merchandising de Star Wars y los ejecutivos del estudio se miraron entre sí, se preguntaron de qué demonios les estaba hablando aquel tipo y le dijeron que no había ningún problema.

De estas pequeñas cosas se hacen las grandes fortunas, parece ser.

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