Here lies one whose name was writ in water
-Epitafio en la tumba de John Keats

Archivo de Marzo, 2007

De acá para allá

Viernes, Marzo 30th, 2007 Pertenece a Mi misma mismidad, Núcleo | Sin comentar »

Estaba leyendo uno de estos días el análisis que Fernando Ángel Moreno hace de Los inmortales (Highlander) en su columna de Bibliópolis, crítica en la red. Leer el artículo me trajo a la memoria la primera vez que vi la película y el modo en que me deslumbró; y también cómo, en sucesivos revisionados, fue perdiendo poco a poco la mayoría de su encanto. De hecho, la conclusión a la que llegué al final no es muy distinta de la que alcanza Fernando Ángel: de la película merecen la pena las secuencias desarrolladas en Escocia y el montaje de transición entre los flashbacks y la acción en presente. Y poco más.

Y, claro, pensar en los flashbacks, me ha llevado inevitablemente a preguntarme por mi propia predilección por esa técnica. Hace mucho que la uso y, de un modo u otro siempre está presente en la mayoría de mis novelas. De hecho, en algunos casos (El sueño del rey rojo o La sonrisa del gato podrían ser buenos ejemplos de ello) el grueso de la trama está narrado en un flashback: cuando la novela empieza, la historia está llegando al final, y un personaje va recordando lo que ha ocurrido para llegar hasta allí mientras, al mismo tiempo, los acontecimientos van llegando a su conclusión.

Es un modo de narrar las cosas que me gusta. Que, además, me permite ahorrarme buena parte de los engorros que a veces causa contar las cosas en un estricto orden cronológico. Los flashbacks, bien incorporados, permiten mejor las elipsis narrativas que la narración lineal.

Siempre había pensado que mi predilección por esta técnica venía de Isaac Asimov. El buen doctor la usa, abundantemente, en El fin de la Eternidad y yo estaba convencido de que de ahí arrancaba mi gusto por narrar los acontecimientos de ese modo.

Otras veces me ponía pedante conmigo mismo y me decía que no, que venía de más atrás, de la época en que, siendo niño, leí La Odisea: Homero —o quien demonios la compusiese— inicia la acción cuando la historia va por la mitad (con Telémaco, si no recuerdo mal, saliendo a buscar a su padre merced a unas cuantas triquiñuelas de Atenea) y sólo muy avanzada la historia, Ulises recuerda todo lo que ha pasado para llegar hasta allí (incluyendo, por cierto, el famoso caballo de madera que nunca estuvo presente en La Iliada, pese al pensamiento general al respecto).

Y ahora, pensándolo bien, quizá el detonante no fuera ninguno de los dos. Ni Asimov ni Homero (ni Homer Simpson, ya que estamos en ello… perdón por el horripilante chiste) a pesar de que leí la obra de ambos siendo bastante joven y en los dos casos —de formas muy distintas, lógicamente— me marcaron con fuerza. Quizá lo que acabó de dar la puntilla, de hacer que las piezas encajasen en mi mente fuera, precisamente, Los inmortales.

Porque, si lo pensamos un poco, la película funciona en un primer visionado gracias precisamente a que no está narrada de un modo lineal. Es sobre todo su montaje a base de flashbacks lo que hace que el espectador permanezca interesado en la historia (de ahí quizá esos dos flashbacks no desarrollados en Escocia —el del siglo XVIII y el de la Segunda Guerra Mundial— que no aportan gran cosa a la trama, pero sí que ayudan al ritmo narrativo). Si contásemos la película cronológicamente, el público empezaría a bostezar en cuanto llegásemos a la época actual y es muy probable que se durmiese más o menos hacia el momento en el que el Kurgan rapta a la pavisosa de la forense.

Y quizá esto que ahora estoy desarrollando de un modo explícito y consciente se quedó grabado de forma inconsciente en mi cabeza. Tal vez me di cuenta sin darme cuenta de que la película funcionaba gracias a su modo de ser narrada y fue eso lo que (unido a que algunos de los autores que me gustaban usasen esa técnica) hizo que empezara a contar las cosas de ese modo cuando escribía.

Claro, todo esto es un montón de “quizás”, “puede que”, “es posible” y “a lo mejor”. Supongo que es imposible saberlo realmente. Sí que es cierto que, con los años, narrar en flashback se ha convertido en una costumbre, hasta el extremo de que es, tal vez, una de mis marcas de fábrica como escritor más reconocibles. Y también lo es que Los inmortales (antes de que visionados sucesivos con un ojo un poco más crítico y menos deslumbrado que la primera vez la redujeran a su verdadera estatura de peliculita que sólo funciona a medias) fue uno de mis films favoritos durante algunos años.

Puede que no haya relación entre ambas cosas. O puede que sí. De ser lo segundo sería un tanto irónico. Después de todo este tiempo de denostar la filmografía de “El Bizco” (como siempre he llamado a Cristopher Lamber) ahora va a resultar que una de mis principales características como escritor es culpa suya.

Tendría su gracia.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
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Crónicas del enano cabezón: prolegómenos

Miércoles, Marzo 28th, 2007 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 13 comentarios »

Corría el entonces tan temido año 2000.

Con el apoyo de la Semana Negra de Gijón, un grupo de frikis asturianos preparábamos la HispaCon de ese año, que llevaría como subtítulo “AsturCon” y que sería el origen de lo que, algunos años más tarde, acabaría asentándose como un encuentro anual de aficionados al fantástico dentro de la Semana Negra.

Y yo me debatía entre dos opiniones dispares.

Muchas de las personas que me rodeaban, incluyendo mi pareja por aquel entonces, Marisa Cuesta, eran fans incondicionales de la serie de Miles Vorkosigan, escrita por Lois McMaster Bujold. Se lo pasaban de miedo con sus novelas, las encontraban sumamente entretenidas, muy divertidas y tan adictivas que terminaban hablando de los personajes como si fueran parientes cercanos. En ocasiones, de hecho, llegué a preguntarme si “el primo Iván” del que tanto hablaba Sergio Iglesias sería alguien de su familia.

Otras personas, cuyo criterio yo solía encontrar acertado por lo general, opinaban sin embargo que las novelas de Bujold rozaban la incompetencia y estaban escritas en un estilo plano y carente de interés. Por si fuera poco, pertenecían a ese tipo de obras literarias cuyo protagonista es un superdotado que lo tiene todo en contra y termina siempre venciendo contra fuerzas abrumadoramente superiores. Típica lectura consoladora y auto-afirmadora de un adolescente acomplejado, vaya. Eran varios quienes así lo pensaban y varias de las críticas que salieron en Gigamesh por aquella época iban en esa misma onda. Especialmente crispada resultó una escrita por José Miguel Pallarés donde el crítico, no contento con darle caña a la obra criticada, se metía en terrenos un tanto peligrosos al entrar a valorar el nivel intelectual de los lectores que disfrutaban con aquellas novelas.

Yo no opinaba. No había leído nada de Lois McMaster Bujold, excepto una novela que en su momento no me había resultado demasiado memorable sobre la construcción de un ascensor espacial y cuyo título era En caída libre. Así que, en medio de la polémica, me mantenía más o menos al margen.

O quizá no del todo. Porque aquellas personas que me rodeaban (y que aún me rodean, casi todos los viernes, ya que estamos) no me parecían precisamente unos descerebrados carentes de gusto o unos pobres adolescente pajilleros que necesitasen literatura masturbatoria para su ego dañado.

Así que digamos que las opiniones negativas al respecto (por más que en general respetase el criterio de quienes las mantenían, como he dicho) las tomaba con muchos peros y no menos pinzas. Algo a tener en cuenta, sin duda, pero que estaría en reserva hasta que hubiera decidido por mí mismo.

Confieso que me hice de rogar.

Durante bastante tiempo, a mi alrededor se hablaba de la serie de Vorkosigan con bastante frecuencia, ya fuera a favor o en contra. Y yo seguía sin haber leído nada de la serie y sin tomar partido por ninguna de las partes y, lo confieso, disfrutando de esa sensación de mirar hacia ambos bandos sin sentirme parte de ninguno.

Hasta que un día, como contaré con más detalle en otra ocasión, me puse a ojear Fronteras del infinito y me leí, casi sin darme cuenta “Las montañas de la aflicción”. No diré que caí rendido a los pies de la autora, pero sí que lo que leí me interesó lo bastante para querer leer más.

¿Por qué lo hice? Supongo que conocer a la autora tuvo algo que ver. Lois McMaster Bujold fue una de las invitadas a la HispaCon del 2000 de la que antes hablaba y me pareció una persona inteligente y con la cabeza bien amueblada, lo que enseguida me despertó la curiosidad sobre su obra.

No me pareció, desde luego, que la historia estuviera narrada con incompetencia: con sencillez, sí, pero con eficacia. El relato era interesante y planteaba varias cuestiones espinosas y las resolvía con habilidad.

Así que me leí las dos novelas cortas que completaban el volumen.

Y luego decidí que lo mejor era empezar por el principio. El aprendiz de guerrero pronto dio paso a El juego de los Vor; y éste a Cetaganda. Luego, llegaron las dos novelas del hermano-clon de Vorkosigan, Hermanos de armas y Danza de espejos. Y luego, Recuerdos, la novela donde la serie cambiaba repentinamente de rumbo y se dirigía hacia lugares desconocidos que acabaron siendo la comedia de costumbres que asoma allí y en Komarr y predomina en Una campaña civil. Inmunidad diplomática sería el último alto en el camino.

Más o menos.

Porque después llegaron las dos novelas de los padres de Miles Vorkosigan, Fragmentos de honor y Barrayar, si bien el orden en el que las leí fue justo el contrario, merced a la forma caótica en que fueron publicados los libros en nuestro país.

A aquellas alturas resultaba evidente que mi opinión no coincidía con la de los detractores de la serie. Es concebible que tras no gustarme la primera novela, aún pensara en darle una oportunidad a la siguiente, pero no a las diez restantes. Mi amigo Chus Parrado tiene la costumbre de ir al cine a ver películas que sabe que no le van a gustar (y bien que se lo pasa después dándoles caña) pero en general yo prefiero gastar mi tiempo y mi dinero en cosas que me resulten satisfactorias.

Evidentemente, no me parecieron joyas literarias inigualables, obras maestras irrepetibles. Pero eran novelas tremendamente entretenidas, muy amenas, enormemente divertidas y con una galería de personajes que enseguida se hacían entrañables al lector. Entretenimiento en estado puro, sin complejos y sin tener que pedir disculpas por ello. Supongo que justo lo que pretendía la autora.

¿A qué venía tanto revuelo en contra, entonces?, me pregunté en su momento. Vale, podía entender que alguien le pareciera literatura de consumo rápido y no la considerase trascendente. Pero el problema era que, por lo general, el aire que adoptaban los detractores de la serie era de dignidad ofendida, casi diría que de honor agraviado: estaban realmente enfadados de que aquello se publicara y se leyera; incluso parecían horrorizados ante la sola idea de que, desde fuera, alguien pudiera interpretar que toda la ciencia ficción era como la saga de Vorkosigan. Qué espanto: tantos años luchando por darle dignidad al género, por convencer a los demás que no es una cosa de marcianitos para adolescentes y resulta que ahora lo que se vende y acapara premios es precisamente esa… “cosa”. Así nunca conseguiríamos salir del gueto.

Supongo que algo así pasaba por la cabeza de sus detractores, al menos de aquellos que se molestaron en exponer sus ideas en público. Eso, unido al hecho de que muchos fueron siempre incapaces de captar el sentido del humor, la autoironía a veces hiriente que impregna toda la serie, sin duda convirtió la obra de Lois McMaster Bujold en anatema para ellos. Era justo el tipo de ciencia ficción que había que evitar, si queríamos darle un mínimo de dignidad al asunto y que los de fuera nos respetasen.

Bueno, me temo que la respetabilidad nunca ha sido una de mis metas (bueno, vale, cuando era muy joven, tal vez, pero no se me puede tener en cuenta), así que todos aquellos miedos cargados de esnobismo me parecían y me siguen pareciendo bastante ridículos. Nunca me ha importado comentar públicamente mi gusto por la saga de Vorkosigan y, en su momento, hasta conseguí incluir una crítica positiva de una de las novelas en la revista Gigamesh. He de decir, para ser justos, que totalmente apoyado por el director de la publicación, Julián Díez, pese a su rechazo personal hacia la obra que comentaba.

En cualquier caso, todo esto es lo que nos ha traído hasta aquí. Básicamente el hecho de que hace tiempo que me apetece escribir algo sobre la saga de Miles Vorkosigan, al que yo siempre he llamado (con ese afecto un poco bestia y no muy políticamente correcto que a veces nos caracteriza a los asturianos) “ese enano cabezón”.

No será, me temo, un análisis muy al uso. Iré haciendo las cosas a mi aire y deteniéndome allí donde me plazca. En realidad, la idea es hacer más una crónica de mi relación con la serie que de la serie en sí, así que es probable que ni siquiera respete el orden cronológico interno de la saga, o me pare a comentar todas las novelas.

Ya veremos adónde nos lleva.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
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Exhumando: 1984-1989

Lunes, Marzo 26th, 2007 Pertenece a Exhumando, Mi misma mismidad | Sin comentar »

Una cosa lleva a la otra, como se suele decir.

Acabo de escribir una entrada para mi blog donde hablo de mi fastidio por haber dejado de escribir relatos cortos y aprovecho (como no podía ser menos) para repasar un poco mi historia personal como escritor.

Eso me ha llevado a escudriñar aquí y allá por mis archivos. No, no se trata de ninguna sala polvorienta llena de grandes estantes hasta donde alcanza la vista; ni tampoco se guardan en ella el Arca de la Alianza o la cura para el cáncer negro de origen extraterreste. En realidad, lo que he hecho es revisar mi disco duro, concretamente las carpetas donde guardo lo que escribo, y repasar alguna cosilla por aquí y por allá.

No conservo digitalmente todo lo que he escrito. De hecho, buena parte de lo que escribí en los primeros años no se conserva de ninguna manera. Diría además que por suerte.

Lo primero que hay en mi disco duro es un cuento de 1984 titulado “Tiempo pasado”. De lo anterior, conservo alguna cosa, pocas, en papel y el resto se ha perdido. Como he dicho, por suerte.

Respecto a ese cuento, no lo encontraréis publicado en parte alguna. Ni está en ninguno de los fanzines y revistas donde aparecieron originalmente la mayoría de mis relatos ni en las dos antologías (Callejones sin salida y Laberinto de espejos) que recogen la mayor parte de mi narrativa breve. El cuento jamás se publicó.

No es gran cosa. En cierto modo, lo conservo por pura nostalgia. Es uno de los primeros cuentos ambientados en Drímar que escribí (una vez pasado lo que podríamos calificar de proceso embrionario del universo) y se desarrolla durante los primeros años de su cronología: finales del siglo XX, más o menos. Aparte de eso, no tiene demasiado interés.

Con un salto de dos años me encuentro con “El robot”, mi homenaje asimoviano y la única historia de Roy Córdal que ha sobrevivido al tiempo. Luego, ya en 1987, están “Encerrada” y otro cuento inédito ambientado en Drímar: “En el feudo”, desarrollado en la época de El Solitario. No, tampoco ha sido publicado nunca ni es gran cosa.

¿Es que entre 1984 y 1987 sólo escribí cuatro cuentos? Para nada. Escribí, que recuerde, al menos tres o cuatro novelas, y muchos más relatos cortos. Simplemente, nada de ese material ha sobrevivido. O, en cierta forma, sí lo ha hecho: parte de él ha permanecido en mi memoria y allí se ha quedado, girando y enroscándose, cambiando y mezclándose con otras cosas. Al final, algo de ese material ha terminado saliendo a la luz en obras muy posteriores. Pero ya hablaremos de eso.

Descubro con sorpresa que no tengo nada de 1985. ¿Es que no escribí nada en ese año? No creo que fuera así. Desde que, en 1977 escribí una cosa llamada Un terrestre en Krándor V (y que aún existe, mecanografiada y encuadernada por mis padres, que son unos benditos) no recuerdo que haya pasado un solo año sin escribir algo, lo que fuese: cuentos, novelas, poemas, artículos… a menudo sólo inicios de cuentos o de novelas que no llegué a terminar. Pero siempre he estado escribiendo. Así que la idea de un año entero sin nada que saliera de mis dedos me resulta poco creíble.

Seguro que escribí algo en 1985. Simplemente, no ha sobrevivido y ya no recuerdo qué era. Quizá, quien sabe, mi novela sobre El Solitario, o mi novela de fantasía, que jamás terminé, Hijo del Halcón, o incluso aquella trilogía de space operaEl centro de la Galaxia, se llamaba—, todas ellas tecleadas en mi Amstrad CPC 6128. Sé que eso pasó en los ochenta, pero no en qué año. Así que bien pudo haber sido aquél. Por cierto, que El centro de la Galaxia es un ejemplo perfecto de lo que comentaba antes: ya no existe, pero buena parte de sus ideas (modificadas, pero las mismas en lo básico) sirvieron de embrión para algunas tramas de “Los celos de Dios” y La sonrisa del gato.

En el año 1988 sólo aparece “Un agujero por donde se cuela la lluvia”, una de mis novelas cortas más extrañas. Fruto, en realidad, de un empaño de lectura de “novela experimental”: Rayuela, Tiempo de silencio, El otoño del Patriarca, Cinco horas con Mario y, para rematarlo todo, el Ulises de Joyce. Así que en “Un agujero por donde se cuela la lluvia” me paso todo el tiempo cambiando de técnica narrativa y jugando con el estilo y el desarrollo. Creo que Alejandro Salamanca aún me odia por haber escrito eso. Y sí, es cierto que a la novelita se le va la pinza más de una vez, pero la he ido repasando varias veces a lo largo de los años y aún me funciona. Y todavía me gustaría reeditarla algún día.

Apareció por primera vez en Kernel BEM, uno de los primeros fanzines electrónicos de los noventa. Y luego fue reeditada en Núcleo Ubik 2/3.

Y llegamos a 1989, seguramente mi año más prolífico de esa década y con el que, de momento, terminaré esta exhumación.

En el 89 tengo varios poemas, cinco cuentos y dos novelas cortas.

Los cuentos son “Más allá de la biblioteca”, “La carretera”, “Bajo la ciudad”, “Todo fluye” y “Oye, véndeme tu alma”. Las novelas cortas: “El alfabeto del carpintero” y “Las brujas y el sobrino del cazador”. Todo ese material se ha publicado y, en algunos casos, reeditado.

De hecho, creo que 1989 marca un punto de inflexión en el sentido de que prácticamente todo lo que escribí a partir de entonces pude publicarlo sin problemas. Hay excepciones, pero son contadas.

“El alfabeto del carpintero” y “La carretera” forman un tríptico temático (y en parte argumental) con “Un agujero por donde se cuela la lluvia”. De hecho, el hipotético libro que recogería los tres ya tiene título, El carpintero y la lluvia, y aún no desespero de encontrar editor para él algún día.

Además, salvo “Oye, véndeme tu alma”, el resto de las cosas que escribí aquel año transcurren en mi universo de Drímar, en distintos momentos de él. Es algo que se repetiría posteriormente: durante una época casi todo lo que salía de mis dedos acaba en Drímar, de un modo u otro.

En cuanto a los poemas, formaban un ciclo llamado Casino. Todo empezó con un poemita titulado “Póker” que escribí un poco por casualidad. Luego, se me ocurrió seguir jugando con metáforas relativas al juego. De ahí surgieron unos siete u ocho poemas que agrupé bajo ese título de Casino.

El año siguiente, 1990, no fue malo tampoco. Pero eso lo dejaremos para otra ocasión.

(to be continued)

© 2007, Rodolfo Martínez

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Memoria histórica

Domingo, Marzo 25th, 2007 Pertenece a A mi alrededor, El gobierno de la polis | 3 comentarios »

Supongo que, en realidad, la SGAE tiene los días contados.

Al fin y al cabo se supone que, como parte de la ley de memoria histórica, el gobierno pretende eliminar todos los símbolos franquistas, ¿no?

© 2007, Rodolfo Martínez

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Que dos años no es nada, que es febril la mirada…

Sábado, Marzo 24th, 2007 Pertenece a Mi misma mismidad, Núcleo | 5 comentarios »

Cómo pasa el tiempo.

Si parece que fue ayer.

© 2007, Rodolfo Martínez

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Desobediencia civil

Viernes, Marzo 23rd, 2007 Pertenece a A mi alrededor, El gobierno de la polis | 7 comentarios »

En los últimos tiempos, el nombre de Thomas Jefferson acude con facilidad a mi mente. Y a mi boca. Tanto, que me han acusado de mencionarlo invariablemente todos los viernes. Sin duda la acusación es un poco exagerada. Pero sólo un poco.

Cuando era más joven, entre el alboroto hormonal de la adolescencia, de vez en cuando conseguía tiempo para pensar. Y en esos momentos, cuando me planteaba mi actitud vital hacia ciertas cosas tendía a estar de acuerdo con ideas como aquella de “ojo por ojo y el mundo acabará ciego” y me definía a mí mismo como “pacifista”.

Me temo que la vida me ha llevado por otros derroteros, qué le vamos a hacer.

En nuestra sociedad hay una auténtica psicosis por deslegitimar la violencia como una herramienta adecuada para resolver una situación. Algo que me habría parecido razonable en mis años mozos, pero que ahora me resulta incomprensible.

¿Cuando alguien está decidido a ejercer la violencia sobre ti, es ilegítimo que tú uses la violencia para impedirlo?

¿Por qué?

¿Dónde está escrito que debes dejarte masacrar para demostrar tu superioridad moral?

Y sobre todo, ¿dónde está escrito que si te dejas masacrar eres superior moralmente? De hecho, como dijo una vez Asimov (se refería a la persecución de los judíos y tuvo que tener bastantes narices para decir eso, siendo judío él mismo): “que un pueblo sea oprimido por otro sólo indica que es más débil que su opresor, no que sea superior moralmente”.

Las prácticas de no-violencia y desobediencia pasiva pueden ser eficaces cuando tu oponente no está dispuesto a cruzar ciertas líneas de actuación. Pero cuando no es así, no sólo la salida lógica es resistirte y hacerle tanto daño como sea posible para evitar tu propio daño, sino que no hay nada malo, inmoral o negativo en ello. Si alguien te está apuntando a la cabeza con una pistola y dispuesto a apretar el gatillo, estás legitimado para hacer cuanto sea necesario para evitarlo, incluyendo volarle la cabeza de un tiro al contrario. Y no hay nada, al menos desde mi punto de vista, ni inmoral ni innoble en ello. Usar la violencia no te degrada necesariamente como ser humano. No es más que una herramienta, útil en determinadas circunstancias e inútil en otras. Del mismo modo que la resistencia pasiva puede ser útil en ciertas ocasiones y totalmente inútil en otras.

Todo esto me lleva de vuelta a Jefferson. Y a su pensamiento de que, cuando una forma de gobierno se vuelve inoperante, el pueblo tiene derecho a cambiarla por todos los medios necesarios.

Sí, Jefferson estaba haciendo apología de la rebelión armada. También estaba diciendo, sin decirlas, otras cuantas cosas.

Que, por ejemplo, lo que caracteriza a un sistema democrático no son unas cortes, un parlamento, unas elecciones y unos representantes electos. Lo que le da la naturaleza de democrático a un modo de gobierno no es nada de todo eso (ni siquiera me molestará en mencionar cuántas dictaduras ha habido con cortes, parlamento y elecciones), sino algo mucho más simple.

Que la soberanía reside en los ciudadanos. Que los gobernantes somos nosotros. Que el poder es nuestro.

No de los políticos, quien son simplemente un grupo de personas en quien hemos decidido delegar el poder y la autoridad que son nuestros por derecho. Y, del mismo modo en que hemos decidido delegarlo, podemos decidir quitárselo.

¿Cómo?

De cualquier forma que sea necesaria, digo yo.

“Poniendo tu voto en una urna”, me diréis vosotros.

A veces. Pero no tiene por qué ser siempre así.

Porque una de las motos que nos han vendido y que hemos comprado alegremente es que nuestra participación en el gobierno del lugar en el que vivimos se reduce a introducir una papeleta en una urna cada cierto tiempo. No sólo que eso es suficiente, sino que es lo máximo a lo que podemos aspirar. Que cualquier otro medio de expresar la soberanía popular es ilegítimo.

Y eso es mentira. Una de las mayores mentiras de este sistema que se califica de democrático y cada vez lo es menos.

Vivimos, en realidad, en un sistema oligárquico al servicio de un capitalismo cada vez más desenfrenado que ha adoptado las formas, los modos y las apariencias de una democracia. Y nos lo hemos creído. Y votamos, convencidos de que no podemos hacer nada más para cambiar las cosas. Que lo único que podemos hacer es echar del poder a su actual ocupante y rezar para que el siguiente sea un poco menos malo. Que no tenemos opciones. Que el sistema es así.

Pero lo que nos dice Jefferson es que el sistema puede cambiar. Que debe cambiar cuando ya no funciona. Y que los medios elegidos para cambiarlo son los que los verdaderos gobernantes, los ciudadanos, consideren necesarios, sean cuales sean.

Pueden ser las urnas, pero si las urnas tampoco funcionan, porque al final lo único que cambiamos es un testaferro por otro pero el amo que hay detrás sigue siendo el mismo, entonces podemos usar cualquier otro medio.

Hay otra frase, que nunca he estado seguro de que sea de Jefferson. Pero si no lo es, debería haberlo sido. Es ésta:

Los ciudadanos no deberían tener miedo de su gobierno. Es el gobierno quien tendría que tener miedo de sus ciudadanos.

Esa es, para mí, una de las esencias de un verdadero sistema democrático que funcione. Es el gobierno quien tendría que estar, literalmente, acojonado por la posibilidad de que la ciudadanía se mosquee porque en lugar de representarlos a ellos esté moviéndose por otros intereses y decida tomar cartas en el asunto y hacerles pagar por los abusos de poder, la corrupción y la mala utilización de las herramientas de gestión de un país.

El gobierno tendría que vivir en un estado de miedo perpetuo ante sus gobernados.

Y con razón.

* * *

¿A qué ha venido todo esto?, quizá os preguntéis.

Pues es curioso, porque en realidad a algo que parece una tontería. Si os lo cuento, seguro que pensaréis que estoy desorbitando las cosas.

Porque el detonante de lo que acabáis de leer ha sido el anuncio de las nuevas “canonizaciones” de la SGAE. Sí, el nuevo canon que quieren imponer (e impondrán, me temo) a cualquier cosa que almacene o transmita información. A nuestros cerebros, con el tiempo, no me extrañaría.

Y bueno, me diréis que es para estar mosqueado, pero no para lanzar una llamada a la rebelión armada y a derribar el gobierno y el actual modelo de estado por medio de la violencia. Al fin y al cabo, hasta tiene una solución sencilla: si vas a comprar algo sujeto a canon cómpralo en cualquier otro país de la Comunidad Europea que no imponga ese absurdo impuesto encubierto y mafioso. Ya está, muy fácil.

Sí, cierto.

Pero…

Pero es que no es más que otro mojón en el camino. Una nueva gota en el vaso. Otra pajita más sobre el lomo del camello.

Y el camino ya me empieza a parecer interminable. Y veo el vaso peligrosamente lleno. Y el camello me parece que se está empezando a cansar.

Recuerdo lo que no hace mucho hicieron los madrileños cuando su Ayuntamiento decidió extender la zona de parquímetros: empezaron a arrancarlos. Una iniciativa que en su momento me pareció estupenda. Un modo cojonudo de hacer frente a la indefensión en la que a menudo vivimos frente las decisiones abusivas que toma el estado. Pura desobediencia civil. El problema, claro, y con eso jugaba el Ayuntamiento, es que la gente terminó cansándose de arrancar parquímetros. Así que ahí están ahora, y los conductores pagan por aparcar.

Sí, la gente terminó cansándose. Y, seguramente, ante este nuevo abuso de la SGAE (que cada vez parece más un grupo mafioso recaudando su “tarifa de protección” entre los habitantes del barrio) la gente protestará un poco y luego seguirá a lo suyo. Y ante la siguiente arbitrariedad contra los ciudadanos, ya sea por parte del gobierno, o consentida por éste mientras un grupo privado recolecta a mansalva un dinero que no le pertenece, seguramente pasará lo mismo: una temporada de cabreo y a seguir con lo nuestro.

Pero…

La gente aguanta mientras, más o menos, las cosas sean soportables. Mientras de algún modo se las apañen para continuar con su vida. Mientras encuentren una válvula de escape.

Con eso juegan los gobiernos y el verdadero poder que hay detrás. Así que durante un tiempo la cosa funcionará. Podrán seguir ordeñándonos.

Pero llegará un día en que no.

No sé si hoy, mañana, el año que viene o dentro de un siglo.

Pero llegará. Porque si algo tiene el capitalismo desatado es que carece de freno. Que la cantinela de que se “autorregula” es otra de las grandes falacias que nos han querido vender: una vez suelto, el capitalismo sin control no tiene límites. ¿Recordáis la ley del espacio libre en un disco duro? No importa lo grande que sea, el disco duro siempre estará lleno a un 90% como mínimo. Pues el capitalismo sin control es algo parecido: no importa cuánto espacio haya, siempre intentará abarcar más y de devorar cuanto le rodea.

Incluso a sí mismo.

Y entonces, ese día en que el pan sea insuficiente y el circo ya no baste, quizá amanezcan políticos, o banqueros o promotores inmobiliarios o jerifaltes de la SGAE colgados de alguna farola.

Y, señores, no será un acto de vandalismo. No será algo horrible y reprobable ante lo que cualquier persona civilizada y habitante de un estado de derecho debería horrorizarse.

Será la ciudadanía enviando un mensaje sencillo y directo:

“Estamos hasta los cojones. Parad ya”.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
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Tarot

Miércoles, Marzo 21st, 2007 Pertenece a Cuentos, En carne y hueso | Sin comentar »

Rodolfo Martínez
Tarot
-Gigamesh 18, 1999.
-Fabricantes de sueños 2000 AEFCF, junio 2000.
-Mestizo, Semana Negra de Gijón, julio 2000.
-Kristal Hautsiak / Cristales rotos, Servicio editorial de la Universidad del País Vasco, 2003.
-Laberinto de espejos, Berenice, 2006

Como ya he comentado, a partir de 1996 deje casi por completo de escribir ciencia ficción y comencé a escribir un cierto tipo de fantasía que me atraía más: una fantasía ambientada aquí y ahora, en un ambiente urbano y lejos de tópicos medievales o bárbaros guerreros perpetuamente enfrentados con brujos de hosca mirada y peores intenciones.

El ejemplo más claro de ese tipo de fantasía son sin duda mis novelas El abismo te devuelve la mirada y Los sicarios del cielo, pero antes de la primera, y como una especie de experimento, había escrito una media docena de relatos que iban por el mismo camino.

“Tarot” fue uno de ellos, un cuento básicamente de atmósfera, algo que hasta entonces había intentado pocas veces y nunca con suficiente éxito: lo que importa en el relato no es tanto la historia como el ambiente, ese casino casi vacío, ese jugador anónimo de ademanes implacables, esas cartas que parecen como seres vivos. Creo que el resultado final fue bastante satisfactorio, y lo mismo debieron pensar los miembros del jurado del premio UPV de relato fantástico, que le concedieron el primer premio ex aequo en el año 1998 (que fue mi año de los premios compartidos, por cierto) por no mencionar a Julián Díez, editor de Gigamesh que decidió publicar “Tarot” en su número 18.

Desde entonces, se ha convertido en uno de mis cuentos más reeditados. Fue incluido en Fabricantes de sueños (la antología de la AEFCF que recopila “lo mejor del año”) en su selección del 2000. Ese mismo año, la Semana Negra de Gijón lo incluiría en Mestizo, una antología que pretendía ser una suerte de resumen de todas las ediciones del festival. La Universidad del País Vasco sacaría en 2003 el volumen Cristales rotos, donde recopilaba los ganadores del UPV de relato fantástico entre 1998 y 2002. Y, finalmente, lo incluí en mi segunda antología de cuentos, Laberinto de espejos.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
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Obra breve

Lunes, Marzo 19th, 2007 Pertenece a Mi misma mismidad, Pergeñando | 6 comentarios »

Si pienso un poco en los últimos años, casi me asusta. En 2001 uní “Los celos de Dios” y La sonrisa del gato dentro de una narrativa más amplia que acabé llamando Bifrost. En 2002 terminé por fin El sueño del rey rojo. Al año siguiente completé Los sicarios del cielo y corregí para su edición en Bibliópolis Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos. Escribí su continuación, Sherlock Holmes y las huellas del poeta, en 2004, el mismo año en que revisé y amplié El abismo te devuelve la mirada. En 2005, y para mi propia sorpresa, escribí una novela llamada Sondela ambientada en un escenario creado por mi amigo Sergio Iglesias; y al año siguiente me encontré en mi disco duro con Fieramente humano, una nueva novela de fantasía urbana ambientada en la misma ciudad, aunque algunos años después, que Los sicarios del cielo. Ahora, en 2007, acabo de terminar Sherlock Holmes y la Boca del Infierno.

Vamos, que he ido a novela por año, más o menos. Si me dedicara a escribir a tiempo completo, esto no tendría nada de particular. Pero, teniendo en cuenta que tengo que compaginar la literatura con mi trabajo de programador (por no mencionar que de vez en cuando aún mantengo algún atisbo de vida social), como que me asusta un poco.

En 1996, poco después de terminar El abismo te devuelve la mirada, comenzó un periodo de unos cuatro o cinco años durante los que mi producción se redujo bastante. La recuperación se inició más o menos en 1999, cuando me decidí a convertir El sueño del rey rojo en una novela, tras haberlo presentado al UPC como novela corta.

Lentamente mi ritmo de trabajo fue subiendo y allá por 2003 supongo que se estabilizó. Desde entonces (más allá de picos y valles ocasionales) no ha variado y se mantiene sin problemas. Así que no puedo evitar preguntarme hasta cuándo voy a poder seguir manteniendo el ritmo.

“Espero que por siempre”, me suelo contestar. Y sí, cruzo los dedos.

Por otro lado, este ritmo de una novela por año, más o menos, ha tenido sus consecuencias negativas. Y es el hecho de que ya no escribo relatos cortos. Si miro en mis archivos veo que escribí un cuento 2005 y otro en 2004, y ambos fueron encargos (uno para la revista Quo y otro para la Semana Negra). En realidad, el último cuento escrito por mi propia iniciativa es del año 2001. Y seis años es mucho tiempo, demasiado.

Escribir relatos cortos me gusta. Y también me cansa. Tiendo a escribirlos de una sentada y con un intensidad mucho mayor que una novela, evidentemente. Y me cuesta. Siempre me ha costado mucho encontrar una idea que funcionara bien como cuento, y cada día me cuesta más dar con el modo más adecuado de narrarlo, con el enfoque más apropiado para el relato. Si me pongo a pensarlo, el esfuerzo que requiere construir un cuento es muy superior, en términos relativos, al que me exige escribir una novela: si comparamos el tiempo y el esfuerzo empleados en la planificación con las páginas producidas, uno podría llegar a la conclusión de que no compensa.

Lo cual, por supuesto, es una tontería que no merece ni ser comentada.

Supongo que eso se debe a varios motivos. Pero en mi caso concreto, uno de ellos es el hecho de que tardé bastante en contemplar la idea de escribir relatos. Cuando empecé a escribir, allá por 1977 (sí, cuando los dinosaurios recorrían la Tierra persiguiendo a Raquel Welch, o poco tiempo después), ni se me pasó por la cabeza empezar por los cuentos: lo que salía de mis dedos eran novelas. Novelas deshidratadas, evidentemente, que no pasaban de treinta o cuarenta páginas: pero en intención, estructura y desarrollo eran novelas, no cuentos.

Lo cual es curioso, porque buena parte de mis lecturas por aquella época eran relatos. De hecho, lo primero que leí de ciencia ficción fue un cuento. No recuerdo su título aunque estaba incluido en una de aquellas selecciones de Bruguera tomadas de Fantasy & Science Fiction que recopilaba Carlo Frabetti: iba sobre un minero espacial que solicitaba un androide femenino para que le hiciera compañía. Al acabar la historia descubría que lo que le habían mandado era una mujer de verdad y eran felices y comían perdices y esas cosas. No recuerdo ni el título ni el autor, pero la historia no se me ha olvidado.

Como decía, buena parte de mis lecturas de aquella época eran relatos cortos, y sin embargo ni se me pasó por la cabeza escribirlos. Me lancé directamente a las novelas y pasaron al menos tres o cuatro años hasta que me planteé la idea de escribir un cuento.

Y, claro, no sabía cómo. Para entonces tenía cierta idea intuitiva de cómo enfrentarme a una novela, pero no de cómo plantear un cuento corto. Porque no se trataba de hacer lo mismo en menos páginas: enseguida me di cuenta de que el planteamiento era muy distinto, y la forma de enfrentarse al asunto tenía poco que ver.

Con el tiempo, supongo, fui aprendiendo a construirlos. Y, de hecho, fui escribiendo bastantes. Desde mediados de los ochenta a mediados de los noventa habré escrito unos treinta relatos cortos. La mayoría fueron apareciendo sin problemas en los fanzines de la época y unos cuantos han terminado pasando a mis dos antologías: Callejones sin salida y Laberinto de espejos. El motivo por el que durante una época me lancé a escribir cuentos y dejé un poco de lado las novelas (aunque nunca del todo) fue muy simple: en aquella época publicar relatos era relativamente fácil; hacerlo con una novela, casi imposible.

Así, los cuentos sirvieron para ir dándome a conocer en el mundillo de los aficionados a la literatura fantástica y, al mismo tiempo, me proporcionaron el rodaje necesario: fui aprendiendo a escribir relatos a medida que lo hacía y cada nuevo cuento me enseñaba cosas que aplicaba al siguiente. Algo que, desde el principio, me había pasado con las novelas, pero que hasta más o menos 1993 no empezó a sucederme con los relatos: esa fue mi época más fértil en el terreno de la narradita breve, sin duda, los años que van de 1993 a 1996; y creo que gran parte de mis mejores cuentos fueron escritos por aquella época.

Pero una vez que conseguí publicar mi primera novela, La sonrisa del gato, mi producción breve empezó a declinar. No se notó mucho al principio (tenía acumulado bastante material inédito) pero poco a poco fui escribiendo cada vez menos cuentos: uno, dos al año como mucho; y algunos años, ninguno.

Y así hemos llegado a la situación actual. No tengo problemas de bloqueo: las ideas se me ocurren con facilidad y pasarlas al papel no me resulta complicado, en general. Pero siempre son ideas para relatos largos, novelas cortas o, directamente, novelas. Encontrar una idea cuya resolución adecuada sea un cuento cada vez me es más difícil.

Por un lado, no me preocupa. Por el otro, me fastidia bastante. Escribir cuentos me gustaba, y mucho, a pesar de lo complicado que siempre me ha resultado (o quizá precisamente por eso, vete tú a saber), y me da cierta rabia no seguir haciéndolo.

“Pues hazlo”, me diréis. Sí, sin duda la solución al problema es esa.

Sólo que no es tan fácil. Hace tiempo que me ronda por la cabeza la idea de escribir un libro de cuentos ambientados en la ciudad anónima donde se desarrolla Los sicarios del cielo. Y si pienso en ello, me gustaría terminar algún día mi larga asociación con Sherlock Holmes escribiendo un libro de relatos cortos sobre el detective.

Ambas ideas están ahí, me persiguen y no se van de la cabeza. Y estoy seguro de que tarde o temprano (como siempre me ha pasado con las ideas que de verdad merecen la pena) encontraran su momento y cristalizarán.

Así que no debería preocuparme.

Y no lo estoy.

Pero… coño, mientras tanto me gustaría escribir algún cuento.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
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El “verdadero” Sherlock Holmes

Viernes, Marzo 16th, 2007 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | Sin comentar »

Es curioso que algunas de las más interesantes aportaciones a los mitos holmesianos procedan del mundo audiovisual. Películas como La vida privada de Sherlock Holmes, Asesinato por decreto o Sin pistas, o series de televisión como Murder rooms han sabido explorar con acierto los recovecos del personaje creado por Arthur Conan Doyle.

También tenemos novelas como Elemental, doctor Freud, de la que me temo que seguiré prefiriendo siempre su título original, esa Solución al siete por ciento menos sensacionalista y más adecuada. Su autor, Nicholas Meyer, además de crear otros dos pastiches holmesianos más, ha desarrollado el grueso de su carrera como guionista y director de cine.

Caso parecido es el de Mark Frost, conocido sobre todo como productor y guionista de televisión: autor de algunos de los más memorables episodios de Canción triste de Hill Street y creador, junto al estrambótico David Lynch, de ese Twin Peaks que revolucionó la televisión de su tiempo y que, aún hoy, sigue dejando asomar su influencia. No es descabellado pensar que la eclosión de creatividad televisiva en la que vivimos tiene como uno de sus puntos de partida la serie de Frost y Lynch.

En La lista de los siete, Mark Frost abandona su territorio televisivo habitual y nos ofrece una novela ambientada en la era victoriana, en la que un joven Arthur Conan Doyle terminará por encontrar, sin saberlo, las claves para crear el que será su personaje más famoso; tanto que acabará eclipsando a su autor.

Frost construye una trama que gira alrededor del mundo ocultista de la época (con breves cameos de algunas celebridades de entonces, como madame Blavatsky) y en la que Conan Doyle se verá involucrado a su pesar. Ayudado por un enigmático agente al servicio de la Reina Victoria, será en ese personaje donde termine encontrando el modelo “real” para su detective de ficción. La novela está llena de momentos que cualquier aficionado holmesiano reconoce sin problemas y que bien pudieran ser el embrión de lo que luego serán hitos reconocibles en los mitos holmesianos: la enemistad entre Holmes y Moriarty, la muerte de ambos en Reichenbach, los sabuesos infernales, la misoginia, las fuerzas irregulares al servicio del detective, su enfrentamiento con la policía oficial, su maestría en el arte del disfraz… todo eso está en la novela de Frost quien, en una pirueta atrevida pero que funciona sin problemas, convierte las narraciones originales de Conan Doyle en un palimpsesto bajo el que se pueden leer los hechos “reales” que narra esta novela.

(Sherlock Holmes, por cierto, no es el único mito victoriano que surgirá de ahí. Una breve aparición de Bram Stoker y los acontecimientos de los que éste será testigo, nos remiten de forma directa a algunos de los momentos más emblemáticos de su Drácula: la abandonada abadía de Whitby, el barco que llega misteriosamente a la costa, los ataúdes que son descargados de él…)

Frost maneja la trama con buen ritmo y no concede descanso al lector, llevando a sus personajes de un lado para otro, peripecia tras peripecia, hasta un desenlace que se mantiene sin problemas a la altura de la historia narrada. La novela no decepciona en ningún momento, se lee de un tirón y la lectura en clave fantástica que permite (y a veces casi obliga) está introducida en la historia con naturalidad y sin estridencias.

No es, desde luego, un pastiche holmesiano; de hecho, su juego es exactamente el contrario. Mientras que éstos parten de la premisa de que Holmes fue un personaje real y el doctor Watson el cronista de su vida (dejando relegado a Conan Doyle al papel de simple editor de sus aventuras), aquí se asume el carácter ficticio del personaje y el juego se basa en mostrar a partir de quién y de qué modo Conan Doyle lo fue creando.

Frost no se ha prodigado mucho como novelista. Aparte de La lista de los siete, sólo ha escrito su continuación, El sexto mesías (publicada en nuestro país el pasado octubre), aunque parece haber encontrado un filón escribiendo libros sobre golf, especialmente The greatest game ever played, que ha sido trasladado al cine recientemente. Desde luego, es una pena. Su experiencia televisiva y cinematográfica hace que, sin duda, sus puntos fuertes sean los diálogos y la dosificación y el manejo del ritmo de la historia, pero tampoco se muestra ineficaz como narrador, llevando la trama con naturalidad y transparencia hacia donde quiere sin que nos chirríe en ningún momento y arrastrando de paso al lector con él.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
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El alfabeto del carpintero

Miércoles, Marzo 14th, 2007 Pertenece a En carne y hueso, Novelas cortas | Sin comentar »

Rodolfo Martínez
El alfabeto del carpintero
Espiral ciencia ficción, febrero 1998
DL: BI-302-1998

¿Cuándo hay que parar de corregir? En mi caso la respuesta no es única: a veces en la primera redacción, como hice con La sabiduría de los muertos, y a veces sólo cuando la novela vaya a ser publicada, que fue lo que sucedió con El alfabeto del carpintero.

La escribí por primera vez en 1989 y se la envié a Miquel Barceló, no tanto para que este la publicara (por aquel entonces en Nova aún no había españoles) como para que me aconsejara qué hacer con ella. También se la envié a Alejo Cuervo, aunque si aparecer en Nova lo consideraba difícil, más aún me lo parecía ser publicado en SuperFicción: Alejo tenía fama de paladar digamos “caprichoso”.

La novela no debió gustarle mucho: trató de ser diplomático y no herir mis sentimientos, pero noté con bastante claridad que no le parecía buena. La respuesta de Miquel fue algo más alentadora: me dijo que la novela tenía posibilidades y que, si le pegaba un buen pulido, quizá no fuera mala cosa presentarla al premio que por aquella época convocaba la editorial Ultramar.

Así lo hice y descubrí que era uno de los finalistas (también descubrí que sin duda habría acabo perdiendo ante El escondite, la primera versión de lo que luego sería El refugio de Aguilera y Redal). En cualquier caso, el premio no se falló jamás: una editorial francesa absorvió al grupo Salvat, del que Ultramar formaba parte, y cerró la colección de ciencia ficción, además de dejar el premio sin fallar.

La novela rondó por ahí unos años, con algunos ocasionales retoques. Luego, en el 96, me encontré con que no tenía nada que presentar al UPC de aquel año y se me ocurrió aligerar El alfabeto del carpintero de sus partes menos ágiles (fundamentalmente varias horripilantes secuencias de díalogo pretendidamente profundo y metafísico) y probar suerte con la nueva versión reducida.

No me fue mal del todo. Volví a quedar finalista y, además, por aquel entonces Juan José Aroz estaba sacando adelante una interesante colección de novela corta donde El alfabeto del carpintero podía encajar bastante bien. Se la envié, la aceptó y fue publicada en 1998.

En cierta manera, El alfabeto del carpintero marca un punto de inflexión en mi obra: es el primer relato largo en el que intenté construir unos personajes coherentes que le dieran sentido a la historia, en lugar de partir de una historia y buscar los personajes adecuados para ella. Por lo demás, es un buen muestrario de algunas de mis obsesiones personales. Temática y narrativamente está entroncada con mi relato “La carretera” y guarda también cierta relación con “Un agujero por donde se cuela la lluvia”, quizá mi obra más enloquecida, muy influida por Dick en lo temática y por un empacho de lectura “novela experimental” en lo estilístico.

Hace tiempo que juego con la idea de unir las tres narraciones en un solo volumen, que llevaría el título de El carpintero y la lluvia. Espero encontrar editor para él, tarde o temprano.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
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