Los celos de Dios

Rodolfo Martínez
Los celos de Dios
Quaderns de la UPCF #5
UPC, Barcelona, 1997
D.L.: B-42.931-97

Algunas de mis obras parecen destinadas a no ver nunca la luz. Luego, cuando menos te lo esperas resucitan y te las encuentras entre las manos. El resultado suele ser más bien incómodo.

Durante muchos años, me presenté al premio UPC, ya desde su primera convocatoria en 1991 (salvo en el 92 y el Servicio Militar tuvo algo que ver en el asunto) y en el 93 quedé entre los finalistas con “Los celos de Dios”, la historia de un robot en busca de su propia identidad y del monje que investiga esa historia. Aquel mismo año Miquel Barceló había iniciado la publicación de los QUADERNS DE LA UPCF, donde pretendía dar salida a todas aquellas novelas presentadas al premio que no habían ganado pero merecían ser publicadas. Quiso incluir “Los celos de Dios” en la colección y a mí me pareció una idea estupenda.

El destino quiso que no resultara tan fácil. Un cambio administrativo en la Universidad Politécnica de Cataluña dejo sin presupuesto a los QUADERNS y tras varios meses de retraso, supuse que la colección ya no seguiría adelante.

Los años fueron pasando y casi había olvidado el asunto. Reciclé parte de la historia para La sonrisa del gato: el dios robótico, la orden de fanáticos religiosos que lo servía. Y llevaba un tiempo dándole vueltas a la posibilidad de volver sobre la novela y escribirla de nuevo.

Para mi sorpresa durante todo aquel tiempo, Miquel no se olvidó de los QUADERNS, y en 1997 volvió a la carga, publicando entre otras cosas “Los celos de Dios”.

Al igual que me pasó con Las brujas y el sobrino del cazador, me sentí incómodo ante aquel hijo que resucitaba de repente. Los años habían pasado sobre él: creía aún en la historia y en la estructura de flashbacks que había elegido para contarla, pero el resultado final tenía varios puntos débiles y el menor de todos ellos no era que la supuesta revelación final empezara a resultar claramente visible hacia la mitad de la historia. Por otra parte, el único personaje definido con cierta claridad en toda la novela era el propio robot, y eso hacía que la peripecia vital del monje que lo investigaba no resultase demasiado atractiva para el lector.

Otra vez tenía entre manos lo que debía haber sido un primer paso convertido en una nota a pie de página algo molesta.

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