La ceremonia de la confusión

Parece ser, han dicho por ahí, no estoy muy seguro ahora mismo si desde el gobierno del País Vasco o desde la cúpula del PNV, que el señor Ibarretxe “no es un ciudadano más” en relación a haber sido citado para declarar frente al Tribunal Superior de Justicia del País Vasco. O sea, hemos de entender que el señor Ibarretxe, supongo que su condición de presidente de una comunidad autónoma (no, no he dicho Lehendakari; entre otras cosas, porque cuando hablo en castellano no tengo por costumbre hablar del “Prime Minister Blair” o del “President Bush”), está por encima de la ley. A él esas zarandajas no se le aplican. Curioso porque una de las cosas que me gustan de vivir en un estado de derecho es precisamente la garantía de que, ante la ley, todos somos iguales, seamos porteras o millonarios, parados o banqueros. Vale que luego, a la hora de la verdad, los poderosos tienen formas de evitar esa igualdad que nos garantiza la Constitución. Pero, coño, por lo menos no alardeen de ello, señores.

Pero no, para qué andarnos con chorradas. Ibarretetxe (o cuando menos sus sicarios y machacas) reclaman como derecho evidente para cualquiera que no sea imbécil el que el presidente de Euzkadi no sea “un ciudadano más”, que a él las leyes del estado no se le apliquen y que, si decide infringir alguna, no tenga por qué rendir cuentas por ello. Porque lo contrario, evidentemente, sería un ataque a las instituciones vascas, como se han apresurado a vocear una y otra vez en los últimos días.

Por otro lado, Montilla, presidente del gobierno autonómico de Cataluña (no, no he dicho Generalitat de Catalunya; entre otras cosas porque cuando hablo en castellano no tengo costumbre de hablar de los “United States of America” o de la “Bundesrepublik Deutschland”) se ha tomado a mal que Gas Natural se haya retirado de la OPA de ENDESA. No sólo mal, sino que ha afirmado que tras todo el asunto había “una operación contra Cataluña”, en la mejor tradición de otro presidente de la misma Comunidad Autónoma; ya sabéis, aquel que se envolvía en la bandera catalana (y no, no he dicho “senyera”; entre otras cosas porque cuando hablo en castellano no tengo por costumbre hablar de la “flag” americana o la “drapeau” francesa) y la usaba como escudo cada vez que se ponía en duda la legalidad o limpieza de algunas de sus actividades. Atacarlo a él era atacar a las instituciones catalanas.

Montilla parece haberse quedado con la copla y la usa ahora, convirtiendo una cuestión que, en principio, sólo debería interesar a los accionistas de las empresas involucradas en una cuestión de estado. Sus declaraciones, por otro lado, suenan mucho a rabieta, a niño que se enfada porque se le va un pastel que ya creía garantizado en su mesa. Bien es cierto que la cuestión de la OPA a ENDESA ha estado politizada desde el comienzo por parte del propio gobierno español, así que supongo que Montilla se ha limitado a seguir en esa línea y, de paso, aprovechar algunas de las estrategias de alguno de los que lo precedieron en el cargo que ahora ocupa.

No son casos aislados, por desgracia. Los he mencionado porque son recientes y los he oído estos días en la radio. Y sobre todo, porque me han traído a la memoria algo que pude contemplar mientras volvía a ver Babylon 5 durante las semanas pasadas.

Hay un momento en que el capitán Sheridan tiene que explicar un par de cosas a un grupo de cabezas cuadradas que se embarcan alegremente en el fascismo (los miembros de la Guardia de la Noche, para los que hayan visto la serie) y que están decididos a detener a un comerciante que vende pegatinas injuriosas para el presidente de la Tierra. Para ellos eso es un comportamiento desleal, traicionero, está atacando las más sacrosantas instituciones del planeta. Sheridan se limita a decir:

—Hay que aprender a distinguir entre un cargo y la persona que lo ocupa.

Sencillo, directo y cierto. Claro que esa distinción no les conviene a los políticos. Para ellos, especialmente para algunos, es fundamental la identificación en la mente de los gobernados entre la persona y el cargo. Mejor aún incluso, entre la persona y el país, territorio, nación o estado al que representa el cargo. De este modo, cualquier ataque contra el individuo podrá ser interpretado como un ataque al país, territorio, nación o estado.

¿Hay dudas sobre el comportamiento de este presidente, aquel gobernante o el otro primer ministro? Pues rápido, envolvamos al tipo en la bandera y vendamos rápidamente la moto de que a quien están atacando no es a la persona, sino a la nación. Va a haber unos cuantos que se compren esa moto; no nos engañemos, al fin y al cabo seguimos siendo monos territoriales y agresivos y, en cuantos nos agitan delante el trapo multicolor de la “raza”, “nación” o cualquier otro término con el que identifiquemos a nuestra tribu, nos lanzamos adelante sin pensar.

De este modo, vamos a tener garantizado un escudo de indignación humana que hará que los demás se lo piensen antes de volver a atacarnos. Ha funcionado en el pasado (Pujol llegó a convertir esa estrategia casi en un arte) así que por qué no va a funcionar en el futuro.

Lo peor de todo esto es que es cierto. Que funciona.

© 2007, Rodolfo Martínez

6 comentarios

  1. Pues fíjate tú que no estoy de acuerdo del todo con el inicio de tu post.

    Ibarretxe no debería ser tratado igual que un banquero o una portera. Ibarretxe tiene unas herramientas a su disposición que los demás no tienen (ni siquiera los banqueros, y desde luego mucho menos las porteras). Tiene una responsabilidad -derivada de su cargo representativo e institucional- que los demás no tienen. Tiene una capacidad de consulta y una capacidad de asesoramiento que los demás no tienen. Y si el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento a los ciudadanos de a pie, a aquellos con capacidad de legislar y la obligación de hacerla cumplir debería suponerles un agravante.

    Otra cosa es que la ley sea más o menos acertada. Ahí entraríamos en otra clase de debate. El asunto candente ahora mismo, entiendo, es que a mi hay unas cuantas normas legales que además de no gustarme me parecen absurdas, y sin embargo me jodo y las cumplo, y como yo millones de ciudadanos, cada uno con sus leyes preferidas que nunca hubieran debido ser promulgadas y que sin embargo respetamos.
    Por la cuenta que nos trae y porque además la otra opción, vivir en una sociedad sin leyes, sería bastante más chunga.

    En suma, que cualquier cargo político hallado culpable de falta o delito debería ser más castigado que ningún ciudadano común. Incuidos los agravantes de nocturnidad y alevosía. Y por supuesto, con cumplimiento íntegro de las penas.

  2. Vaya, no soy el único revisionando Babylon 5, la semana pasada vi ese episodio precisamente.

    Y sí, funciona, esa es la base de estos partidos nacionalistas.

  3. Pues mira, Skala, por una vez tengo que darte la razón (y jode, pero menos de lo que pensaba). Igual que un policía que delinque, o un sacerdote que peca, los políticos (sobre todo los que ocupan un cargo público) son más “culpables” por decirlo así que los ciudadanos comunes cuando se saltan las normas y deciden que a ellos las leyes no se les aplican.

  4. Y sí, Enhiro, estoy en pleno “empacho” de Babylon. De hecho, ahora voy por la mitad del quinta temporada.

  5. Pero, hombre, no hay que dar explicaciones por no llamar a Ibarretxe “lehendakari”. Él mismo se llama “el presidente de este país”.

  6. Por un momento pensé que ibas a decir “de este nuestro país” y a mi mente estuvo a punto de asomarse una imagen totalmente surrealista: Ibarretxe haciendo de Juan Cuesta en “Aquí no hay quien viva”.

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