Here lies one whose name was writ in water
-Epitafio en la tumba de John Keats

Archivo de Febrero 2nd, 2007

La ceremonia de la confusión

Viernes, Febrero 2nd, 2007 Pertenece a A mi alrededor, El gobierno de la polis | 6 comentarios »

Parece ser, han dicho por ahí, no estoy muy seguro ahora mismo si desde el gobierno del País Vasco o desde la cúpula del PNV, que el señor Ibarretxe “no es un ciudadano más” en relación a haber sido citado para declarar frente al Tribunal Superior de Justicia del País Vasco. O sea, hemos de entender que el señor Ibarretxe, supongo que su condición de presidente de una comunidad autónoma (no, no he dicho Lehendakari; entre otras cosas, porque cuando hablo en castellano no tengo por costumbre hablar del “Prime Minister Blair” o del “President Bush”), está por encima de la ley. A él esas zarandajas no se le aplican. Curioso porque una de las cosas que me gustan de vivir en un estado de derecho es precisamente la garantía de que, ante la ley, todos somos iguales, seamos porteras o millonarios, parados o banqueros. Vale que luego, a la hora de la verdad, los poderosos tienen formas de evitar esa igualdad que nos garantiza la Constitución. Pero, coño, por lo menos no alardeen de ello, señores.

Pero no, para qué andarnos con chorradas. Ibarretetxe (o cuando menos sus sicarios y machacas) reclaman como derecho evidente para cualquiera que no sea imbécil el que el presidente de Euzkadi no sea “un ciudadano más”, que a él las leyes del estado no se le apliquen y que, si decide infringir alguna, no tenga por qué rendir cuentas por ello. Porque lo contrario, evidentemente, sería un ataque a las instituciones vascas, como se han apresurado a vocear una y otra vez en los últimos días.

Por otro lado, Montilla, presidente del gobierno autonómico de Cataluña (no, no he dicho Generalitat de Catalunya; entre otras cosas porque cuando hablo en castellano no tengo costumbre de hablar de los “United States of America” o de la “Bundesrepublik Deutschland”) se ha tomado a mal que Gas Natural se haya retirado de la OPA de ENDESA. No sólo mal, sino que ha afirmado que tras todo el asunto había “una operación contra Cataluña”, en la mejor tradición de otro presidente de la misma Comunidad Autónoma; ya sabéis, aquel que se envolvía en la bandera catalana (y no, no he dicho “senyera”; entre otras cosas porque cuando hablo en castellano no tengo por costumbre hablar de la “flag” americana o la “drapeau” francesa) y la usaba como escudo cada vez que se ponía en duda la legalidad o limpieza de algunas de sus actividades. Atacarlo a él era atacar a las instituciones catalanas.

Montilla parece haberse quedado con la copla y la usa ahora, convirtiendo una cuestión que, en principio, sólo debería interesar a los accionistas de las empresas involucradas en una cuestión de estado. Sus declaraciones, por otro lado, suenan mucho a rabieta, a niño que se enfada porque se le va un pastel que ya creía garantizado en su mesa. Bien es cierto que la cuestión de la OPA a ENDESA ha estado politizada desde el comienzo por parte del propio gobierno español, así que supongo que Montilla se ha limitado a seguir en esa línea y, de paso, aprovechar algunas de las estrategias de alguno de los que lo precedieron en el cargo que ahora ocupa.

No son casos aislados, por desgracia. Los he mencionado porque son recientes y los he oído estos días en la radio. Y sobre todo, porque me han traído a la memoria algo que pude contemplar mientras volvía a ver Babylon 5 durante las semanas pasadas.

Hay un momento en que el capitán Sheridan tiene que explicar un par de cosas a un grupo de cabezas cuadradas que se embarcan alegremente en el fascismo (los miembros de la Guardia de la Noche, para los que hayan visto la serie) y que están decididos a detener a un comerciante que vende pegatinas injuriosas para el presidente de la Tierra. Para ellos eso es un comportamiento desleal, traicionero, está atacando las más sacrosantas instituciones del planeta. Sheridan se limita a decir:

—Hay que aprender a distinguir entre un cargo y la persona que lo ocupa.

Sencillo, directo y cierto. Claro que esa distinción no les conviene a los políticos. Para ellos, especialmente para algunos, es fundamental la identificación en la mente de los gobernados entre la persona y el cargo. Mejor aún incluso, entre la persona y el país, territorio, nación o estado al que representa el cargo. De este modo, cualquier ataque contra el individuo podrá ser interpretado como un ataque al país, territorio, nación o estado.

¿Hay dudas sobre el comportamiento de este presidente, aquel gobernante o el otro primer ministro? Pues rápido, envolvamos al tipo en la bandera y vendamos rápidamente la moto de que a quien están atacando no es a la persona, sino a la nación. Va a haber unos cuantos que se compren esa moto; no nos engañemos, al fin y al cabo seguimos siendo monos territoriales y agresivos y, en cuantos nos agitan delante el trapo multicolor de la “raza”, “nación” o cualquier otro término con el que identifiquemos a nuestra tribu, nos lanzamos adelante sin pensar.

De este modo, vamos a tener garantizado un escudo de indignación humana que hará que los demás se lo piensen antes de volver a atacarnos. Ha funcionado en el pasado (Pujol llegó a convertir esa estrategia casi en un arte) así que por qué no va a funcionar en el futuro.

Lo peor de todo esto es que es cierto. Que funciona.

© 2007, Rodolfo Martínez

© 2007, Rodolfo Martínez
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