Tierra de Nadie: Jormungand

TIERRA DE NADIE: JORMUNGAND, Ediciones B, 1996Rodolfo Martínez
Tierra de Nadie: Jormungand
Ediciones B, Nova 86. Barcelona, mayo 1996
ISBN: 84-406-6381-1

De todas mis novelas, Tierra de Nadie: Jormungand, es la que ha tenido una travesía más accidentada. La comencé en 1991, lleno de entusiasmo y de ganas de demostrar todo cuanto sabía. Aún hoy es mi novela más ambiciosa de ciencia ficción y, en algunos aspectos, la que menos me convence. Finalicé la primera versión año y medio más tarde (si no contamos el pequeño hiato de la Mili, durante el que escribí muy poco) y entonces me encontré con un manuscito de más de trescientas páginas con el que no sabía qué hacer.

Decidí enviársela a Miquel Barceló cuando vi que este comenzaba a publicar autores españoles en Nova Ciencia Ficción. Mientras esperaba una respuesta por su parte (tardó en llegar, a Miquel la novela parecía gustarle, pero no terminaba de decidirse) volví sobre el manuscrito y lo sometí a algunos cambios: eliminé algunas secuencias, añadí otras nuevas, alteré el flujo cronológico de la historia…

Y mientras tanto, los años seguían pasando y la novela no acababa de ver la luz. Cuando parecía que Miquel iba a decidirse a publicarla, se interpuso en mi camino César Mallorquí y fui derrotado en los planes editoriales por su espléndido Círculo de Jericó. Creí que al año siguiente me ocurriría lo mismo con la recopilación de historias de Tierra Vaga de Enrique Lázaro (que, ya que estamos, algún editor debería molestarse en publicar de forma profesional: es una pena que nuestra fantasía autóctona más personal e intransferible se pierda y hoy en día casi no sea conocida por los aficionados al género) , pero no sé si por la publicación previa de La sonrisa del gato, o simplemente porque Miquel consideró que había llegado el momento, Tierra de Nadie: Jormungand fue publicada por fin en 1996.

Como he dicho, es en muchos aspectos mi obra más ambiciosa, pero también, para mí, la más insatisfactoria. Tenía demasiadas ganas de demostrar lo que sabía, de meter en ella todo lo que había aprendido y el resultado fue desigual. Hay partes de la novela que aún considero válidas, pero reescribiría en profundidad muchas otras (especialmente el tono adoptado por el propio Jormungand como narrador, que a medida que pasan los años voy encontrando más insufrible, pedante y pretencioso). Pero preocuparse por eso es inútil. Como dijo Hemingway, un libro publicado es un león muerto, y uno se encoge de hombros y pasa al siguiente.

Eso, al menos en mi caso, no es del todo cierto. Y, de vez en cuando, no puedo evitar volver la vista atrás y pensar qué podría haber hecho esto o esto otro. Y a veces, hasta lo hago. Pero eso es otra historia.

7 comentarios

  1. Si es que entre Hemingway (que confieso que no está entre mis favoritos: de su generación prefiero con mucho a Steinbeck) y Shakespeare, se han quedado todas las frases buenas, los muy cabrones.

  2. Cierto, se me olvidaba Wilde, la pluma más afilada de su época (quizá junto con Twain y Bierce, al otro lado del Atlántico). Y no, lo de “pluma” no va con segundas.

  3. Mira, habéis mencionado a tres de mis plumillas de cabecera, aunque sé que casi me quedo solo en gustos: Hemingway, Twain y Wilde. De hecho, hoy día sólo hay un libro que releo cada año (acabé por dejar de leer “El Señor de los Anillos”, que era el otro que leía anualmente, hace cuatro o cinco años), y es “El Retrato de Dorian Grey”.
    Un libro que a mi parienta, por cierto, le parece un coñazo supremo… :P

  4. Confieso que tengo bastante olvidado “El retrato”. Me gustó mucho en su momento, hace ya más de veinte años, pero no he vuelto a leer.

    Lo que siempre me sorprendió de Wilde fueron algunos de sus cuentos. Frente a su fama de lengua corrosiva y vitriólica, cuando lees cosas como “El príncipe y la golondrina” o “El gigante egoísta” te quedas de piedra.

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