Un victoriano en Los Angeles

-¿Cómo puedes ser tan duro y tan tierno a la vez?-Si no fuera duro no podría estar vivo. Si no fuera tierno no merecería estarlo.

Raymond Chandler: Playback

Para buena parte del público la serie negra consiste en poco más que en un duro detective jugándose la vida por veinte dólares al día más los gastos y metiéndose en situaciones en las que inevitablemente saldrá vapuleado, sólo para resolver un crimen que nadie quiere ver resuelto. Dashiell Hammett contribuyó en buena medida a forjar esa imagen con su Sam Spade en El Halcón Maltés, pero fue Raymond Chandler con Philip Marlowe el que la dejó definitivamente grabada en la mente de los lectores.

Chandler era un hombre curioso: tímido y reservado por naturaleza, de un pudor personal casi victoriano, se transformaba en una criatura agresiva e ingeniosa cuando estaba en público. Americano de nacimiento, pero educado en Inglaterra y trasladado a Estados Unidos poco después de la Primera Guerra Mundial, él mismo reconoce que tuvo que aprender el inglés norteamericano como si fuera otro idioma. Inmediatamente se enamoró de él, de su frescura y espontaneidad, de su capacidad para el argot y las frases ingeniosas y reflejó ese amor por su lengua vernácula en buena parte de su obra.

En cierta medida, Chandler se veía como un extranjero en su país y fue sin duda esa distancia del extraño la que le permitió convertirse en uno de los más agudos cronistas de una época y un ambiente que el cine reflejaría en contrastes casi expresionistas y que él salpicaría de ingenio, violencia y tenacidad.

Todos conocen, en mayor o menor medida, al Chandler novelista, aunque sea a través de la traducción, más o menos deformada, que el cine ha hecho de su obra. Su mayor mérito literario quizá haya sido saber hacer del lenguaje de la calle una herramienta narrativa válida, y haberla usado después para escribir un puñado de novelas que van de lo bueno a lo excelente, repletas de personajes tan reales como la vida misma -incluso a través de la mirada socarrona y ligeramente caricaturesca de su narrador, Marlowe- y en las que la atmósfera se convertía a menudo en un protagonista más. Su mayor obra (tanto en extensión como en resultados) es El largo adiós, con un Marlowe que se niega a dejarse ganar por la realidad y donde, para no renunciar a la amistad, cierra consciente y deliberadamente los ojos ante el hecho de que su amigo, el hombre por el que él ha mentido, ha sido vapuleado y ha mantenido la boca cerrada, le ha traicionado desde el principio, un detalle que pervertiría Robert Aldritch en su adaptación cinematográfica. En su siguiente -y última- novela, Playback, Marlowe es ya un personaje derrotado, incapaz de ocultarse tras la armadura de duro ingenio verbal que le ha servido tan bien durante todos estos años y cuya capitulación se plasma en el aceptamiento de la oferta de matrimonio de una rica heredera. El caballero andante, el hombre duro e incorruptible, ha claudicado.

El propio autor presintió que eso no estaba bien, que no podía terminar así con su personaje, e intentó arreglarlo con una nueva novela, La historia de Poodle Springs, de la que no llegó a escribir más de un par de capítulos antes de que la muerte le sorprendiera. Años después la historia sería concluida por Robert B. Parker (famoso por sus novelas sobre Spenser, que quizá recuerden por la serie de televisión interpretada por Robert Urich y un Avery Brooks que aún no se había convertido en el comandante de Espacio Profundo 9) con no demasiada fortuna, si bien sí supo mantenerse fiel a las intenciones del autor original y al carácter del personaje, volviendo a dejarlo, solo pero no derrotado, en su despacho de la ciudad.

Desde entonces, Marlowe ha recorrido las calles de Los Ángeles una y otra vez, encarnado por diversos actores y en distintas épocas: James Gardner (que tuvo el curioso honor de defenestrar a un entonces casi desconocido Bruce Lee), Robert Mitchum (que interpretaría al detective en dos ocasiones, ninguna muy afortunada), Elliot Gould (quizá el Marlowe menos Marlowe) o Robert Montgomery (que decidió convertir la narración en primera persona en una película rodada íntegramente en cámara subjetiva), aunque nunca por aquel que su autor tuvo en mente al definir físicamente al personaje: Cary Grant. Ninguno de ellos, sin embargo, ha conseguido hacernos olvidar al Humphrey Bogart de El sueño eterno. El propio Chandler se sintió más que complacido por la interpretación de Bogart y tuvo que reconocer que Howard Hawks, el director de la película, había sabido plasmar la atmósfera de su libro a la perfección, pese a su traición a la historia original al insertar un romance allí donde no había ninguno.

Pero Chandler es algo más que el creador de Marlowe. Ese hombre pudoroso y de ingenio vivaz que admirada el carácter inglés (los ingleses tienen una especie de decencia fundamental y un sentido instintivo de los buenos modales que me resultan muy atractivos, dijo en una de sus cartas) fue también responsable de algunas de las más jugosas reflexiones sobre el género literario al que dedicó sus esfuerzos, pero también sobre cualquier literatura. Apasionado del género epistolar, llenó sus cartas de chanzas, desaires, pullas y análisis sobre todo cuanto le rodeaba, sin olvidar, de vez en cuando, apuntar su pistola de tinta hacia sí mismo.

El Chandler que asoma en sus cartas es un Chandler relajado, contento de estar hablando con un amigo incluso en sus momentos más bajos, al que le gusta discutir de lo que sea y al que no le importa examinarse con una mirada crítica. No tiene ningún pudor en exhibir su ego, como hace cuando dice ¿Qué mayor prestigio puede alcanzar un hombre como yo que haber cogido un género literario barato, burdo y totalmente sin esperanzas, y haber sacado de él algo por lo que se despellejan los intelectuales? y al mismo tiempo es consciente de sus limitaciones, no se engaña sobre sus propias posibilidades: …tenía condiciones para convertirme en un poeta de segunda fila, pero eso no significa nada, porque poseo la clase de cerebro capaz de ser un buen segundón en cualquier campo, y sin mucho esfuerzo.

Odiaba a los críticos (suya es la famosa frase de que son como eunucos en un harén: ven hacerlo y saben cómo se hace, pero no pueden hacerlo), no tanto por su labor como críticos sino por no saber ejercerla. Y no soportaba la forma en que la crítica “seria” despreciaba a la novela de misterio: …el principal motivo de irritación de un escritor, que es saber que por muy bien y expertamente que uno escriba una novela de misterio, el crítico la despachará con un párrafo, mientras que a cualquier narración de cuarta fila, mal construida y pretendidamente seria sobre la vida de un grupo de recolectores de algodón en el sur, se le concederá una columna y media de respetuosa atención. Era consciente de estar trabajando en un campo en el que se producía una gran cantidad de basura pero, anticipándose a Theodore Sturgeon, sabía que eso no era exclusivo de su género: .. de acuerdo en que existen demasiados misterios mediocres, pero si aplicamos un criterio estricto hay demasiados libros mediocres, sean del género que sean.

Sus reflexiones sobre lo que significaba ser escritor son siempre interesantes, estemos o no de acuerdo con ellas y su idea de lo que para él era el escritor perfecto, en cuanto a actitudes e intenciones, está plasmada magistralmente cuando habla de William Shakespeare. Si Shakespeare viviera hoy, decía Chandler, estaría trabajando para el cine, escribiendo y dirigiendo películas. Y no le importaría ser vulgar, ni darle al público lo que este quisiera, porque se las apañaría al mismo tiempo para darles lo que él quería. No se quejaría diciendo “este medio no es bueno”, sino que lo utilizaría con todos sus defectos y lo convertiría en bueno. En resumen, haría justo lo mismo que Chandler había intentado casi desde su primera novela.

Ya me he extendido demasiado. Así que finalizaré con una anécdota reveladora de las pretensiones de Chandler, de la vanidad que estas implicaban, y de cómo supo llevarlas a cabo. En cierta ocasión, el editor de una revista le tachó una frase ingeniosa porque no llevaba directamente a la acción, y los lectores solo querían acción. Chandler pensaba que se equivocaba, que aunque ellos no lo supieran, lo que de verdad les interesaba no era la acción, sino

la creación de la emoción por medio del diálogo y las descripciones. Las cosas que luego recordaban, las que les hechizaban, no eran por ejemplo que alguien matara a alguien, sino que en el momento de su muerte la víctima intentara coger un sujetapapeles de la pulida superficie de un escritorio, sin conseguir agarrarlo, por lo que su cara tenía una expresión de angustia y su boca quedaba medio abierta, en una especie de sonrisa atormentada, y que en lo que menos pensaba fuera en la muerte. Ni siquiera oía a la muerte llamando a la puerta. Aquel maldito sujetapapeles se le seguía escapando de los dedos.

Publicado originalmente en Bibliópolis, crítica en la red

© 2001, 2007, Rodolfo Martínez

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