Hay cosas que es mejor que el hombre no sepa

Recientemente me ha dado por volver a leerme las precuelas de Dune. Sí, lo sé, seguramente más de uno pensará que deberían flagelarme por ello (bueno, más de uno pensará que deberían flagelarme por un montón de motivos que no tienen nada que ver con esto, pero eso es otra historia).

En fin, me temo que soy un maldito friki vicioso y completista y hay cosas a las que no puedo resistirme.

Me gusta el universo de Dune y cualquier cosa que me aporte información sobre él, que me dé nuevos datos sobre el escenario o la historia de los personajes me atrae y, por mala que sea la novela (y éstas no son muy buenas), termina resultándome satisfactoria. Lo suficiente, al menos, para mantenerme entretenido y sumido en un universo ficticio que me gusta durante un buen rato. Es entretenimiento, y no le pido más que el que cumpla con su función: que me entretenga.

Mientras volvía a leer lo que Brian Herbert y el incompetente Kevin J. Anderson (siento al adjetivo, pero tras leer su infame e infumable Trilogía de la Academia Jedi, nunca he podido pensar en Anderson de otro modo) habían hecho con el universo creado por el padre del primero, pensé de nuevo en algo que ya había pasado por mi cabeza la primera vez que leí estas precuelas. No son mi mejores ni peores que muchos otros cientos de best-sellers prefabricados que abarrotan las librerías y desde luego utilizan la misma técnica que ellos: multitud de personajes, muchas acciones paralelas y continuos recursos de culebrón televisivo (bueno, de folletón decimonónico en realidad, ya que nos ponemos a ello), todo ello con un estilo sencillo, plano y directo, abundante diálogo y los personajes descritos con dos pinceladas gruesas. Personajes que, por más que algún que otro intento de falsa introspección intenten vendérnoslos como otra cosa, no son más que arquetipos de cartón-piedra.

Y, sobre todo, cualquier cosa que suceda es explicada prolijamente.

Justo todo lo contrario de lo que hacía Frank Herbert.

¿Por qué funcionaba el Dune original? Pues porque, en cierto modo, su autor nos la estaba “metiendo doblada”. Sí, se suponía que estábamos en universo complejo y barroco, lleno personajes taimados e intrigas ultra-mega-bizantinas (ya sabéis, aquello de “planes en los planes en los planes” o “fintas en las fintas de las fintas”) y donde todo era ultra-elaborado, súper-complejo y tremendamente retorcido.

Pero en realidad, no se nos mostraba nada en ningún momento. Herbert se limitaba a susurrar, a sugerir que había bizantinas intrigas por todas partes y barrocos y elaboradísimos planes por doquier. Pero en realidad apenas veíamos nada de eso. Simplemente, se nos dejaba bien claro al principio de la historia lo barroco e alambicado del escenario y, a partir de ahí, una vez que había quedado bien claro en nuestra mente, una vez que lo habíamos asimilado, no se nos mostraba nada. No hacía falta. No era necesario. Herbert ya había cumplido con su propósito, hacer que el lector se creyera lo bizantino y retorcido del escenario, y por tanto no necesitaba enseñarlo en detalle.

Se limitaba a sugerir, a decir a media voz, a medio contar sin llegar a hacerlo del todo.

Y nosotros picábamos, tragábamos el anzuelo y nos lo creíamos.

Brian Herbert y Kevin J. Anderson toman un camino totalmente distinto. No sé si por incapacidad narrativa (no decir nada pero pareciendo que lo haces y dejando en la mente de tus lectores la sensación de que lo has hecho no es precisamente algo fácil) o por exigencias del formato best-seller, ambos autores cuentan detallada y prolijamente todas y cada una de las intrigas, planes, complots y tramas palaciegas que hay en su escenario.

¿El resultado?

El contrario del deseado, seguramente.

Porque lo que pasa es que no nos creemos esas intrigas, esos retorcidos planes nos parecen tontos y simples y esas elaboradas tramas palaciegas tienen tanta complicación como una línea recta.

Así que dejas de creerte la historia. Bueno, no del todo; como tantas otras cosas, el asunto depende de tus tragaderas: si el escenario te gusta lo bastante y la historia no está demasiado mal llevada algunos seremos capaces de suspender la incredulidad y seguir adelante y continuar disfrutando pese a todo. Otros, más exigentes, seguramente soltarán el libro y dejarán de leer.

Pero lo cierto es que ni Brian Herbert ni Anderson han sabido asimilar la lección de Frank Herbert. Quizá ni siquiera eran conscientes de que había lección alguna. No lo sé.

Pero está claro que o bien no han sabido ver o bien han sido incapaces de utilizar la idea de que para volver algo creíble no siempre tienes que mostrarlo en detalle. Que a menudo las insinuaciones a media voz son más eficaces que las explicaciones pormenorizadas. Y que un dibujo detallado hasta lo maniático no tiene por qué parecer más real que un boceto que haya sabido resaltar los puntos adecuados.

Que nada hay tan eficaz como la propia imaginación de lector. Dale un atisbo aquí y otro allá, alza una esquina del telón, muéstrale sólo un poco y deja que él haga el resto del trabajo en su mente y, por tanto, a su gusto. Porque si alzas por completo el telón corres el riesgo de no ser capaz de mostrarle algo a la altura de lo que espera.

Frank Herbert supo hacer eso muy bien. Y es, sin duda, uno de los elementos que hacen del universo de Dune algo enormemente atractivo para los aficionados a la CF: todo eso que creemos que está ahí pero que en realidad el autor jamás nos ha mostrado.

Pese a todo, es cierto, disfruto de las precuelas. Es volver a visitar un lugar que me gusta y donde me encuentro cómodo. Claro que falta algo, el paisaje ha perdido encanto en cierta manera. Pero… bueno, es Dune.

O algo parecido.

© 2007, Rodolfo Martínez

2 comentarios

  1. Yo tampoco pude con las precuelas. Me aburrieron sobremanera. Si creo recordar, incluso de las de Herbert, la tercera (me parece que Hijos de Dune)tampoco llegué a terminarla. Pero la primera me encantó.

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