El policiaco de Asimov
Miércoles, Enero 31st, 2007 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 3 comentarios »
Son muchos los autores de ciencia ficción que han hecho incursiones en el género policiaco o, cuando menos, han usado la estructura del thriller como armazón para algunas de sus novelas. Mencionar a Fredric Brown o Alfred Bester resulta casi inevitable, como también lo es hablar de Isaac Asimov.
No fueron pocas las ocasiones en las que Asimov reconoció que su segundo gran amor literario, después de la ciencia ficción, era la novela policiaca, una novela policiaca, eso sí, anclada en la tradicción inglesa del relato-problema, como no podía ser menos tratándose de un racionalista convencido como el Buen Doctor.
También comentó varias veces que si empezó a escribir relatos de misterio fue en buena medida porque uno de sus editores afirmó que era imposible, sin hacer trampas, escribir un relato que fuera al mismo tiempo ciencia ficción y literatura policiaca. Asimov encontraba absurda esta afirmación. Cierto que el escritor de ciencia ficción podía hacer trampa y sacarse del bolsillo un aparatito milagroso del que el lector nada sabía para dar con la solución del misterio, pero no era menos cierto que escritor policiaco convencional podía hacer exactamente lo mismo por el procedimiento, por ejemplo, de que la clave del misterio estuviera en hechos que solo un especialista en determinada materia pudiera conocer.
Asimov decidió demostrar que se podían escribir relatos policiacos que lo fueran también de ciencia ficción y no resultaran tramposos, y tuvo éxito en su empeño. Años más tarde recopilaría parte de esas narraciones en su libro Estoy en Puertomarte sin Hilda que contiene un buen puñado de historias de misterio que, si bien no son nada del otro mundo, resultan agradables de leer y son una prueba palpable de que el policiaco y la ciencia ficción no eran incompatibles.
No contento con esto se lanzó a escribir Bóvedas de acero, donde un policía humano y un detective robótico desentrañaban un asesinato sin alejarse, ni un solo instante, de los postulados de la novela de misterio clásica. Volvería a usar ambos personajes en la novela El sol desnudo y el relato “Imagen en un espejo” y, con el tiempo, tras decidir convertir sus dos series más famosas (los Robots y las Fundaciones) en una sola, sería R. Daneel, su robot detective, el nexo de unión de toda la trama.
Pero incluso el resto de su obra de ciencia ficción, no declarada como policiaca, está a menudo vertebrada en torno a un misterio que resulta fundamental para la trama y que sus personajes deben desvelar para llevar la historia a buen puerto. El fin de la Eternidad o Las Corrientes del espacio son novelas concebidas y realizadas como un thriller y nos dicen mucho de la afición de Asimov por el relato de misterio.
Sin embargo, no fue en la ciencia ficción policiaca, sino en el relato contemporáneo donde el Buen Doctor conseguiría sus obras más logradas. Por un lado, en la serie de los Viudos Negros enfrentaría a sus lectores a pequeños enigmas que solo el sagaz camarero del club conseguiría resolver. Si bien muchos de esos enigmas tienden a ser bastante tontos en ocasiones, la perfecta caracterización de los personajes (siempre los mismos de un cuento a otro, salvo el invitado que plantea el misterio) y habilidad para crear una atmósfera en la que el lector se sienta cómodo, hacen de esa serie de relatos una delicia a la hora de leerlos y, a menudo, de releerlos.
Pero su mejor obra es, sin duda, la novela Asesinato en la Convención, donde un escritor de poco éxito debe resolver el asesinato de un colega más famoso que antiguamente fue su protegido. Narrada en primera persona, con desparpajo y naturalidad, Asesinato en la Convención muestra a un Asimov maduro y seguro de sus capacidades narrativas. Su protagonista y narrador, Darius Just, concebido tomando como base al escritor de ciencia ficción Harlan Ellison, es uno de sus mejores personajes: altivo y malhumorado, pero buena persona en el fondo e incapaz de dejar algo sin resolver, se revela como un hombre tozudo que no puede evitar, pese a sí mismo, desentrañar el misterio de su antiguo amigo.
La novela tiene el valor añadido de ver al propio Asimov como personaje secundario de la misma, descrito en un tono entre insultante y admirativo, y los intercambios verbales (a menudo en forma de notas a pie de página) entre el Buen Doctor y el narrador de la historia resultan divertidos y le dan a la historia una sensación de “cosa real” muy lograda. Asesinato en la Convención nos muestra también un Asimov desconocido como escritor, en un conseguido retrato costumbrista del mundo editorial americano y de las pequeñas miserias y grandezas de éste.
Es una pena que el Buen Doctor, desanimado por los comentarios de sus editores, no continuara por ese camino. En ese tipo de relato policiaco, desenfadado y sin complejos, con una estructura clara y una narrativa directa y eficaz, es muy posible que Asimov se encontrara más cómodo que en sus posteriores trabajos de ciencia ficción.
Por desgracia, la vida lo llevó por otros derroteros.
Publicado originalmente en Bibliópolis, crítica en la red
© 2001, 2007, Rodolfo Martínez
Un jinete solitario
Lunes, Enero 29th, 2007 Pertenece a En carne y hueso, Novelas cortas | Sin comentar »
Rodolfo Martínez
Un jinete solitario
-BEM nº 53, 1996
-Antología de la ciencia ficción española: 1982-2002. Julián Díez (ed.). Ediciones Minotauro, febrero, 2003.
-Callejones sin salida, Editorial Berenice, 2005
Si quisiera ser recordado por alguna historia en concreto en la ciencia ficción española, no sería por ninguna de mis novelas. Pese a que me siento aún hoy bastante satisfecho de La sonrisa del gato, y considero una novela válida Tierra de Nadie: Jormungand (a pesar dea las muchas cosas en ella con las que ya no me identifico) ninguna de ellas representa lo mejor de mí mismo como escritor de CF.
Es cierto que me siento bastante más satisfecho de El sueño del rey rojo, pero vista ahora mismo creo que cometí el error de tratar de ajustarme a un mínimo de páginas, lo cual hace que en ocasiones el ritmo de la historia se resiente y la trama resulte demasiado redundante.
El supuesto mérito de ser mi mejor narración de ciencia ficción creo que está reservado para “Un jinete solitario”, una novela corta que escribí con destino a al UPC 95 y que pasó por el premio sin pena ni gloria: de hecho, por lo que sé a Miquel Barceló no le gustó demasiado. Fue publicada en un número de BEM al año siguiente y en los Ignotus de 1997 se llevaría el premio a la mejor novela corta.
“Un jinete solitario” es, al menos hasta que empecé a escribir El abismo te devuelve la mirada, mi obra más personal, aquella en la que me retrato con mayor fidelidad y en la que doy rienda suelta a mis pecados y obsesiones sin preocuparme por lo hondo que rasque en la herida.
Eso no tiene por qué convertirla en una buena historia, por supuesto. Pero creo que es también la primera vez que conseguí escribir un relato de ciencia ficción que sólo podía ser eso y no otra cosa, un relato en el que los elementos de CF eran parte inseparable de la trama y sin ellos carecía de sentido. También es la historia donde mejor he dominado mi técnica del flashback (quizá junto con la ya mencionada El sueño del rey rojo), y en la que sin duda conseguí definir los personajes de una forma más redonda y creíble.
El hecho de que personas de gustos tan dispares (y a menudo enfrentados) como Pedro Jorge Romero, Julián Díez, Juanma Barranquero o Armando Boix la consideren una de mis mejores obras parece bastante indicativo; y aún hoy sigo preguntándome qué es exactamente lo que no le gusta de ella a Miquel Barceló.
© 2007, Rodolfo Martínez
John le Carré: el poeta de la Guerra Fría
Viernes, Enero 26th, 2007 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | Sin comentar »Por si no se han dado cuenta, fue el hombre quien puso fin a la guerra fría. No fueron las armas, ni la tecnología, ni los ejércitos, ni las campañas. Fue, sencillamente, el hombre. Y ni siquiera fue el hombre occidental, sino nuestro implacable enemigo del Este el que se tiró a la calle e hizo frente a las balas y las porras diciendo: ya basta. Fue su emperador, no el nuestro, quien tuvo el valor de subir a la tribuna y declarar que estaba desnudo. Y las ideologías fueron a remolque de estos acontecimientos imposibles como cuerdas de presos, como siempre les ocurre a las ideologías cuando han caducado.George Smiley en El Peregrino Secreto
Dentro de la novela de espías (que algunos consideran un subgénero de la novela policiaca y otros, más puristas, escinden completamente de él) destaca con luz propia la figura de John le Carré, seudónimo tras el que se oculta el inglés David Cornwell. Durante más de treinta años, la obra de Le Carré ha ido desplegando ante nosotros un mapa completo del mundo secreto y de los hombres que viven en él.
Su obra es demasiado extensa como para analizarla aquí de forma completa y exhaustiva. De entre toda ella destaca el ciclo de Smiley, formado por nueve novelas (en realidad por ocho, siendo estrictos, ya explicaré esta discrepancia) que forman un impresionante cuadro de lo que ha sido la historia secreta de la Guerra Fría. En ese ciclo Le Carré desarrolla el que sin duda es su personaje maestro, el anti Bond por excelencia, ese George Smiley feo, canijo y tímido, que soporta las eternas infidelidades de su mujer y saca una y otra vez a la luz un pasado que nadie, ni siquiera él, quiere ver expuesto. Aunque hablaré de todas las novelas de la serie me centraré en la trilogía que narra el enfrentamiento entre Smiley y su némesis soviética, Karla.
Antes de entrar en materia, sin embargo, no quisiera que el lector creyera que la obra de Le Carré se centra exclusivamente en el ciclo de Smiley. De hacerlo así perdería algunas de sus mejores novelas, como La Chica del Tambor, Una Pequeña Ciudad en Alemania o Un Espía Perfecto, siendo esta última en cierta forma, la otra cara de El Topo, al narrar la historia de un agente doble contada por él mismo. Sin olvidar, por otro lado, las novelas de lo que podríamos llamar su última etapa, aquellas escritas después de la Guerra Fría y que, sin abandonar del todo el mundo del espionaje o sus temas favoritos, se mueven ya por otros territorios, como pueden ser El sastre de Panamá o El jardinero fiel.
Primeras Obras
La primera novela publicada por Le Carré es, en 1961, Llamada para el Muerto (A Call for the Dead), en la que ya nos presenta al cansado pero infatigable George Smiley. Por aquel entonces Cornwell desempeñaba un cargo oficial en el Foreign Office, lo que le obligaría a recurrir al seudónimo para la publicación de su obra. Es esta una novela bien narrada, sin grandes alardes y con unos personajes prometedores pero que todavía no están todo lo conseguidos que lo estarán posteriormente. Pese a ello ya empezamos a advertir algunas de las marcas de fábrica de Le Carré[1], como el cansancio y la adicción simultanea que representa el espionaje, los antiguos aliados que ahora son enemigos, o la obsesión por el pasado de todos sus personajes. En realidad, en mayor o menor medida, casi todas las novelas de Le Carré son básicamente exhumaciones de un pasado al que los personajes dan por muerto pero que sigue llamando insistentemente a las puertas de la memoria.
Parece probable que el autor no tuviera intención de seguir utilizando al personaje de Smiley, visto que en el último capítulo le hace dimitir de su cargo en el Servicio Secreto. De hecho, en su siguiente novela, Asesinato de Calidad (Murder of Quality, 1962) Smiley reaparece, pero ya no como un espía sino como un ciudadano particular que, en esta ocasión, investiga un asesinato en una public school inglesa. Ninguna conexión hay en esta novela con el mundo del espionaje (salvo la procedencia de su protagonista) y es una novela policiaca de factura clásica que bebe también en parte en las fuentes de la serie negra americana, especialmente por la despiadada disección (sin crítica, es el propio lector el que se encarga de eso) que hace del microcosmos académico de Carne School, con su distinguida apariencia de respetabilidad y las miserias que yacen ocultas a poco que rasques la superficie.
Ninguna de las dos novelas funcionaría muy bien a nivel de público, aunque ambas fueron favorablemente acogidas por la crítica. El éxito llegaría al año siguiente, en 1963, con El Espía que Surgió del Frío (The Spy that Came in from the Cold), cuyo éxito sería fulgurante y a la que de hecho, Graham Greene consideraría como la mejor novela de espías jamás escrita. Ciertamente, si nos atenemos a lo puramente formal, a la parte técnica y mecánica es muy posible que lo sea. En novelas posteriores Le Carré conseguirá superar a su primer éxito en aspectos tanto temáticos y estilísticos como de desarrollo de personajes, pero el delicado y preciso engarce que es la estructura de la historia, la dosificación perfectamente medida de los acontecimientos, el armazón argumental, trazado casi como si se tratase de un mecanismo de relojería, permanece sin superar tanto dentro de la propia obra de Le Carré como del género en general.
El Espía que Surgió del Frío es una novela en la que nada es lo que parece y en la que, hasta la última página, el lector ignora (aunque cree saberlo) qué es lo que está ocurriendo. Es, en cierta manera, una partida de ajedrez en la que uno de los dos oponentes (Gran Bretaña) no tiene el menor escrúpulo en sacrificar sus mejores piezas con tal de capturar al rey enemigo del otro bando (Alemania Oriental). Alec Leamas, el espía al que hace referencia el título de la novela, es durante todo el desarrollo de esta un peón que cree estar haciendo un juego para descubrir, solo al final, que sus jefes están jugando otro bien distinto. La desesperación de Leamas, su fracaso (pese al éxito de su misión) son compartidos por el lector quien, al cerrar la novela se encuentra con una sensación de desamparo y un amargo regusto en la boca.
La aparición de Smiley en esta obra es, por otro lado, puramente episódica. No pasa de ser un personaje secundario y Le Carré no se toma la molestia de explicar cómo ha vuelto al mundo secreto tras su abandono en las anteriores novelas. Al mismo tiempo aparecerá la figura de Control, el hombre que rige los destinos del espionaje británico y que está basado, nombre en código incluido, en el verdadero responsable de los servicios secretos ingleses durante los años sesenta.
Mientras tanto, la carrera de Cornwell en el Foreign Office va en alza. Se le asciende a primer secretario y de Bonn es trasladado a Hamburgo. Casi enseguida, sin embargo, a causa del éxito de El Espía que Surgió del Frío presenta su dimisión y se dedica plenamente a la literatura.
En la siguiente novela del ciclo, El Espejo de los Espías (The Looking-Glass War, 1965) Smiley y Control son, de nuevo, personajes secundarios. Se nos narra en esta novela, menor sin duda tanto dentro de la serie como de la obra de Le Carré en general, el enfrentamiento entre dos servicios rivales dentro del mundo del espionaje británico y cómo uno de estos prácticamente pone a los agentes del otro en manos del Telón de Acero con tal de acabar con la competencia. Poco hay que decir de esta novela que, sin ser mala, no resiste comparación con otras del mismo autor y resulta una decepción tras la maravilla de El Espía que Surgió del Frío. Su primera parte resulta tediosa por momentos aunque la salvan, sin duda, esos personajes que Le Carré sabe diseñar tan magníficamente y que son el epítome de todo lo británico.
Luego vendría un parón de varios años. Aunque Le Carré no deja de escribir, reduce el ritmo (hasta entonces iba a una novela por año, puntualmente) y hasta 1968 no aparecerá Una Pequeña Ciudad en Alemania (A Small Town in Germany) que no forma parte de la serie y donde el autor plasmará algunos de los entresijos de la vida diplomática en Alemania, algo que conocía perfectamente. En 1971 llegaría El amante Ingenuo y Sentimental (The Naive and Sentimental Lover) en la que se aparta por completo del mundo de los espías y nos entrega una novela que puede considerarse en cierto modo un viaje iniciático, algo dura de leer en ocasiones pero a la que salvan de nuevo sus personajes, especialmente los singulares Helen y Shamus.
Tendría que llegar 1974 para que una nueva novela de Le Carré (y de Smiley) volviera a las librerías. Sería El Topo (Tinker, Taylor, Soldier, Spy), con la que Le Carré inicia lo que yo he llamado la Trilogía de Karla y también su madurez como escritor.
Caída, Recuperación y Revancha
Si, como he dicho, la mayoría de las novelas de Le Carré sacan a la luz un pasado oculto, El Topo se ajusta a esa característica mejor que ninguna otra. Cuando la novela da comienzo, Control ha muerto y Smiley ha sido apartado del Servicio; éste ha cambiado completamente y la mayoría de los hombres de confianza de Smiley o de Control han sido relegados o expulsados. De pronto, alguien del Ministerio del Interior viene a visitar a George y le dice que un agente de poca monta ha descubierto la posibilidad de que haya un Topo (un agente doble) infiltrado en el Servicio.
Este es el punto de partida para que Smiley, más cansado que nunca, se lance a la recuperación de los últimos días de Control al frente del espionaje británico. Poco a poco, a través de sus recuerdos personales, de entrevistas con antiguos agentes, de lo que puede leer en algunos expedientes y (más importante) de lo que no puede leer en ellos, Smiley va reconstruyendo lo que ha ocurrido en los últimos años hasta llegar a desenmascarar al Topo en cuestión. Le Carré se muestra como un narrador maestro: la acción externa de la novela es, aparentemente, mínima: Smiley realiza su investigación cómodamente sentado en una pensión de mala muerte. La verdadera acción tiene que reconstruirla el lector, a medida que George va recomponiendo el pasado y obteniendo una imagen clara de lo que ha ocurrido realmente.
Hay tres secuencias claves alrededor de las que gira toda la novela. Por un lado la entrevista en los años sesenta, en una cárcel de Delhi, entre Smiley y el que luego sería Karla, el jefe del contraespionaje ruso y supervisor directo del Topo. Por el otro, la noche en que fracasa la Operación Testimonio que Control había montado para desenmascarar al Topo, fracaso que propiciará la caída de Control e incluso su muerte. Y, finalmente, el día en que una fuente desconocida, con el nombre clave de Merlín, empieza a ofrecerles a los británicos información sobre el Pacto de Varsovia.
En el primer caso, la entrevista es narrada por el propio Smiley a Peter Guillam, uno de los personajes habituales de la serie, que combina las funciones de un Watson con el de brazo operativo del propio George, encargándose en cierto modo del trabajo físico que Smiley no quiere o no puede hacer. El capítulo de la entrevista esta narrado, como toda la novela, en tercera persona, pero una tercera persona que adopta el punto de vista de Guillam. Así, el momento en que los dos grandes rivales se conocen, no lo vemos tal y como nos lo cuenta Smiley, sino tal y como lo cuenta Guillam recordando cómo se le contó Smiley. Este capítulo es, sin duda, uno de los momentos cumbres de la novela, narrado con gran maestría y, al mismo tiempo, con tremenda sencillez. El calor de la cárcel india, el mutismo de Karla, la indecisión de Smiley se nos hacen tremendamente presentes, y al mismo tiempo se nos distancia de esos acontecimientos a través de la visión de Guillam.
La imagen que se nos da de Karla durante esta entrevista es estremecedora: inconmovible mientras Smiley está nervioso, mudo mientras Smiley parlotea por los codos, inatacable en sus convicciones mientras Smiley se muestra cada vez más indeciso. Acabada la entrevista (en la que Karla rechaza el ofrecimiento de desertar y pasarse a los británicos), el ruso se apropia de un mechero de Smiley, regalo de Ann, su mujer, la eterna infiel, y comprende que ésta es la única debilidad de George, la “última ilusión de un hombre desilusionado”[2], tal y como le revela el Topo a Smiley, una vez desenmascarado: “Supuso que si se sabía en el Circus que yo era el amante de Ann, no verías con claridad cuando se tratase de otros asuntos”[3]. De este modo Karla se nos revela como alguien implacable, una criatura mítica sin apenas rostro humano, que utiliza las debilidades de los demás en su propio provecho.
El segundo momento clave de la novela está disperso a lo largo de toda ella, siendo esa la noche que trata de reconstruir Smiley en su investigación. Poco a poco, mediante un dato aquí, una pista allá, un expediente que ha sido borrado, otro del que faltan páginas, la noche del fracaso de la Operación Testimonio se nos va mostrando cada vez más completa a nuestros ojos, hasta que apenas nos faltan un par de detalles para tenerla completamente reconstruida.
Al mismo tiempo, Smiley recordará la caída de Control a manos de algunos de sus acólitos, la aparición de la fuente Merlín, el material que esta les suministra a los británicos, la desconfianza de Control respecto a ese supuesto traidor a los soviéticos. Sin embargo, Control no puede impedir que Whitehall confíe cada vez más en Merlín y en los hombres que lo manejan, propiciando así su caída. Uniendo todo esto, Smiley llegará a la conclusión de que el Topo es uno de los hombres que supuestamente controlan a Merlín: en realidad, éste no es sino una tapadera para que el traidor británico pueda pasar impunemente información a los soviéticos.
Cuando George tiene todos los datos en sus manos y sabe ya realmente lo que ha ocurrido, hay un instante de vacilación. No quiere creer lo que ha descubierto, está cansado, quiere dejarlo todo, dejar de escarbar entre los desperdicios y descansar de una vez. Al final, sin embargo, el hábito de toda una vida se impondrá y Smiley el espía, el inquisidor, acabará sacando a la luz los trapos sucios y desenmascarando al Topo.
Reseñar brevemente que esta novela está parcialmente basada en la historia real del espionaje. Durante muchos años el servicio secreto británico mantuvo en su seno un topo de los rusos que, tras su desenmascaramiento, sería deportado a la Unión Soviética donde se le recibiría como un héroe[4]. Le Carré, por supuesto, altera la realidad para integrarla en su ficción y, aparte del hecho externo de la existencia del topo y su desenmascaramiento poca relación tiene con los hechos reales.
El Topo es, sin duda, el inicio de la madurez como escritor de Le Carré. Su estilo ya se ha asentado y, siempre con su voz narrativa en tercera persona, es capaz de ceder el punto de vista a un personaje o a otro según convenga. La trama, sencilla en esencia, pero compleja en su resolución resulta casi tan brillante como la de El Espía que Surgió del Frío. Y los personajes están mejor definidos que nunca, tanto los centrales (sobre todo Smiley, cada vez más contradictorio, cada vez más harto de su oficio y cada vez más incapaz de dejarlo) como los secundarios. Como es habitual en toda la obra de Le Carré, no hay en ella “buenos” o “malos”: todos los personajes tienen sus miserias secretas y el propio Smiley no está demasiado convencido respecto al sistema que defiende con su trabajo.
En 1977 llegaría El Honorable Colegial (The Honourable Schoolboy) que narra la reconstrucción del Servicio por parte de George, ahora en el antiguo puesto de Control, tras la caída causada por el desenmascaramiento del topo controlado por Karla. Aquí Smiley comparte protagonismo (y es eclipsado en buena medida) por un personaje, Jerry Westerby, que había hecho una fugaz aparición en la novela anterior y que es pieza clave de esta.
De entre las características fundamentales de esta novela podemos destacar sobre todo las siguientes:
Por un lado, a nivel estilístico, Le Carré se muestra más audaz que ocasiones anteriores, combinando dos narradores, ambos en tercera persona, pero de características bien diferenciadas. Uno es el mismo que ha venido usando hasta ahora: el clásico narrador desapasionado en tercera persona que se limita a dar cuenta de los acontecimientos. El otro, mucho más interesante, es alguien anónimo pero que, sin duda, pertenece al Servicio o está relacionado con él. La novela se desarrolla en dos frentes: por un lado en Hong Kong y otras partes de Asia y por el otro en Londres, en la sede del Servicio. Es precisamente en este último lugar donde el segundo narrador asoma con más fuerza, dándonos cuenta de los chismorreos entre los agentes, contando pequeñas anécdotas de la vida laboral o privada de éstos y dando sus propias opiniones sobre lo que ocurre realmente, algo que el primer narrador jamás hace. Mientras que éste carece de rasgos personales, el otro es como un personaje más de la novela, casi nos lo podemos imaginar, e incluso a veces sospechamos que pueda ser uno de los secundarios que pululan por Cambridge Circus a las órdenes de George: ¿quizá el propio Peter Guillam?. La habilidad de Le Carré está en conseguir que el lector diferencie sin problemas a ambos narradores, pese a que los dos utilizan la misma voz narrativa.
La novela es interesante también porque nos muestra un personaje, Jerry Westerby, que acabará “traicionando” al Servicio cuando comprende que no puede seguir sacrificando a las personas a causa de unos ideales en los que quizá ya no cree. Westerby es uno de los mejores personajes de Le Carré, inconfundiblemente británico, pedante, complejo y cada vez más desengañado a medida que transcurre la obra. En cierto modo es un anticipo del Barley Blair de La Casa Rusia, con la diferencia de que Blair tendrá éxito donde Westerby fracasa.
Otro de los personajes interesantes de la novela es Craw, el enlace entre Westerby y Smiley. No pasa de ser un secundario, pero enseguida se nos hace simpático, con ese cinismo socarrón y esa habla ampulosa y premeditadamente petulante.
Algunos años más tarde llegaría La Gente de Smiley (Smiley’s People, 1979), con la que se cerrará la trilogía y, aparentemente, el ciclo de Smiley.
De nuevo estamos ante una investigación del pasado, pero ya no del pasado de George (aunque este sigue presente) sino del de su archienemigo, Karla, que por primera vez adquiere un rostro humano y unas debilidades de las que Smiley se puede aprovechar. Hasta entonces Karla había sido un diminuto hombrecillo de aspecto indestructible al que nada podía atacar. Ahora, caído de su pedestal, se nos revela, ya no como un mito (y por tanto inatacable) sino como un hombre al que se puede doblegar.
De nuevo la trama está narrada con mano maestra. El asesinato de un viejo general ruso exiliado en Inglaterra que había trabajado para el Servicio, sacará a Smiley de su retiro. Su misión no es descubrir nada, no tiene nada que escudriñar: simplemente debe asegurarse de que el viejo general no deja nada comprometedor para la prensa. Pero a partir de ahí la sagaz mente de Smiley va descubriendo secretos ocultos tras otros secretos que le llevan finalmente al mayor de todos: Karla no es invulnerable.
Al principio, George parece condenado al fracaso. A medida que investiga solo parece obtener dolor y sacar muy poco en claro. Como dice Carlos Pujol: “Smiley tiene que reconstruir muchas ingratas circunstancias del pasado y al hacerlo [...] comprueba los estragos que ha causado el tiempo en los veteranos del Circus, a veces en el último eslabón del declive moral o físico [...]. El pasaje de su reencuentro con Toby es cruel, el de su visita a Connie Sachs de un patetismo inolvidable”[5]. Y luego, de pronto, todo cambia, Smiley ha encontrado el eslabón débil de su enemigo, ha visto el rostro humano que se ocultaba tras la figura mítica y sabe que puede vencerlo.
Empieza aquí la segunda parte de la novela en la que el ritmo, contrariamente al de la primera, se vuelve casi trepidante. Sin apenas infraestructura que le apoye, George consigue arrancar de sus antiguos superiores una débil promesa de colaboración en la operación de que se avecina: nada menos que conseguir la deserción de Karla.
Finalmente, en una húmeda noche de Berlín, esta se produce. Karla cruza el muro y, siempre, silencioso, sin decir una palabra, permite que los británicos se lo lleven. Antes de eso, en una tensa espera, Smiley comprende que, en el fondo, no desea la deserción de Karla y mucho menos ser él el causante de ésta:
No vengas, pensó Smiley. Disparen, pensó, hablándole a la gente de Karla y no a la suya [...] Volvió a mirar la oscuridad del otro lado del río y un vértigo impío se apoderó de él mientras el mal mismo contra el que había combatido parecía estirarse, dominarle, atraparle a pesar de sus esfuerzos y llamarle traidor; se burlaba de él al mismo tiempo que celebraba su traición. Sobre Karla ha caído la maldición de la compasión de Smiley y, sobre éste, la maldición del fanatismo de aquel. Lo he destruido con las armas que aborrezco, que son las suyas. Cada uno ha cruzado las fronteras del otro, somos los no hombres de esta tierra de nadie[6].
En el fondo, comprende Smiley, su triunfo es un fracaso, para obtener su victoria se ha visto obligado a usar los métodos de su enemigo y se ha convertido en él.
Cuando llega el momento culminante, con Karla en su poder, y éste deja caer sobre el frío pavimento el mechero que ha guardado tantos años, Smiley se niega a recogerlo. No quiere el premio por su traición a su mismo. Peter Guillam le dice que ha ganado. Smiley, incrédulo, responde: “¿Que he ganado? Sí, supongo que sí”[7].
Con esta amargura parecía despedirse el ciclo de Smiley, el viejo guerrero de la guerra fría obtenía su última victoria solo para descubrirla fútil y vacía y retirarse después de escena. En realidad, como veremos más adelante, esto no es así.
El Curioso Asunto de la Casa Rusia
La siguiente novela de Le Carré no solo se apartaría del ciclo de Smiley, sino de su tema habitual del enfrentamiento entre los dos grandes bloques. En La Chica del Tambor (Little Drummer Girl, 1983), nos narraría el enfrentamiento entre israelíes y palestinos, consiguiendo otra de sus grandes novelas. Pese a que los israelíes tienen una mayor presencia física en el libro (algo inevitable, la trama así lo requiere), Le Carré no adopta una postura a su favor, como tampoco lo hace a favor de los palestinos. Acabada la novela el lector no sabe a qué carta quedarse, Le Carré ha movido sus personajes con tal maestría que uno siente, alternativamente, simpatía y antipatía tanto por israelíes como por palestinos. El conflicto israelí-palestino, nos dice el autor sin decírnoslo explícitamente en ningún momento, es mucho más complejo que un simple asunto de cuál de las dos partes tiene razón: la razón es un asunto muy relativo en este mundo enloquecido en el que vivimos.
Por otra parte, con Charlie, la chica del tambor a que hace referencia el título, el autor alcanza una nueva cima de definición de personajes, y esta vez con un personaje femenino, que hasta el momento no habían pasado de secundarios (aunque muy bien diseñados) en su obra: esa muchacha inglesa, fingidora por naturaleza, desorientada, poseedora de unos ideales confusos e irreales, se le hace simpática al lector desde el primer momento, y no es raro que compartamos su confusión y desesperación a lo largo de la novela. En cierta forma, Charlie representa a Occidente: bien arropada en su sociedad sobreprotectora, cómodamente instalada en su vida burguesa y que puede permitirse el lujo de ir por la vida de contestataria y liberal porque sabe que, cuando se canse de jugar a la revolucionaria, tendrá un hogar confortable al que volver. A lo largo de la novela, las convicciones de Charlie van siendo sutilmente dinamitadas, como lo son las del lector. En realidad, La Chica del Tambor no trata tanto del enfrentamiento entre israelíes y palestinos, como de la indiferencia del mundo occidental ante conflictos que él mismo ha provocado, vagamente disfrazada tras unos gestos que no cuestan nada y que contribuyen a acallar la conciencia culpable. Al acabar la novela, Charlie ya no podrá ignorar la miseria y el dolor que son la norma en el mundo más allá de las comodidades de Occidente, y tampoco el lector podrá hacerlo.
Vendría después Un Espía Perfecto (A Perfect Spy, 1986), que como ya apuntaba antes es, en cierta medida, la otra cara de El Topo. Con la escusa de un agente doble que cuenta su vida, Le Carré nos traza un cuadro tremendamente vívido y conmovedor de la Inglaterra y la Europa de entreguerras y consigue una gran novela que, sin dejar de pertenecer al género de espías, lo trasciende por completo. Magnus Pym, ese espía perfecto que no sabe a quién sirve y que terminará sirviendo a la amistad (a su idea de la amistad) por encima del país para el que aparentemente trabaja, es, de nuevo, un personaje magnífico y brillante, y su peripecia vital narrada por él mismo un relato apasionante y desgarrador.
En esta novela, Le Carré vuelve a jugar con las personas narrativas, utilizando dos narradores que, en el fondo, son tres. Por un lado un narrador distante en tercera persona, que nos cuenta los acontecimientos del presente. Por el otro el propio Pym, escribiendo su historia, que se desdobla a su vez en dos. Como si no escribiera su historia, sino la de alguien a quien una vez conoció pero que no es él, Pym adopta a veces una perspectiva de tercera persona, distanciándose de sí mismo, solo para en otras ocasiones utilizar la primera persona y acercarse sin quererlo a los acontecimientos. No hay, aparentemente, sorpresa en esta historia, no hay indagación al estilo policiaco: desde la primera página sabemos que Pym es un agente doble, lo único que ignoramos son las causas por las que lo es. En cierto modo, el propio Pym las ignora y si transcribe su vida al papel, mientras espera que sus colegas vengan a buscarlo para hacerle pagar su traición, es para averiguarlo él mismo.
En 1989, Le Carré publicaría La Casa Rusia (The Russia House) que forma y no forma parte del ciclo de Smiley. En realidad, considerada por sí sola, es completamente ajena a él. Ni Smiley ni el Cambridge Circus son mencionados una sola vez a lo largo de la novela. Sin embargo, posteriormente, en El Peregrino Secreto, en la que Smiley reaparece, el narrador será uno de los protagonistas de La Casa Rusia.
Al igual que en su novela anterior, Le Carré abandona aquí toda pretensión de intriga policiaca, salvo en los últimos capítulos. La historia no puede ser más simple: un científico ruso intenta poner en manos de un editor occidental un manuscrito en que se revela que toda la parafernalia militar soviética es inoperante y que el miedo que ha alimentado la Guerra Fría durante todos estos años ha carecido de motivo. El Oso Ruso no es un enemigo a la altura de lo que se creía y los Estados Unidos se han visto metidos en una carrera armamentística que no tenía el menor sentido. El manuscrito en cuestión, sin embargo, cae en manos del espionaje británico, quien quiere vendérselo a los americanos. Para ello necesitan contactar con el científico ruso y eso solo puede hacerlo el hombre que iba a ser su editor. Hace así su entrada en escena Barley Blair, editor bohemio y disoluto, que será reclutado medio a la fuerza por el servicio secreto para que les sirva de enlace con el científico soviético.
Apenas hay acción en la novela, y la historia es pausada, tranquila, sin apenas sobresaltos hasta los últimos capítulos. Se nos ofrece en ella una visión de la Rusia de principios de la Perestroika y, básicamente, la historia de amor de Blair y Katya, amiga y enlace de Goethe, el científico ruso que quiere exponer al mundo el talón de Aquiles de su imperio. La historia gira, en cierto modo, alrededor de una única frase: “Se tiene que pensar como un héroe para comportarse como un ser humano simplemente decente”, atribuida a Blair en el contexto de la novela, aunque perteneciente a May Sarton. El momento álgido llega cuando Blair comprende que Goethe ha sido descubierto por los soviéticos y se le presenta la decisión: traicionar, aparentemente, el sistema en el que ha vivido, o a la mujer a la que ama. Al final, encontrará el valor necesario para comportarse como un “ser humano simplemente decente” y comprenderá que ninguna ideología merece el sacrificio de las personas. Tachado de traidor, Blair volverá sin embargo a occidente con la conciencia tranquila: ha salvado lo que le importaba realmente, las vidas de Katya y su familia, y lo demás le importa un bledo. En realidad, como desvela Le Carré con mano maestra y con una tremenda ironía, su traición carece de consecuencias y el mundo sigue exactamente igual que antes.
La Casa Rusia es quizá una novela menor dentro de la producción de Le Carré, pero no esta exenta de atractivo. Es una hermosa historia de amor, bien contada y bien resuelta que al acabarla deja un regusto agridulce en la boca y una media sonrisa en el rostro. Destacar de ella un personaje secundario, que actuará como narrador, y que es un individuo cínico y carente de ideales pero que, en el fondo, admira a Barley y lo que este ha hecho, aunque sabe que nunca tendrá el valor suficiente como para imitarle. Sabe que, para él, ya es demasiado tarde como para “pensar como un héroe” y se limitará a vegetar en su vida de engaños y miserias.
La Despedida de George
El Peregrino Secreto (The Secret Pilgrim, 1990) es la última aparición pública de Smiley y, en cierto modo, el testamento literario de Le Carré.
El narrador de esta novela, Ned, antiguo jefe de la Casa Rusia y que ha perdido su puesto en la anterior novela, está ahora a cargo de la “guardería”, es decir del entrenamiento de los nuevos agentes. Decide invitar a George como orador a la cena de graduación y, tras esta, los jóvenes espías pasan con el viejo agente a la biblioteca, donde le someterán durante varias horas a sus agudas preguntas. Esto no pasa de ser la excusa, el punto de partida para que Le Carré nos ofrezca una visión global de lo que han sido todos estos años de Guerra Fría, desde principios de los sesenta hasta la actualidad. Más que una novela, El Peregrino Secreto es un libro de cuentos. Ned va recordando distintas historias de las que él ha sido, unas veces protagonista, otras testigo y otras simple oyente. Cada capítulo, precedido por una pregunta a Smiley y la respuesta de éste, es un relato en cierto modo independiente, pero todos juntos despliegan ante nosotros un panorama completo del mundo secreto británico.
Algunos tienen cierto toque humorístico (algo que siempre ha estado presente, aunque nunca en grandes dosis, en la obra de Le Carré), otros nostálgico, otros simplemente triste. La historia del joven agente que, en su primera misión al otro lado pierde una serie de tarjetitas donde había apuntado, para no olvidarlos, todos los datos de su red y que causará, sin quererlo, la caída de esta, nos haría reír si no viésemos la tragedia que subyace tras esta historia, la destrucción de vidas humanas que causa el acto sin malicia de un joven inexperto.
Otras historias son realmente estremecedoras, como la del funcionario que se acusa a sí mismo de espía porque ha dejado de serles útil a los rusos, estos han cortado el contacto y ya no tiene a nadie con quien hablar, con quien confesarse; como hombre reservado, tremendamente tímido que es, necesita abrir su alma a alguien, y la única opción que le queda es autoacusarse por medio de un anónimo para, luego, obligar prácticamente al investigador de su caso (el narrador de la historia) a que escuche sus más íntimas confidencias.
El relato quizá más hermoso y patético del libro es el del sargento retirado que viene a hablar con Smiley para que le diga si su hijo era, o no, un agente británico tras el telón de acero: Unos meses atrás ha ido a visitar al chico a la cárcel y este le ha confesado que en realidad todo es una tapadera y él es un espía; si le pasa algo no tiene más que acudir al Servicio Secreto y preguntar por los gemelos de su propiedad, que ellos guardan y que le identifican como espía. Cuando su hijo muere acude al Servicio para que se lo confirme. Smiley, tras investigar los antecedentes del muchacho descubre lo que ya sabía: nunca ha estado en la nómina del Servicio, no era más que un vulgar delincuente que jugó de forma cruel con las ilusiones de su padre. Convoca al militar retirado y su esposa a su despacho y les dice que su deber es negar cualquier conexión entre su hijo y el espionaje, que jamás deben volver a verle ni a preguntarle por la cuestión y que no tiene nada más que decir. Vacila unos instantes y luego añade, de repente: “casualmente encontré esto en mi caja fuerte”[8] y le da un estuche que, al abrirlo, contiene unos hermosos gemelos de oro. El militar y su mujer, con lágrimas en los ojos, le dan las gracias y se van. Ned, el narrador, que ha conocido esta historia de rebote y que sabe que los gemelos eran un antiguo regalo de Ann, la mujer de Smiley, se pregunta por qué este hizo lo que hizo. Finalmente, llega a una conclusión: “Smiley comprendió que aquel era uno de los raros momentos en los que el Servicio puede tener un auténtico valor para la gente de verdad. Por una vez, la mitología del espionaje se utilizaría no para disfrazar otro caso de incompetencia o de traición, sino para respetar los sueños de un matrimonio de ancianos. Por una vez, Smiley podía decir con toda confianza que una operación secreta había funcionado”[9].
A lo largo de la novela, vemos un Smiley que, con el tiempo se ha ido reconciliando consigo mismo, con sus éxitos y sus fracasos, con sus propias contradicciones. Ha cambiado, es quizá más sabio, más tolerante. Acabada la tanda de preguntas y respuestas, y mientras se prepara para irse, dice: “Y no es solo nuestra mentalidad lo que vamos a tener que reconstruir. Es el superpoderoso estado moderno que nos hemos construido como bastión contra algo que ya no existe. Para ser libres hemos renunciado a demasiadas libertades. Ahora tenemos que recuperarlas”[10], una idea que si era cierta en el momento en que fue expresada no lo es menos hoy en día; de hecho, quizá lo sea más.
Tras una vida de derrotas, desengaños y amarguras, Smiley no ha perdido su visión sagaz. Y lo que es más importante, no ha perdido su esperanza.
Apéndice:
Le Carré en la Pantalla
En general, John Le Carré ha tenido buena suerte con sus adaptaciones al cine. Todas ellas (salvo El Espejo de los Espías, película de la que ignoro los resultados) le han sido bastante fieles y resultan, por lo general, buenas traslaciones de su obra.
Quizá la mejor de las películas basadas en uno de sus libros sea la primera, El Espía que Surgió del Frío, dirigida por Martin Ritt e interpretada por Richard Burton, en el que quizá sea uno de sus mejores papeles para el cine, encarnando al desengañado Alec Leamas. La película no traiciona al libro en ningún momento y resulta tan compleja como este, pero tan bien resuelta que el espectador no se pierde en ningún momento.
Otras adaptaciones como la de La Chica del Tambor (con Diane Keaton y Klaus Kinsky) o La Casa Rusia (con Sean Connery y Michell Pfeifer) son, en líneas generales, correctas, buenas películas sin llegar tampoco a ser nada extraordinario y que, pese a algunos cambios menores, son perfectamente fieles al espíritu del original.
Pero donde de verdad ha tenido suerte Le Carré ha sido en la pequeña pantalla. A principios de los ochenta la BBC realizaría las series Calderero, Sastre, Soldado, Espía y Los Hombres de Smiley, que adaptan sus novelas El Topo y La Gente de Smiley y que fueron emitidas por Televisión Española hace ya algunos años. Además de ser ambas magníficas adaptaciones de las novelas originales (y de la curiosidad de poder ver a Patrick Stewart, el capitán Picard de Star Trek, en el papel de Karla) poseen el tremendo acierto de contar con Alec Guinnes encarnando a Smiley. Uno de los peligros de las adaptaciones de la literatura a la imagen es que, a menudo, los actores que encarnan a los personajes entran en conflicto con la imagen mental que los lectores se habían formado de ellos (como ocurre, por ejemplo, con Diane Keaton como Charlie en La Chica del Tambor). Pero en el caso concreto de estas series, Guinnes es, sin duda, el Smiley perfecto, ajustado al cien por cien a la descripción que de él hace Le Carré, en una de sus más soberbias interpretaciones. No es casual que el propio Le Carré le dedicara El Peregrino Secreto “con afecto y admiración”. Para mí, y creo que para muchos, el rostro de Alec Guinnes será para siempre el del valeroso y desengañado George Smiley. No es el momento ni el lugar para un análisis detallado de las series, pero aquellos que estéis interesados podréis encontrar un comentario sobre ellas aquí mismo.
BIBLIOGRAFÍA:
(Aunque aquí cito algunas ediciones distintas, de todas las novelas de Le Carré, la edición más asequible es la de Plaza & Janés, en su colección de bolsillo).
I. Llamada para el Muerto, Editorial Noguer, Barcelona, junio de 1965.
II. Asesinato de Calidad, Plaza & Janés, Jet, Barcelona, junio 1988. Incluye Prólogo de Carlos Pujol.
III. El Espía que Surgió del Frío, Seix Barral, Obras Maestras de la Literatura Contemporánea 11, Barcelona, julio de 1983.
IV. El Espejo de los Espías, Planeta, BestSeller Serie Negra 17, Barcelona, mayo 1985.
V. El Topo, Argos-Vergara, Barcelona, 1980.
VI. El Honorable Colegial, Plaza & Janés, Jet, Barcelona, julio 1987.
VII. La Gente de Smiley, Argos-Vergara, Barcelona, 1980.
VIII. La Casa Rusia, Plaza & Janés, Éxitos, Barcelona, noviembre 1989.
IX. El Peregrino Secreto, Plaza & Janés, Éxitos, Barcelona, febrero 1991.
NOTAS:
1. Posteriormente imitadas hasta la saciedad por autores que no están a su altura, como es el caso de Len Deighton, pese al éxito de público de su trilogía Juego, Set y Partido. [volver]
2. Cfr. Bibliografía, V, pág 354.[volver]
3. Id. ant.[volver]
4. Destacar la película Otro País (Another Country), cuya historia está inspirada -no sé hasta qué punto con fidelidad- en la adolescencia de ese personaje, Kim Philby, y sus experiencias homosexuales en una public school inglesa.[volver]
5. Prólogo a La Gente de Smiley, Bruguera, Libro Amigo, Barcelona, noviembre 1984. Pág. vii.[volver]
6. Cfr. Bibliografía, VII, págs. 361-62.[volver]
7. Id. ant., pág 365.[volver]
8. Cfr. Bibliografía, IX, pág. 294.[volver]
9. Id. ant., pág. 295.[volver]
10. Id. ant., pag. 369.[volver]
© 1994, 2007, Rodolfo Martínez
Territorio incierto
Miércoles, Enero 24th, 2007 Pertenece a Mi misma mismidad, Pergeñando | Sin comentar »Ése es el título de la columna que he preparado para la nueva etapa de Bibliópolis, crítica en la red. Cuando Blanca Martínez, la actual coordinadora de la página, me propuso que siguiera colaborando con ellos, la verdad es que me resultó difícil encontrar algo que me pareciera adecuado y me gustara: quería seguir colaborando con Bibliópolis, por supuesto, pero no sabía muy bien cómo. Tenía claro que no quería hacer algo demasiado específico y, por otro lado, tampoco era plan de llevar una sección donde todo valiera y no existiese una mínima orientación.
Al final surgió este Territorio incierto (después de barajar varios nombres que no me convencían y de llegar al título final gracias a una amable sugerencia de Instanton) dedicado a comentar “derivaciones”, trasvases: adaptaciones del cómic a la literatura y al cine o viceversa, productos franquiciados que surgen al amparo de una novela o una película; o incluso, por qué no, autores que auto-franquician su propia obra y terminan convirtiéndose en una parodia de sí mismos. No estoy hablando necesariamente de merchandising literario, aunque muchas de las cosas de las que voy a hablar en la columna puedan considerarse así. Vamos, como reza en la entradilla de la columna:
Franquicias, auto-franquicias y merchandising literario. Historias, personajes y universos que pasan de un medio a otro, que cambian de casa, de formato y de aspecto. Sin fronteras, sin ataduras. Un negocio, un reclamo… pero también, a veces, un entretenimiento digno y de calidad
En cualquier caso, la primera entrada ya está disponible para cualquiera que desee leerla. Basta con que pinchéis aquí.
© 2007, Rodolfo Martínez
Tierra de Nadie: Jormungand
Lunes, Enero 22nd, 2007 Pertenece a En carne y hueso, Novelas | 7 comentarios »
Rodolfo Martínez
Tierra de Nadie: Jormungand
Ediciones B, Nova 86. Barcelona, mayo 1996
ISBN: 84-406-6381-1
De todas mis novelas, Tierra de Nadie: Jormungand, es la que ha tenido una travesía más accidentada. La comencé en 1991, lleno de entusiasmo y de ganas de demostrar todo cuanto sabía. Aún hoy es mi novela más ambiciosa de ciencia ficción y, en algunos aspectos, la que menos me convence. Finalicé la primera versión año y medio más tarde (si no contamos el pequeño hiato de la Mili, durante el que escribí muy poco) y entonces me encontré con un manuscito de más de trescientas páginas con el que no sabía qué hacer.
Decidí enviársela a Miquel Barceló cuando vi que este comenzaba a publicar autores españoles en Nova Ciencia Ficción. Mientras esperaba una respuesta por su parte (tardó en llegar, a Miquel la novela parecía gustarle, pero no terminaba de decidirse) volví sobre el manuscrito y lo sometí a algunos cambios: eliminé algunas secuencias, añadí otras nuevas, alteré el flujo cronológico de la historia…
Y mientras tanto, los años seguían pasando y la novela no acababa de ver la luz. Cuando parecía que Miquel iba a decidirse a publicarla, se interpuso en mi camino César Mallorquí y fui derrotado en los planes editoriales por su espléndido Círculo de Jericó. Creí que al año siguiente me ocurriría lo mismo con la recopilación de historias de Tierra Vaga de Enrique Lázaro (que, ya que estamos, algún editor debería molestarse en publicar de forma profesional: es una pena que nuestra fantasía autóctona más personal e intransferible se pierda y hoy en día casi no sea conocida por los aficionados al género) , pero no sé si por la publicación previa de La sonrisa del gato, o simplemente porque Miquel consideró que había llegado el momento, Tierra de Nadie: Jormungand fue publicada por fin en 1996.
Como he dicho, es en muchos aspectos mi obra más ambiciosa, pero también, para mí, la más insatisfactoria. Tenía demasiadas ganas de demostrar lo que sabía, de meter en ella todo lo que había aprendido y el resultado fue desigual. Hay partes de la novela que aún considero válidas, pero reescribiría en profundidad muchas otras (especialmente el tono adoptado por el propio Jormungand como narrador, que a medida que pasan los años voy encontrando más insufrible, pedante y pretencioso). Pero preocuparse por eso es inútil. Como dijo Hemingway, un libro publicado es un león muerto, y uno se encoge de hombros y pasa al siguiente.
Eso, al menos en mi caso, no es del todo cierto. Y, de vez en cuando, no puedo evitar volver la vista atrás y pensar qué podría haber hecho esto o esto otro. Y a veces, hasta lo hago. Pero eso es otra historia.
© 2007, Rodolfo Martínez
Canibalismo verde
Viernes, Enero 19th, 2007 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | 5 comentarios »- El mismo día, hace un año: Interpretaciones, sorpresas, puntos de vista
Los años setenta del pasado siglo fueron una de las épocas más fructíferas para la ciencia ficción cinematográfica: alejada de presupuestos mediocres y considerada por los grandes estudios al mismo nivel que cualquier otro género, la ciencia ficción audiovisual se volvió adulta en el espacio que media entre el estreno de 2001: una odisea del espacio (1968) y La guerra de las galaxias (1977). Con el redescubrimiento del cine-espectáculo por parte de George Lucas la industria comenzó a optar por un cine visualmente impactante y, cada vez más, a trivializar la necesidad de contar una buena historia y contarla bien. Es cierto que ha habido excepciones y las seguirá habiendo, pero en los años setenta esas excepciones eran la norma.
En 1973 se estrena una película que ha sido injustamente olvidada por el público y ninguneada por buena parte de la crítica. Ni siquiera dentro del mundillo de la ciencia ficción se la ha tenido demasiado en consideración y, cuando se habla de ella, es para comentar que es muy inferior a la novela en la que está basada y poco más.
Me refiero a Soylent Greeen de Richard Fleischer, aquí estrenada bajo el título de Cuando el destino nos alcance, película que toca varios géneros y que, nacida al amparo de una de las majors (concretamente la MGM) supone, junto con el Silent Running (Naves misteriosas) de Douglas Trumbull y The Andromeda Strain (La amenaza de Andrómeda) de Robert Wise la culminación de una decisión consciente de hacer cine adulto de ciencia ficción que el estreno de Star Wars cortaría de raíz y que había comenzado, como dije, con el 2001 de Kubrick y El planeta de los simios de Franklin J. Shaffner, ambas de 1968.
Ya he comentado que ni siquiera los aficionados a la CF aprecian en demasía la película, y tienden a considerarla muy inferior a la novela en la que se basa, Make Room! Make Room! (¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!) de Harry Harrison. No puedo estar más en desacuerdo con esa opinión: si bien es cierto que muchos de los temas de la novela de Harrison apenas son mencionados en su adaptación fílmica, esta es capaz de recoger los más importantes con acierto, y sumergirnos en un ambiente agobiante y malsano del que uno desea escapar durante toda la proyección. Soylent Green tiene mucho de cine negro (aunque sea cine negro a la luz del día) así como de distopía y, como en las mejores obras de ambos géneros, desemboca en un final en el que no hay esperanza y para el que solo queda como salida la resignación, la locura o el suicidio fomentado por el Estado. Al contrario que su equivalente literario, se centra solo en uno o dos temas principales, consiguiendo así huir de la dispersión argumental que aqueja a la novela de Harry Harrison y que la convierte en una obra fallida.
La película arranca con un asesinato que un policía, convincentemente encarnado por Charlton Heston, investigará sólo para encontrarse que el caso que le han asignado esconde mucho más de lo que parece a simple vista. Heston tiene como compañero y ayudante a un crepuscular Edward G. Robinson que se muestra magnífico durante lo que es su última interpretación para la gran pantalla. Ambos viven en un Nueva York superpoblado, afectado por un efecto invernadero no mencionado pero sí mostrado y donde un hombre no puede coger la baja médica en su trabajo so pena de perderlo. Un mundo donde el agua está racionada, donde la carne y las verduras frescas son un privilegio y en el que el único alimento al alcance de todos son una serie de concentrados proteínicos que -se supone- son extraídos de las factorías de algas.
El cine fantástico apenas ha tenido estrellas que se puedan medir en pie de igualdad con las de otros géneros: las excepciones posiblemente sean Arnold Schwarzenegger y Charlton Heston. Éste, durante finales de los sesenta y buena parte de los setenta realizó una serie de películas (no todas ellas afortunadas) de ciencia ficción en las que, con su forma de actuar siempre prepotente y bastante narcisista, daría vida a personajes que hoy han pasado casi al inconsciente colectivo de los aficionados: y basta mencionar su Taylor arrodillado frente a los restos de la Estatua de la Libertad en la primera versión de El planeta de los simios, imagen que Tim Burton pervertiría en el ridículo final de su versión de la misma película. Hasta su Neville en la desastrosa The Omega Man (El último hombre… (vivo!) de 1971, es un personaje que merece pasar al recuerdo. (Y eso sin mencionar su breve aparición -casi un cameo- en el True Lies de Cameron, donde nos ofrece un Nick Furia casi perfecto).
En Soylent Green, Heston nos regala una interpretación convincente como ese policía arrogante y cínico que al final se encuentra en un mundo sin esperanza del que no puede escapar. La caracterización de Edward G. Robinson es el perfecto contrapunto a la suya y ambos forman una de las mejores parejas del cine policiaco de todos los tiempos, en esa manía que tiene el cine americano casi desde siempre de construir parejas de policías sorprendentes y ocasionalmente ridículas: policía blanco y negro, policía humano y canino, policía humano y alienígena, policía masculino y femenino…
La película, con su clara estética de los años setenta, anticipa en buena medida parte del cine de ciencia ficción posterior, narrativamente ya que no estéticamente, y no es descabellado pensar que el Blade Runner del -a tenor de sus últimas películas- sobrevalorado Ridley Scott tiene más de una deuda con este policíaco de ciencia ficción anterior en una década: tanto el Nueva York de una como el Los Ángeles de la otra son ciudades de las que uno quiere escapar y no puede y el romance que surge en ambas películas (con un robot en un caso, con una prostituta calificada como “mobiliario“ en el otro) tiene más de un punto en común.
Por otra parte, Soylent Green está fotografiada, no como una serie negra clásica, sino más bien como un thriller de los setenta (lo que no deja de ser, al fin y al cabo) y su estructura debe más a este género que al anterior. Thriller y ciencia ficción están perfectamente conjugados en un guión bien construido que desemboca en un final sin esperanzas y que tiene algunos momentos soberbios: desde la carga de la policía contra una turba hambrienta, al momento en el que Edward G. Robinson decide acceder al suicidio financiado por el Gobierno para poder darle a su compañero las claves necesarias para desentrañar el misterio que ambos investigan.
Soylent Green es, por todo esto, una de las mejores combinaciones de policiaco y ciencia ficción de todos los tiempos, y su caída en el olvido no puede por menos que parecerme sorprendente.
EDITANDO: En la última actualización de Bibliópolis, dentro de la sección “Pantalla de sueños”, podéis encontrar un comentario a la película escrito por José Joaquín Rodríguez.
Publicado originalmente en Bibliópolis, crítica en la red
© 2001, 2007, Rodolfo Martínez
Curiouser and curiouser
Jueves, Enero 18th, 2007 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | 5 comentarios »No soy nada futbolero, así que normalmente no me entero mucho de lo que pasa en el mundo balompédico, salvo cuando se comenta algo en la oficina. En esos casos, evidentemente, no intervengo mucho en la conversación.
Por lo que he oído parece ser que Ramón Calderón, el actual presidente del Real Madrid, ha declarado entre otras cosas que los jugadores del equipo están endiosados, cobran más de lo que merecen y son unos ignorantes. También ha arremetido contra el anterior presidente y ha dicho alguna que otra cosa, no muy positiva, sobre Beckham. Hablo de oídas, me apresuro a aclarar, ya que no sigo mucho las noticias del mundo deportivo: pero lo que he oído comentar a mi alrededor ha sido más o menos esto que acabo de decir.
Las declaraciones, como no podía ser menos, han generado el correspondiente revuelo.
Y, de todos los comentarios que fui oyendo a lo largo del día a mi alrededor al respecto, hay uno que me llamó poderosamente la atención. Es éste:
—No, si tener, tiene razón, pero esas cosas no se dicen.
Curioso, ¿no? Y da qué pensar.
© 2007, Rodolfo Martínez
Las brujas y el sobrino del cazador
Miércoles, Enero 17th, 2007 Pertenece a En carne y hueso, Novelas cortas | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: Mundos morirán, mundos vivirán
Rodolfo Martínez
Las brujas y el sobrino del cazador
Grupo Elfstone, Tormenta de palabras 1, Zaragoza, 1995
D.L.: Z-2283-89
Algo más de un año antes de la publicación de La sonrisa del gato, Santiago García Soláns, editor de la revista Elfstone, me comentó que pensaba probar suerte con una colección de novelas cortas y que tenía interés en publicar algo mío.
Le envié varias cosas y terminó eligiendo Las brujas y el sobrino del cazador, una historia fantástica sin demasiada trascendencia que, de haber sido publicada en su momento se habría convertido en mi primera obra de mediana extensión en el mercado y habría sido una buena tarjeta de presentación.
Desgraciadamente, pese a las mejores intenciones del editor, el proyecto se fue retrasando y, para cuando salió a la calle, La sonrisa del gato ya había visto la luz y en la inevitable comparación, Las brujas y el sobrino del cazador salió bastante mal parada.
Es una obra menor, sin duda. Creo que tiene un buen arranque y el desarrollo no es malo, pero en determinado momento se nota demasiado que el autor se ha cansado de su propia obra y tiene prisa por terminar, así que la historia se queda a medias y no culmina su desarrollo. En parte, como he dicho, por cansancio del autor; en parte, confesémoslo, porque el autor no tenía muy claro hacia dónde tirar a partir de determinado momento. Pese a todo creo que hay algunas secuencias bastante dignas y la historia en general aún me gusta.
Habría sido una buena tarjeta de presentación de haberse publicado en su momento. Tal y como fueron las cosas no pasó de una nota a pie de página.
© 2007, Rodolfo Martínez
Drímar. Tercera Parte: La Era del Aislamiento
Lunes, Enero 15th, 2007 Pertenece a Drímar, En carne y hueso | 1 comentario »- El mismo día, hace un año: Pero haberlo, haylo
Años 1443-1494:
Según lo contemplado en el Tratado de la Partición se inicia la evacuación paulatina de la Tierra, comenzando por Europa.
Se inicia la evacuación de Japón y Australia.
Europa evacuada.
Se inicia la evacuación de África y Latinamérica.
Japón y Australia evacuadas.
Se inicia la evacuación de Asia.
Se inicia la evacuación de Ameranglia.
África y Latinamérica evacuadas.
Costa Este de Ameranglia evacuada.
Año 1495:
Problemas con las tribus de Ameranglia Interior. Se niegan a ser evacuadas. Por primera vez desde el Interregno se unen todas y forman el Consejo de Tribus que a partir de ahora negociará con la Confederación de Drímar como una nación soberana.
Asia evacuada.
Año 1496:
Primera conferencia entre el Consejo de Tribus y la Confederación de Drímar. Sin que se llegue a acuerdo alguno, la conferencia es rota y está a punto de iniciarse la guerra.
Seis meses más tarde se reanuda la conferencia.
Año 1497:
Después de varias conferencias y amagos de guerra, la Confederación de Drímar y el Consejo de Tribus llegan a un acuerdo. Las tribus serán evacuadas al planeta Okeechobee y, una vez en él, se integrarán en la Confederación con estatus de miembro semi independiente, con varias prerrogativas de autogobierno y autocontrol.
Año 1498:
Las tribus son evacuadas.
Año 1499:
Fin de la evacuación del planeta Tierra.
Se construye el radiofaro de Neoyorquia, que actuará como una baliza cósmica. Un equipo formado por hombres de la Confederación y el Mandato se ocupa de su mantenimiento, con orden expresa de no pisar la Tierra más allá de una reducida zona alrededor del radiofaro.
Año 1511:
El radiofaro se automatiza completamente. Excepción hecha de los equipos de técnicos que bajan para las revisiones semestrales, los humanos han abandonado completamente la Tierra.
Año 1524:
El Explorador de la Confederación Hennesy Tokomura, descubre y bautiza el planeta Tierra de Nadie. También bautiza a Desastre, la gran luna que orbita el planeta en una órbita tan excéntrica que, aparentemente, contraviene las leyes del movimiento planetario y que provoca con sus mareas un verdadero río de viento en el ecuador del planeta.
Año 1532:
La primera expedición a Tierra de Nadie descubre el motivo por el que la órbita de Desastre siga siendo tan excéntrica después de tantos millones de años. Cercano al apogeo de su órbita hay un agujero negro primitivo, tan pequeño que casi pasa desapercibido, pero suficiente como para mantener la órbita de la luna muy lejana del planeta en su apogeo y hacerla comportarse casi como un cometa, pasando muy cerca de las partes superiores de la atmósfera de Tierra de Nadie en el perigeo.
Año 1535:
La Confederación de Drímar declara Tierra de Nadie y todo su sistema como de Interés Público, por lo que no es apto para colonización por parte de grupo o empresa alguna.
Año 1578:
Comienza la construcción de un gran edificio en la gran isla del hemisferio norte de Tierra de Nadie.
Año 1581:
Tierra de Nadie es declarado Planeta Prisión.
Año 1852:
Presiones en Okeechobee, el planeta al que fueron evacuadas las Tribus terrestres, para que se integren completamente en la Confederación. El Consejo de Tribus pide un lapso de espera para considerar la propuesta. Le son concedidos cinco años.
Año 1857:
Poco después de que llegue la nave con el relevo para la guarnición de Tierra de Nadie, el acceso al sistema se cierra. Es imposible llegar al planeta saltando a través de un agujero de gusano.
Año 1862:
Okeechobee rechaza la integración plena en la Confederación de Drímar. El gobierno de ésta denuncia el tratado por el que se le concedían derechos especiales de autogobierno y lo proclama como provincia, aunque, aparte de la declaración oficial, se abstiene de ningún otro acto.
Año 1865:
Se envía una nave informatizada a velocidad subluz hacia Tierra de Nadie.
Año 1870:
Un gobernador provincial baja a Okeechobee para poner en práctica el decreto de la Confederación. Es expulsado y el planeta se declara independiente. La Confederación afirma que tal declaración carece de valor.
Año 1871:
La nave llega a Tierra de Nadie y, casi inmediatamente es destruida por una fuerza desconocida.
La Confederación de Drímar decide embarcarse en un proyecto secreto: enviará una flota de naves subluz a Tierra de Nadie, de forma que la llegada de todas las naves al sistema sea simultánea.
Año 1873:
Estalla la guerra entre la Confederación y Okeechobee. Las tropas gubernamentales invaden el planeta.
Año 1879:
Termina la guerra con la casi total aniquilación de la población autóctona de Okeechobee.
Año 1893:
Parten las primeras naves hacia Tierra de Nadie, desde los sistemas más alejados. A partir de ahí, escalonadamente, irán partiendo otras naves. Todas van automatizadas, sin tripulación humana.
Año 1951:
Las naves enviadas a Tierra de nadie llegan al Sistema y son destruidas. Estudiando el lugar donde ocurrió, se ve que todos los puntos forman parte de una esfera que parece rodear el sistema y que impide que nada llegue a él, a través de el espacio normal o a través de un agujero de gusano.
Año 1952:
Estudiada la esfera que rodea Tierra de Nadie, se decide enviar una nave, a través de un agujero de gusano, y hacer que entre en el espaciotiempo normal más allá de la esfera.
La nave es enviada y se pierde todo rastro de ella.
Año 2461:
Un grupo de Exploración de Pardaterra encuentra y bautiza Ballena Varada y reclama derechos de colonización sobre él. Se trata de un mundo oceánico, sin apenas masas terrestres. Carece de ionosfera y de oxígeno libre en la atmósfera.
Año 2464:
Inicio de la colonización de Ballena Varada. Al no haber masas de tierra apreciables en el ecuador, se procede a construir una, que se llamará Pie del Cielo, para anclar en ella el ascensor orbital.
Año 2497:
Como resultado de las manipulaciones genéticas entre los delfines importados para poblar el océano de Ballena Varada, estos son capaces de hablar la lengua humana.
Año 2498:
Accidentalmente, se descubre un efecto colateral de la ingeniería genética sobre los delfines de Ballena Varada: adquieren habilidades telepáticas.
Año 2511:
Primeras exportaciones de delfines telépatas a otros mundos de la Confederación. Inicio de las negociaciones para ser reconocidos como ciudadanos de pleno derecho de esta.
Año 2517:
Curtiz Inmálucor desarrolla el Simulador Cuántico, un artefacto que permite que cualquier partícula u onda deseada simule las características de espín, masa, carga y longitud de onda de cualquier otra.
Año 2649:
La Confederación concede a los delfines telépatas de Ballena Varada derechos de plena ciudadanía.
Año 2748:
Primer contacto entre un navío de la Confederación y una de las naves vivientes de los Multis.
Año 2753:
Los Multis comienzan a negociar con la Confederación. Afirman venir de la Nube Mayor de Magallanes y llevar viajando, en naves subluz de aceleración continua, unos seiscientos cincuenta y nueve mil ochocientos cuarenta y siete años terrestres.
Año 2757:
Los Multis intentan establecer relaciones comerciales con el Mandato Sáver.
Año 2758:
El Mandato Sáver, que durante estos años de aislamiento ha desarrollado una gran repugnancia ante todo lo que sea la manipulación de los genes, se siente ofendido ante la presencia Multi y su forma de crear por ingeniería genética las herramientas que necesitan.
El Mandato Sáver declara la guerra a los Multis, a los que consideran una abominación que debe ser exterminada. Los Multis piden ayuda a la Confederación. Esta decide entrar en el conflicto.
Poco más de dos meses después de iniciada la guerra, el Mandato Sáver negocia un alto el fuego con la Confederación y los Multis. Acceden a cesar las hostilidades a cambio de que los Multis no crucen jamás sus fronteras.
Año 2765:
La Confederación de Drímar decide enviar una nave exploradora a la Nube Mayor de Magallanes. Casi en el momento mismo en que la nave abandona la Vía Láctea se pierde todo contacto con ella. La Confederación mantiene en secreto el proyecto.
Año 2773:
Tras numerosos intentos, la Confederación averigua por fin que toda nave que intente cruzar el espacio entre la Vía Láctea y la Nube de Magallanes modificando la constante de Planck es inmediatamente disparada hacia un nuevo rumbo, completamente aleatorio, y a una velocidad casi infinita. Estos datos son mantenidos en secreto.
Año 2832:
Los bioprocesadores multis sustituyen a los antiguos ordenadores humanos en casi todos los aspectos de la vida de la Confederación. Algunas de las bioherramientas Multis comienzan a ser usadas en la Confederación.
Año 2836:
Se intenta desarrollar un bioprocesador capaz de abrir un agujero de gusano.
Año 2841:
El físico Yordan Gregorovius descubre que en el espacio que separa la Vía Láctea de la Nube Mayor de Magallanes existen varios plegamientos que forman un nudo cósmico. Ese es el motivo por el que todas las naves enviadas a aquel lugar fueran desviadas de su ruta. Aparentemente, la única forma de llegar a la Nube es viajando sin alterar la constante de Planck, tal y como hicieron los Multis para llegar a la Vía láctea.
Año 2848:
Tras sucesivos y descorazonadores fracasos, se abandona el proyecto del bioproc para abrir un agujero de gusano. Este será prácticamente el único caso en el que el ordenador no podrá ser sustituido por una bioherramienta multi.
Año 2853:
Los Multis ingresan en la Confederación de Drímar, como estado asociado semi independiente.
Año 2964:
Utilizando un simulador cuántico una nave del Servicio consigue atravesar la Esfera de Gusano que rodea Tierra de Nadie y, se supone, aterrizar en el planeta. Todo contacto se pierde desde entonces.
Año 2979:
La Confederación recibe una transmisión de hiperondas desde Tierra de Nadie, informándoles de que el acceso al sistema está libre. Los habitantes de Tierra de Nadie, aislados durante más de mil años, afirman formar ahora una nación independiente y solicitan negociar su incorporación a la Confederación.
En una isla al norte del planeta, los descendientes de las ratas que se trajeron en la siembra original de Tierra de Nadie han evolucionado lentamente hacia la inteligencia y han desarrollado una primitiva sociedad que da sus primeros pasos en el lenguaje escrito.
Se envía una embajada mixta humana‑multi a Tierra de Nadie. Tras los contactos con los habitantes del planeta, estos se niegan a integrarse en la Confederación. Tras la marcha de la embajada, vuelven a alzar la esfera de gusano.
Tierra se Nadie de convierte en el primer planeta con consciencia planetaria: una criatura denominada Jormungand y que parece ser una mezcla imposible de animales, plantas e incluso rocas actúa como mente del planeta.
Durante la misión en Tierra de Nadie la parte humana de la embajada descubre que los multis son en realidad máquinas biológicas creadas por ingeniería genética por la especie dominante en la Nube Mayor de Magallanes, cuya química tiene por base el silicio, en lugar del carbono.
Narrativa:
Tierra de Nadie: Jormungand
Publicada por Ediciones B, Nova Ciencia Ficción Nº 86, mayo de 1996.
Premio Ignotus 1997 a la Mejor novela.
Año 2980:
Isak Yusuf Langerhasse, antiguo miembro de la Expedición a Tierra de Nadie comienza su cruzada contra las bioherramientas, especialmente los bioproces. Al principio, el público apenas le presta atención.
Viento de Estrellas, líder de los humanos de Tierra de Nadie, construye una nave ayudado por Jormungand y mantiene su existencia en secreto.
Año 2981:
Algunos multis, unos pocos humanos y varios delfines de Ballena Varada se dirigen hacia Tierra de Nadie en secreto.
Año 2983:
Un funcionario filtra a la prensa los descubrimientos sobre los multis realizados durante el viaje a Tierra de Nadie. La xenofobia estalla en una llamarada por toda la Confederación y Langerhasse se encuentra de pronto con millones de adeptos a su causa.
Año 2986:
Finalmente, presionado por las masas, el gobierno toma cartas en el asunto. Declara a los multis fuera de la ley y afirma que todos aquellos que no se entreguen al gobierno serán exterminados.
Mientras tanto, un grupo de investigación trata de descubrir alguna forma de quebrar el aislamiento de Tierra de Nadie.
Año 2987:
La Orden Soyta, mediante técnicas de clonación y nanotecnología, intenta desarrollar un superhombre. El proyecto está bajo el control del Martillo de Herejes, la organización que controla las desviaciones de la fe dentro de la Orden, y pretenden averiguar de qué forma interactúa con el mundo alguien con los poderes de un Dios, hasta qué punto un individuo con tales habilidades intentará remodelar el universo a su imagen y semejanza.
Año 2993:
Los multis son borrados de la faz de la Galaxia.
Año 2995:
Los científicos descubren la única partícula que la esfera de gusano deja pasar al exterior: los gravitones. Utilizando el simulador cuántico podrán entonces atravesar la esfera. Sin embargo, el costo de la conversión es brutal y solo unas pocas naves podrán ser enviadas.
Año 2996:
Después de numerosos intentos y fracasos, el proyecto Zaratustra de la Orden Soyta obtiene un espécimen con posibilidades de éxito. Se desarrolla el embrión y se le somete tras su nacimiento a crecimiento acelerado en una cápsula de realidad virtual, con las terminaciones nerviosas del cuerpo conectadas a un traje de datos que le implanta una serie de recuerdos falsos.
Año 2997:
La Orden decide que ha llegado el momento de que su superhombre interactúe con el mundo. Su apariencia física y sus experiencias simuladas son las de un adolescente. Se finaliza el programa de realidad virtual y se lo instala en Pardaterra, en uno de los colegios de la Orden. Mientras ojos espías evalúan cada uno de sus actos, la Orden provoca una serie de desastres naturales para obligarle a actuar. Ante su pasividad deciden secuestrar a una joven con la que había intimado. El superhombre la rescata y destruye al jefe del proyecto. Nadie lo vuelve a ver desde entonces.
Narrativa:
“Este relámpago, esta locura“
Publicada en Callejones sin salida, Ediciones Berenice, 2005.
Mención del Jurado en el premio UPC de Novela Corta de Ciencia Ficción 1998.
Permio Ignotus 2000 a la Mejor Novela Corta.
Año 2997:
La Confederación envía una expedición punitiva a Tierra de Nadie. La mayor parte de la población nativa es aniquilada, así como los multis y las ratas inteligentes y buena parte de los delfines. Jormungand es aparentemente destruido, aunque antes de morir consigue trasladar parte de su conciencia a una semilla que deja a cargo de un reducido núcleo de supervivientes. Estos consiguen huir de la matanza en la nave construida por Viento de Estrellas y, guiados por su hija Tinúviel, desembarcan en el planeta Tierra, el único en el que a la Confederación no se le ocurrirá buscarles, a causa de su situación como planeta prohibido para los humanos.
Entre los supervivientes, poco más de dos mil setecientos individuos, hay representantes de las cuatro especies inteligentes que vivían en Tierra de Nadie: humanos, delfines, multis y ratas. Poco después del desembarco, se reparten el planeta: los delfines vuelven al mar, las ratas ocupan lo que en su día fueron las estepas de Asia, y los humanos viven en los restos de la Europa occidental y en las enormes is