Un futurible para la ciencia ficción española

Escribí este artículo hace casi tres años, con destino a un fanzine electrónico. Desde entonces han cambiado algunas de las cosas que describo. Esa situación de bonanza del género de la que hablo en los primeros párrafos, por ejemplo, ya no es la misma: entre otras cosas, nos hemos quedado casi sin revistas profesionales de CF y fantasía. Sin embargo, creo que las reflexiones que dan cuerpo al artículo siguen siendo tan válidas ahora como entonces y me ha parecido buena idea recuperarlo.

Hay situaciones en las que el optimismo parece inevitable. Y da la impresión de que ésta es una de ellas. Si le echamos un vistazo al panorama actual de la ciencia ficción española, es fácil ver que nunca hemos estado en un momento mejor. Las colecciones profesionales dedicadas al género rondan ya la media docena y todas, o casi, parecen interesadas en la inclusión de autores españoles entre sus páginas. Otro tanto ocurre con las revistas. Si a eso unimos una buena cantidad de editores que podemos calificar de semiprofesionales y que se nutren en exclusiva de la cantera nacional, es fácil ver que atravesamos el mejor momento que ha vivido hasta ahora el género en nuestro país.

Y sin embargo, tampoco es un momento que se pueda calificar de bueno, no nos engañemos. Seguimos moviéndonos en los márgenes, atrayendo públicos minoritarios y con tiradas que, salvo alguna que otra excepción, resultan ridículas si las comparamos con las que tienen los libros de ciencia ficción o fantasía en países cercanos y en mercados que, sobre el papel, no son muy distintos del nuestro.

Seguimos siendo la hermana pobre de la literatura nacional, muy lejos aún del “primer mundo” del mercado editorial. Pero nuestras expectativas van mejorando lentamente y, lo que es más importante, no hay retrocesos en esas mejoras. Poco a poco, paso a paso, quizá demasiado lentamente, vamos saliendo de una situación que parecía eterna.

Junto con el optimismo surge la duda, el temor: ¿se frustará este proceso, tendrá esta vez la fuerza suficiente, el empuje necesario para mantenerse? ¿Llegaremos alguna vez a tener la suficiente “masa crítica” para atravesar las fronteras de la marginalidad?

Creo que sí. Quizá no hoy ni el año que viene. Pero probablemente sí dentro de esta década. En algún momento de un futuro no muy lejano, la ciencia ficción dejará de ser literatura de guetto y asentará sus reales con firmeza junto al resto de la literatura comercial de este país.

¿Y cómo será esa ciencia ficción? Ya decía Arthur C. Clarke hace muchos años que lo único que podemos predecir sobre el futuro es nuestra incapacidad para predecirlo. Sin embargo, especular es inevitable, casi diríamos que obligado si hablamos de un género como la ciencia ficción definido precisamente por su vocación especulativa.

Si la ciencia ficción quiere ser rentable comercialmente, creo que deberá desnaturalizarse.

¿Y qué quiere decir eso?

El mayor obstáculo que se encuentra un lector no acostumbrado al género cuando trata de acercarse a él es la sensación de haber entrado en una película a mitad de la proyección, en un idioma extranjero y con subtítulos mal sincronizados. Si es lo bastante inteligente percibirá tal vez que se le está escapando una cantidad enorme de información (con lo cual es fácil que llegue a la conclusión de que esa información se le escapa porque no se está comunicando del modo correcto, y no porque carezca del código adecuado para entenderla), pero lo más probable es que piense que se está enfrentando a un galimatías que carece por completo de sentido.

La ciencia ficción es autorreferencial. Toda literatura lo es, por supuesto, o citando a Umberto Eco: “los libros siempre hablan de otros libros, y cada historia cuenta una historia que ya se ha contado”. Pero al contrario que el otros géneros, los referentes de la ciencia ficción apuntan siempre, o casi, hacia ella misma. Con el paso de los años, ha ido creando una serie de arquetipos que utiliza una u otra vez (a veces los retuerce, otras los parodia, otras simplemente los explora) y que son reconocidos por los lectores habituales al primer vistazo: nadie necesita explicar qué es un imperio galáctico, una mente-colmena, un robot con las tres leyes, un mundo post-catástrofe, un implante neuronal… Todo eso se da por sabido, con la ventaja de que puedes explorar aspectos de él hasta ahora inéditos sin necesidad de embarcarte en explicaciones interminables: puedes jugar con los arquetipos, hacerlos evolucionar, homenajearlos, parodiarlos, darles la vuelta en la confianza de que el público aficionado, los que “están en el ajo”, los captarán a la primera sin mayores problemas.

Eso no hace de la ciencia ficción una literatura peor o mejor que otras. Pero tiene la consecuencia inevitable de que esos que están en el ajo son una minoría. Y si la ciencia ficción pretende encontrar un hueco comercial viable no puede hablar para la minoría, ese es un lujo que no puede permitirse. No puedes pretender vender veinte mil ejemplares de una novela cuyo disfrute, incluso cuya comprensión depende de haber estado leyendo ciencia ficción durante la mayor parte de tu vida como lector.

¿La solución? La que apuntaba unos párrafos más arriba: la desnaturalización, el perder buena parte de lo que ha convertido a la ciencia ficción en lo que es para quedarse sólo con lo esencial, únicamente con aquellas piezas que permitan reconocerla como ciencia ficción sin que eso suponga un obstáculo para su difusión entre un público lo bastante amplio. Caminos como el del tecno-thriller, la fantasía histórica, el cyber-western, la ucronía… todo ello arropado por un envoltorio que huela a best-seller y que sea fácilmente vendible. Y teniendo siempre en cuenta que el elemento de ciencia ficción existente en la novela debe ser uno solo, nunca más (viaje en el tiempo, genética, robótica, poderes paranormales, pero no mezcles unos con otros) y que se pueda resumir con sencillez en una o dos frases publicitarias.

No estoy diciendo nada nuevo, por supuesto. Ese es el camino que ha emprendido desde hace años Michael Crichton con un éxito más que considerable: una literatura que, para los aficionados, es fácilmente reconocible como ciencia ficción (por más que a veces pueda parecernos una ciencia ficción un tanto “descafeinada”) y que para el gran público es, simplemente, otro best seller más, con algunos elementos que quizá rocen los límites de lo posible, pero pese a eso identificable perfectamente con una literatura realista (en su sentido más amplio), lineal y sin complicaciones. El perfecto producto de evasión.

Si la ciencia ficción española quiere encontrar un hueco comercial viable, tendrá que seguir, tarde o temprano, ese camino. Deberá, en buena medida, “descafeinarse”, por seguir con la metáfora. No por completo, está claro, porque entonces dejaría de ser ciencia ficción, pero si lo bastante para que el nivel de cafeína en el brebaje resulte soportable para quienes no están acostumbrados esa extraña sustancia. Y quizá deba también abandonar la etiqueta: esa ciencia ficción española que pueda funcionar comercialmente no será vendida como ciencia ficción, seguramente.

Y creo que el asunto funcionará. No temo equivocarme si afirmo que en unos años asistiremos al nacimiento de lo que podríamos llamar “ciencia ficción generalista” española (y que los editores llamarán de cualquier otra manera, evitando, como ya he dicho la vergonzante etiqueta de CF). Como tampoco creo que me equivoque si digo que, en unos años, esa será el tipo de ciencia ficción dominante en nuestro país, al menos a nivel de ventas.

Parece una conclusión descorazonadora, ¿no? Algo así como aquello de “ganar el mundo y perder el alma” de que hablaba Pablo de Tarso. Para que la ciencia ficción funcione en el mundo de ahí fuera debe renunciar a una buena parte de lo que la hace ser ciencia ficción.

Sí. Pero eso no quiere decir que la ciencia ficción de siempre, la que aspira por encima de todo a ser ciencia ficción y no otra cosa, la que busca sus referentes dentro de ella misma, vaya a desaparecer.

Seguirá donde ha estado siempre: relegada a pequeños editores y a públicos minoritarios. Seguirá siendo la hermana pobre de las letras españolas: con la diferencia de que a esa hermana pobre le habrá salido un pariente muy rentable.

Pero ese primo ricachón debería tener mucho cuidado. Porque con todas sus ínfulas y todas sus ventas, existirá única y exclusivamente porque también existe otra ciencia ficción, la que se las apaña para sobrevivir mal que bien con un puñado de lectores. Porque al fin y al cabo, es ella la que explora los nuevos territorios, abre los nuevos caminos y trata de encontrar las nuevas fronteras. Es ella la que por primera vez reflexiona, especula, se plantea preguntas, la que no teme llevar las cosas a sus últimas consecuencias. Sólo cuando ella ha hecho todo eso puede llegar el primo adinerado y popularizarlo.

Sin su pariente pobre la ciencia ficción con vocación de best seller no existiría: no tendría lugar alguno del que tomar las ideas. Así de simple.

Es un pobre consuelo, si se lo piensa un poco.

Implica, entre otras cosas, que si como escritor alguien quiere ganarse la vida con la ciencia ficción, tiene que renunciar a hacer buena ciencia ficción. No estoy hablando de que renuncie a ser un buen escritor, podrá hacer buenas novelas, novelas interesantes, incluso excelente literatura, no lo discuto en ningún momento. Pero tendrá que renunciar a hacer una ciencia ficción que explore todas las posibilidades que ofrece el género y conformarse con usar una o dos, y con cuidado, no vaya a ser que ahí fuera no la entiendan, no les llegue, no les guste.

Puede orientarse hacia el best seller, hacia la literatura comercialmente atractiva. O podrá hacerlo hacia lugares más prestigiosos y su nombre quizá aparezca en los suplementos literarios como el de un autor a considerar. Y podrá hacerlo sin renunciar a su condición de escritor de ciencia ficción: todo lo que tiene que hacer es atenuarla, rebajarla, hacerla asequible, quizá camuflarla en alguna ocasión.

A lo único a lo que tiene que renunciar es una bagatela: a hacer buena literatura que, al mismo tiempo, sea buena ciencia ficción.

© 2004, 2006 Rodolfo Martínez

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