Morrison y la JLA: Hijos del Reino

… numerosos proyectos que compartieron el deseo común de restaurar un poco de sentido de nobleza y grandeza en el concepto de los superhéroes, y en cuanto a mí, me siento aliviado y agradecido de ver que el círculo por fin se aleja de la oscuridad y entra a la luz.Grant Morrison: Introducción a Liga de la Justicia: Pesadilla de verano[1].

Jla: A Midsummer's NightmareWatchmen vino y se fue. Y durante diez años sumió a la industria del cómic americano en una de sus crisis más profundas. La lección de Alan Moore, que el cómic de superhéroes era un medio tan válido como cualquier otro para contar una historia de forma adulta, compleja y fascinante, fue desaprovechada para quedarse con lo más superficial de su obra y los superhéroes dejaron de serlo para convertirse en psicópatas atormentados que sólo se distinguían de los villanos por ganar siempre y dar su nombre a las series.

No es extraño que la primera reacción anti-Watchmen fuera un derroche de banalidad y espectáculo visual gratuito destinado a satisfacer los sueños más húmedos de los adolescentes (y no tanto): hombres y mujeres anatómicamente imposibles mostraban sus encantos en portadas multicolores en las que uno no sabía muy bien si estaban salvando al mundo o exhibiéndose ante él. El guión pasó a ser algo secundario, intrascendente, apenas una excusa para mostrar encuadres vistosos, espectaculares efectos cromáticos o pases de trajes de baño inverosímiles. Es cierto, sin embargo, que unos pocos autores siguieron pese a todo preocupados por tener algo que contar y por contarlo bien: guionistas como John Byrne, Walt Simonson o Peter David, por citar sólo tres. Pero eran un oasis narrativo en un desierto carente de ideas y sin el menor deseo de tenerlas.

Y diez años más tarde vendría la segunda reacción de manos de Mark Waid y Alex Ross. Sin desaprovechar una sola de las lecciones de Alan Moore, ambos crearon el anti-Watchmen definitivo: una historia en la que los héroes volvían a serlo, aunque para eso tuvieran que pasar casi por la extinción. Me refiero, por supuesto, a Kingdom Come, que además de ser un perfecto ajuste de cuentas hacia los superhéroes estilo Image es también posiblemente la primera historia posmoderna de superhéroes en formato de lujo: recuperando el pasado, pero contemplándolo sin ingenuidad, volviendo a contar lo mismo, pero conscientes de que el mundo es más complejo, menos confiado y que los héroes deben ganarse su puesto como tales.

Hija directa de esa “venida del Reino” fue la serie de la Liga de la Justicia que tuvo a Grant Morrison como su guionista principal (alternándose de vez en cuando con el propio Mark Waid), ahora en el formato más humilde de comic-book mensual, y demostrando que el género de superhéroes aún tiene algo que decir más allá de esteroides, siliconas, anatomías sacadas del cine porno de lujo, pirotecnia visual y psiques torturadas. Que se puede volver a contar lo mismo de siempre, pero haciéndolo como si fuera la primera vez.

Dando Tumbos

la JLA de Kevin MaguireDesde su primera encarnación, allá por los años sesenta, la Liga de la Justicia ha pasado por todo: de ser el lugar donde podíamos ver juntos a los pesos pesados del universo DC a refugio para personajes de segunda sin colección propia y abocados a la desaparición, pasando por la parodia desenfadada (y a menudo desenfrenada).

Precisamente esa última etapa es una de las más recordadas por los aficionados. Son muchos los que aún suspiran por la Liga de Giffen y DeMatteis (sin olvidar su contrapartida europea de manos de Giffen y Messner-Loebs) y recuerdan con añoranza las ridículas meteduras de pata de Blue Beetle y Booster Gold o aquel Guy Gardner que tan pronto era un cabeza hueca fascistoide sin otro propósito que salvar el mundo pese a sí mismo y llevarse a Hielo a la cama a toda costa, como un buenazo no menos cabeza hueca y dispuesto a compartir unos “oreos” con leche con J’onn J’onnz y el Capitán Marvel. Planeta está recuperando precisamente esos episodios ahora en su colección Clásicos DC.

“Todo lo bueno se acaba”, que dice el viejo proverbio, y aquella época llegaría a su fin a principios de los noventa en medio de un pandemónium argumental que dejaría a la Liga descabezada y con gran parte de sus miembros dando tumbos de un lugar a otro del universo DC sin saber demasiado bien qué hacer.

En los años siguientes, habría varios intentos de reconstruir el super grupo, abandonando la línea paródica de Giffen-DeMatteis-Messner Loebs y tratando de presentar al público un cómic de superhéroes más al uso.

Supermán daría la reválida a uno de estos intentos. A raíz de la saga Panic in the Sky, desarrollada en las colecciones del Hombre de Acero [2], nacería una nueva Liga de la Justicia bajo la batuta de Dan Jurgens. Esta nueva encarnación de la JLA pasaría varios meses sin pena ni gloria y sería oficialmente desbandada poco después de la muerte de Supermán (por entonces, líder oficial de la Liga) a manos de Juicio Final.

Tras eso pasarían varios años en los que la DC se las apañaría sin un supergrupo “supremo”, hasta que, bien entrado el 96 se empezarían a dar los primeros pasos para el lanzamiento, otra vez desde el número uno, de un nuevo título dedicado a la Liga de la Justicia con el sencillo nombre de JLA, y con Grant Morrison como principal guionista de la serie.

Poco antes de eso, el pistoletazo de salida lo daría Mark Waid ayudado por Fabian Nicieza, quienes en la miniserie de tres números A Midsummer’s Nightmare (Pesadilla de Verano) establecerán la formación central de lo que será esta nueva Liga de la Justicia de América. De hecho, a lo largo del nuevo título mensual, las sagas escritas por Waid alternarán con las de Morrison, sin que por ello la unidad temática de la serie se resienta.

Expurgando Neurosis

Grant Morrison había desembarcado en la DC a mediados de los ochenta, fruto de la misma invasión británica cuyos máximos exponentes han sido hasta ahora Alan Moore y Neil Gaiman. Como ellos, Morrison eligió un personaje menor (y en aquellos momentos sin serie propia) para hacer de él su bandera. Y tengo que reconocer que durante sus primeros diez o doce números al frente de Animal Man hizo un trabajo más que meritorio. Tras eso debió de decidir que ya estaba bien de hacer el canelo contando cosas que tuvieran coherencia y que había llegado el momento demostrar que él no era menos “genio” que sus compatriotas. Dicho y hecho: embarcó al pobre Animal Man en una saga cada vez menos carente de sentido en la que las posibilidades de encontrar una salida (no ya coherente sino mínimamente digna) a la situación iban disminuyendo de un número para otro. Al final, justo antes de dejar la serie, Morrison reconoció su derrota haciéndose aparecer a sí mismo como un personaje en el propio cómic [3] y pidiéndole disculpas a sus criaturas -y de paso, suponemos, a los lectores- por el berenjenal en el que las había metido. (Y es curioso que más o menos por las mismas fechas Steve Englehart hiciera algo muy parecido después de una etapa especialmente penosa al frente de Los Cuatro Fantásticos, pidiéndole perdón a Franklin Richards y deseando que el próximo guionista lo hiciera mejor que él).

Al mismo tiempo la DC decidió darle un cheque en blanco y lo puso al frente de otra serie: La Patrulla Condenada, algo así como el grupo oficial de freaks dentro del universo DC. Intoxicado, suponemos, por la libertad creativa que se le concedía, Morrison debió de creer que eso de contar historias que tuvieran sentido era para pusilánimes y durante toda su etapa al frente de La Patrulla Condenada se dedicó con auténtico entusiasmo a expurgar de toda lógica interna sus guiones mientras alegremente derramaba sobre nosotros, sufridos lectores, una amplia selección de sus más escogidas neurosis personales.

Arkham AsylumPara rematar tan gloriosa ordalía decidió que había llegado el momento de escribir la historia definitiva de Batman. Ni corto ni perezoso, con la ayuda de Dave McKean, dio a luz en Arkham Asylum una historia tan incompetentemente narrada que la mitad de las veces cada página era un callejón sin salida narrativo. Por no mencionar que el dibujo de McKean parecía estar contando una historia y las palabras de Morrison otra bien distinta, que sólo a veces (y suponemos que por pura casualidad) se encontraban en alguna viñeta ocasional.

La incompetencia del guionista escocés en ese cómic es tal que, no conforme con hacerle decir de forma explícita a su personaje cuál es la moraleja de la historia, no tiene la decencia de esperar a que esta acabe para decirlo. Prácticamente en las primeras páginas del tebeo se nos desvela que la clave de este es el miedo que Bruce Wayne tiene de entrar en Arkham y encontrarse como en casa.

Curiosamente, estas obras elevarían varios puntos el prestigio de Morrison entre un cierto sector de la crítica. Recuerdo hace años cómo un sesudo analista del tebeo recomendaba Arkham Asylum argumentando que “no era un cómic de superhéroes aunque lo pareciese” y además (oh grandioso hallazgo) “estaba escrito por un inglés”. A estas alturas supongo que no debería sorprenderme ese esnobismo intelectual que hace que una historia incomprensible sea tomada por profunda o que se ensalce un cómic simplemente porque usa técnicas gráficas propias de otros medios, como si la técnica elegida (y no la utilización de esta) bastara para dar fe de la calidad de una obra.

Back to the basics

Con estas premisas no es extraño que durante varios años uno le perdiera deliberadamente la pista a Morrison. Cuál sería mi sorpresa entonces al encontrarme con que poco quedaba del antiguo Morrison en el guionista de esta nueva JLA. Superadas sus ínfulas de “geniecillo británico” pero sin renunciar a los toques sombríos que se habían ido convirtiendo en su marca de fábrica Morrison pareció haberse encontrado a sí mismo como autor en la Liga de la Justicia. Aunque no oculta su evidente querencia por Batman (al que convierte, paradójicamente ya que carece de poderes, en el miembro más peligroso de la Liga) demuestra que también sabe cogerle el pulso a personajes menos oscuros: su caracterización de Supermán y el Detective Marciano es impecable, al igual que lo son las más desenfadadas de Flash, Green Lantern o el nuevo Green Arrow.

La JLA de Howard PorterEl equipo que compone esta nueva JLA se vertebra, por un lado, en los pesos pesados de Universo DC (Supermán, Batman, Flash, Wonder Woman, Aquaman y Green Lantern) y por el otro en una pléyade de secundarios, algunos sin serie propia, pero la mayoría con una larga trayectoria en la historia del cómic: Plastic Man, la Cazadora, Steel o el Detective Marciano (el único personaje presente en todas las encarnaciones de la Liga de la Justicia) son algunos de ellos.

El elegido para dar la réplica gráfica a Morrison es Howard Porter, dibujante no especialmente vistoso y con cierta manía por las composiciones anatómicas forzadas (por no mencionar su curioso empeño en hacer que sus mujeres parezcan ligeramente bizcas, lo que sorprendentemente les da cierto atractivo) pero cuya narrativa gráfica es en general limpia y sin complicaciones y permite seguir la historia prácticamente sin ayuda de los textos.

Si me permiten la digresión, siempre me ha resultado curioso el que a menudo se olvide que un dibujante de cómic debe tener, ante todo, un buen dominio del story-telling, más alla de que sea capaz de ejecutar un dibujo hermoso o impactante. La prueba de fuego de cualquier tebeo es tan simple como ojearlo sin leer los textos. Si al acabar la historia uno ha sido capaz de seguirla y comprender lo que ocurría, el dibujante ha aprobado. Si no hemos sido capaces de enterarnos de lo que pasaba entonces estamos ante un individuo que puede ser un gran artista, no lo dudamos, pero no es un buen dibujante de cómic. Porter pasa con buena nota esta prueba de fuego y si bien no será nunca considerado uno de los “grandes”, sí es un competente narrador gráfico.

Como decía más arriba, Morrison no renuncia a los toques de oscuridad (y a veces de auténtica locura) que se habían ido convirtiendo en su marca de fábrica durante su etapa al frente de Animal Man o la Doom Patrol. La diferencia es que ahora todos esos elementos están al servicio de lo que narra y no son el sustento único de la trama. Morrison es, por fin, consciente de que está contando una historia para un público, y nunca pierde de vista lo que esta narrando. Incluso a lo largo de una historia con tantos elementos distintos como es Rock of Ages (números 10 al 15 de la edición americana) en la que asistimos a conjuras de supervillanos, viajes en el tiempo, futuros alternativos, mundos poblados por dioses, viajes interminables y paradojas temporales (sin olvidar los planes triunfantes de un Darkseid que consigue conquistar la Tierra) no nos perdemos jamás y el guionista es capaz de cerrar la trama sin dejar hilos sueltos y sin que los acontecimientos nos parezcan forzados: todo se desarrolla de una forma natural, fluida, como si no pudiera ocurrir de otro modo.

Al mismo tiempo el guionista escocés demuestra que es capaz de manejar simultáneamente cerca de una decena de personajes caracterizándolos todos de una forma precisa y adecuada, no importa que sean secundarios o principales. Es capaz de dotar de un humor absolutamente surrealista a su visión de Plastic Man, su Supermán rebosa nobleza sin resultar repelente, y su Batman es posiblemente una de las encarnaciones del Señor de la Noche más conseguidas que he visto en mucho tiempo.

Superhéroes posmodernos

Y la clave para que Morrison se haya convertido, de un escritor pretencioso y fallido, en un guionista de pulso firme posiblemente sea su renuncia a “revolucionar” el medio y su excelente asimilación, no sólo de los elementos que a mediados de los ochenta estuvieron a punto de dar un vuelco al tebeo de superhéroes, sino de todas y cada una de las características que, a lo largo de su historia han hecho de este tipo de cómic lo que es. En esta JLA de Morrison está presente la sombra del Watchmen de Moore y Gibbons o del Dark Knight de Miller, pero también la del Green Lantern/Green Arrow de O’Neil y Adams o Los Vengadores de Thomas y Buscema. En otras palabras, Morrison ha pasado de intentar ser un “artista” a convertirse en un artesano eficaz que no renuncia a narrar lo que quiere, pero sin olvidar nunca que está narrando para alguien. Prefiere contar una buena historia y contarla bien (jugando ocasionalmente, aquí y allá, con los límites de la fórmula superheroica) a dar rienda suelta a sus veleidades de superestrella, como hizo en el pasado.

En cierto modo sus propias palabras lo confirman. Su texto introductorio a Pesadilla de verano no puede ser más explícito. Es curioso que el que antaño fue uno de los abanderados de la llamada “Época oscura”, donde “el optimismo no pudo con el paquete, y los personajes disfrazados fueron desenmascarados como criaturas con fallas y problemas” reconoce ahora que esa década que “empezó como una era de experimentos audaces y temas adultos, pronto dio de sí y se volvió repetitiva”, convertida en “una oleada de dementes estirados, incapaces de sonreír”.

Ese texto es una declaración de intenciones bastante evidente por parte de Morrison. Cuando habla de que “el énfasis en cuanto a heroísmo y esperanza está ligeramente matizado con una paranoia saludable” o dice que los nuevos héroes deben “justificar su existencia en un mundo más sofisticado y desconfiado” nos está dando pistas de por dónde va a ir él mismo, de cuál es el camino que piensa seguir en su visión personal de la Liga de la Justicia. En cierto modo, hace buenas las palabras de Umberto Eco cuando éste afirma:

La respuesta posmoderna a lo moderno consiste en reconocer que, puesto que el pasado no puede destruirse -su destrucción conduce al silencio-, lo que hay que hacer es volver a visitarlo; con ironía, sin ingenuidad [4].

Teniendo en mente esas palabras y aplicando a la historia reciente del cómic americano la teoría de los ciclos en la literatura (de clasicismo a vanguardia y de esta a posmodernidad de la que surge un nuevo clasicismo), es fácil ver que Morrison, ignoro si conscientemente, se sitúa a sí mismo entre los posmodernos, sin renunciar a las lecciones de la vanguardia pero recuperando lo clásico con una mirada que ya no puede ser inocente (y de paso corriendo un tupido velo sobre su etapa como representante de la modernidad, como si fuera consciente de que hay tropezones que es mejor no mencionar).

Watchmen es la obra de vanguardia, el tebeo que juega con los límites del tebeo, el cómic que, conociendo a la perfección todas y cada una de sus reglas da un paso más allá, se acerca peligrosamente al abismo, retrocede justo antes de caer, y expone ante todos la desnudez del emperador. Sus epígonos, como sucede casi siempre, no comprenden el sentido de ese último paso atrás y se despeñan alegremente por un abismo lleno de personajes neuróticos e incomprensibles y sustituyen lo increíble de la fantasía pura por lo más increíble aún del realismo exacerbado, caricaturesco.

La JLA de MorrisonKingdom Come supone la llegada de lo posmoderno. La mirada sobre el pasado, asimilando las lecciones de la vanguardia. Aceptando que las cosas no pueden volver a ser las mismas, comprende también que el pasado está ahí y debe ser asimilado, no rechazado. En ese sentido, la JLA de Morrison es hija indudable de Kingdom Come: un comic que ante todo aspira a narrar, a entretener, que mantiene a los héroes como héroes pero que se aproxima a ellos sin ingenuidad.

No es sorprendente que, a lo largo de los más de 50 números de esta etapa de la Liga de la Justicia, los guiones de Morrison se hayan ido alternando con los de Waid sin que la serie se resienta lo más mínimo por ello. Ambos comprenden a la perfección lo que están haciendo y la transición de uno a otro se hace con tal fluidez que, de no mirar los créditos (y de no ser por un ocasional toque de locura o dos) no estaríamos seguros de qué autor ha escrito cuáles números.

En cierto modo esta Liga de la Justicia, no sé si deliberadamente o por casualidad (aunque uno cada vez cree menos en las coincidencias) se convirtió en su momento en uno de los puntales básicos del actual universo DC, un universo que no supo (más allá de ciertas excepciones como el Supermán de Byrne o la Wonder Woman de Pérez) aprovechar la oportunidad que le brindaba Crisis en Tierras Infinitas para ponerse al día y tuvo que esperar otra década a que llegara una serie considerablemente inferior como Hora Zero[5] para convertirse en un cosmos coherentemente amueblado. Hasta cierto punto, la JLA pasó a ser por la época de la que hablo, la espina dorsal del universo DC, y no es extraño que le salieran spin-offs hasta de debajo de las piedras. Los dos más interesantes posiblemente fueron la serie dedicada a la JSA y Young Justice que exploraban el mismo concepto pero desde extremos cronológicos distintos. La primera reúne a los héroes originales (y en algunos casos a sus descendientes) de la DC, convirtiéndose en campo abonado para reencuentros con viejas glorias y para paseos nostálgicos con el Flash original o el Green Lantern de los años cuarenta. La segunda es el patio de juegos de los sidekicks adolescentes de los héroes adultos, un grupo continuamente en cambio liderado por Robin, Superboy e Impulso: extraño e inestable triunvirato formado por la responsabilidad, la rebeldía y la inconsciencia.

En las brumas del tiempo

JLA: Earth 2En total han sido treinta y cuatro números de la serie regular escritos por Grant Morrison, a los que hay que sumar el cross-over JLA-Wildcats, la novela gráfica Earth Two, la miniserie 1.000.000 (centrada en las contrapartidas de la Liga de un distante futuro) y una de las historias incluidas en el especial JLA: Secret Files and origins #1. Su último número al frente de la Liga sería el cuarenta y uno, en el que concluye la saga World War III y donde Morrison cierra con habilidad todos los cabos sueltos que había ido abriendo a lo largo de su estancia en la colección, en una historia convenientemente apocalíptica y adecuadamente épica.

A lo largo de este período otros guionistas se han ido alternando con el escocés al frente de la Liga. Mark Waid, como ya comentábamos antes, ha sido su sustituto más habitual, pero también nos hemos encontrado historias (generalmente de un solo número) escritas por J. M. DeMatteis, Ty Templeton o Mark Millar.

En cualquier caso, la serie mantuvo una unidad de estilo envidiable, alternando historias autoconclusivas con sagas de cinco o seis números y siempre respetando el tono que Morrison fue estableciendo en sus primeros números. Tras la salida del escocés, fue Waid quien tomó el relevo como responsable principal de la colección, una elección más que adecuada. Al fin y al cabo, como ya comentamos, esta JLA es hija directa de Kingdom Come, y fue el propio Waid quien dio el pistoletazo de salida para la nueva Liga en Pesadilla de verano.

En cuanto Morrison, desembarcó en su mo mento en la Marvel para hacerse cargo de las series de mutantes. Lo que de bueno o malo haya podido hacer allí ya pertenece a otro artículo y, probablemente, al teclado de otro articulista.

Notas:

  1. Waid, Mark; Nicieza, Fabian; Johnson, Jeff; Roberts, Daryck: Liga de la Justicia: Pesadilla de Verano. Ediciones Vid, 1998.
  2. AA. VV.: Superman: the Man of Steel, núms. 9-10, Superman, núms. 65-66, The Adventures of Superman, núms. 488-489, Action Comics, núm. 675. DC Comics, marzo/abril de 1992.
  3. Morrison, Grant; Troug, Chas; Farmer, Mark: Animal Man, núm. 26. DC Comics, agosto 1990.
  4. Eco, Umberto: Apostillas a “El nombre de la rosa”, Círculo de Lectores, 1997. Página 57.
  5. Jurgens, Dan; Ordway, Jerry: Hora Cero: Crisis temporal. Ediciones Zinco, Barcelona, 1995. Originalmente en Zero Hour: Crisis in Time, núms. 4-0, DC Comics, julio 1994.

Publicado originalmente en Yellow Kid Nº 4, Febrero de 2003.

© 2003, 2006 Rodolfo Martínez

2 comentarios

  1. realmente comentar que la etapa de morrison en animalman es de mal en peor es realmente ridiculo, pues considerado uno de las mejores historias dentro de los comics, realmente el comentario parece de amateur, saludos.

  2. y q decir d la doom patrol q es mi comic favorito. aqui no hay dotes de geniecillo hay innovacion y distincion d estilo. hay un monton d elementos q hacen d este comic un referente completamente distanciado d todo lo q se habia hecho hasta ese momento y lo q se hizo despues.

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