Mundos en la eternidad

Mundos en la Eternidad

Como lector (y también como escritor, pero esa es otra historia) hay dos obras españolas de ciencia ficción que, en su momento, me marcaron muy profundamente. La primera fue el Lágrimas de luz de Rafael Marín: tenía yo entonces dieciocho años, y la novela me sorprendió por su riqueza estilística y fabuladora y me convirtió en un fan incondicional de Marín. Durante muchos años busqué y rebusque cada revista, fanzine o libro en el que apareciera algún relato suyo y de hecho, él es el culpable indirecto de que comenzara mi carrera como escritor, al recibir un anuncio de un fanzine entre cuyos contenidos aparecía uno de sus cuentos. Eso me hizo ponerme en contacto con Juan José Parera, responsable de Maser que, con el tiempo, se convertiría en mi primer editor.

Cinco años más tarde leía Mundos en el abismo y su continuación Hijos de la eternidad, de Juan Miguel Aguilera y Javier Redal, casi ochocientas páginas que me leí de un tirón y que estaban llenas por todas partes de maravillas, acción, momentos más grandes que la vida misma y panoramas de millones de años que los autores desplegaban como quien no quiere la cosa ante mis ojos asombrados.

Lágrimas de luz había sido como un faro aislado en medio de la noche: había al menos un autor español de ciencia ficción que podía medirse en pie de igualdad con cualquier escritor extranjero y cuya obra podía codearse sin ningún rubor con eso que los americanos llaman mainstream y que aquí hemos optado por traducir como literatura general como término antagónica a llamada literatura de género. Marín era el pionero solitario, el descubridor de nuevos territorios, pero no parecía que nadie fuera a seguir su ejemplo.

Mundos en el abismo fue el paso siguiente, la llegada de la nueva generación de colonos dispuestos a demostrar que la ciencia ficción española podía estar tan llena de sentido de la maravilla y ansias de aventuras como la mejor CF internacional, y que éramos capaces de crear obras complejas y fascinantes usando nuestros propios métodos y sin tener constantemente al primo americano mirándonos por encima del hombro.

La consecuencia no fue un espectacular incremento en las ventas de libros del género, pero sí la aparición, a lo largo de la década de los noventa, de un grupo de escritores con sus herramientas literarias bien afiladas que demostraron que la ciencia ficción española estaba llegando a su madurez.

Y durante todos estos años, Mundos en el abismo siguió siendo en cierto modo la referencia, el lugar (parafraseando a Star Trek) al que “ningún escritor español de CF había llegado anteriormente”.

La colección en la que las dos novelas de Aguilera y Redal publicaron sus dos novelas hace años que ha desaparecido, y su obra iba siendo cada vez más difícil de encontrar: los nuevos lectores oían hablar de ella, pero les costaba trabajo conseguirla. Si a eso unimos el deseo, expresado en público por Aguilera varias veces, de convertir ambas novelas en una sola, más coherente y menos dispersa, el resultado inevitable eno pudo ser otro que este Mundos en la eternidad, que incorpora casi toda la primera novela y algunas de las tramas más importantes de la segunda en un único libro. Curiosamente, ya han pasado varios años desde su primera edición (por no mencionar que no cayó precisamente en el más adecuado de los editores), y una reedición (a manos quizá de Bibliópilis, que para algo ha publicado Mundos y demonios, la siguiente novela del ciclo) está empezando a ser aconsejable.

El aspecto más positivo de esta nueva versión es, básicamente, la desaparición de las bajadas de ritmo narrativo que se producían en la segunda novela. Por contra tenemos la eliminación de un buen número de acciones secundarias y de buenas secuencias que uno no puede evitar echar de menos. Además, en lugar de incorporar el glosario de la primera edición, los autores han decidido optar por cargar el texto de notas a pie de página aclarando los términos hindúes más oscuros para el lector, lo que en un libro de texto o en un ensayo puede resultar útil, pero en una novela acaba convirtiéndose en molesto.

Pese a todo, este Mundos en la eternidad no es un mal libro y mantiene buena parte del apabullante sentido de la maravilla que rezumaban las novelas originales; y más si uno consigue dejar de compararlo con lo que ya conocía anteriormente. Como decía, sigue manteniendo la fuerza y el sentido de la maravilla de las primeras novelas y, como ocurría con ellas, uno la lee de un tirón. Sin duda para aquellos nuevos lectores que no conocían las versiones anteriores se convertirá en un libro imprescindible que ocupará un lugar importante en su biblioteca. Los conocedores de Mundos en el abismo e Hijos de la eternidad, sin embargo, temo que hemos pasado los últimos años prefiriendo (e incluso añorando) las novelas originales.

El año pasado eso cambió con la publicación de Mundos y demonios, que rescataba algunas de las tramas más interesantes de Hijos de la Eternidad junto con buena parte de la historia de En un vacío insondable (una novela corta publicada hace ya demasiado tiempo por La espada y el reloj) . Con esos dos mimbres más algunos nuevos, Aguilera (ahora en solitario) construía una más que digna continuación de la primera novela y llevaba el universo de Akasa-Puspa un paso más allá. En cierto modo, Mundos y demonios nos reconcilió a muchos con la nueva versión de las novelas originales y, por supuesto, nos hizo quedarnos con ganas de más.

Eso, sin embargo, ya sería tema para otro post.

© 2006, Rodolfo Martínez

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