Palimpsestos

Quiero dar las gracias a Luis Manuel Lopes, traductor de la edición portuguesa de Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos, por haberme permitido reproducir las notas que incorporó al final del libro, comentando algunos aspectos de su traducción.

Mi versión española seguramente no es todo lo buena que se merece (aunque sin duda sería peor sin la revisión de Luis Manuel, que de nuevo agradezco).

Y sin más, os dejo con sus comentarios:

Como el lector podrá ver sin dificultad, la novela de Rodolfo Martínez Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos se presenta como una traducción ficticia del inglés al castellano de tres textos; algo que no nos debe sorprender en la literatura de su país, sobre todo si recordamos el evidente ejemplo de Cervantes. Lo interesante en este caso es que la novela nos deja ver el palimpsesto ficticio que hay bajo ella. Quiero decir que, pese a haber sido escrita originalmente en castellano, encontramos una serie de huellas que, a medida que vamos leyendo, dan carta de autenticidad a la idea de que, en efecto, estamos ante una traducción del inglés.

Esa estratagema literaria (que navega entre los deslices del Barroco y el Pos-Modernismo) queda patente por el hecho de que el autor dedica una parte del libro, “Algunas notas sobre la traducción”, a comentar detalladamente una traducción que jamás ha hecho en la acepción estricta de la palabra, aunque sí que ha recreado, en 2003 (fecha de finalización del manuscrito), el estilo decimonónico victoriano: más concretamente el de Arthur Conan Doyle, quien se encuentra, de nuevo en palimpsesto, tras las principales estructuras narrativas del doctor Watson. Éste, tal como se nos presenta en el Prólogo, es ya un hombre envejecido que, en 1931, nos permite acceder a tres narraciones inéditas. Más de una vez esa figura del Watson viejo (el narrador), asoma a la historia, en forma de una serie de digresiones nostálgicas y ciertas repeticiones, casi siempre identificadas con facilidad.

Para alguien que traduzca este texto al portugués, todo esto presenta una serie de problemas que creo que merecen algún comentario. Me gustaría empezar por el concepto de traductor que Martínez escoge en sus notas para servir a los objetivos de su propia técnica narrativa. Para este autor (pues es él como personaje quien escribe “Algunas notas sobre la traducción”) el traductor debería ser tan anónimo e invisible como fuera posible, sin añadir al texto nada de su propia cosecha, especialmente nunca notas a pie de página. Estamos, y no creo que esté de más señalarlo, frente a una noción de la traducción igualmente decimonónica, y ante un libro que asume, a través de un juego barroco de ocultamiento y revelación, el hecho de que se trata, también él, de una traducción, y cuya ironía claramente pos-moderna, nos lleva a una intetextualidad omnipresente y a nuevas nociones de pastiche creativo. Ante tal concepto de la traducción, sería de esperar que el amedrentado “traductor servil” de que nos habla Octavio Paz tuviera que esforzarse en ser “fiel”, más que nunca, en la traducción de este libro. Por ello, no deja de ser una ironía, con la que tendrán que lidiar los autores de otras posibles traducciones, el hecho de que el traductor pueda aquí mismo dejar de lado por completo el texto original —por más paradójico que nos parezca— para precisamente así poder ser más “fiel” a él. Esto sucede sobre todo el capítulo IV de “La sabiduría de los muertos” en el que el traductor tendrá que (re)crear —sin salir del tono que ha marcado el autor— el segmento en el que Sherlock Holmes descifra un mensaje, escrito en la misma lengua que el resto de la novela —en castellano, por tanto, no en inglés—, pero en caracteres rúnicos. Confieso que esa fue la opción que elegí, lamentando que algo semejante nunca se haya hecho en los cuentos de Conan Doyle acerca de Holmes, como en “The Dancing Men”, o en cuentos más antiguos como “The Golden Scarab” de Edgard Allan Poe, donde la dificultad y el desafío que representan para el traductor son considerables.

En lo que se refiere al problema que menciona el autor acerca del modo en que se expresa Van Helsing, debo decir que fui más comedido, teniendo en cuenta sobre todo la idea de que, en esas partes, alguien podría llegar a pensar que estaba traduciendo más de prisa, más descuidadamente. Creo, con todo, que las frases cortas de Van Helsing revelan por sí mismas una cierta dificultad de expresión en una lengua que no es la suya y así, para no dar lugar a equívocos, dejé (entre colmillas) alguna que otra expresión en que el orden de las palabras pudiera parecer una traducción directa del holandés.

Otro problema residía en las verdaderas notas sobre la traducción, a cargo del autor. En este caso al principio me decidí por insertar, entre corchetes, lo que iba alterando del texto original. Creí que sería necesario por una cuestión de respeto a la voz del autor. Sin embargo, a medida que las notas iban avanzando, me di cuenta de que también las podría “hacer mías”, a través de un pequeño truco, sustituyendo “lengua castellana” por “lengua de llegada”. No creo que el autor se escandalice si digo que a partir de la mitad de las notas, empezamos a hablar los dos en conjunto en la edición portuguesa de su novela; aunque siempre fue su voz la que guió la mía. Tomé otra decisión: la excelente traducción castellana de Jaime de Ojeda, que el autor nos propone para el famoso “Jabberwocky” de Lewis Carrol, fue sustituida en este caso por otra excelente traducción ya publicada, de la cual es “autor” Augusto de Campos, hermano de Haroldo de Campos, los dos críticos, poetas y experimentalistas brasileños, que siempre vieron la traducción como un desafío y como un trabajo creativo. Fue esa versión de las dos primeras estrofas de Carroll, que no son muy conocidas en Portugal, la que acabé por citar.

Otros problemas interesantes se presentarán el día que este libro se traduzca al inglés. ¿Cómo revelar esa “sub capa” anglosajona, en el propio lenguaje inglés; ese mismo palimpsesto en un texto que nos llega en esa misma lengua? ¿Cómo transmitir el hecho de que se trata de una serie de textos traducidos del inglés? No acierto a imaginar a qué “trucos” tendrá que recurrir el traductor al inglés… Con todo, no dudo que un buen traductor literario podrá encontrarlos, sobre todo en el caso de una traducción que se asuma como una actividad creativa, o más exactamente, “co-creativa”, envolviendo a autor y traductor en un diálogo constante.

Al igual que el autor de este libro (no lo dudo) y como estudioso de temas de traducción, permaneceré atento y a la espera. ¿Quién sabe si obras como esta no podrán alterar o ampliar el modo en que nos enfrentamos a una simple traducción literaria?

José Manuel Lopes

Vau (Óbidos), 2006

© 2006, Luis Manuel Lopes

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.