Días de “espanto” en Portugal

Los falsos amigos es lo que tienen. No, no me refiero a esos de los que hablaban Les Luthiers cuando se referían a los amigos que, si te clavan un puñal por la espalda, es mejor desconfiar de su amistad. Hablo de esas palabras de idéntico aspecto (y puede que hasta de etimología similar) que en diferentes idiomas significan cosas totalmente distintas, cuando no directamente opuestas.

Aquí estoy yo, haciendo lo primero que hago cuando recibo uno de mis libros recién salido de imprenta: leyéndome. La diferencia es que esta vez me estoy leyendo en portugués. Y lo cierto es que no sueno nada mal. De pronto, me encuentro con algo extraño: en cierto momento, veo cómo el doctor Watson se refiere a algo (creo que a alguna obra literaria) calificándolo de “espantoso”.

“No puede ser”, me digo. “Yo nunca escribí eso”.

La confusión duró poco. No tardé en ser informado de que en portugués, el término “espantoso” tiene un significado completamente distinto a su homófono español. “Espantoso” es, ciertamente, algo que causa espanto, en el sentido de maravilla, admiración. Por tanto, si una obra es “espantosa” estamos diciendo que es muy buena.

Así pues, podríamos calificar de “espantoso” el pasado fin de semana. Al menos lo fue para mí. Entre el viernes 17 y el domingo 19 pasé algo más de dos días en Lisboa (y sus alrededores) invitado por el Forum Fantástico de Portugal.

La experiencia fue chocante en el aspecto lingüístico, ya que yo hablaba en castellano y ellos en portugués pero, pasada la sorpresa inicial, no sólo no hubo problema alguno de comunicación a lo largo de estos días (ni nosotros los tuvimos para entender el portugués de nuestros anfitriones, ni ellos para comprender nuestro castellano) sino que enseguida se convirtió en algo natural. Tengo la sospecha, eso sí, de que ellos nos entienden a nosotros con más facilidad que nosotros a ellos.

El sábado presenté A sabedoria dos mortos (confieso que me encanta la edición portuguesa de mi libro) y tuve ocasión de comprobar el enorme interés que tenían los aficionados portugueses por la ciencia ficción y la fantasía españolas. Evidentemente, la estrella de esos días fue Christopher Priest, pero los tres autores españoles que acudimos allí (Juan Miguel Aguilera, León Arsenal y yo mismo) creo que nos llevamos una grata sorpresa al ver cómo la publicación de nuestra obra en portugués despertaba expectación entre los aficionados. No dudo que algo habrán tenido que ver en el asunto tanto João Barreiros como Luis Filipe Da Silva, que desde hace un par de años se están convirtiendo en habituales de muchos de los encuentros dedicados al fantástico que se hacen en nuestro país y que seguro que han hecho de improvisados publicistas del fantástico español entre sus compatriotas.

De hecho, Luis Filipe demostró un amplio conocimiento de la ciencia ficción y la fantasía españolas en la mesa redonda que moderó (con Juan Miguel, León y yo como contertulios), aparte de traer en su bolsa prácticamente la obra completa de los tres autores invitados. En cuanto a João, verlo aparecer con sendos ejemplares de la edición española de mis dos novelas holmesianas, fue casi tan grato como dedicárselos.

No puedo por menos de contar maravillas de mi editor portugués, Luis Corte (tiene su gracia que los dos editores de mi obra holmesiana compartan nombre de pila), quien hizo mucho más de lo que el deber exigía: estuvo pendiente de mí en todo momento —pero dejándome siempre a mi aire—, se preocupó de que todo estuviera como tenía que estar y, el último día, nos hizo a Priest y a los españoles de voluntarioso cicerone por los alrededores de Lisboa. Con él como guía visitamos Cascais y Sintra, subimos al Palacio da Pena y paseamos por los jardines de la Quinta da Regaleira, antes de dirigirnos al aeropuerto para volver a casa.

El único punto negativo, de hecho, lo pusieron las compañías aéreas con sus ya más que habituales retrasos. Pero llegamos sanos y salvos al hogar y, al menos en mi caso, con ganas de volver a Portugal con más tiempo y poder disfrutar de todo con más calma. No sólo del paisaje y las vistas sino de la compañía de los aficionados portugueses.

En fin, es un viaje que no me importará repetir. Y más después de que mi libro haya circulado y haya encontrado sus lectores lusos. Que espero que sean muchos, por supuesto.

Pero eso ya lo iremos viendo.

Fotografías © 2006, Luis Corte, Rodolfo Martínez

4 comentarios

  1. Y “barata”, cucaracha. Y “nota”, billete. Y “billete”, nota. Y “tirar” quiere decir “sacar”. Y “borracha” no es una señora que bebe, sino el material del que se hacen los neumáticos; y un “cachorro” es un perro de cualquier edad, y un “escritorio” es una oficina, y un “sótano” es un ático, y la “maionese” no es una salsa, sino algo así como una ensaladilla rusa, y el “cus-cus” es un plato generalmente de pescado, y “a gente” no significa “la gente”, sino “nosotros”…

    Hay centenares de falsos amigos portugués-castellano (o al menos brasileiro-castellano). Hacen la vida mucho más interesante.

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