Cave Willis

En la pasada HispaCon de Dos Hermanas tuve ocasión de hacerme con el librito donde se editaba Infiltrado, de Connie Willis, una novela corta que fue finalista del Nebula. Como me ocurre siempre, leer a Connie Willis ha sido un auténtico placer: en poco más de noventa páginas la autora americana pone en solfa con contundencia buena parte de las tonterías que la gente parece (parecemos) empeñados en creer. Arremete contra mediums, psíquicos, adivinos y profetas y lo hace de forma eficaz, sin caer en la prédica ni el panfleto. No es la primera vez que Connie Willis destroza nuestros prejuicios con lengua afilada, y siempre lo ha hecho usando las mismas armas: un humor socarrón y una inteligencia aguda.

La historia narrada en Infiltrado tiene bastante de paradoja irresoluble, que no desvelaré, ya que es parte del juego literario que plantea.

Y a menudo he pensado que Connie Willis tiene también su aquel de paradoja. Viéndola es fácil imaginársela en una de esas ciudades llenas de viviendas unifamiliares, piscinas y algún centro comercial que otro preparando un pastel de manzana o un brownie, ocupándose de su casita, cocinando comida preparada y viendo un reality show tras otro en el televisor (y quizá, lo cual es parte de la paradoja, esta imagen no esté tan alejada de la real, al menos en la superficie). A primera vista uno podría pensar que está casi ante el arquetipo del ama de casa conservadora americana. Una wasp de tomo y lomo orgullosa de sus tradiciones y dispuesta a defenderlas a capa y espada sin importarle lo absurdas que puedan ser.

Y, como ocurre a menudo, las apariencias engañan. Ya antes he comentado dos de las principales herramientas literarias que usa Connie Willis: el humor y la inteligencia; una inteligencia acerada, llena de escepticismo y dispuesta a poner a prueba todo lo que haga falta. Para la aguda mente de Connie Willis, las vacas sagradas existen sólo para demostrar que tienen los pies de barro (y perdón por la metáfora mixta) y ninguna tradición, ningún prejuicio, ninguno de esos valores que asumimos como inequívocamente ciertos porque son parte de nuestra tradición cultural y los hemos mamado desde la infancia está a salvo de que le busque las vueltas y acabe por encontrarle su lado más ridículo.

Connie Willis (igual que su, eso creo, admirado Mancken) es una francotiradora, tan bien camuflada que es fácil que pase desapercibida. Una paradoja viviente. Hace, en buena medida, lo mismo que Michael Moore (sólo que mejor y con más sutileza y mucho más ingenio), pero al contrario que éste, ella pasa desapercibida hasta que es demasiado tarde. El republicano más recalcitrante detendría sin problemas en la entrada de su casa a alguien con un aspecto tan freak como Moore; pero ¿cómo va ese mismo individuo a negarle el paso a esa dulce ama de casa que lo mira sonriente?

Hasta que es demasiado tarde, uno no se da cuenta de la mente afiladísima que hay tras esa sonrisa. Entonces, ya está perdido, para bien o para mal.

En mi caso, creo que para bien.

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