Marionetas en la sombra

Marionetas en la sombraCard es un ejemplo perfecto de cómo un buen escritor puede terminar convirtiéndose en una parodia de sí mismo cuando insiste una y otra vez en revisitar su escenario más famoso y alargar mecánicamente situaciones e historias que deberían haber concluido hace ya mucho tiempo.

La sombra de Ender me había devuelto la esperanza hasta cierto punto en las habilidades de Card. La osadía, el desparpajo de volver a narrar El juego de Ender, seguramente su novela más famosa, y hacerlo convirtiendo a Ender en un personaje secundario, hacía de este libro algo fresco y divertido de leer, sobre todo si íbamos comparando la nueva versión con la original. Card se las había apañado para presentarnos un punto de vista novedoso y atractivo sobre una historia que creíamos conocer perfectamente, y lograba interesarnos pese a que ya sabíamos (o eso pensábamos) todo cuanto estaba pasando en el libro. Así, salía triunfante de un reto incómodo y parecía presagiar una vuelta del escritor al que, años atrás, habíamos aprendido a conocer y admirar.

La sombra del Hegemon no estaba a su altura, pero conseguía mantener el interés. Card mezclaba, con acierto aunque quizá mecánicamente, sus elementos mas característicos y conseguía un cóctel sabroso aunque no demasiado consistente.

En Marionetas en la sombra nos encontramos, simplemente, con más de lo mismo. Bien mezclado, es cierto, si algo no se le puede negar al autor mormón es el oficio, pero escrito de un modo mecánico y repetitivo, como pensando en otra cosa, como limitándose a ajustarse a una fórmula a la que está acostumbrado y que sabe que funcionará entre el público (un poco de conflicto moral por aquí, algunas atrocidades por allá, algo de estrategia militar, diálogos en los que los interlocutores usan sus palabras como armas, relación de amor-odio entre el protagonista y el antagonista…) sin preocuparse en insuflarle el vigor suficiente para que la novela, en lugar de ser marketing bien llevado, se convierta en auténtica literatura.

Una novela, por tanto, decepcionante, un paso más en una carrera en la que el autor parece empeñado en destruirse a sí mismo, en convertirse en un hábil, aunque pálido, imitador del Orson Scott Card capaz de escribir obras como Esperanza del venado, La saga de Worthing, Traición o Niños perdidos.

Y sin embargo, no puedo decir que la novela no funcione. Aunque tampoco que lo haga. Como ya he comentado, a Card le sobra el oficio y si algo demostró desde sus inicios es que es un excelente narrador que sabe llevar al lector de la mano y no soltarlo durante toda la historia. El problema viene precisamente cuando esta termina y nos damos cuenta de que, una vez más, hemos transitado el mismo camino de siempre y prácticamente con las mismas escalas.

© 2006, Rodolfo Martínez

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