Un posible futuro para la HispaCon

Durante la pasada HispaCon de Dos Hermanas, tuvo lugar una mesa redonda cuyo tema era, precisamente, qué modelo de convención queremos: ¿uno más orientado a lo cultural, lo sesudo, lo intelectual, o uno con una vocación más lúdica? En realidad, la mayoría de los asistentes estaban de acuerdo en que lo ideal sería algo que supiera equilibrar ambas facetas del aficionado a la literatura fantástica. En lo que se divergía era en la forma de conseguir ese objetivo y, a veces, en que tan siquiera fuera posible alcanzarlo.

Como la mayoría de las mesas redondas de ese tipo, no se llegó a ninguna conclusión. Los dos participantes expusieron lo que pensaban al respecto y luego, los asistentes dieron su propia opinión sobre el asunto. Me resultó curioso un hecho: y es que, salvo dos o tres personas, la mayoría del público eran recién llegados a las HispaCones, gente que había ido a una o dos como mucho, o que incluso se acercó al asunto por primera vez en Dos Hermanas.

Acabada la mesa redonda, nos fuimos a tomar algo, como es de rigor, y seguimos hablando un poco del asunto. Aproveché entonces para exponer una idea que lleva cierto tiempo dándome vueltas a la cabeza.

No era respecto a qué tipo de HispaCon me parecía la más adecuada, al menos no en lo que se refiere a qué objetivos debía cumplir ni hacia dónde debería encaminarse digamos que “filosóficamente”. Para mí está muy claro que si lo cultural y lo lúdico no son capaces de ir de la mano, el esfuerzo no merece la pena. Y que el país está lleno de personas interesadas por el fantástico que no se dejan caer por nuestros congresos (si es que tan siquiera han llegado a oír hablar de ellos, que esa es otra) porque les parecen excesivamente serios y aburridos. No lo son, pero sí que dan esa imagen y pienso que, de algún modo, habría que cambiar eso. Hacer una HispaCon de apariencia menos “sesuda” (sin que por ello haya que perder su seña de identidad básica de encuentro que tiene como pivote principal la literatura) y dotar a las distintas actividades con un cierto componente lúdico que atraiga a otros colectivos interesados por el fantástico.

Pero, como decía, no era esa la idea que expuse en ese momento. Sino algo quizá más prosaico.

El futuro de las HispaCones, reconozcámoslo, siempre ha tenido algo de precario. Dependemos de que los aficionados de esta ciudad o la otra estén interesados en tomar sobre sí la carga de organizar la HispaCon y puede darse el caso de que un año no encontremos a alguien y nos quedemos sin convención. Hasta ahora no ha pasado (y, cuando ha estado a punto de pasar, siempre ha habido un grupo dispuesto a liarse la manta a la cabeza y sacar el asunto adelante como sea) pero podría llegar a pasar.

Hubo una época en que la HispaCon era el único punto de encuentro que tenían los aficionados. Era el momento del año en que podían verse y hablar de sus cosas. Y en aquella época, que no llegase a celebrarse bien podría haber sido un desastre.

Sin embargo, poco a poco, la situación está cambiando. Hoy en día las distintas tertulias que han ido naciendo por todo el país se están mostrando cada vez más activas y empiezan a plantearse (y algunas ya lo han hecho) la celebración de sus propias jornadas o encuentros dedicados al fantástico. A ese respecto, las Trobades de Mataró son sin duda las más veteranas, pero no las únicas. Tenemos, por supuesto, la AsturCon, en Gijón; la Septentrión en Santander, los encuentros que se hicieron este año en Segovia y sé que otros grupos y tertulias están trabajando en preparar encuentros locales de literatura fantástica (atención al promovido desde Barcelona por Pau Martínez, porque me parece uno de los proyectos más interesantes que he oído en mucho tiempo). De hecho, si se pudo organizar con tanta premura la HispaCon de Dos Hermanas fue en buena medida porque se habían hecho celebrado allí unos encuentros previos que tuvieron buena acogida y convencieron al Ayuntamiento de que era buena idea implicarse más en el asunto.

¿Es descabellado imaginarse un futuro no muy lejano con quizá diez o doce encuentros locales que se vayan repartiendo los distintos momentos del año y al que, unas veces unos y otras otros, acudan buena parte de los aficionados? ¿Es descabellado pensar que en una situación así la HispaCon bien podría ir rotando entre esos distintos encuentros y, de ese modo, tener garantizada su continuidad? Cada grupo organizaría sus respectivas “cones” y, de vez en cuando, acogerían el congreso nacional en su seno. Eso implicaría cambios puntuales para adaptarse a las características propias de una HispaCon (unas veces pocos y otras, muchos, dependiendo de las características de cada uno de los encuentros), pero que seguramente se podrían asumir sin demasiado esfuerzo.

En cierta forma, lo que estoy proponiendo es una suerte de “federalización” no muy distinta de la que vive, prácticamente desde su nacimiento, la STE, la Sociedad Tolkien Española, donde cada smial local tiene sus mereth que se nutren sobre todo de aficionados locales y cercanos geográficamente y donde toda la STE participa en la EstelCon, que atrae a los tolkienianos de toda España. La diferencia es que, lo que en la STE es buscado y deliberado, en el mundo de la ciencia ficción que gira alrededor de la AEFCFT (Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror) parece estar saliendo por generación espontánea, por simple dinámica social.

Como digo, es sólo una idea, y quizá el futuro no vaya por ahí, pero los indicios sí que parecen apuntar a algo parecido con el tiempo. Y confieso que, en el fondo, es por donde me gustaría que fuera la cosa.

Termino con una reflexión que quizá no venga muy a cuento, pero que en realidad ha aparecido en mi mente motivada en buena medida por lo mismo de lo que he estado hablando hasta ahora.

Y es que si algo han revelado estas nuevas iniciativas es que “nuestro rollo” interesa a los organismos públicos. Que para un Ayuntamiento de tamaño medio o pequeño, una Fundación Cultural o la Obra Social de una Caja de Ahorros tener garantizados, y organizados, dos días de actos culturales con una asistencia mínima garantizada (que oscilará, probablemente, entre el medio centenar y las trescientas personas en función del tipo de encuentros) es un auténtico chollo y se muestran receptivos al asunto sin necesidad de presionarlos demasiado.

No hace falta vender ninguna moto. Lo que tenemos interesa a las instituciones que organizan o acogen eventos culturales. Más, seguramente, de lo que creíamos. Y quizá ha llegado el momento de que empecemos a aprovecharnos, en el buen sentido, de esa circunstancia.

© 2006, Rodolfo Martínez

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