Contradicciones, críticas, argumentos, fandomeo (3)

Resulta evidente que Sherlock Holmes y las huellas del poeta es una novela más ambiciosa que su antecesora. Eso, por supuesto, no la convierte necesariamente en una buena novela. Al contrario, cuando más ambicioso es uno, más desastroso puede ser el libro, si los resultados no quedan a la altura de las intenciones.

Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos era una novelita sin pretensiones. Seguía de cerca en forma y trama al Holmes canónico y adoptaba con acierto el estilo de Conan Doyle. Se leía con rapidez y de forma ligera y resultaba agradable.

Su continuación pretende ir mucho más allá. ¿Lo consigue?

A la novela no le faltan méritos, es cierto. Pero tiene también unos cuantos problemas, no precisamente menores.

Por un lado es una prueba más de que Rodolfo Martínez es incapaz de escribir una novela de extensión medianamente larga. Es claro que la distancia que maneja bien es la media y, para conseguir alargar sus novelas, se ve obligado a usar la “trampa” de ensamblar más de una historia.

Otras veces, como en El sueño del rey rojo, lo que ha hecho es volver demasiado reiterativa una historia que, aligerada de veinte o treinta páginas habría quedado mucho mejor. Sin duda obsesionado por llenar un mínimo de páginas (comprensible, en cierto modo: es poco probable que te publiquen una novela que ni siquiera llegaría a las doscientas), Martínez perdió de vista lo fundamental y estropeó en parte lo que de otra forma habría sido una novela mejor trabada y sin redundancias innecesarias.

En Sherlock Holmes y las huellas del poeta acude, como hemos dicho al “ensamblaje” de varias historias, técnica que ya usó en Tierra de Nadie: Jormungand. Quizá allí no fuera tan evidente, al ir intercalando unas historias con otras y conseguir, más o menos, que confluyeran al final; pero en su segunda novela holmesiana, Martínez las coloca de forma secuencial, con lo que el truco salta mucho más a la vista.

Porque es evidente que estamos ante tres novelas cortas rematadas por una coda común en la que el autor va cerrando distintos cabos sueltos. Tres novelas cortas que narrativa y estructuralmente (si bien, es cierto, no argumentalmente) son por completo independientes. Cada una de ellas, desde el punto de vista de la estructura, es una narración cerrada y completa en sí misma.

Pero es que, además, la estructura de cada una de esas novelas cortas es idéntica. Martínez usa tres veces el mismo esquema argumental y lo desarrolla de un modo casi idéntico. No diremos que se ha limitado a coger la misma historia y cambiar los nombres de personajes y lugares, pero a veces casi lo parece.

Las tres historias empiezan con la reunión de varios personajes y unas cuantas fintas narrativas aquí y allá hasta que se desvela el propósito que los une. Tras esto, viene el inevitable viaje del grupo protagonista hasta llegar al lugar, la “torre encantada” podríamos decir (el Alcázar de Toledo en la primera parte, la Antártida fantasmal en la segunda y la Campa de Torres en Gijón en la tercera), donde se enfrentarán a los villanos. Tiene lugar un clímax narrativo y, tras él, hay un par de capítulos de anticlímax donde los protagonistas restañan sus heridas.

Así es, invariablemente, en las tres primeras partes de la novela. Martínez coge el mismo esquema argumental y lo “copipastea” una y otra vez.

La cuarta parte, como decimos, es otra cosa. Esa larga coda en la que se van cerrando los distintos cabos sueltos y donde cada personaje encuentra su “destino final”, por así decirlo, sube las apuestas narrativas de la novela y, de hecho, quizá sea allí donde se encuentran algunas de las mejores páginas del libro. Acción e intriga ceden paso a reflexión y recapitulación y, en esos breves capítulos, el autor es capaz de reflejar sus personajes, su mundo y sus obsesiones de un modo mucho más eficaz y con más calado de lo que lo ha venido haciendo hasta el momento en el resto de la novela.

Estilísticamente, por otro lado, nos encontramos con uno de los defectos más llamativos del asturiano como escritor: la pobre caracterización de sus personajes a través del diálogo. Los dos narradores que Martínez usa en la novela son adecuados; ambas voces en primera persona se distinguen con facilidad una de la otra. Pero cuando los distintos personajes hablan, nos encontramos con que no hay diferencias entre ellos.

Las excepciones son Rick Blaine y Sherlock Holmes. Mediante la jerga colorista del primero y la ligera pedantería y superioridad del segundo, el autor consigue caracterizarlos, cuando menos, de forma correcta. Pero el resto de los personajes de la novela (personajes en teoría muy distintos, de distinta extracción social e incluso distinta nacionalidad) hablan igual, del mismo modo, usando siempre la misma voz. Supongo que la del autor.

Cualquiera que haya leído Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos, por otra parte, se da cuenta de que las cosas no encajan. Martínez, con mucho cuidado, pasa con pies de plomo sobre su primera historia holmesiana, consciente seguramente de las contradicciones en que está incurriendo con respecto a ella. Sin embargo, esas contradicciones están ahí para quien las quiera ver: ni el Necronomicon que aparece en las dos novelas es el mismo (esa especie de malabarismo expositivo que se hace para justificar que en realidad el libro está oculto y repartido en tres ejemplares no cuadra con lo que sabemos por la novela anterior), ni las intenciones de sus poseedores lo son. En cuanto al personaje de Shamael Adamson, fundamental en la primera novela para la resolución de ésta, aquí es pasado de puntillas, casi sin mencionarlo. Evidentemente, ahora que han cambiado las intenciones del autor, es un personaje que resulta incómodo y que plantearía demasiadas preguntas y llevaría la trama por un lugar que al asturiano no le interesa.

¿Y adónde le interesa llevarla? Es una pregunta pertinente, porque en ocasiones parece que Martínez no tenía muy claro hacia dónde iba su historia o, cuando menos, cómo llegaría ahí. Hay momentos en el inicio de la novela (como la entrevista con Ramón Serrano) que no terminan de tener mucho sentido a la luz de lo que pasa posteriormente. Cierto que se intenta explicar que Holmes ha contactado con Serrano para que lo ayude en su tarea de recuperar el grimorio de Alhazred, pero esa explicación a posteriori no casa con el comportamiento de ninguno de los dos durante la entrevista ni con el modo en que se celebra ésta.

Por otra parte, si Holmes ya tiene en sus manos un tercio real de ese Necronomicon dividido en tres… ¿para qué va a Gijón y juega al ratón y al gato con sus enemigos? Toda la tercera parte de la novela carece de sentido y es totalmente superflua. Holmes ya ha triunfado en la primera parte, al dar el cambiazo delante de las narices de Von Bork. Todo lo que hace después es innecesario. Puede tener sentido el flashback posterior, pero no las peripecias de más adelante, donde Holmes pone en peligro las vidas de sus compañeros (e incluso se arriesga a perder el ejemplar auténtico, que ya está en sus manos) absolutamente para nada. La historia podría terminar tras la escena del Alcázar de Toledo, con el detective destruyendo el ejemplar que tiene en su poder y asegurándose así de que no caería en malas manos. En lugar de eso, se nos hace ir de un lado a otro de España para nada.

La novela está llena de demasiadas explicaciones traídas por los pelos. La historia arranca en 1938, poco antes de la batalla del Ebro, pero Lovecraft —que aparece en la segunda parte— muere un año antes, por lo que Martínez se encuentra en la tesitura de hacer que los malos se tiren inactivos todo el tiempo que transcurre entre el flashback narrado en la segunda parte y lo acontecido en la primera y para ello acude a una especie de “ruptura temporal” que no queda demasiado bien explicada y suena a idea de última hora traída por los pelos.

Podría haber solucionado eso de muchas maneras; incluso podría haber hecho que lo sucedido en la Guerra Civil Española tuviera lugar el año treinta y siete, con lo cual la secuencia de acontecimientos tendría mucho más sentido: sólo tenía que prescindir de la presencia de lord Phillimore en la novela, figura histórica que estuvo en España en el 38. Cierto que el asturiano ha reconocido que es ese apellido (que aparece en Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos) el que desencadena en su mente la nueva aventura de Holmes. Pero una vez usado como detonante, le habría sido fácil prescindir de él y situar la llegada del detective a España un año antes de cuando lo hace y en otras circunstancias. Por no comentar que la presencia de lord Phillimore es totalmente prescindible, de cara la historia que se nos está contando: hace acto de presencia para introducir a Holmes en la trama y luego se va sin dejar rastro.

Da la impresión de que hay demasiadas cosas improvisadas en la historia, de que Martínez no tenía muy claro hacia dónde iba ni muchos de sus detalles. A medida que resuelve esos detalles intenta incorporarlos de forma que sean coherentes con el resto, pero se le ven las junturas. A veces, un poco. Otras, demasiado, como en el caso que acabo de comentar.

La coda final es quizá demasiado larga (por cierto, que se sitúa la Batalla de Inglaterra unos meses antes de que realmente comenzara, pero eso es un detalle menor), y Martínez tiene a su narrador vagando por Europa casi dos años en una peregrinación que no tiene mucho sentido narrativo. Evidentemente, dado el carácter del personaje de Carmen, necesita que acabe la Guerra Civil Española para sacarla del país, pero al hacer eso, Hudson empieza a dar tumbos de un lado a otro hasta que su autor se apiada de él y lo envía de vuelta a Inglaterra.

Por otro lado, el asturiano necesita librarse del personaje de Kent, si no quiere que su universo de ficción se aleje demasiado del real. Ya lo hizo en la segunda parte, al drenarlo de energía y dejarlo herido (de lo contrario, habría ido a España con Holmes y lo habría resuelto todo de un plumazo, con lo cual no tendríamos novela). Y ahora, para justificar que no gane él solo la Segunda Guerra Mundial, Martínez acude a un recurso inventado por Roy Thomas en sus viejos comics de la Sociedad de la Justicia. En ellos, Hitler usaba la lanza de Sigfrido para impedir, por medios mágicos, que los superhéroes americanos pudieran poner el pie en Europa. El recurso, si bien no original —Martínez es afecto a usar situaciones, entornos y personajes de otros autores sin que eso le cause rubor alguno—, puede ser válido pese a todo, pero el autor bien podía haberse estrujado las neuronas un poco en lugar de acudir a recursos prestados.

Como hemos dicho antes, la novela no carece de méritos y, pese a lo que hemos apuntado en los párrafos precedentes…

Pero aquí lo dejamos. No era mi intención hablar de las aspectos positivos de Sherlock Holmes y las huellas del poeta, sino de los negativos, de sus partes más endebles narrativa, estructural y estilísticamente. Por supuesto que creo que la novela tiene cosas buenas (incluso muy buenas, demonios), pero todos esos defectos que he señalado —y argumentado, ya que estamos en ello— estaban ahí para quien quisiera verlos.

No, no he hecho trampa. No me digáis que soy el autor y por tanto sé cosas que vosotros por fuerza desconocéis. Mi análisis de las partes débiles de mi novela se basa única y exclusivamente en el texto publicado y, como mucho, en algún comentario público (la referencia a lord Phillimore, por ejemplo) al que cualquiera puede tener acceso.

Termino con un par de comentarios.

El día que encuentre una crítica de uno de mis libros en una línea similar a ésta, dándome caña pero tomándose la molesta de argumentar esa caña, no sólo aplaudiré al autor en público, sino que le invitaré a unas copas si nos llegamos a conocer.

Y lo siento, pero mientras no sea así, mientras vuestras críticas se limiten a “me gusta/no me gusta porque mola/no mola”, seguiré criticando vuestras críticas —algo legítimo, como con cualquier otra actividad pública—. Os preguntaréis quizá que por qué me voy a limitar a hacer eso con las críticas negativas y por qué no voy a señalar los fallos en un comentario elogioso a mi obra. Bueno, porque no soy imbécil, evidentemente, pese a lo que algunos puedan pensar.

Y si eso me convierte en un endiosado arrogante, sea así, qué le vamos a hacer.

3 comentarios

  1. Excelente crítica de una crítica, porque los críticos o reseñadores también estamos en la obligación de ser reseñados.

    En mi caso, todavía me queda mucho por aprender a la hora de escribir una buena crítica y creo que ahora ando en un punto medio entre la “reseña” y la “crítica”, pero siempre intentando que en lo que escribo se vean mis razonamientos de porqué me gustan o no me gustan los libros o cómics que reseño en Dreamers (Aunque hay que reconocer que hay veces que estoy más inspirado que otras y mis reseñas suelen ser mejores o peores según el momento).

    Por cierto, enhorabuena por tu interesante blog. ¿Has pensado, como hablas bastante de cómics, en inscribirte en el Tebelogs de Dreamers?

  2. Pues, la verdad, no se me había ocurrido, aparte de que ni siquiera sé muy bien qué es es eso de Tebeologs. Conozco la web de Dreamers, claro, pero eso de \”Tebeologs\” no sé si es un directorio de blogs dedicados al cómic o qué exactamente.

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